La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Vida. Eirë Esteldor. Jade

2006:07:08:10:01:24

Jade

¡Cómo no amarla!, ¡las mujeres embarazadas son siempre tan hermosas! Veo como afloran sus lágrimas mientras me mira con esos preciosos ojos del color del cobalto, tan únicos como ella. Aunque ahora están un poco desorbitados, debe ser el pánico, el miedo a saber la verdad: que no le queda mucho tiempo.

Desde el comienzo del mundo, la costa había sido víctima del implacable romper de las olas. Jade las observaba desde tierra firme, había pautas en sus movimientos y, sin embargo, eran libres. La sal de la brisa acariciaba su rostro añadiendo un entrecortado sabor a sus inquietantes pensamientos. No importaba el dónde, el cuándo ni el cómo, el pasado siempre volvía y el olvido nunca llegaba.

La desnudó, ató sus manos y pies con ásperas correas y la amordazó con un trapo sucio recogido entre los desperdicios. Con calma, casi con devoción, cortó una cincha de cuero, de la mitad al extremo, en seis tiras, y la golpeó, una y otra y otra vez, con el improvisado instrumento en pecho y espalda hasta que la sangre le corrió piernas abajo, llenando los pequeños surcos de su abultado vientre como riachuelos en un mapa.

Se alejó unos pasos contemplando su obra, insatisfecho, y fríamente sopeso lo que haría a continuación. Aquello estaba resultando muy aburrido, las mujeres embarazadas siempre eran un incordio, todos lo sabían, se pasaban el día gritando y llorando. ¿Pero es que no se daba cuenta de que así sólo lograba enfurecerlo?.

Movió la cabeza con resignación y suspiró, era tan hermosa que no podía enfadarse con ella, decidió que sería paciente, al fin y al cabo, se dijo, él no era ningún monstruo.

Se acercó de nuevo a ella con parsimonia, soltó de las vigas las ligaduras que la mantenía en pie y la acostó en el frío suelo, casi con ternura, mientras ella, sacando fuerzas de algún rincón oscuro, se debatía, pataleaba y gritaba.

Como intentando apartar el dolor de cabeza que ella le provocaba, se llevó un dedo a la sien mientras con la otra mano aferró aquel suave cuello, apretando y apretando, hasta que aquella boca que lo había vuelto loco durante días, no pudo exhalar más que el moribundo quejido de quién intenta encontrar su última bocanada de aire.

<< ¿Ves lo que me obligas a hacer?>> Naturalmente ella tenía la culpa de todo, se empeñaba en luchar contra él, ¡Él! La persona que más la amaba en el mundo. No importaba, ella no comprendía. No le iba a permitir estropear su momento. Y era su momento, se dijo, ahora que el bastardo había muerto. Apenas podía contener la emoción cuando recordaba cómo lo había vencido, ¡Débil bastardo! No la merecía. Borraría cada huella que él había dejado en aquella blanca piel que ahora le pertenecía y después la perdonaría.

Acariciando su rostro, observó condescendiente aquellos ojos que lo subyugaban, que lo miraban brillantes por el pánico haciendo estremecer su corazón, y sintió una intensa pena por ella y su bebé, como si no fuera él quién había sellado su destino.

<< Shhh >> Le susurró rodeándola con los brazos y acunándola junto a su pecho, como un padre haría con su pequeña tras una pesadilla.

<< ¿Por qué te resistes a lo inevitable? Él ha muerto, tu hogar ha sido reducido a escombros, no tienes nada, ¿Por qué te aferras a la vida? >> Su voz, dulce en exceso, denotaba verdadera incredulidad. << ¿No ves el favor que te hago? ¿El honor con que te obsequio?>> Sin esperanza alguna y con los miembros ya dormidos a causa de la pérdida de sangre, la mujer, instintivamente, se llevó las atadas manos al vientre.

<< Oh!! Comprendo >> Sonrió cálidamente mientras acariciaba su ombligo. << ¿Ya has pensado el nombre? >> Ella, sollozando, intentó responder a su pregunta en una última esperanza de despertar la compasión del hombre, mas palabra alguna salió de su garganta, aún dolorida.

<< Está bien, soy un hombre bondadoso, ya ves que no puedo negarte nada, he decidido que te haré más fácil la transición >>

La mujer, esperanzada, no vio venir la daga que se clavó, de un golpe limpio y certero, en el centro mismo de su vientre. La sangre comenzó a manar, cubriendo rápidamente la blanca piel, salpicando el suelo. Un grito desgarrador, que poco tenía que ver con el dolor físico, provocó que el eco respondiera de forma espectral.

<< ¿Ves?, ahora es mucho más fácil. >> Su voz, de repente agitada por la excitación, aún resonaba con dulzura, aunque una carcajada de felicidad pugnaba por salir. << Morir ya no te parece tan horrible, ¿verdad?, ya te dije que te ayudaría >>

Ella, sumida en el dolor y la pérdida, ya no lo miraba, no lo veía, apenas veía nada.

<< ¡Vamos, vamos! Pronto estarás con ellos y eso es motivo de alegría >> Rodeó la delicada cara con sus grandes manos ensangrentadas y besó sus labios con infinita calidez, notando en ese beso letal el salado de sus lagrimas.

