La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 27. C2 Eirë Esteldor Vs C1 Liantari Dimbar. Saqueo De Iaur Abad.

2006:07:23:09:41:56

Kelusse

Fin Guerra: Liantari Dimbar se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 10

Armadas perdidas por \"Liantari Dimbar\" = 28

Victoria para Eirë Esteldor.

Saqueo de Iaur Abad.

Kelusse

Kelusse se movía en su tienda de campaña de izquierda a derecha como un animal enjaulado. Se mostraba sumamente disgustado y se preguntaba convulsivamente el motivo de que Herion hubiera desobedecido sus órdenes. Las instrucciones eran claras y precisas, se trataba de pasar el puerto, sin detenerse a batallar en la cima, una vez se abriera la brecha que necesitaba para traspasar las defensas de la compañía de Liantari Dimbar.

Lo que era cierto es que Herion había hecho caso omiso de las instrucciones y ahora se debatía entre la vida y la muerte, luchando por su vida.

Esa mañana había amanecido nublada y unos oscuros nubarrones en el horizonte presagiaban un mal agüero.

El doctor entró circunspecto en la tienda de Kelusse.

- Mi Señor.

- Decidme, honorable galeno. ¿Cómo se encuentra la noble y valiente Herion?

- Hemos hecho todo lo posible, Duin Atta, pero su estado era muy grave y todos nuestros esfuerzos han sido baldíos. No ha soportado la extrema gravedad de sus heridas y ha fallecido.

- ¿Muerta…?

El doctor salió cabizbajo de la tienda dejando al dirigente extremadamente atribulado. Kelusse recordaba a Herion y se tumbó en su camastro, presa del desánimo. Allí pasó varias horas en las que intentaba conciliar el sueño, mas la misión era complicada puesto que los sentimientos de confusión y dolor mermaban su capacidad para relajarse y descansar.

Transcurridas unas horas, la guardia alertó al campamento de la llegada de un jinete solitario. Kelusse salió corriendo de su tienda, perfectamente ataviado y con sus armas, para encontrarse con el jinete.

El jinete llegó veloz. Vestía de colores verdosos y una capa gris, que a todas luces denotaba un origen élfico, la cual le permitía pasar camuflado de forma camaleónica por cualquier paraje. La capa culminaba en una capucha que impedía ver el rostro del misterioso jinete.

La guardia salió al camino y detuvo al jinete.

- ¡Detén tu camino, jinete extraño, o paga el tributo de tu vida!

- En verdad os digo que el tributo que exigís es caro en demasía, y tengo aprecio a mi vida como para regalarla con tanta alegría.

Kelusse rió ante la ingeniosa respuesta, que si bien era un ripio, tenía cierta calidad y denotaba una mente ágil y cultivada.

Algo en la voz del jinete era muy familiar al dirigente y fue él quien tomó la iniciativa en la conversación a partir de ese momento.

- ¿Quién sois? ¿Adónde os dirigís?

- Varias son las preguntas y se formulan sin esperar las respuestas. Si tanta curiosidad tenéis, a fe mía que tendré que satisfacerla.

- Dejad tanta verborrea y contestad –insistió Kelusse.

- Soy un caballero esteldili y voy en busca de la segunda compañía, y parece ser que ya la he encontrado. Aunque tengo que ser sincero y decir que esperaba un recibimiento más cordial.

El extranjero lanzó la capucha de su capa hacia atrás y dejó a la vista de todos clara su identidad. Era un elfo de considerable altura.

- ¡El nainir Mitya! –clamaron los soldados.

- ¡Nowë! –clamó igualmente sorprendido Kelusse.

El jinete bajó de su caballo y se abrazó a Kelusse.

- Debes estar muy cansado tras una travesía tan larga –le dijo Kelusse.

- Lo estoy, pero ahora no es tiempo para descansar, tenemos que hablar.

- Vamos a mi tienda, allí podrás ponerme al corriente de lo que sucede en nuestra tierra.

Los soldados recibieron permiso para beber cerveza todos excepto los que estaban de guardia.

