Aikanáro Tîwele
La moral de las tropas era pésima, derrotados y con su capitán al borde de la muerte se encaminaban en una larga y penosa marcha hacía la ciudad de Yávëtil. Las tropas avanzaban lentamente siguiendo al carruaje de su señor, custodiado por las doncellas de los mares, que dejaron atrás las costas para ir con su Príncipe y velar el sueño del moribundo. Las gentes que veían pasar las tropas bajaban las cabezas al ver a Aika, muchos creyeron que estaban viendo los últimos momentos de vida de este y pronto el rumor de su inminente muerte se extendió como la pólvora por las regiones por las que transitaban.
Las grandes heridas sufridas no cesaban de sangrar y para colmo algunas, aun con las atenciones que recibía, se infectaron haciéndole sumirse en una fuerte fiebre.
Larga y dolorosa fue la marcha por las tierras, parecía que los Valar quisieran castigarlos, no habiendo sufrido suficiente con la batalla ahora los castigaban con la inclemencia de ese abrasador sol.
Al cuarto día de marcha empezaron a ver las primeras arboledas donde descansarían y recuperarían fuerza, más los civiles que les habían acompañado desde los puertos necesitaban descansar. Así montaron un campamento, ni una sola palabra se dijo en toda esa noche. La luz de la luna iluminaba el bosque mientras una suave brisa mecía las cortinas del carromato de Aika, su respiración había empeorado y la fiebre no hacía más que aumentar para desesperación de los médicos. Pero esa misma noche se presento en el campamento Valandil, había salido a toda prisa de Ostova para ir al encuentro de su hermano al saber el grave estado en el que se encontraba. Las doncellas de los mares fueron a su encuentro y Miriel le dijo:
- Se encuentra muy mal, mi Señor Valandil. Si sigue vivo es gracias a Handasse es el que esta luchando ya que Aikanáro sé a rendido, Handasse intenta hacerlo reaccionar pero nada despierta a tu hermano.
- ¡Eso no puede ser, Aika nunca se rendiría él lucharía hasta el último aliento, lo se lo e visto!- respondió airado.
Salió corriendo hacía el carromato que transportaba el maltrecho cuerpo de Aika, abrió las cortinas y allí lo vio. Una Oarni lo estaba lavando cuando sorprendida miró a Valandil y le hizo un gesto para que no hiciera ruido.
Pronto las lágrimas brotaron del hermano menor, al ver el estado en que estaba éste, su cuerpo surcado de heridas, la carne desgarrada,.. Era tal la imagen de sufrimiento que denotaba éste que Valandil no pudo aguantar mucho tiempo dentro. Así que el maia salió del carromato y con los ojos envueltos en lágrimas. La oarni salió tras de él y le dijo:
- Disculpa, sé que no es buen momento…pero tengo que plantearte algo importante - el tono de la muchacha se hacía cada vez más serio.
- Dime- respondió Valandil mirando hacía Aika.
- No puedo saber con certeza cuando despertará de este estado en el que se encuentra Aikanáro Tîwele. Puede ser ahora o mañana, incluso dentro de mucho más tiempo…o nunca…es incierto el grado de inconsciencia en que se encuentra tu hermano. Su estado es critico, sé que no quieres ni oír lo que te diré pero tu hermano esta más en las estancias de Mandos que en este mundo- dijo la doncella mirándolo.
- ¡Eso no lo digas ni en broma!! Aika tiene que vivir!- respondió airado Valandil.
- Pero mi señor, tenedlo en cuenta sino lucha morirá pronto por eso llevadlo a su hogar, llevadlo al Palacio del Sol- le rogó la oarni entre lagrimas.
Valandil miraba a Aika allí postrado, querría llevarlo a Ostova Lorë y curarlo allí, el dolor ante la posible pérdida de aquel ser querido era inaceptable e inaguantable un momento más así. Sin embargo, y muy a su pesar ordenó que todo aquél que quisiera podría acompañarlos hasta la ciudad de Yávëtil. La hueste pronto se puso en camino y Valandil la comandaba montado en su corcel blanco. Pero la pena y el dolor no era para todos. Había un grupo que, en secreto escondidos detrás de caras amables, esperaban la muerte de Aikanáro para así hacerse con el poder que éste les había quitado y cedido al pueblo. Pronto llegaron al puente que cruzaba el Sírglîn y vieron las primeras copas de los árboles de Taurëruin, los cuales no brillaban. Algo pasaba pero entraron en silencio mientras la luz se hacía tenue y la magia del bosque despertaba y los envolvía en un manto de tristeza. Un rumor surgía de los árboles al ver transitar el carruaje de Aika, un murmullo que los acompañaba y parecía como si centenares de ojos los estuvieran observando. Nadie emitía ruido alguno ni los animales osaban hacerlo. Y fue cuando una multitud de lucecitas empezaron a rodearlos y a seguirles uniéndose a la hueste, pero entonces el silencio fue roto, un coro se alzó desde todos los lados, las voces de aquellos que murieron en la gran caída se alzaron uniendo sus voces para acompañar a su señor. Las Oarni que les acompañaban empezaron a cantar para dar fuerzas a su Príncipe. Cada hueste apoyaba a su señor mientras el resto avanzaba en un silencio sepulcral hacía la Puerta de Durín. La marcha por el bosque fue más rápida de lo que tenían pensado, pero fue cuando Valandil recibió otro mazazo, la ciudad estaba adornada con motivos de funeral, en las murallas y almenaras hondeaban banderas negras. Una furia asalto el cuerpo del Maia que, espoleando al caballo y seguido de cerca por los hombres de Makar que podían seguirle, salió corriendo hacía la gran puerta. Llegaron y un soldado les dijo:
- Perdonad pero nadie puede entrar estamos de luto y la ciudad ha sido cerrada.
