Kelusse
Fin Guerra: Eirë Esteldor deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 9
Armadas perdidas por \"Liantari Dimbar\" = 5
Victoria para Liantari Dimbar.
Saqueo de Caras Aelin.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:07:24:23:37:24
Fin Guerra: Eirë Esteldor deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 9
Armadas perdidas por \"Liantari Dimbar\" = 5
Victoria para Liantari Dimbar.
Saqueo de Caras Aelin.
Desperté aun cuando deseaba tanto prolongar mi descanso aunque fuera por un breve lapso. Desperté negándome a dejarme vencer por el cansancio que en los últimos días me había postrado en cama dejándome tan solo breves espacios de conciencia de una vida tangible.
Con la frente ardiente y empapada por el sudor a causa de la fiebre me reincorpore lo suficiente para revisar la herida que me surcaba el muslo hasta morir en la parte alta de la rodilla. Su aspecto no había mejorado respecto a días anteriores y el entramado de costras se entretejía con los ríos de pus con geografía propia.
Retire por completo el resto de hierbas curativas que quedaban adheridas en la herida tras la retirada del vendaje y tras dejar a un lado la túnica ancha y liviana que habían envuelto mi cuerpo aquellos largos días sometí mi cuerpo desnudo al placer de un buen baño.
Buen baño en el concepto más que en la forma, pues lejos de las comodidades de la ciudad el aseo en una tienda militar no constaba más que de un cubo de agua y una toalla con la cual restregarse la piel una vez humedecida en el agua. A pesar de ello el placer de aquel baño no fue ni mucho menos desmerecido y pronto pude limpiar mis heridas y mitigar las ascuas propagadas por mi cuerpo por culpa de mi febril estado.
-¿Puedo pasar?- interrumpió una voz proveniente del exterior de la tienda.
-Adelante- dije tras rodearme con la toalla por encima de la cintura y acomodándome en una silla de madera.
-¿Cómo te encuentras hoy?- preguntó amablemente el cambiapieles, aún cuando bien sabía que Taursereg no era precisamente condescendiente de manera natural con las personas como yo, asesinos, y seres de ennegrecido corazón a sus ojos. Taursereg odiaba a las personas de gran codicia y maldad, odiaban a quienes vivían para causar la muerte, pero desde la muerte de su esposa, nada menos que Annethiel, una de las tres antiguas matriarcas del reino, sus ansias de venganza habían jugado a favor de la reina Illurë que había manipulado los hechos consiguiendo redirigir la rabia del cambiapieles a objetivos que le eran a ella más provechosos. Y aquí estaba, un títere más, erguido con sus habituales ropas de pieles con su larga melena cayéndole despreocupadamente por pecho y espalda mientras ocultaba el cabestrillo del brazo diestro (que lo hubiera incapacitado casi totalmente para la batalla de no ser zurdo) bajo una capa de pieles echada hacia delante ocultándole la mitad de su pecho.
-Mal, ¿qué tal tu brazo?- “No se me escapa nada muchacho”.
Taursereg sonrió -Pues mejor, las heridas nunca me han solido suponer un gran obstáculo. Me recupero rápido.-
“Cabrón”.Tosí y al momento padecí haberlo hecho. La mirada de Taursereg se clavó entonces más en mí, diseccionándome con la mirada, justamente cuando en aquel momento ya había perdido el frescor del baño y frente y cuerpo comenzaba a empaparse con el sudor. “Mierda”.
-¿De verdad estas bien, no te hallaras enfermo?-
-No es más que un simple resfriado – “No es más que una simple pulmonía y puedes dar gracias que no te haya manchado con gotas de sangre esas preciosas botas, pues bien que tosía sangre hace escasas horas, aunque no suficiente para que me releves claro”- Es por culpa de este maldito tiempo, puedes estarte tranquilo – sonreí esperando que no pareciera desesperado. “Orodril, conquistador de buena parte del Matriarcado de Harniâth incapaz de sobreponer su voluntad en su cuerpo. Incapaz de proseguir al mando. No era un buen momento para caer enfermo, ahora que la jauría de perros hambrientos que era el gobierno de Liantari Dimbar se había azuzado aún más por la guerra. Perros que no dudarían en atacar a aquel miembro incapaz de salvaguardar su propio pescuezo. No caería tan fácilmente, no si podía evitarlo”.