Los dos dirigentes empezaron a charlar en la tienda, con algunas viandas, no demasiado exquisitas y abundante bebida.

- ¡Estás herido! –observó Kelusse.

- Así es. Tengo una fuerte herida en la sien, que me produjo un proyectil que lanzaron los de Liantari Dimbar intentando conquistar la noble ciudad de Halatiryon. He mejorado mucho, gracias a los cuidados de los expertos médicos que me han atendido, pero aun disto mucho de estar en condiciones para luchar. Por eso me he ofrecido voluntario para hacer de correo, aunque ya te aviso que seré de poca ayuda en la batalla, porque no puedo luchar.

- Lo importante es que acabes de restablecerte. Tus fuerzas serán necesarias en el futuro; tu consejo es imprescindible en cualquier momento.

- Ardo en deseos de hablar con Herion. ¿Dónde la escondes? –rió Nowë.

El rostro de Kelusse se ensombreció inmediatamente.

- Herion… Herion no está.

- ¿Qué significa que no está? ¿Está en alguna misión?

- Ha muerto esta mañana por las heridas que recibió en la batalla que tuvimos que librar para cruzar el puerto.

Nowë se mostró muy apenado por tan gran pérdida, y mantuvieron algunas impresiones sobre la fallecida dirigente esteldili.

- Dejemos descansar a los muertos –sentenció Kelusse. ¿Qué noticias de Esteldor nos traes?

- La guerra va muy mal. Nuestras compañías están siendo arrasadas. Disensiones internas están allanando el camino a los ejércitos combinados de Liantari Dimbar y de Heren Fanyarëa.

- ¿Tan malas son las noticias?

- Juzga por ti mismo, Halatiryon ha sido tomada en dos ocasiones y antes de partir en tu búsqueda nuestras amadas ciudades de Amon Duin y Caras Aelin han sufrido la misma suerte, siendo saqueadas irremediablemente.

- Eru no nos está siendo propicio. Seguramente los dirigentes de estos reinos deben honrar a los valar con sacrificios humanos.

- Es posible, pero las malas noticias no acaban ahí. Teníamos un contingente de soldados presto para acudir a reforzar tu compañía, pero tras el descalabro de la cuarta compañía no hemos tenido más remedio que usarlo para reforzarla.

- Ya me parecía que las negras nubes que esta mañana se divisaban en el horizonte no presagiaban ninguna buena noticia.

- ¿Cuáles son tus planes más inmediatos? –inquirió Nowë.

- Tengo dudas. Hemos cruzado el paso de Cirith Annethiel y no sé si dirigirme hacia Astan Neuma, la capital de este reino, o bien cruzar el paso de Cirith Medëa.

- En eso mi consejo puede serte de ayuda, puesto que llegando a tu posición he visto como una compañía, ataviada con los colores de Liantari Dimbar, bloqueaba el camino hacia la capital.

- En este caso, debemos dirigirnos de inmediato hacia el paso de Cirith Medëa antes de que lo bloqueen también y que nos encierren entre las dos cordilleras y el desierto. Además siempre estamos a tiempo de regresar para hacerles una “amistosa” visita a los habitantes de Astan Neuma.

Kelusse y Nowë salieron y hablaron con los capitanes de las diversas facciones de la compañía. Las instrucciones fueron claras, dejarles que se divirtieran hasta la medianoche, pero al alba del día siguiente se pondrían en marcha tan pronto como los primeros rayos de Ûr, expresión con la que Nowë se refería al sol, aparecieran sobre las montañas.

La marcha fue rápida y Nowë mantuvo el paso que marcó la vanguardia de la formación. Aquel elfo era impresionante, cualquier otro ser humano estaría tendido a punto de morir, sin embargo él aguantaba el camino sin rechistar y sin flojear en ningún momento.

El paso de Cirith Medëa no estaba protegido, por lo que la compañía pudo pasar sin problemas. Kelusse se preguntaba en qué estarían pensando los dirigentes de Liantari Dimbar para dejar ese paso totalmente desprotegido, puesto que era un lugar ideal para bloquear el paso e impedir una marcha hacia una de sus ciudades más importantes.

