La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 26. C4 Heren Fanyarëa Vs C1 Eirë Esteldor. Saqueo De Amon Duin.

2006:07:24:23:20:05

Kelusse

Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Heren Fanyarëa\" = 6

Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 6

Victoria para Heren Fanyarëa.

Saqueo de Amon Duin.

Naredhel Anariel

La alargada sombra de las Aikwa Oron se cierne sobre el campamento. Hilachas de nubes de color grisáceo se acercan desde el Este, aunque apenas son suficientes como para ocultar los últimos rayos de sol.

- ¿Y bien?

La tienda que acoge el centro de mando del campamento es grande, del color de la arena tostada. No hay grandes lujos dentro de ella. Apenas una mesa llena de mapas y papeles diversos, y unas sillas cubiertas de pieles. Y luz. Mucha luz. Varios candiles estratégicamente colocados iluminan el interior.

Lyshion se mueve una y otra vez en la silla, incómodo ante el silencio que se impone en la estancia. Su voz se eleva una vez más, esta vez en un tono aún más alto si cabe.

- ¿Y bien?

Esta vez levanto la mirada del informe que estoy leyendo, y le miro fijamente. Incómodo, vuelve a acomodarse en la silla clavando los ojos en la pared de lona con un suspiro de frustración, mientras Alkalabrindeth observa la situación con una sonrisa escondida en la mirada.

No respondo. Me concentro nuevamente en las líneas que se deslizan ante mis ojos, hasta la firma austera de Alsenot. Una sonrisa aparece entonces en mis labios, mientras dejo el informe sobre la mesa, mirando primero a Lyshion y después a Alkalabrindeth.

- ¡Victoria!

Un suspiro de alivio escapa de la garganta de Lyshion. Alkalabrindeth simplemente sonríe.

- Una batalla. Sólo ha sido una batalla más. Pero es una victoria que nos acerca cada vez más al final de esta guerra. Bienvenida sea entonces – su voz aún suena triste. Caras Aelin ha sido cara, y ninguno de nosotros podrá olvidarlo.

- Pero la guerra no ha terminado aún. – sentencio – Dejadme ahora que os lea una carta que ha llegado hoy a mis manos desde el norte de estas tierras.

Elevada Señora de los Ramalië,

Estrechos lazos de amistad entre Reinas nos han llevado a ambos a luchar en tierras lejanas. No he de recordaros ahora los vínculos que unen a ambos países desde tiempos remotos, cuando la paz todavía estaba presente en nuestros días. Soy consciente de que Vos no los olvidáis.

Accediendo a vuestros deseos, nuestra Reina os cedió el asedio de la capital de Esteldor, contando con vuestro sabio consejo, pues vuestro ejército era con mucho mayor al nuestro.

Nuestras tropas en cambio, marcharon al norte en busca de una ciudad que creíamos más desprotegida, si bien no ha sido así a fin de cuentas. Hemos cobrado una victoria, y el ejército que protegía la ciudad infranqueable de Amon Duin ha huido a los bosques. Y sabemos que vuestro glorioso ejército ha cobrado también una victoria. Una victoria que ha sido muy costosa para las tropas que defienden la capital. Alabados seáis

Es por eso, siendo la hora en que nuestras fuerzas ahora se encuentran más igualadas con las de nuestros enemigos, que la Reina Araña os solicita que nos cedáis el control de la capital.

Soy consciente de vuestra buena fe, por lo que en breve mis tropas comenzarán a desplazarse hacia allí. Ahora bien, no deseamos dejar la ciudad de Amon Duin libre para reorganizar su defensa. Quizás Vos deberíais ocuparos de tal asunto.

Atentamente,

Orodruil

- ¿Qué significa eso si puede saberse? – Alkalabrindeth parece incrédulo ante lo que acaba de escuchar, y sus hermosos ojos azules brillan de rabia, pero permanece silenciosa ante las palabras impeuosas de Lyshion - ¿Acaso parece que ahora aceptamos órdenes de los orgullosos soldados de la reina Illurë?