-En fin, ha llegado un mensaje. Las tropas de Heren Farnyarëa se aproximan a nuestro campamento con ánimo de parlamentar. He iniciado los preparativos para darles la merecida bienvenida a este campamento situado en mitad de ninguna parte.-
-Estamos en tierras de Caras Aelin, a escasas millas de la capital, no en ninguna parte.-
-Eso en estas tierras es ninguna parte, mire a donde mire no veos más que la misma y dichosa desnuda llanura.-
Tras su marcha, enojado aún el cambiapieles (quien estaba deseoso de ver al menos un árbol, como un sobrio alcohólico desea un trago con el cual saciar su sed), metí de nuevo los pies en el cubo de agua y la sensación de frescor recorrió de nuevo mi febril cuerpo. “Se abre nuevo juego”.
Tras tomar tantas infusiones de hierbas que notaba mi alma casi flotar desplegué con cuidado mis mejores galas del paquete en donde hasta ahora las había guardado. Tras vestirme cuidadosamente, teniendo gran esmero hasta en los más minúsculos detalles contemplé mi figura en el espejo de cuerpo entero. El traje confeccionado en todas sus partes en seda negra me venía al guante. Chaleco, capa, guantes, pantalones y botas eran negras, solo la camisa era blanca con ribetes plateados. La imagen en si era de grandiosidad, de poder, precisamente la sensación de lo que deseábamos infundir.
Salí de la tienda y comprobé que la misma dedicación se había aplicado en todo el campamento. Todo se había limpiado y recogido, y los estandartes se bamboleaban por el viento, relucientes. Los soldados habían encerado sus yelmos, escudos y armaduras, y el brillo de estas eran pulcro, pareciendo todas ellas, hasta las más dañadas, nuevas y recias. Hasta Taursereg de un carácter siempre más descuidado había tenido especial cuidado en su aspecto y a pesar de que como siempre iba vestido por pieles, había elegido las más exóticas y bellas. “Hasta la mayor tenebrosa oscuridad es bella al candor de las estrellas”.
Cuernos y trompetas sonaron con claros y limpios acordes anunciado la llegada de nuestros aliados.
Abriendo la marcha estaban los tres líderes de la compañía de Heren Farnyarëa, Naredhel Anariel, reina de aquel reino y mujer de extraordinaria bellaza con la cual mi camino en varias ocasiones pasadas se había cruzado, Lyshiön Morkarendîl elfo de grimoso aspecto, a pesar de que para muchos más que grimoso resultaba aterrador, y Alkalabrindeth mujer de gran bellaza pero cuyo aspecto frió y distante, así como pálido, mitigaba su belleza frente a la de la regenta, además de una minúscula silueta que tarde en distinguir dada sus impresionante y lujosa armadura como Uzab Kibil, quien había dejado en la retaguardia para informar a la reina Naredhel.
Tras besar las manos de ambas mujeres e intercambiar un saludo con Lyshiön, constante por una simple inclinación del cuerpo, dejamos atrás la creciente y fría noche y nos internamos en mi propia tierna, la cual había sido reorganizada para la ocasión.
Tras intercambiar informes, y discutir varios aspectos sobre el proceder de nuestras estrategias, dimos por concluida la visita, y tantos los dirigentes como nuestros hombres nos disponemos a hacer frente a la noche en mutua compañía. Agradecía ver que Uzab Kibil había recuperado su buen porte, y fue él quien se acerco a mí tras concluir nuestra reunión.