Tras el paso, el camino continuaba franco, se dirigieron hacia el oeste de nuevo, y Kelusse recordó la canción que no hacía muchos días oyó tararear a alguien.

El paso a la ciudad de Iaur Abad no estaba lejos y llegaron sin grandes demoras. A la vista de la entrada del camino que les conduciría a la ciudad, Kelusse ordenó que se montara el campamento, y una vez que su tienda de campaña estuvo organizada se reunió con Nowë nuevamente.

- Aunque seas el Nainir Mitya, estás en mi compañía. Aquí yo soy el Duin Atta, es decir la máxima autoridad. Mis órdenes son que te quedarás en el campamento con los médicos y una pequeña escolta y no participarás en la batalla. No quiero estar preocupado por tu estado.

- Obedeceré tus órdenes, Duin Atta –contestó sumiso Nowë.

Kelusse ordenó a las tropas que se dispusieran a la batalla. Atacarían de inmediato. El clima se había ensombrecido sobremanera y una terrible tormenta de rayos y truenos se desató en las montañas.

- ¡Soldados de Esteldor! Atacamos de nuevo. No esperaremos ni un minuto más. Con este estruendo de la tormenta no oirán el ruido que haremos al acercarnos a la ciudad. Ahora bien, una vez lleguemos allí, quiero que vuestras gargantas hagan palidecer la furia de los truenos. Exigiré de vosotros que entreguéis hasta la última brizna de vuestras fuerzas y ¿sabéis por qué?

Un silencio expectante entre las tropas.

- ¡Porque los lacayos de estas tierras están asesinando a vuestras familias, porque están destrozando vuestros hogares, por el recuerdo de nuestra ya añorada Herion!

- ¡Ataquemos! ¡Ataquemos!

Kelusse dirigió una fugaz mirada a Nowë que asintió levemente dando su aprobación.

La compañía se dirigió con gran determinación hacia la entrada del sendero que había de llevarles a las puertas de la ciudad. Kelusse presuponía que el acceso a la ciudad estaría bloqueado, pero visto que habían dejado el paso sin vigilancia ya se esperaba cualquier cosa de las cabezas pensantes de Liantari Dimbar.

En esta ocasión la entrada no fue tan sencilla, puesto que el acceso estaba protegido por una compañía. Un examen de los enemigos les indicó que se trataba de la misma compañía con la que habían luchado en el paso de Cirith Annethiel. Kelusse se mostró preocupado puesto que esa batalla no había sido fácil en absoluto, el mérito de la victoria fue que la táctica llevada a cabo desorientó a los rivales que no supieron responder adecuadamente; de la misma manera, el sacrificio de Herion había contribuido a la victoria, aun cuando el precio fue excesivo.

Las fuerzas de ambos contendientes estaban igualadas, demasiado igualadas.

Kelusse se dejó de sutilezas, y con el recuerdo fresco de la muerte de Herion, gritó a todo pulmón.

- ¡Es la hora, soldados de Esteldor! ¡Vuestro honor está en entredicho! Si ahora no dais lo mejor de vosotros, pereceremos en la más absoluta ignominia y con la vergüenza de no haber dado su merecido a aquellos que han asesinado a vuestras madres, hijas y esposas.

- ¡Muerte! ¡Muerte! –bramaron las voces de los soldados.

- ¡Sea pues! ¡Muerte!

La carga de Esteldor fue colérica, los soldados estaban presos de un fervor que les cegaba ante el dolor, ante la posibilidad de morir. Nada importaba, la muerte, si llegaba, sería bienvenida, puesto que ni tan solo Mandos podría impedir la reunión con los seres queridos, vilmente asesinados.

Los elfos de Esteldor descargaban el abundante equipaje de sus carcajes, con lanzamientos precisos. Las flechas hacían impactos con facilidad. Otros elfos lanzaban flechas incendiarias para destruir la endeble entrada a la ciudad.

Los hombres cargaban con sus espadas, los ojos teñidos de rojo, los escudos en la izquierda, las espadas en la derecha.