- No, Lyshion. No es así – mi voz suena calmada, quizás más de lo que debería – Debes aprender a leer entre líneas. No hay una sola orden en estas líneas, sino más bien una solicitud de cortesía. Illurë sabe bien que se debe a nuestro pacto. Pero lo utiliza a su conveniencia… y por eso nos lo recuerda a nosotros.

- ¡Pero no tenemos obligación alguna de cederles el control de la capital! – exclama nuevamente, mientras apoya los brazos sobre la mesa, sobre el mapa - ¡Ni siquiera estamos seguros de que puedan mantener el control!

- Lo sé – respondo nuevamente con una sonrisa – Pero ese, Lyshion, no es nuestro problema. ¿Qué es lo peor que puede pasar si lo pierden? ¿Qué se den cuenta de lo mucho que nos necesitan? Mejor aún para nosotros. Y si no lo pierden… ¿qué perdemos? ¿Acaso hemos pensado siquiera por un momento controlar esta ciudad? No somos amos de esclavos, Lyshion. Tú lo sabes. Conquistamos y marchamos. Y lo que queda atrás no ha de importarnos. Nada hay en estas tierras que yo quiera conservar como propio.

Me levanto pausadamente mientras continúo.

- Si Illurë se ha encaprichado de esta ciudad, sus razones tendrá. Nada bueno será si la conozco tan bien como creo. Pero no veo razón alguna para negarle el capricho. Y mientras nosotros avanzaremos hasta el norte, tal como han sugerido. Hasta Amon Duin – una risa profunda acompaña a mis últimas palabras.

- Pero habrá una nueva batalla, Majestad… - la voz de Alkabrindeth parece resignada – Y volverá a caer la sangre de los ramalië.

- Y no será la última vez, Alka. De eso puedes estar segura – mis ojos se oscurecen de dolor recordando la última batalla – Aunque mi corazón se resienta con cada gota derramada.

- Sea pues – asiente, mientras cierra sus ojos azules.

- Sea pues – corrobora Lyshion, recostándose nuevamente en la silla.

Y yo los miro con una sonrisa. Me siento orgullosa de contar con ellos. De la unión que he conseguido forjar. Y me pregunto una vez más si conseguiré extender esta unión entre todos los ramalië. Porque sólo gracias a una unión como esta conseguiremos la paz. Esa paz que tanto anhelamos, y que siempre parece escabullirse ante nuestros ojos cuando estamos a punto de alcanzarla. “Sea pues”, me digo a mí misma, dando la reunión por terminada.

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Las tropas de Liantari llegaron antes de que nosotros emprendiéramos la marcha. Con el ruido ensordecedor de un enjambre se adentraron en Caras Aelin mientras nosotros ultimábamos detalles, y recogíamos lo poco que quedaba en el campamento.

Al amanecer partimos dejando atrás la ciudad esteldili, sitiada ahora por un nuevo enemigo. El destino de ambos, sitiados y sitiadores, quedaba ahora en sus manos. Y sólo dejamos atrás el leve recuerdo del paso del ejército de los Ramalië.

Las leguas que se suceden mientras atravesamos las verdes llanuras que se extienden entre las Aikwa Oron y el Linweluinë nos parecen monótonas. Apenas a lo lejos alcanzamos a divisar por un momento la ciudad de Lamanlië, acomodada junto al río.

El camino permanece desierto. Campesinos y comerciantes deben haber buscado refugio en las grandes ciudades amuralladas cuando comenzó la invasión enemiga. Esteldor parece haber muerto, y me pregunto dónde se esconde el orgulloso ejército esteldili en estos momentos.

Mientras tres grandes compañías defienden las ciudades más importantes del país, me pregunto dónde se encontrará el resto de su ejército. Temo que en el Este nuestras ciudades corran la misma suerte que las de estas tierras. Y aunque confío en aquellos que guardan a mi pueblo, a partir de ahora ese temor me acompañará siempre.

Una fina lluvia comienza a descender sobre nosotros. La espero desde la noche anterior. Las hilachas de nubes parecían haberse expandido durante la noche, y a lo largo de la mañana comenzaron a hincharse ocultando el sol, del que apenas llega ahora una luz blanquecina.