La sal, siempre la sal, el aire estaba impregnado de ella…y el mar. Una vez más, aquella época del año se repetía, el viento soplaba gélidamente sobre su rostro haciendo que se le helara el alma, las nubes se espesaban, grises y sucias, ocultando el cielo que adormecía las aguas, era el presagio de una tormenta más.

<< He sido muy paciente contigo, ¿no merezco al menos una sonrisa? >> Pero ella no lo miraba, el cansancio y el dolor habían pasado a segundo plano, el miedo se había desvanecido, las compuertas de la resignación se habían abierto.

Él, enfurecido por aquella falta de consideración después de todas las molestias que se tomaba por ella, recuperó la daga, aún clavada en aquél vientre y, sin perder de vista aquellos ojos con los que tanto había soñado, rajó la nívea piel del lacrimal al pómulo con inmensa lentitud hasta que lágrimas de sangre recorrieron el inexpresivo rostro.

Observándola, estalló en carcajadas, orgulloso de su obra que era, en su experta opinión, más hermosa aún que antes. Entonces ella lo miró y aquellos ojos volvieron a fascinarlo como la primera vez y se quedó allí, absorto, hipnotizado, hasta que perdieron su expresión y los párpados los cubrieron.

¡Menuda contrariedad!, había querido arrancárselos antes de que perdieran ese vital brillo, y si esperaba demasiado ella moriría, no era uno de esos enfermos que mutilaban cadáveres. Se condenó por ser demasiado gentil, error que no volvería a cometer, pero con ella todo había sido distinto.

Cogió de nuevo su daga, la limpió en su propia piel y acercando la afilada punta al párpado…

- ¿Qué haces aquí? Deberías estar acostada, Nyrath me mataría si supiera que te permito corretear por ahí en tu estado.

Cuando, tras volver al presente se dio la vuelta, Nowë, en su intento por intimidarla, estaba tan cerca que tuvo que inclinar la cabeza en un ángulo antinatural para poder mirarlo a los ojos. Estaba segura de que su expresión podría derretir el fuego de un balrog. Ella sabía que aún estaba débil, a pesar de los esfuerzos y enormes conocimientos curativos de Nyrath, había perdido el bazo. Aún así la preocupación de Nowë en los últimos días estaba siendo excesiva.

- Sólo paseaba, no creo que…

- ¡Y descalza! ¡Pero que tienes contra los zapatos!- A punto estuvo de zarandearla para arrancarla la estupidez de ese cerebro suyo- Podrías coger una pulmonía…

- Ya basta Nowë, Nyrath dijo que podría hacer una vida normal, el bazo…

- No es el bazo lo que me preocupa- La expresión del elfo había cambiado, ahora parecía batallar consigo mismo. Sin embargo aquél drástico cambio no era nada comparado con el de Jade, cuya tez estaba tan pálida que la cicatriz de su rostro destacaba más de lo habitual. Finalmente el noldo pareció haber tomado una decisión.

- Hablé con Nyrath y preferimos no decírtelo pero parece el único modo de imbuirte un poco de sensatez, quizá deberíamos sentarnos- Pero ella no se movió y, tras un momento de duda, Nowë prosiguió sin dar rodeos.

- Tienes una dolencia pulmonar, no comprendo de éstos asuntos pero Nyrath opina que…- Ella no lo dejó terminar, acarició el rostro de su amigo para calmarlo y volvió de nuevo la vista al mar.

- Lo sé- Susurró.

- ¿Lo…sabes? ¿Qué sabes?

- Lo sé desde hace tiempo, antes de cruzar estas fronteras.

- Pero…¿Cómo? ¿Por qué no lo dijiste?

- ¿Decir qué? Nada hay que decir. Todos morimos, amigo mío, antes o después.

Maldiciendo la testarudez de Jade y la impotencia de la situación, Nowë no supo que responder a eso. No entendía la muerte del mismo modo que los hombres, hasta dónde él sabía, poder desprenderse de éste mundo era una bendición, un regalo de Eru. Pero allí, junto al eterno mar, observando a su amiga, no pudo imaginar un destino peor, ni uno más injusto.

- ¿Alguien más lo sabe?- Preguntó el noldo volviendo la vista al horizonte intentando digerir aquello que para ella parecía un tema mundano.

- No, y así debe ser- Nowë frunció el cejo ante el tono de advertencia y ella, aún sin haberlo mirado supo que iba a protestar- Venga, no seas quisquilloso- Y acompañó la broma con un ligero codazo. Él no estaba para juegos.

- Al menos Hurin…

- No. No necesita distracciones en batalla. Y si estas pensando que debería abandonar mis responsabilidades para pasarme el día en cama, ten por seguro, elfo, que te convertirás en pasto para los seres del mar.- Nowë estaba pensando exactamente eso, pero no lo dijo.

Las primeras gotas de lluvia mojaron ambos rostros, uno sereno, otro contraído.

- Será una buena tormenta- Pronosticó el elfo- Vamos, seguiré refunfuñando por el camino.

Jade, apartando la vista de las enfurecidas aguas, buscó apoyo en el brazo de su amigo y, en silencio, ambos nainiri emprendieron el camino de regreso mientras un relámpago resonaba a sus espaldas.

[Editado por Nessa el 05-07-2006 21:10]

Naredhel Anariel

Los Valar otorgan una recuperación del 45% para Jade.