-Hace unos días me llegaron estos mensajes dirigidos a ti. No se que temas tratan, pero confío que te reporten buenas nuevas.- dijo el enano mientras que rebuscaba entre sus atuendos y sacaba dos cartas selladas, una con el escudo de Astan Neuma, la otra con el sello real.-Te dejo para que puedas leerlas, yo por mi parte iré a descansar, pues el día de hoy agotó. Confió que mañana podamos tener una breve pausa para podamos hablar, aunque dados los planes de Naredhel no se si será posible. Hasta mañana pues, si la dama quiere- sonrió el enano y marcho hacia una de las tiendas que los hombres de Heren Farnyarëa. Había tenido sin duda mis dudas de dejar casi un mes antes al enano como emisario de Liantari, dado su carácter osco y terco, pero por lo visto había conseguido desenvolverse bien en su nuevo papel. Tras verlo desaparecer entre las tiendas volví a la tienda mirando con curiosidad ambas cartas.
A la mañana ambos ejércitos comenzaron a desmantelar el campamento. En ese escaso tiempo tuve tiempo para tener unas palabras con el enano. Uzab Kibil seguiría acompañando a la reina Naredhel en su camino hacia Amon Duin, algo por lo que por un momento le envidie. Enfermo como lo estaba bien me hubieran venido unos días de tranquilidad sin tener que preocuparme en estrategias y en mantener el orden y el ánimo entre los hombres de Liantari. Por primera vez desde mi salida de la capital del Matriarcado de Harniath, uno de los tantos de la reina Illurë, me sentía cansado y sin fuerzas para continuar. Sin embargo debía continuar, si quería conservar todo por lo que hasta entonces había luchado.
Anar ya estaba abriéndose camino hacia el techo del cielo cuando las compañías de Heren Farnyarëa y Liantari Dimbar se separaron al fin. Naredhel no debía por que encontrar demasiados problemas en su viaje, pues dudaba que los habitantes de Amon Duin que habían regresado, hubieran tenido tiempo para reparar los daños causados por sus hombres semanas antes. Nosotros dejaríamos aquel campamento levantado cortésmente a la espera de que las tropas de Heren Farnyarëa abandonaran la ciudad y nos estableceríamos en Caras Aelin, donde seguramente las tropas esteldilis que habían huido de nuestros aliados nos habrían preparado alguna artimaña para evitar nuestro asentamiento y la explotación de sus riquezas. Trabajo seguramente inútil, pues la Alianza, forjada durante el Tratado de Tabarceta, no deseaba solo las riquezas de aquellos pueblos, sino la ruina total de los mismos. Pobres de ellos en su inútil empeño.
Pero nuestra muestra de cortesía tubo sus primeros óbtaculos, más bien uno, único y primero, siendo tal el paso del río que conformaba la muralla oriental natural de la capital esteldili que continuaba hasta su muerte en el Mar de Rhûn, un muro de agua para las tropas de tierras de Liantari. Dado el abandono defensivo del río el traspaso de tropas de una a otra orilla resulto bastante sencillo hasta que las tropas provenientes de Caras Aelin, de algún escondrijo de ratas muy seguro, hicieron acto de presencia.
Bien cierto puedo decir que no tuve conciencia de el avance enemigo hasta que estuvieron casi por completa encima nuestra. La tormenta que se nos había echado encima había provocado que nuestro avance fuera más accidentado de lo que hubiera sido en condiciones normales, lo que había absorbido casi mi total atención hasta el momento. Pero la tormenta también había impedido vislumbrar con claridad lo que acontecía a escasos metros de nuestra ubicación. Es por ello que cuando la primera lluvia de flechas cayó sobre las tropas de Liantari, situadas por entero ya en la otra orilla, no encontró dificultad para abatir a mis hombres. Solo puedo dar gracias quizás a que la fuerza de aguacero y la poca visibilidad a causa de la lluvia, juraron entonces también en nuestro favor, y las perdidas entonces no fueron tan graves como lo pudieron a ver sido. Aún así la desesperación y el temor recorrieron las filas de mis hombres ante aquel súbito ataque, más cuando Taursereg fue abatido por una flecha y cayó de su caballo, provocando que muchos hombres buscaran la protección en las filas más alejadas, cercas del río. Varios de aquellos cobardes recibieron la justa muerte cuando el río crecido por las lluvias se los llevo por delante, llevándose así su deshonor.