Cuando al atardecer divisamos las cuatro torres de Harancár, la persistente lluvia sigue acompañándonos. El sonido de trompetas nos precede. Parece extenderse de torre en torre, alertando a la ciudad de nuestra llegada. Pero pocos son los que han regresado a través de secretos caminos a la ciudad. No los suficientes para defenderla. Y aún siendo consciente de que son el enemigo, cierta compasión me invade. Aunque no la suficiente para detener el ataque.

Nada pueden hacer sus arqueros. Las flechas lanzadas son frenadas por la lluvia, y son pocas las que llegan a dar en blanco alguno. Quien lidera el ataque se da cuenta en seguida de la situación. Sea quien sea, no me gustaría estar en su lugar.

Las puertas de la ciudad permanecen cerradas, y las murallas apenas han sufrido daños en el asedio anterior. Parece una ciudad que nunca antes hubiera sido tomada. A una orden de Alkalabrindeth la compañía de enanos parte hacia las puertas, y las enormes hachas se estrellan contra las puertas una y otra vez mientras una compañía de elfos utiliza sus escudos para protegerlos de las flechas esteldili.

Nada puede resistir la furia de los enanos. Las puertas comienzan a resquebrajarse poco a poco. Nunca dejará de sorprenderme el poder de los Russan Rámar, y mi respeto hacia el pueblo de Gimbur aumenta día a día.

Cuando las puertas están a punto de caer, Lyshion ordena el ataque. Como una ola enfurecida la caballería de los ramalië avanza contra las puertas en el momento justo en que las puertas caen retumbando sobre los adoquines de piedra. Una lluvia de flechas cruza el umbral, causando entonces las primeras bajas. Nuestro intento de proteger a la compañía de Alkalabrindeth no ha sido en vano, pero tampoco ha sido tan efectivo como pretendemos.

Una compañía apenas defiende las puertas. No son suficientes, y aquellos que defienden la ciudad lo saben. Ya lo han perdido todo antes, y ahora, apenas queda nada en Amon Duin que defender. Sólo el orgullo. Y no darán su vida por orgullo. Al menos no esta vez. Las trompetas vuelven a resonar de torre en torre, llamando a la retirada.

Mientras el enemigo comienza la retirada, la caballería ramalië avanza acosándolos hasta el último momento encabezada por Lyshion. Tras ellos sólo quedan cuerpos caídos esparcidos por las calles de la ciudad. Apenas ha llegado a ser una batalla. Pocas han sido las bajas de ambos ejércitos, aunque seguramente hayan sido igual de dolorosas para ambas partes.

La noche cae sobre una ciudad que parece desierta, y no es de extrañar. Las puertas han caído. Mucho tardarán sus habitantes en volver.

Y mientras nosotros atenderemos una vez más a los heridos. A los suyos y a los nuestros. Y volveremos a elevar nuestros ojos al cielo mientras el fuego purificador se lleva las cenizas de los caídos. Y volveremos a llorar por ellos.

Por que ese es el final de toda batalla, grande o pequeña. Y la sal de las lágrimas de vencedores y vencidos.

Húrin

El museo de Cavada Grande estaba silencioso, como era normal en esos tiempos. La vuelta de Bilbo Bolson había dado mucho que hablar, lo que había hecho aumentar el número de visitantes durante en tiempo, pero los hobbits son una raza de costumbres fijas. Era cuestión de tiempo que el museo fuera de nuevo poco visitado.

Bilbo había ido a visitar a unos parientes suyos junto a Peregrin Tuk (pues eran parientes comunes) y no había podido resistir la tentación de pasarse por el viejo museo, donde reposaba, entre otros artículos, su vieja cota de mithril. Pero, aunque esto nunca lo supieron los propios hobbits (que tenían por costumbre pensar que todo eran mathoms), el museo tenía una de las mejores colecciones de objetos históricos. Los años de abandono por parte de las razas altas habían permitido al museo vivir libre de saqueos y riñas. Uno podría entrar allí y pasarse semanas encontrando objetos que la Tierra Media creía perdidos.

