Valandil Súleglîn
Aikanáro se hallaba reposando en las casas de curación de Lempë Ohtari, sus heridas y magulladuras eran de toda envergadura. El reposo ahora debía ser absoluto y pocas eran las personas que entraban en su habitación para no desarmonizar aquel prolongado descanso. Las sanadoras hablaban de que tarde o temprano levantaría sano como un roble pero los días se sucedían y el elfo seguía sumido en ese estado de letargo.
Los días continuaban pasando y las heridas comenzaron a cicatrizar y a dejar de sangrar, por el cuerpo aparecieron numerosos y llamativos hematomas. En cambio su estado seguía siendo el mismo…el capitán permanecía con los ojos cerrados y una respiración lenta y calmada.
Cuando la elfa que se estaba encargando de su recuperación salió y vio a Valandil se acercó a hablar con éste:
-Disculpa, se que no es buen momento…pero tengo que plantearte algo importante-el tono de la muchacha se hacía cada vez más serio.
-No pienso nada más que en la recuperación de mi esposa y mi hermano…
-Y de al menos de una de esas dos personas vengo a hablarte
-¿Qué tienes que decirme qué ya no hayas dicho?
-No puedo saber con certeza cuando despertará de este estado en el que se encuentra Aikanáro Tîwele. Puede ser ahora o mañana, incluso dentro de mucho más tiempo…o nunca…es incierto el grado de inconsciencia en que se encuentra tu hermano. Creo que deberías llevarlo contigo a Yavëtil y aguardar allí a que despertara, pues sus heridas ya han sanado y ahora todo depende de que su mente vuelva en sí. Estará mejor bajo la sombra de los bosques que bajo este techo.
-No le llevaré a Yavëtil…vendrá conmigo a Ostova Lorë yo me encargaré de que despierte, no voy a perder la fe en que volverá a echarme otra de sus broncas.
-Esa es la actitud, si necesitáis cualquier cosa llamadme, sabréis como encontrarme.
-Se que eso no es problema, gracias.
Valandil partió con Aika montados los dos sobre su corcel blanco, antes de partir ordenó que se entregase una docena de rosas a la dama que cuido continuamente de su hermano en gesto de gratitud.
La llegada a la ciudad de Valandil fue discreta y apenas nadie se percató de la estancia del maia y el elfo. Darlak que sabía de lo ocurrido se encargó de preparar una habitación y dejar todo listo para cuando llegasen Súleglîn y Tîwele. Valandil se dirigió sin demora a la habitación en que se encontraría Aikanáro y le sentó en una butaca, se giró y sacó de la parte de debajo de la cama de la habitación una banqueta de madera de pino y se sentó frente a Aikanáro, la hora de entrar en su mente e ir en su busca había llegado. Su dolor ante la posible pérdida de aquel ser querido era inaceptable e inaguantable un momento más.
Súleglîn se introdujo en la mente de su hermano, un lugar desconocido pero a la vez familiar…Aikánaro estaba como en un profundo sueño, como si su mente se hubiese apagado y no arrancase, decidió hacerle recordar:
”Comenzaba a recordar cuando me acerqué a aquel muchacho joven al que todos marginaban y esquivaban, me acuerdo de lo que le dije y como me miró, su mirada fría y distante y sus avidez por conversar con alguien. Recuerdo como entusiasmado escuchaba lo que le decía, también recuerdo su expresión de tristeza y melancolía cuando le pregunté acerca del por qué todos le rechazaban…quizás en aquel instante no debía haber preguntado, pero ya se sabe que yo, Aikanáro Tîwele, irradio naturalidad y espontaneidad.”