Poco o nada se oían mis gritos bajo aquella tormenta, pero para mi alegría, a pesar del caos reinante en mis filas, mis hombres se organizaron de manera satisfactoria y nuestro contraataque poco tardo en hacerse efectivo.
Una lluvia de flecha mayor que la nos había aplacado sobrevoló el cielo desde nuestras filas hasta las enemigas, facilitando la llegada de la infantería y la caballería a las líneas esteldilis, golpeándolas con fuerza a su llegar.
Superiores en número, las tropas que comandaba en solitario pronto se hicieron con el control de la batalla. Divertido, aunque debilitado por la lluvia que calaba hasta los huesos mi enfermo cuerpo, busque con alevosía en mitad de la tormenta a los señores de Eire Esteldor con los cuales teñir de sangre mi espalda, y así poder otorgarle un tributo mayor a mi amada reina. Pero no es extraño en estos tiempos que el cazador se convierta en presa, y fue que en mi búsqueda de una mayor gloria una lanza aparecida de la nada abatió a mi caballo y me arrojó al barro.
A pesar de encontrarme bastante cegado y ralentizado por el barro conseguí zafarme del peso del animal y desatar de sus alforjas una lanza y un escudo con el cual defenderme de mi atacante. Éste no tardo mucho en volver a arremeter de nuevo, y cual fue mi sorpresa cuando descubrí que no era otro que Calenglin, el Nainir Dagor, un noldo. El valor como trofeo que suponía y el odio natural que sentía hacia su pueblo me ayudo a controlar y potenciar mi fuerza logrando derribar el caballo del elfo y arrojándolo al barro.
Tirando al suelo lo que restaba de la lanza, desvaine la espada que me colgaba del cinto y avance hasta mi presa. Aun con la pierna derecha desvalida, y enfermo, aplaque los golpes del elfo y lance varios golpes buenos que la mala suerte quiso que no hallaran su objetivo. Pero poco a poco las fuerzas de la furia fueron remitiendo y comencé a temer por mi vida, pero para entonces la batalla había avanzado bastante y los cuernos de retirada resonaron a lo lejos clamando retirada.
La batalla había terminado, y los hombres de Eire Esteldor se retiraban. Intente a la desesperada retener a Calenglin y conseguir así que mis hombres lo capturase o le diera muerte, dado que yo no encontraba en disposición de hacerlo, luego ya me encargaría de apuntarme el tanto a base de la desaparición de aquellos testigos que negasen mi versión de los hechos. Pero uno de los capitanes del ejercito esteldili, no se bien si fue Báldor o Nyrath (he de reconocer que jamás tuve estima por el pueblo de los hombres, mucho menos para interesarme en ellos), me lo arrebató de mi lado, levantándolo en el aire y recostándolo en el lomo de su caballo, contemplando así como mi trofeo se escapaba con el sonido de los cascos.
Furioso cogí la segunda lanza que colgaba del cadáver de mi montura y la lancé contra ellos con toda mi rabia. La lluvia seguía siendo abundante, todo lo contrario que la luz oculta en su mayoría tras aquellos nubarrones. Nunca sabría de la suerte de aquella lanza, pero bien deseaba que hubiera logrado su objetivo, aunque dado mi estado y dadas las circunstancias bien poco lo esperaba.
Para cuando la tormenta hubo pasado ya habíamos tomado la ciudad y habíamos dispuesto defensas en el puente de los noldor, y alrededor de todos aquellos puntos considerados como estratégicos. Todo parecía apacible, demasiado, cuando en principio deberíamos poder divisas en las cercanías las tropas de Eire Esteldor que habían huido del campo de batallas horas antes. Donde tendrían su madriguera quien lo sabría, pero lo más lógico sería pensar en las montañas, donde a la mañana siguiente mandaríamos una regimiento a revisar cada palmo.