- ¿De luto y se puede saber de quién?- respondió Valandil
- De nuestro Señor Aikanáro, murió en los puertos luchando lejos de su hogar- dijo el soldado bajando la cabeza.
- ¡Pero que sandeces dices, Aikanáro vive, viene con nosotros y está vivo!- dijo señalando a la hueste que empezaba a salir del bosque-¡Descolgad ahora mismo esas banderas sino quieres que os cuelgue a vosotros pandilla de estúpidos!
El soldado salió corriendo y tocó el cuerno. Pronto un pequeño grupo de soldados salió y empezó a recoger las banderas. Las grandes hojas de la Puerta de Durín se abrieron y empezaron a entrar en ésta. Los soldados formaron en la gran explanada un pasillo por donde pasó el carromato seguido por las Oarni, los soldados y detrás los civiles. Las doncellas de las casas de curación se hicieron cargo de los heridos mientras que Valandil, junto a los altos miembros del ejercito, se encaminaban hacia la Fortaleza. Subieron por las silenciosas calles hasta llegar a ésta, allí les esperaban dos doncellas de Arien junto a un camastro bellamente adornado. El carromato se puso al lado de éstas y los soldados bajaron con cuidado el cuerpo de Aika posándolo sobre éste. Valandil se acercó a su hermano y entre sus manos colocó el medallón que éste le regalara para su cumpleaños, miró la cara del medio elfo y vió que la lágrima de las Oarni no brillaba, su luz se estaba marchitando al igual que su hermano. Una de las doncellas se acercó y dijo:
- Las estancias están listas señor, hemos preparado todo para su llegada nosotras teníamos aun un hilo de esperanza y sé ha cumplido.
- Entonces no demoremos más la espera, subamos al Palacio del Sol- dijo Valandil.
Cuatro fuertes soldados cogieron cada uno una de las barras que salían del camastro y se lo cargaron al hombro. Al frente iba Valandil y a su lado las doncellas de Arien, detrás de esta el camastro con Aika y detrás de este en dos filas las Oarnis y los soldados de Makar. Llegaron a la puerta y empezaron a ascender lentamente por las escaleras hasta llegar a la cima. Atravesaron la gran avenida flanqueada por estatuas y llegaron al Palacio del Sol, subieron las escaleras y entraron en éste. Los soldados que cargaban a Aika lo llevaron hasta una gran sala redonda donde una fuente de agua cristalina refrescaba el ambiente. Una gran cama estaba en el centro de la sala y allí lo llevaron, lo posaron con gran cuidado y las doncellas junto a las Oarni cerraron las puertas quedándose a solas con Aikanáro y Valandil. Una de las doncellas se acercó y le dijo:
- Es hora de que entréis en la mente de vuestro hermano y lo hagáis reaccionar, nosotras las doncellas de Arien velaremos por los dos mientras las Oarni desatan su poder para ayudarte en tu misión- dijo la elfa mientras se acercaba al cuerpo de Aika.
Valandil se sentó en una butaca que estaba al lado de la cama de Aikanáro. La hora de entrar en su mente e ir en su busca había llegado.
Súleglîn se introdujo en la mente de su hermano, un lugar desconocido pero a la vez familiar…Aikanáro estaba como en un profundo sueño, como si su mente se hubiese apagado y no arrancase, decidió hacerle recordar:
”Comenzaba a recordar cuando me acerqué a aquel muchacho joven al que todos marginaban y esquivaban, me acuerdo de lo que le dije y como me miró, su mirada fría y distante y sus avidez por conversar con alguien. Recuerdo como entusiasmado escuchaba lo que le decía, también recuerdo su expresión de tristeza y melancolía cuando le pregunté acerca de por qué todos le rechazaban…quizás en aquel instante no debía haber preguntado, pero ya se sabe que yo, Aikanáro Tîwele, irradio naturalidad y espontaneidad.”