No era el caso de Bilbo, que lo conocía casi a la perfección, y sabía exactamente lo que buscaba. En una pila, encima de un pupitre, había gran cantidad de pergaminos. Rebuscó un poco, y encontró el deseado: narraba una lejana batalla que había ocurrido otrora en una parte lejana del mundo a la que... ¡Ni siquiera el propio hobbit había llegado!

Ven aquí, Peregrin – le dijo a su joven acompañante - Te voy a leer este relato, espero que te guste e incluso, quien sabe, pueda serte de utilidad algún día. Cosas más extrañas me han ayudado a mí en momentos de necesidad...

El menudo hobbit tomó asiento, y empezó a leer.

“Durante los últimos días habíamos intentado retornar a la ciudad. Muchos de los túneles que habíamos utilizado para huir del ejército de Limpe habían sido destruidos, y otros tantos se hundían a nuestro paso. Debimos ir con cuidado, lo que menos deseaba en aquel momento era perder más vidas intentando retornar a nuestra ciudad. Los días no nos acompañaban, pues no hacía más que llover, lo cual no sólo nos impedía tener una buena visibilidad, sino que minaba certeramente la moral de las tropas.

Finalmente conseguimos volver, pero entonces casi deseé haber continuado fuera. La ciudad había sido totalmente arrasada por el enemigo, las casas estaban derrumbadas, los árboles destrozados, los caminos levantados... El muro presentaba importantes grietas donde, sencillamente, no presentaba agujeros de grandes dimensiones. Una torre de vigilancia había desaparecido de la faz de la tierra, pero la otra todavía se conservaba en buen estado. Eso consiguió que suspirase con alivió momentáneo. La puerta de entrada principal estaba quemada y astillada, pero eso sería el menor de mis problemas: tenía gente en mi ejército que haría otra en pocas horas.

Más me preocupaban los muros. Necesitábamos piedra para rehacerlos, por no hablar de los maestros canteros e ingenieros que no disponíamos. Tendría que pensar algo, los muros no podrían quedar así, hasta una manada de jabalís podría penetrar sin problemas en la ciudad con semejantes escombros por defensa. No obstante lo dejé para más tarde, primero tenía que organizar la defensa.

Le comenté a Jade el problema de los muros y me pasé el resto de la tarde animando a las tropas mientras les ordenaba donde debían situarse. Todos estábamos exhaustos, así que me limité a poner una ligera vigilancia en la torre que quedaba aún en pie acompañada por patrullas alrededor de la cara interna del muro.

Me levanté más descansado al día siguiente. Además, por fin lucía el sol, y lo interpretamos como una señal de bienvenida a la ciudad. La moral de las tropas subía con cada tarea que realizábamos con éxito. Era fundamental que estuvieran animados, si se nos presentaba batalla... ¿Íbamos a ganar con nuestro escaso número? No. La cantidad de vidas salvadas dependería casi exclusivamente de los ánimos que tuviéramos en la lucha. Hice todo lo que pude para que mi ejército se sintiera feliz.

Desayuné con Jade, y ésta me confesó dos cosas: no había hallado todavía solución para resolver los problemas de la muralla, y las avanzadillas hobbit habían observado que un ejército de Helkelen Lara se dirigía hacia la ciudad. Malas noticias ambas cosas. Le hice prometer que no diría nada de este enemigo a las tropas hasta que yo lo dispusiera correcto, quería que disfrutaran del día unas horas más. Comimos nuestras gachas y la dejé allí sentando, mirando los despejados cielos y pensando a solas.

¡Era toda una hobbit esta Jade! Desde que habíamos sido destinados juntos, y a pesar de las derrotas, nuestro ejército funcionaba mejor que nunca. Nos compenetrábamos en todo, si algo no sabía hacer yo, ella lo solucionaba, y viceversa. Estaba completamente seguro de que encontraría una forma de hacer que nuestras murallas brillaran con esplendor al sol del mediodía. Si todos los hobbits fuéramos como ella... Esta guerra ya estaría ganada hace muchas semanas.