Tras visitar Envinyakar, recorrer las casas de curación de Caras Aelin dejaban mucho que desear, y quizás por el uso continuo durante la guerra la colección de hierbas curativas eran ínfimas. Me apoderé de aquellas que convine necesarios para mi estado, el cual se había agravado dados los últimos hechos, y visite a Taursereg y lugartenientes allí postrados.
Taursereg dormía apacible, la herida no había sido del todo profunda, y por lo tanto leve, pero bien hubiera sido mortal de haber tenido en el corazón donde generalmente a uno le corresponde. Los lugartenientes por su parte la mayoría había recibido heridas de flechas en sitios poco perjudiciales, uno perdería la pierna, y el otro herido en por una lanza a la altura del abdomen difícilmente pasaría de aquella noche.
Me aleje de aquel hedor enfermizo y me dirigí a Daonlathas, donde los libros que aun aguardaban en sus estantes fueron mis compañeros en las largas horas de la noche, en donde en ocasiones me vencía el sueño y me despertaba el horror de mis ya habituales pesadillas.
Ni voro mertye, voro. Indonya nálya.
Grandes nubarrones se estaban acumulando sobre las nieves perpetuas de Aikwa Oron y un viento helado y seco descendía por la ladera desparramándose por la llanura oriental. La compañía se había detenido.
La información era precisa: las hordas enemigas avanzaban sobre la capital procedentes del noreste y no tardarían en cruzar el río. Sus fuerzas eran superiores y la capital aun se restañaba sus sangrantes heridas.
Se decidió, pues, una arriesgada maniobra. La sorpresa sería un factor determinante y el río, escaso pero salvaje y violento, en ese, su nacimiento, jugaría a nuestro favor. Pero no todos estuvieron de acuerdo en tomar la iniciativa y desproteger a las mermadas tropas; algunos eran partidarios de esperar a la chusma enemiga tras las fuertes murallas de Caras Aelin, donde tendrían muchas más posibilidades de resistir e incluso vencer. Pero al final su voz fue ignorada, porque las recientes afrentas sufridas no hacían sino desear la victoria rápida y alejar el Mal de la ciudad. Porque, todo hay que decirlo, el desanimo y el temor habían sobrecogido más de un corazón y los charlatanes abundaban, susurrando al pueblo soluciones milagrosas, cantando grandes gestas, que nada tenían que ver con la realidad de la guerra.
Se mandaron informadores adelantados que, con discreción y sigilo, deberían observar al enemigo para luego relatar todos los detalles a los capitanes de la compañía. Mientras tanto, el grueso de la tropa descansaba unos minutos tras una mínima colina que les protegía de la vista del enemigo y del viento de la montaña.
La mayoría montaba a caballo, pero había un grupo de ágiles elfos que se desplazaba a pié, portando largos arcos de mortíferas flechas. Los jinetes desmontaron a un tiempo y con un mismo movimiento, muestra inequívoca de que el espíritu marcial de la tropa se mantenía firme. Nadie hablaba, pero no era el desánimo el que callaba la boca de los soldados, sino la determinación.
Los tres dirigentes de la compañía se reunieron al abrigo de una gran roca que sobresalía de la ladera sur de la colina. Un rayo lejano iluminó la escena, luego un trueno débil y largo hizo temblar las entrañas de todos.
- Bien, ya estamos aquí, ha llegado ya el momento, señores. -dijo Calenglin justo después de que el trueno muriera. Los otros dos asintieron.- Tal como planeamos antes de partir, -continuó el elfo.- debemos atacar cuando la mitad de la tropa enemiga haya cruzado el río y el resto aun esté por hacerlo, unos sumergidos ya en las aguas turbulentas y los otros aun en la otra orilla.- Báldor y Nyarth parecían dudar.- Ya sé, ya sé, pero ahora estamos aquí, no es tiempo de dudar. -sentenció el elfo, notando cómo Báldor apretaba su fuerte mandíbula.- Conozco los riesgos, todos los conocemos.