La colisión fue frontal y brutal. Una vez que el grueso de los enemigos apareció en escena, los elfos olvidaron sus flechas y tomaron sus espadas. Hombres y elfos de Esteldor se enfrentaron en singular combate con las fuerzas de Liantari Dimbar, compuestas por enanos, hombres y elfos.

Los combates eran cortos e intensos, la habilidad luchaba con la determinación y la furia. Estos dos últimos aspectos se inclinaban claramente a favor de los esteldili, que incesantemente renovaban sus esfuerzos para acabar con la resistencia.

Elfos contra elfos, hombres contra hombres, elfos contra hombres y todas las combinaciones posibles se daban. Los enanos no esquivaban ninguna confrontación con sus poderosas hachas.

Entre las numerosas peleas que se estaban desarrollando Kelusse no permaneció en la retaguardia y luchaba hombro con hombro con sus soldados, con la misma mirada de fiereza que se dibujaba en el rostro de cualquier esteldili.

Swordwine, su espada, daba mandobles a diestra y siniestra. Muchos perecieron en manos del dirigente.

- ¡No os detengáis! ¡Tenemos que entrar en la ciudad! –gritaba por encima del estruendo de la batalla y de la espantosa tormenta.

En su alocado camino hacia la entrada de la ciudad, se encontró con dos enanos, perfectamente armados y un hombre, con la espada en la mano.

- Nada ni nadie impedirá mi entrada en la ciudad. Si valoráis vuestras vidas, apartaros de mi camino.

- ¡No entrarás en la ciudad! –afirmó con determinación uno de los enanos.

- Entraré, ya lo creo que entraré –dijo con un atisbo de sonrisa en los labios Kelusse.

Acto seguido cargó con todas sus fuerzas y en un primer envite decapitó al hombre, cuya cabeza rodó por el campo de batalla. Se giró para hacer frente a los dos enanos, pero uno de ellos se había situado en su flanco y descargó un fuerte hachazo, los reflejos de Kelusse le permitieron saltar en el último instante, consiguiendo que la estocada que iba dirigida a destrozarle las costillas impactara contra su pierna, pero no con el filo del hacha, sino con el lateral de la misma. Aun cuando su pierna no fue seccionada, por la fortuna que se alió en ese instante con Kelusse, la fuerza del impacto le rompió los huesos de la pierna, lo que provocó que cayera al suelo.

Desde el suelo clavó su espada en el pequeño cuerpo del enano, matándole casi de inmediato. Un esputo de sangre salió de su boca para impactar en la cara de Kelusse, que yacía en el suelo.

El segundo enano se dirigía con determinación hacia el inmovilizado dirigente esteldili, mas éste le lanzó la espada que se clavó en el cuello de quien se presumía ya como ejecutor del renombrado Kelusse.

Desde el suelo, Kelusse se arrastró hasta el cuerpo inerte del enano para recuperar su espada. En el preciso instante en que tocó la empuñadura de la misma se oyeron los gritos de retirada por parte del ejército de Liantari Dimbar.

Kelusse cayó en una profunda oscuridad.

Nowë llegó cuando la batalla había finalizado y organizó la búsqueda de los heridos entre el amasijo de muertos que yacían en el suelo.

Encontraron el cuerpo de Kelusse malherido, que fue llevado de inmediato a las tiendas de los sanadores donde los galenos se pusieron manos a la obra.

Entraron en la ciudad. No era una gran ciudad, era más bien un poblado, situado en el nacimiento del río Morenen, con casas de barro y agujeros hobbit. La única construcción digna de ser mencionada era un cuartel construido en una roca negra. Allí es donde se trasladó Nowë y desde el balcón gritó:

- ¡Orgullosos soldados de Esteldor! ¡Habéis hecho honor a vuestras familias! Vuestra misión ha sido cumplida con creces. Tomad los que deseéis y descansad, no se ha acabado lo que se espera de vosotros. Alimentaros bien y los que estuvieron de guardia el día que yo llegué no tendrán ninguna obligación en tanto no nos marchemos de aquí.

- ¡Por Esteldor! ¡Por Esteldor! –gritó el ejército a pleno pulmón.

- ¡La victoria es vuestra!