Dejé de pensar en ella (pensaba demasiado en ella últimamente, me di cuenta) y volví a mis tareas. Como esperaba, los carpinteros había hecho ya una nueva puerta. No pasaría a la historia por bella, desde luego, pero cumpliría su función de retrasar a las hordas invasoras excelentemente. Les felicité de nuevo y les dejé la tarde libre para que descansasen o estuviesen junto a sus familias. Las grupos de patrulla seguían vigilando la ciudad como habían sido ordenados, y mujeres y niños ayudaban en las tareas menores todo lo que podían. Jamás podré decir que el egoísmo reinaba en ninguna ciudad de Esteldor.

Pasé el día con estos quehaceres. Ya caía la noche cuando los reuní a todos. Era hora de comunicarles las malas noticias. Por lo que Jade me había comentado, había espías de Helkelen en la zona, esperando ver por dónde salíamos para darnos caza como a animales. Realmente, no sabía qué hacer, pero debía contárselo al pueblo.

Fue duro, y vi en sus caras esa infelicidad que había estado desapareciendo en los últimos días. ¡Valor y coraje! Eso es lo que definiría a todos aquellos hobbits. No tengo más que palabras de agradecimiento para ellos. A pesar del jarro de agua fría que supuso esta terrible noticia, nadie se quejó, y todos asumieron su papel.

De todas formas, seguía sin saber qué hacer. Mandé grupos por los pasadizos ocultos de debajo de la ciudad, para ver cómo estaban, y comprobar cuales estaban sin vigilancia en el exterior. Las nuevas traídas no fueron agradables, Helkelen se había tomado muchas molestias en vigilarlos. Sólo tres permanecían practicables y sin el enemigo a la vista. ¿Huir o luchar? No me decidía... Si al menos tuviera muros...

Afortunadamente, y como ha sucedido ya en tantas ocasiones, Jade fue mi salvación. Sus conocimientos rivalizaban con los del mismo Nowë. Había creado un ungüento pegajoso y grisáceo, con el que decía poder recrear los muros... al menos un corto espacio de tiempo. Le di una docena de hombres para que empezasen a trabajar aquella misma noche. Esto fue lo que vi que hacían: por dentro de la muralla destruida, cogían piedras, las colocaban en la cara externa pegadas con la argamasa de Jade, y se mantenían de pie. Los huecos que quedaban entre las piedras eran también cubiertos por dicha masa, y, para mi sorpresa, las piedras no se caían con ella. A pesar de todo, no pude pensar en el aspecto ruinoso que presentaría la muralla vista desde fuera... Esperaría hasta que amaneciera para comprobarlo, con la oscuridad reinante no distinguiría una araña de un troll. Total, despiden el mismo hedor a ciénaga...

Me desperté con energías renovadas, y me dispuse a ver como iba la muralla. Vista desde dentro, era un completo desastre. Piedras colocadas una encima de otra sin ton ni son, unidas por la idea de Jade... Apenas 30 centímetros de espesor tenía en los arreglos. Fui a verla por fuera. Por primera vez, pensé que Jade no había hecho más que empeorar las cosas. Y por última vez también. ¡Menuda visión! Desde fuera, el muro parecía el más resistente que alguna vez viera la faz de la tierra. ¡Fantástico! El engaño funcionaría, hasta los mismos Valar caerían en él.

La torre de vigilancia disponible demostró ser de utilidad. A mediodía, divisaron al enemigo, y calculé que tendríamos hasta el anochecer para preparar la batalla. Ordené a la mayoría de los ciudadanos que huyeran por los pasadizos hasta un lugar clave convenido (ni siquiera aquí me atrevo a decirlo, pues puede que lo utilicemos en otro momento y este diario puede acabar en malas manos) y dirigí a las tropas a sus lugares. Aposté a Jade junto a unos arqueros para hacer fuego cruzado al empezar la batalla, y me reuní junto con mis valientes hobbits en el interior de la ciudad, pegados a la puerta, en pos de resistir las envestidas que nos acaecerían.