Un frío escalofrío recorría el cuerpo de Aikanáro en el cual se libraba una batalla por hacer resurgir su espíritu de león. Súleglîn estaba agotado la fuerza que emanaba de su hermano era a la par que poderosa agotadora y se imponía sobre toda presencia ajena y hacía que Valandil perdiese el control sobre la mente de Aika. El cuerpo del elfo pareció moverse, pero no fue más que una imaginación del maia. Súleglîn se acercó al marco de la ventana y contemplando el exterior comenzó a decirle a Aikanáro:
”Se que nunca te he dado las gracias, tu me has enseñado gran parte de lo que soy, soy gracias a ti un buen guerrero y una buena persona, me enseñaste muchas lecciones pero lo importante es que nunca me has juzgado sin antes recurrir a lo que ves más allá de tus ojos…gracias a ti Annamel es feliz teniendo una familia cerca que la quiere como a una princesa. Podrías haberte ido sin mi a la guerra o no haberme salvado la vida en incontables ocasiones en las que apostaste la tuya para salvar la mía. Has sabido encarrilarme cuando me descarrié, y sobre todo has sido el mejor hermano, aunque no de sangre…pero eso no importa, la verdadera palabra del significado hermano la aprendí de ti, aún recuerdo tus primeras palabras cuando tras obtener mi título de caballero de Makar fui enviado a una misión y mi vida habría caído en manos del destino caprichoso de muerte de no haber sido por tu intervención y dijiste al aparecer: Hermanos en lo bueno y en lo malo, no lo olvides. y ahora tras la porra de años lo recuerdo pero no estás aquí para recordarlo tú.”
Una lágrima seguida de otra empezaron a caer por el rostro de Valandil, se sentía fracasado, el rey se había empeñado en separarle de su única familia y no había sido capaz de impedir eso y tampoco de ni si quiera protegerlos…ahora de qué servía poseer tanto poder si ni si quiera era capaz de mantener a salvo a sus seres queridos…qué sentido tenía la aleatoriedad del destino y la fuente eterna de su poder…de qué servía tanto si ni si quiera era capaz de cambiar cosas esenciales. Llevándose las manos a la cabeza y limpiándose las lágrimas Valandil hizo una pregunta:
-¿Por qué me has dado tanto poder que no puedo usar como quiero y no además ni tan si quiera soy capaz de controlar?-preguntó entre sollozos el maia mientras miraba al cielo.
-Porque aún hay gente que cree en ti, porque aún tienes esa familia que proteger y un lugar llamado casa al que regresar- la voz de Aikánaro sonaba refulgente y vigorosa.
Aikánaro rebosaba de felicidad y en su cara se vislumbraba una enorme sonrisa, estiró los brazos y abrazó con fuerza a su hermano y le dijo:
-Deja tus lágrimas para otro momento en que sean necesarias y ves ahora a por una bota del mejor vino que tengas, no me seas nenaza…
-¡Nenaza! Pues que sepas que la nenaza se va sola a beber todo el buen vino.
Ambos estallaron en carcajadas, la normalidad regresaba y a pesar de que Aikánaro aún permanecía herido sus heridas comenzaban a consolidar y había regresado de donde quiera que hubiese estado retenido, quizás por su propia voluntad, quizás porque escuchó la llamada exasperada de su hermano…eso no lo sabría hasta que no se lo preguntase al mismo. Aikanáro se levantó con ayuda de Valandil y andó hasta la cama y allí se sentó a esperar a que su hermano le trajese esa dichosa bota de vino, sentía la garganta seca y el estómago vacío. Pero pronto la sensación de sed y hambre desaparecerían pues aquella noche un gran festín con carnes, asados, verduras y frutas servidas en ensaladas paliaron el hambre y el vino suavizó las gargantas y atinó las voces disponiéndolas a antiguos cantares de los hermanos y la juerga se prolongó hasta el amanecer…
A día siguiente Aikanáro se levantaba más recuperado pero Valandil tenía una resaca que apenas podía con su alma…ahora tras quitarse un peso de encima otro llegaba sin piedad y sin disposición a darle una tregua…ahora se trataba de Annamel.
¡ESCRITO POR AIKANÁRO TÎWELE(TULKAS_EL_VALAR)!