Otro rayo, y otro trueno… y otros más, muchos más. Sobre la lejana cordillera se estaba desatando una locura de fuego celeste y truenos sobrecogedores, parecía el preludio de lo que se avecinaba, era una guerra en el cielo, en un campo de batalla de nubes altas y negras.
Dos de los informadores regresaban a paso ligero, quizá demasiado ligero, cosa que no pasó desapercibida al resto de la tropa, que los siguió con la mirada hasta que se arrodillaron ante los capitanes.
- Tienen ents, Señor. -Era un joven elfo de estilizada figura y piernas rápidas, clavaba su mirada en Calenglin.-
A Báldor y a Calenglin se les escapó un suspiro. Nyarth se limitó a apretar el puño de su espada.
- ¿Cuántos? -Preguntó Báldor, recuperado rápidamente el ánimo.
- Unos 20 señor, todo un ejército.
- Entonces debemos cambiar los planes, ¡y rápido!. -Una sonrisa se dibujó en la cara seria de Calenglin.- Veo, Báldor, que no has olvidado del todo tus años como soldado. -Báldor respondió con una sonrisa torcida el cumplido del gran general.- Hay cosas que no se olvidan, que no se olvidan…-
- Creo que todos, pues, hemos llegado a la misma conclusión. -Intervino Nyarth- Debemos esperar a que todo el ejército haya cruzado el río, y atacar con fuego.
- El río les cerrará la retirada. -remarcó el elfo, haciendo ademán de dar la reunión por acabada, ya todos sabían lo que hacer. Pero antes de irse en busca de las tropas a las que debía instruir sobre la nueva estrategia, añadió -No es lo que habíamos esperado, pero aun tenemos posibilidades, debemos ser rápidos y silenciosos, el primer golpe debe ser definitivo.
Se habían dado todas las órdenes, Nyarth aun estaba ayudado a preparar el fuego que lanzarían los arqueros. Báldor ya estaba sobre el caballo, la armadura ajustada, el yelmo asegurado, la espada en la vaina de la silla. Calenglin también había montado: hacía piafar a su caballo, distraidamente, mientras perdía su mirada al Oeste, desde donde la tormenta, con infinitos rayos y truenos, se les estaba echando encima.
El ambiente era seco, algunas gotas de lluvia, gruesas y pesadas caían ruidosas sobre las armas. Debían darse prisa, parecía sólo una tormenta eléctrica, pero no podían fiarse, si se desencadenaba la lluvia el fuego perdería parte de su utilidad y entonces,… entonces sí que estarían perdidos.
Los vigías dieron el aviso, los invasores estaban acabando de cruzar el rio. Era el momento.
La caballería se desplegó por los flancos, los arqueros rodeaban ya la colina a paso vivo.
Cuando abandonaran el refugio que les procuraba la pequeña elevación quedarían a la vista de los vigías enemigos, debían moverse con celeridad y en silencio. El escándalo de la tormenta acallaría en trote de los caballos, quizá incluso los primeros gritos de muerte. El fuego se llevaba protegido del viento en barriles de metal.
Un poco más de media milla los separaba del río. Una suave pendiente, poblada de hierba gruesa y dispersos álamos, los conducía con rapidez hacia sus enemigos. Las hojas de los árboles temblaban al viento, la tierra retumbaba bajo el galope de los caballos que se dispersaban a norte y sur y los arqueros por fin se detuvieron, donde sabían que los árboles no molestarían sus disparos de muerte. Quedaban sin protección. Todo debía salir bien, la suerte les debería acompañar, sino serían aplastados.
En medio de lo más feroz de la tormenta, cuando el fulgor de los relámpagos cegaba la vista y el tronar arrítmico ensordecía los más precisos oídos, las flechas incendiadas de Eirë Esteldor volaron hacia sus enemigos: mordieron la carne y quemaron la madera vigorosa de los ents. Los enemigos dudaron, se descompusieron, y entonces la caballería irrumpió con fuerza, destrozando las filas y el orden del enemigo. Parecía que la victoria era alcanzable, sólo había que redoblar los esfuerzos. Los arqueros abandonaron su posición y se acercaron con rapidez al río, dividiéndose en dos grupos; debían disparar ahora con más precisión, porque nuestra caballería se desplazaba con rapidez entre los enemigos.