Pensé que un discurso los animaría. Esto fue lo que dije: ¡Venid y....”

En este momento, Bilbo detuvo la narración. El pergamino estaba cortado, y nunca sabrían lo que Húrin dijo en aquel funesto momento. Como habréis notado, Bilbo se había tomado ciertas licencias en la historia, convirtiendo los hombres que realmente combatieron por parte de Eirë Esteldor en hobbits. Siempre le gustó pensar que ellos podrían hacer batallas como las grandes razas...

El siguiente pergamino conservado decía así:

“...debido a que había empezado a llover. Jade ordenó que dejara de disparar los arqueros, y yo me preparé para la carga contra la puerta. Los enanos eran fieros con sus hachas, y la puerta duró lo justo para que los arqueros soltaran su arco y sostuvieran la espada junto a nosotros. La caballería de Helkelen entró a toda velocidad. Algunos arqueros que no habían tenido tiempo de cambiar de arma los sorprendieron, creando más bajas de las que hubiera pensado.

Detuvimos como pudimos la primera carga, y ordené tocar en retirada. Habíamos dado un poco de guerra, y nuestras bajas eran mínimas. En cambio, había bastantes heridos. Yo mismo recibí un golpe contundente en el estómago que me hizo vomitar sangre y bilis, y algunas heridas superficiales. Todavía tenía algunos problemas de la anterior batalla, así que me alegré de salir con vida después de todo aquello. Jade también presentaba una herida... Curiosa. Una de las flechas perdidas había tenido la mala suerte de alojarse... allá donde la espalda pierde su nombre. Pobre. Le dolerían más las chanzas y burlas que la herida en sí. Ahora que lo recuerdo, no pude evitar sonreír en aquel momento.

Dirigimos la retirada hacía el único pasadizo que había dejado practicable. Era una ratonera, o nos seguían por allí o nos dejarían en paz. Si nos seguían... les tenía preparada una buena recibida. Estuve esperando un rato, pero no aparecieron. Parecía que se contentaban con tomar la ciudad superficialmente. Reconozco que no era una ciudad apetecible vista desde dentro... Desde fuera los muros engañaban. Como ya he relatado, al menos sirvieron para asustar y contener al enemigo en los inicios del combate. Gracias Jade. Te debo una más. Como digo siempre, no sé...”

El pergamino terminaba bruscamente. Bilbo no tenía nada más, pero reconocía una historia acabada cuando la veía. No habría mucho más que contar. Le daba lástima por aquellas gentes, y sentía curiosidad por saber quién había escrito este relato, pues en ningún momento se veía mencionado su nombre. Desafortunadamente para él, y a pesar de su longevidad, nunca se enteraría.

- ¿Qué te ha parecido el relato, Peregrin?

- Es una trágica historia. Si yo hubiera estado allí... habría cogido mi daga y no hubiera quedado ninguno de esos helkerianos o como se llamen con vida, me los hubiera llevado a todos con mi pericia – se jactó orgulloso el joven hobbit.

- Anda, levanta y sigamos viendo el museo, hay muchas cosas interesantes. ¡Mira! ¡Allí está mi vieja cota! Esto me recuerda otra historia que contarte, de un dragón y unos enanos...

Kelusse

Resumen de la batalla.

Heren Fanyarëa ha perdido 6 armadas x35= 210 puntos.

Recuperables: 140 puntos.

Valoraciones: 8+9+9+8,6+8,2= 8,56

Recupera: 120 puntos.

Pierde: 90 puntos.

Eirë Esteldor ha perdido 6 armadas x35= 210 puntos.

Recuperables: 70 puntos.

Valoraciones: 8+8+9+9,2+8,6= 8,56

Recupera: 60 puntos. Se han solicitado daños para los dirigentes pero estos no pueden ser tenidos en cuenta al no llegar al mínimo de armadas perdidas.

Pierde: 150 puntos.

Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Heren Fanyarëa por abandono de la batalla.

Eirë Esteldor entrega 300 monedas a Heren Fanyarëa por saqueo de la ciudad.

Compañías actualizadas y listas.