Darlak
Volvió la cabeza y, reconfortado, pudo ver a varios de los enfermos pasear aquella tarde fresca por los jardines de las Casas de Curación. Habían pasado varias semanas de aquella batalla en la que casi pierde la vida, en los bosques de Taurëninque. Las heridas habían sido tan profundas que se habían abierto nuevamente después en la batalla por la defensa de Ostova Lorë. Por eso, Valandil le había obligado a descansar en las Casas de Curación de la ciudad del bosque durante unos días.
Mientras notaba como la tarde iba pasando él se alegró de estar en aquella tierra. Sentía Ostova Lorë como su hogar y eso le reconfortaba. ¡Qué bella era aquella ciudad, tan encantadoramente concebida y levantada!
Cuando Darlak llegó a Lempë Ohtari lo hizo huyendo de una vida sin sentido, de una existencia que había acabado el día en que su madre había muerto y desde entonces había vivido en la más completa soledad, sin rumbo, sin hogar. Y es que nunca había sentido tierra alguna como propia, ni en Beleriand, que la había abandonado cuando apenas era un bebé, ni menos aún cuando vivió aquellos años en Rhovanion, una tierra que le mostró lo más bajo de la naturaleza humana. Allí cerca de Rhovanion había visto sufrir a su madre, había visto como los humanos orientales le habían esclavizado hasta que murió. Ahora recordaba esos momentos y la rabia le ascendía mientras el dolor de su herida le recordaba las heridas del corazón.
Por eso, después de conseguir huir de su propia esclavitud había decidido vivir solo y durante años así había sido su vida. Sin embargo, llegó un momento en el que se planteó que anhelaba tener un hogar, quería sentirse arropado por gente que le apoyara y que le diera una palabra de alivio y consuelo en los momentos de tristeza. Sabía que no podría recuperar a su madre pero aún así necesitaba sentir a unas tierras como su hogar. Por eso, viajó al este y, sin saber cómo, llegó a aquel reino llamado Lempë Ohtari y allí era donde vivía ahora.
Todo había cambiado desde entonces y ahora podría decir que su vida había adquirido un sentido. Había ayudado a defender a aquellas tierras de la guerra, a impedir que muchas personas perdieran su querido hogar, a alzar muy alto su espada en honor al emblema del reino. Había encontrado un hogar, Ostova Lorë, una bella ciudad situada en el bosque Taurëruin. Y Valandil Suleglîn, señor de aquella ciudad lo había nombrado gobernador de Ostova Lorë, un cargo que le había enorgullecido. Quería a Ostova Lorë y a Lempë Ohtari y su afán no era deambular por las tierras de Arda sino proteger un reino con su espada y su propia valentía. De esta manera, Darlak se había transformado en un caballero y el orgullo del guerrero era ahora su sombra.
[…]
El viento, mientras refrescaba su rostro, le trajo las risas de los familiares que habían venido a ver los progresos de sus seres queridos. Era un alivio poder escapar de aquel lugar que le había tenido atrapado sin poder salir, especialmente a él acostumbrado desde siempre a viajar. Sentir el aire fresco en sus mejillas y percibir como le movían sus cabellos era una sensación tan exquisita que reconfortaba todos los miedos y dolores. En ese momento, Darlak sintió una presencia tras de él.
Era su amiga Melêl.
- ¡Al fin te encontré! Me asusté cuando no te vi en tu habitación.
- Necesitaba tomar un poco el aire, esa habitación asfixia, créeme – dijo Darlak sonriendo mientras ella se sentaba a su lado. - ¿y la joven Elêth?
- Oh, sin duda es una chica fuerte, su herida va mejorando poco a poco.
- Estás convirtiendote en una buena enfermera. Sin duda yo debo mucho a tu curación - dijo él
Ella entonces decidió darle una noticia.
- De eso mismo quería hablarte... - no sabía como decirle la decisión que había tomado - Voy a dejar el arco y las batallas por los ungüentos y la curación. Creo que este reino necesita tanto de curanderos como de guerreros.
- ¿Estás segura? - preguntó él.
- Si, lo estoy, He tenido mucho tiempo para pensarlo. Quizás en el momento en qué perdí a Aratar fue cuando lo decidí
Darlak estuvo un rato mirándola. Al rato le volvió a hablar
– Gracias por todo. - le dijo simplemente.
Ella le miró entonces y no supo qué decir. Sus ojos brillantes eran bellísimos entonces. Lágrimas cristalinas comenzaron a recorrer sus mejillas.
Lágrimas de esperanza y, a la vez, lágrimas de melancolía.
- ¿Aún lo amas? – preguntó él al rato.
Su mente entonces viajó, mientras ella seguía sentada junto a Darlak.
- Aratar era mi cielo, mi vida. Me sentía protegida a su lado, sabiendo que nada malo me ocurriría… Siempre pensé que él sería indestructible, que el coraje y la valentía de su alma nunca perecería a manos enemigas. Pero no fue así… Una herida difícil de cicatrizar aún se mantiene en mi corazón.
Darlak desvió la mirada hacia otro lugar mientras ella seguía en sus pensamientos. Tras un momento de silencio, fue ella quién preguntó:
- ¿Y tú, echas de menos a la humana?
- Varios kilómetros nos separan… y tanto ha cambiado desde las batallas de Yavetil…
- ¿Por qué os separasteis?
- Ella tuvo partió a luchar a Tumbale Hópa. La guerra nos separó.
- Y… - Melêl no se atrevía a preguntarle a Darlak sobre esa mujer - ¿la quieres?
- Sonyariel es una mujer brava, ardiente y pasional, y pasamos un tiempo juntos. La quise. Sin embargo, en estos tiempos de desconcierto, dudo si nuestros caminos se volverán a reunir…
- Tú al menos tienes una posibilidad de volverla a ver, si ese es tu deseo, claro. Pero yo… yo lo perdí para siempre…y… –Sentía opresión en el corazón.- Y no soportaría volver a perder… a más seres queridos de aquella manera – Miró al medio elfo y entonces notó como unas lágrimas querían brotar de sus ojos de nuevo. Intentó que Darlak no la viera ésta vez llorar y se giró a la izquierda mientras el viento se llevaba sus lágrimas.
Él no supo qué decirle, no era bueno en palabras de aliento y menos con ella. Sin duda, se estaba dando cuenta de que le estaba cogiendo un cariño especial a la elfa pero aún no se había detenido a pensar profundamente en ello.
Ambos se sumergieron en el silencio entonces, pues un cúmulo de recuerdos, de sensaciones contrapuestas, de silencios en el corazón que anhelaban brotar incandescentemente, se entremezclaban en sus confundidas mentes.
A continuación el aire trajo un sonido, un maravilloso canto de unas doncellas se adueñó de todo e hizo que sintieran más melancolía y desconcierto en sus respectivos corazones. Y es que los sentimientos son muy difíciles de entender, tan ciegos y tan despiertos al mismo tiempo. Y a ellos les había tocado vivir tiempos difíciles. El reino estaba en guerra con los reinos vecinos y poco se sabía sobre cómo iba a continuar. Debían estar preparados para continuar luchando y a Darlak poco le faltaba para salir de las Casas de Curación y ponerse al frente de su compañía nuevamente.
Lamentablemente, los tiempos de guerra no son buenos para que los guerreros puedan pensar en sentimientos del corazón.
[Editado por aratir el 11-07-2006 22:04]