Pero la fortuna no estaba ese día con Eirë Esteldor, porque la lluvia, que hasta ese momento se había limitado a unos pocos goterones, empezó a caer, copiosa y aciaga, protegiendo a los ents, ralentizando la caballería… convirtiendo lo que debería haber sido una batalla de velocidad y sorpresa, en una batalla de fuerza. Y la fuerza era superior en Liantari Nimbar.
La compañía rival pronto se recompuso y su hábil dirigente pronto la usó con inteligencia, la sorpresa había pasado, ahora nos enfrentábamos a una fuerza superior y bajo condiciones adversas.
A pie o a caballo, las espadas mandaban ahora. El chocar del metal contra metal, los gritos de dolor y muerte, los rugidos de los ents, el tronar del cielo; todo era guerra.
Nyarth intentaba recomponer y reconvertir a los arqueros, que ahora empuñaban sus espadas y se lanzaban con valor contra los enemigos, pero los ents eran invencibles en un cuerpo a cuerpo y los valientes eran aplastados inmisericordemente. La caballería tenía mejor suerte… quizá si pudieran replegarse y contraatacar con un poco más de orden… No, ya era demasiado tarde.
En pocos minutos todo se había acabado: Liantari Nimbar había resistido el primer embate y ahora llevaba la iniciativa del combate.
Nyarth, que había sido levemente herido, daba órdenes desde su caballo, las ropas empapadas, el pelo chorreante. Báldor bladía su pesada espada, matando desde su caballo negro, pero una flecha le atravesaba de parte a parte el muslo derecho, haciéndolo perder mucha sangre. Calenglin luchaba a pié, su caballo había sido derribado: era un maestro, un guerrero de tiempos antiguos, fuerte y hábil.
Y un cuerno sonó en la retaguardia, era la señal de retirada.
Calenglin, que con los pies clavados en el barro resistía a todos sus enemigos, era acechado por demasiadas espadas, alguien debía sacarlo de ahí.
Fue Báldor quien, en su retirada, lo vio batirse con valor contra esos cobardes, cinco contra uno: un jabalí acosado por perros. El beórnida se acercó al galope, el elfo lo vio y, con agilidad subió a la grupa del caballo.
Y hubiera escapado indemne si una lanza cobarde no hubiera sido disparada. Porque de la nada apareció una pesada y vengativa lanza que cruzó el aire e hirió el costado del elfo; sólo un roce, pero su filo era terrible, y lo hirió de gravedad. La lanza no se detuvo en la carne del elfo, sino que continuó su brutal carrera y chocó contra la espalda de la coraza de Báldor. Ahí se detuvo, en un choque terrible, desequilibrando al jinete, pero sin poder herirlo ni derribarlo, y cayó al suelo, detestada, ante el ruido del galope del caballo de Báldor alejándose en busca de refugio.
[Editado por elfo_negro el 21-07-2006 12:49]
Resumen de la batalla.
Liantari Dimbar ha perdido 5 armadas x35= 175 puntos.
Recuperables: 117 puntos.
Valoraciones: 8+9+8,7+8,6+8,8= 8,62
Recupera: 101 puntos. Se han solicitado daños para los dirigentes pero no pueden ser tenidos en cuenta al no llegar al número mínimo de armadas perdidas.
Pierde: 74 puntos.
Eirë Esteldor ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.
Recuperables: 105 puntos.
Valoraciones: 8+9+7,7+8,2+8= 8,18
Recupera: 86 puntos. Los dirigentes de esta compañía han sufrido daños por el 70%, por este concepto recupera 245 puntos. Total recuperacion: 331 puntos.
No pierde puntos.
Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Liantari Dimbar por abandono de la batalla.
Eirë Esteldor entrega 600 monedas a Liantari Dimbar por el saqueo de la capital.
Compañías actualizadas y listas.