Un frío escalofrío recorría el cuerpo de Aikanáro en el cual se libraba una batalla por hacer resurgir su espíritu de león. Súleglîn estaba agotado, la fuerza que emanaba de su hermano era, a la par que poderosa, agotadora y se imponía sobre toda presencia ajena haciendo que Valandil perdiese el control sobre la mente de Aika. El cuerpo del elfo pareció moverse, pero no fue más que una imaginación del maia. Súleglîn se acercó al marco de la ventana y contemplando el exterior comenzó a decirle a Aikanáro:
”Sé que nunca te he dado las gracias, tú me has enseñado gran parte de lo que soy, soy gracias a ti un buen guerrero y una buena persona, me enseñaste muchas lecciones pero lo importante es que nunca me has juzgado sin antes recurrir a lo que ves más allá de tus ojos…gracias a ti, Annamel es feliz teniendo una familia cerca que la quiere como a una princesa. Podrías haberte ido sin mí a la guerra o no haberme salvado la vida en incontables ocasiones en las que apostaste la tuya para salvar la mía. Has sabido encarrilarme cuando me descarrié, y sobre todo has sido el mejor hermano, aunque no de sangre…pero eso no importa, la verdadera palabra del significado hermano la aprendí de ti, aún recuerdo tus primeras palabras cuando tras obtener mi título de caballero de Makar fui enviado a una misión y mi vida habría caído en manos del destino caprichoso de muerte de no haber sido por tu intervención y dijiste al aparecer: Hermanos en lo bueno y en lo malo, no lo olvides. Y ahora tras la porra de años lo recuerdo pero no estás aquí para recordarlo tú.”
Una lágrima seguida de otra empezó a caer por el rostro de Valandil, que se sentía fracasado. El rey se había empeñado en separarle de su única familia y no había sido capaz de impedir eso y tampoco de ni siquiera protegerlos…ahora de qué servía poseer tanto poder si ni siquiera era capaz de mantener a salvo a sus seres queridos…qué sentido tenía la aleatoriedad del destino y la fuente eterna de su poder…de qué servía tanto si ni si quiera era capaz de cambiar cosas esenciales. Llevándose las manos a la cabeza y limpiándose las lágrimas Valandil hizo una pregunta:
-¿Por qué me has dado tanto poder que no puedo usar como quiero y además ni tan si quiera soy capaz de controlar?-preguntó entre sollozos el maia mientras miraba al cielo.
Nada ocurrió esa noche, mas Valandil salió de la sala a ruego de las doncellas. Debía descansar ya que sino habría dos enfermos que atender. A regañadientes aceptó pero se instaló en una habitación cercana a la de su hermano. Pero no había sido inútil el trabajo de Valandil como todos creyeron. Aika estaba despertando aunque nadie lo notara, la sala se vació de doncellas quedando solo una de cada casa y fue con la primea luz del sol que entró por los grandes ventanales que Aikanáro despertó. Estaba aturdido y le dolía todo el cuerpo, solo recordaba vagas cosas, pronto reconoció la habitación, estaba en casa.
Con gran dolor y esfuerzo intentó levantarse de la cama, logró alcanzar un bastón y, apoyándose en el, empezó a caminar. Pero su mirada se posó en el gran espejo, y lo que vio le hizo llorar y pronto apartó la cara jurando vengarse de ellos. Sus manos se apoyaron en los grandes ventanales, miró por ellos y vio un cielo azul pero algo negro ondeaba en una de las torres, una bandera de luto había sido olvidada. Siguió caminando hacía la puerta cuando escuchó las voces de bellas damas y de Valandil hablando de él, Aika tomó el porte más orgulloso que su estado le permitía y cuando éstos entraron su voz poderosa dijo:
- ¡Te ven con unos arañazos y ya están clamando tu muerte! Siento deciros que de momento queda Aika para años así que aquellos que me quieren ver muerto tendrán que esperar un poco, jajajajaja- dijo cambiando de tono serio a estallar a carcajadas
Aikanáro rebosaba de felicidad y en su cara se vislumbraba una enorme sonrisa, estiró los brazos y abrazó con fuerza a su hermano y le dijo:
-Deja tus lágrimas para otro momento en que sean necesarias y ve ahora a por una bota del mejor vino que tengas, no me seas nenaza…
-¡Nenaza! Se acaba de despertar y ya esta mandado y pegando broncas, pues que sepas que la nenaza se va sola a beber todo el buen vino.
Ambos estallaron en carcajadas, la normalidad regresaba y, a pesar de que Aikanáro aún permanecía herido, sus heridas comenzaban a consolidar. Había regresado de donde quiera que hubiese estado retenido, quizás por su propia voluntad, quizás porque escuchó la llamada exasperada de su hermano…eso no lo sabría hasta que no se lo preguntase a él mismo. Así, Aika empezó a recuperarse. Con el amor y el afecto de los suyos sus heridas cerrarían.
