La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Vida. Lempë Ohtari. Annamel

2006:07:08:11:09:02

Annamel

La batalla había resultado desastrosa para el ejército de Lempe, no sólo habían salido derrotados, sino que por el camino habían perdido valiosas vidas de soldados, el capitán se hallaba herido, y Annamel, la dama Dorada, se había llevado con mucho la peor parte de los dos.

Estaba herida de mucha gravedad, por no decir de muerte. Cuando la compañía se retiró de la batalla Áglaras se preocupó especialmente del cuidado de Annamel. Establecieron el campamento a una distancia que les pareció prudencial, pues la herida no estaba preparada para soportar los traqueteos de un largo viaje, como tampoco los numerosos heridos que llevaban.

En la tienda del capitán depositaron a la elfa en un camastro, su piel había perdido el color dorado tan natural en ella, que ahora era sustituido por un blanco mortal, sus labios estaban morados, estaba fría como el mármol, apenas se le sentía el pulso, y había perdido gran cantidad de sangre.

Enseguida llegaron los curanderos a atenderla, y por la cara que pusieron al examinarla cualquiera habría perdido la esperanza.

- Capitán – le dijo uno de ellos a Áglaras – esta mujer está al borde de la muerte, no es sólo la sangre que ha perdido lo que la debilita, también es el veneno que portaba la flecha con la que la hirieron. No creemos que consiga pasar de esta noche.

- ¡¡Maldita sea!! – exclamó el medio elfo – ¡¡Tiene que sobrevivir!!

- Haremos lo que podamos Capitán…pero ella debe ser muy fuerte si quiere vivir…demasiado fuerte…

Áglarás se dio media vuelta y salió malhumorado de la tienda, fuera, el aire empezaba a ser fresco, y el cielo comenzaba a cubrirse de estrellas, no sabía qué haría si ella finalmente moría. Eso le llevó a pensar en Valandil, debería mandarle un mensaje para avisarle de lo que estaba ocurriendo…o tal vez no, de todas formas el maia se hallaba lejos, nada podría hacer él por salvarla.

Mientras tanto, en el interior de la tienda los curanderos hacían todo lo posible por salvar la vida de la muchacha. Le extrajeron con mucho cuidado el resto de la flecha que aún se hallaba en su hombro, lavaron la herida con dedicación, así como la de la cabeza y la del labio. Lavaron todos los restos de sangre seca que la cubrían, y le pusieron ropa limpia. A continuación trataron todas las heridas con emplastos de vegetales con propiedades medicinales, los que habían localizado por aquella zona, y que sabían serían los más efectivos. También prepararon un gran cuenco con numerosas compresas de tela suave, en el que había diluido principios activos medicinales precedentes de otras plantas, distintas a las de los emplastos. Por último la incorporaron un poco, para darle a beber un poco de dicha mezcla del cuenco, que era tan efectiva en cataplasma como medicina oral. Finalmente los curanderos la acomodaron en el camastro, y la taparon con una manta, le echaron una última mirada desesperanzada y salieron de la tienda.

Fuera aún estaba Áglaras, algo apartado de sus hombres, pensativo. Cuando vio salir a los curanderos de la tienda se acercó a ellos.

-¿ Y bien? – les preguntó.

- Hemos hecho todo lo que se puede hacer por esta noche…si ella sobrevive a estas horas tiene posibilidades, sino…

- Está bien… - el Capitán resopló.

- Capitán, nosotros no podremos atenderla más durante esta noche, tenemos otros heridos en el campamento que precisan nuestra atención, pero sería necesario que alguien le cambiara las vendas cada cierto tiempo, y la observe, probablemente la fiebre ya haya comenzado a atacarla.

Y con esa recomendación los curanderos dejaron solo una vez más a Áglaras, que quedó unos segundos mirando la puerta de la improvisada tienda, con los ojos clavados en ella. Finalmente se decidió a entrar, iba a ser una larga noche.

Encontró a Annamel casi como la dejara antes de salir, sólo que ahora la frente de la elfa estaba perlada de sudor, y su rostro parecía indicar que luchaba contra algún monstruo imaginario que la estaba devorando, ese monstruo era la fiebre. Áglaras tomó una de las manos de la elfa, y notó cómo ardía por el fuego provocado por el veneno. El medio elfo tomó uno de los taburetes que había en el fondo de la tienda, y se sentó junto al camastro, se pasó las manos por el rostro, y se frotó los ojos, también el cansancio había hecho mella en él, aunque había salido de la trifulca con apenas algunos cortes y rasguños, que ya empezaban a cerrarse, sin embargo Annamel…

Annamel luchaba por su vida, envuelta en el fuego abrasador que le provocaba la fiebre, tenía pesadillas atroces, de pronto veía a Valandil que estaba junto a ella sonriendo, y de pronto este desaparecía dejando paso a una masa informe de sangre y maldad, que la miraba con ojos inyectados en odio, y que intentaba atraparla para darle muerte, y la elfa huía, huía por senderos que no llevaban a ninguna parte, oscuros como la boca de un lobo, y de pronto caía por un precipicio sin final…la siguiente visión era del Capitán, veía al medio elfo con el pelo rubio, estaba de espaldas, pero cuando se volvía veía que llevaba la flecha clavada, y de ella manaba mucha sangre, Áglaras la miraba con la reprobación en la mirada, ¿ por qué no me salvaste?, parecían decir sus ojos, y ella alzaba los brazos hacia él para darle una explicación, pero cuando estaba a punto de alcanzarle este se desvanecía en la nada…y Annamel se quedaba sola una vez más, perdida en el mar de sus pesadillas…

Aquella noche fue eterna para el medio elfo, los vendajes de Annamel necesitaban que los cambiara de forma casi constante. Además, Áglaras también ponía en la frente y en el pecho de la elfa paños húmedos, en un esfuerzo por combatir la fiebre, pero ella ardía y nada parecía cambiar en su estado. Las horas se sucedían lentamente en aquella noche de larga agonía, y casi sin darse cuenta el amanecer le sorprendió cuando cambiaba de nuevo las vendas medicinales a Annamel, las últimas que le quedaban. Lo había conseguido, ella había superado la noche, ¿tendría posibilidades de sobrevivir?. En ese momento entraron los curanderos en la tienda, y miraron a la elfa que yacía en el lecho, aún estaba viva.

