Erendel
El ciclo parecía repetirse de nuevo. No se podía explicar el por qué pero el elfo sabía donde se encontraba. Parecía poder percibirlo y sentirlo todo y, en su interior, por extraño que pudiera resultar, se sentía mas vivo que nunca. El veneno había cumplido bien su tarea por lo que pudo escuchar el elfo, habiendo probado ya los curanderos con varias hierbas y ungüentos sin que estos diesen ningún resultado. Pero en su interior Erendel quería vivir y se sentía con más fuerzas y capacidad de lucha que nunca. Atrás quedaban antiguas dudas y viejos resentimientos.
Y como un medio de escapar a las ideas trágicas y de poca solución que se percibían en aquella tienda, al menos su mente salió de aquellas por así llamarlas cuatro paredes y contemplar de nuevo el cielo azul. En realidad, no sabia si era por la hora, por el estado del clima o por estar en aquel territorio gris, pero todo presentaba un aspecto plomizo y triste que conjuntaba perfectamente con el aire que el campamento respiraba.
No había sonrisas, ni alegría, ni felicidad. Los hombres que se encontraban en el exterior mostraban la preocupación en sus rostros, la mirada perdida en sus propios pensamientos. Los caídos en combate eran menos que en su anterior encuentro, pero el numero de heridos había aumentado considerablemente y ahora todos y cada uno de los allí presentes tenían al menos a un amigo, un compañero de batallón, un familiar, alguien por quién preocuparse y que ocupaba sus pensamientos durante el día y la noche, pues parecía que el descanso se habían perdido en aquella masa informe de hielo.
Aquel silencio era trágico. No se sentía cómodo percibiendo esos sentimientos de recogimiento y dolor y, por un instante, buscó salir de ahí en busca de un lugar donde la felicidad aún morase. El espacio parecía abrirse a sus pies, como si flotase y viajase con el viento. Recorrió bosques, ríos y tierras desiertas y se vio a si mismo en el instante en que partiese de las tierras del reino tiempo atrás. Todo parecía bueno pero entonces escuchó los tambores de la guerra que aparecían en la distancia, el llanto de las mujeres buscando a sus hijos mientras intentaban refugiarse huyendo entre los soldados que acudían pronto a las murallas. Y cerró los ojos por un instante, pero nada desapareció, y el crepitar del fuego hizo su aparición. Los gritos siguieron aumentando mientras el olor de la sangre se hacia intenso, pero aún mas el horror y por encima aún de los gritos de las armas se escuchaba el dolor.
Entonces deseó volver a desaparecer de allí y sintiendo que volvía a moverse se vio en el momento en que estaba a punto de llegar a aquellas tierras, y quiso impedirlo pero su otro yo no parecía percibirle. No deseaba volver a ver aquellas guerras que ocurrirían entonces. Intentó retenerle, llamar su atención hacia otra dirección, pero todo era inútil y sintiéndose de nuevo decaído, abrió los ojos de nuevo encontrándose huyendo bajo la lluvia. Todo era muerte a su alrededor y parecía que nunca pudiera existir una paz duradera.
Y pensó en su niñez. ¿Porque no, si en ese tiempo no tenia preocupación alguna?, El mal parecía estar lejos y todo lo que se respiraba era una dulce calma. Y, por un instante, se sintió en paz consigo mismo, disfrutando con alegría renovada de los bosques frescos, las verdes praderas, el agua cristalina y el aromático aire de la zona. Pero cuando todo parecía estar bien, escuchó las conversaciones, que nunca escuchase antes en sus risas y juegos, que hablaban de guerras que se acercaban, de muerte y heridos, de destrucción.
Entonces cerro los ojos y no quiso ni ver ni oir nada más. Todo era igual fuese el tiempo o el espacio que fuese, con el mal dominandolo todo a su paso.
Muchos dias habian pasado de nuevo y en el campamento la calma retornaba poco a poco. En un dia cualquiera de ese entonces, Erendel despertó de su letargo. Abrio con lentitud los ojos mientras percibia ese extraño olor tan fragante e intenso. Pero no tenia ganas de moverse del lugar recordando males pasados, y asi, recostado, permaneció varios días mientras su cuerpo se recuperaba de los daños, y el veneno desaparecía por completo.
Tras largas consideraciones, un DIA dado, los curanderos le aconsejaron salir y respirar un soplo de aire fresco que serviría para su recuperación y además operaria en el resto de los hombres como una señal de que todo volvía a la normalidad. Así vistiendo de nuevo sus ropas bajo el limpio vendaje, salio al fin de la tienda.
Se enteró entonces de la muerte de otros hombres, fieles a la causa, muertos por la defensa de los demás. Pero mientras recibía tales noticias salió también de la tienda un hombre joven que fue recibido entre los demás con emocionados gestos y por sutiles e irónicas bromas que hicieron prorrumpir al grupo en una sonora y franca carcajada. Hubo entonces un recuerdo para los caídos e incluso algún canto que terminó pronto por estar el recuerdo aun muy vivo. Se enfrentaban a diario a la muerte con coraje y con determinación a pesar del miedo y del dolor. Huir podría ser una solución valida e incluso la que muchos elegirían, pero en todos y cada uno de los lugares de la tierra, más tarde o más temprano, la fría mano de la guerra llegaría y buscaría imponer su dominio.
Muchos caerían y grandes males se extenderían, pero al final todo tendrá una recompensa o castigo similar al hecho ejecutado y entonces el mundo se llenaría de cantos y la destrucción daría paso a la creación y a la vida plena.
Cambiantes eran las ideas del elfo, pero en ese momento tenía claro que mientras sus batallas fuesen conformes a sus ideales cualquiera de los caídos, habría perecido con el honor de los reyes, pues luchaba no solo por si, sino por todos los hombres o mujeres, niños o ancianos, que buscaban vivir en paz dentro de las tierras de Lempë Ohtari.
Erendel volvió a sonreír y tras interesarse por el estado de los otros heridos se dirigió hacia el interior del campamento dispuesto a estirar las piernas y prepararse de nuevo para la batalla.