- Superó la primera noche – les dijo Áglaras con voz de sueño.

- Eso es buena señal, pero aún no debemos cantar victoria – dijo uno de los curanderos, que examinaba de cerca de Annamel – Vaya a descansar Capitán, nosotros nos quedaremos para preparar más vendas medicinales para la muchacha, alguno de nosotros se quedara con ella mientras usted descansa.

Áglaras quedó callado unos instantes, le echó una última mirada a la elfa y salió de la tienda, en busca de un lugar donde descansar al menos unas horas.

El día transcurrió de forma aparentemente apacible en el campamento de Lempe, sin que nada hiciera apreciar que había vidas luchando por permanecer atadas a Arda, unos minutos, unas horas, una vida…

El medio elfo despertó sobresaltado, no sabía cuántas horas había permanecido dormido, pero un techo de estrellas se dibujaba sobre su cabeza rubia. De repente recordó a Annamel, y la situación en la que se hallaba, y se incorporó enseguida. Sin perder un segundo se dirigió a su tienda. Aún estaba allí, a su lado permanecía uno de los curanderos, que levantó la vista al verle entrar, parecía cansado.

- Ya me quedo yo con ella – le dijo Áglaras.

El hombre se levantó y salió con paso lento de la tienda. Una nueva noche se perfilaba por delante, y la elfa aún seguía inconsciente, envuelta en alta fiebre. El Capitán encontró el cuenco de nuevo listo con vendas limpias. No perdió tiempo en ponerse manos a la obra. Así transcurrieron 6 días más con sus seis largas noches correspondientes, y en cada una de ellas el medio elfo cuidaba de Annamel con la esperanza de verla despertar, pero ella seguía sumida en su estado de inconsciencia, nada cambiaba.

La séptima noche se presentaba igual a las demás…

De pronto Annamel comenzó a delirar, sus pesadillas se hacían presentes en forma de sollozos, lamentos, palabras entrecortadas, en las que se mezclaban los nombres de Valandil, Umbar, Áglaras, Darlak, y otros que el medio elfo no lograba entender, le apenaba verla en ese estado, qué veneno tan potente debía llevar aquella maldita flecha, pensaba Áglaras, justo cuando sucedió algo sorprendente, Annamel abrió los ojos, y en ellos el Capitán no la vio a ella, en los dorados ojos había rabia y odio. La elfa le quitó de un manotazo la venda que él estaba a punto de ponerle en la frente, y la lanzó lejos.

- ¡¡Quítame tus sucias manos de encima!! – fue lo que le gritó.

Áglaras estaba estupefacto, no podía creer lo que estaba viendo.

- ¿Quién eres?, ¿Por qué me tienes aquí? ¿Qué me estás haciendo? – le seguía gritando la elfa.

- Annamel….cálmate, soy yo…Áglaras, ¿no me recuerdas? – y el medio elfo intentó recostarla de nuevo en el lecho, pues temía que las heridas se le abrieran, pero la elfa desapareció ante sus ojos, ya no había una mujer, en su lugar había una pantera negra como la noche, amenazante, con el lomo erizado, que le acechaba con intención clara de atacarle en cualquier momento, el capitán no salía de su asombro, no sabía que hacer, no podía herirla, pues la mataría, de pronto ella saltó sobre él, ambos cayeron al suelo y rodaron por la tienda. Áglaras consiguió hacerse con ella sin lastimarla demasiado, pues Annamel estaba muy débil, pero cuando quiso darse cuenta la pantera se había desplomado dando paso a la forma original, allí estaba de nuevo la elfa, con expresión serena en el rostro, el pelo desparramado por el suelo, sangraba de nuevo, pero algo había cambiado en su estado, el dorado parecía volver a su piel, ya no respiraba con dificultad y la fiebre parecía remitir. Áglaras la tomó del suelo, y la llevó de nuevo al lecho, donde se dispuso a acabar el trabajo que antes comenzara, limpiándole las heridas y aplicándole las vendas medicinales. Cuando acabó la miró una vez, y supo que sobreviviría.

La nueva mañana llegó casi sin avisar, como la anterior, de nuevo entraron en la tienda los curanderos, y dejaron a Áglaras que se marchara a descansar, este nada les dijo del percance nocturno, pero supo por sus caras cuando miraron a la elfa que pensaban lo mismo que él.

- Capitán…- dijo uno de ellos.

Áglaras levantó la mano.

- Ya lo sé, avisadme cuando despierte, ya sabéis dónde encontrarme.- y salió.

Annamel despertó a la vida justo cuando el sol dejaba la suya para dar paso a la noche. Un soldado fue en busca de Áglaras.

- Capitán…la elfa despertó.

Una sonrisa se dibujó en la boca del medio elfo, lo sabía, pensó para sí.

Kelusse

Este personaje recupera un 35% de vida.