Luiniel

La noche crecía sobre las Montañas de la Brisa mientras la nieve continuaba cayendo no había parado desde el enfrentamiento con Eirë Esteldor La compañía primera de Liantari Dimbar se encaminaba a la capital del reino para defenderla de un posible ataque.

Los soldados caminaban cabizbajos, no habían tenido mucho tiempo para descansar después del combate. Apenas si habían enterrado a sus compañeros muertos, de seguro los lobos se estaban dando un festín con caídos en el bando contrario. Los ánimos de la compañía estaba en el suelo y el clima no ayudaba mucho.

Al frente iba Luiniel montada en un caballo negro, el mismo que la había acompañado desde Lithaelin. La elfa vestía una blusa azul marino de mangas cortas con bordados en plateado y un pantalón negro, una capa negra la protegía del frío envolviéndola, pero de vez en cuando se entreveía la venda que cubría su brazo izquierdo justo por encima del codo. A su lado avanzaban Balgur y Azthran, igualmente a caballo. El elfo había salido ileso de la batalla, sin embargo era quien más se quejaba.

- Los vigías han visto al ejercito de Esteldor, no están lejos de aquí ¡Podemos tomarlos por sorpresa! – insistía.

- Mira a los nuestros, están cansados. Hace tres días que pelearon con todas sus fuerzas y tan sólo ayer partimos de Cirith Annethiel. – decía acaloradamente el enano, ya harto de escuchar a Balgur y sus estrategias.

- ¡Estos soldados lucharán hasta el final si les das un buen motivo!

- Sin duda esa batalla no durará mucho – dijo irónicamente la noldo.

- ¡Estáis desperdiciando una gran oportunidad!

- Ya basta. – interrumpió Luiniel al ver que el elfo agarraba la empuñadura de su espada y el enano ya tenía el hacha en alto – No vamos a enfrentar a Esteldor aquí y ni ahora.

Balgur abrió la boca para discutir sin embargo la cerró inmediatamente al ver la mirada asesina de la elfa. Con la discusión concluida continuaron el viaje en silencio. Rodearon las montañas sin detenerse hasta llegar al sendero principal que conducía a Astan Neuma.

Al llegar, Luiniel se sintió en casa después de mucho tiempo porque algo en aquel lugar le movía por dentro. Conocía bien la ciudad, sus túneles, bodegas subterráneas y guarniciones; sabía de la existencia de un par de construcciones al principio del sendero que servían para alojar a la milicia justamente para ocasiones como estas. Los heridos fueron transladados enseguida a las Casas de Curación de la ciudad y los agotados liantaris obtendrían su merecido descanso.

Enviaron un mensajero encargado de entregar los informes de la compañía. Luiniel hubiera preferido ir ella misma, pero el frío no había sido bueno para su herida, la cual había adquirido un aspecto menos agradable. Los sanadores le aplicaron unos ungüentos y la mandaron a descansar.

En su habitación, el dolor del brazo no la dejaba conciliar el sueño. Se daba vueltas en la cama tratando de no sentir. Miró un rato al techo antes de darse por vencida y levantarse. Se vistió con una blusa de cuero sobre la cual se colocó cuidadosamente una cota de malla y sobre todo eso se puso una túnica verde que le llegaba hasta las rodillas agarrada con un cinturón dorado, un pantalón igualmente verde cubría sus piernas. Calzó las botas negras en sus pies y salió al oscuro corredor, no sin antes amarrar a Lómemacil a su cinturón. Al salir del edificio encontró a un hombre de guardia.

- Yo tomaré este turno. – le dijo acercándose sigilosamente, el hombre se sobresaltó – Ahora vete a dormir. - El guardia se alejó mientras Luiniel reía por lo bajo gracias a su expresión de desconcierto.

Con las primeras luces de la mañana llegó el mensajero que habían enviado hace dos días acompañado de los refuerzos requeridos. Eran guerreros muy hábiles provenientes de la provincia, al mando iba un oriental llamado Ragnor. Luiniel los recibió y convocó a los otros dos capitanes.

Se reunieron en una sala medio vacía pero bien iluminada. Acomodaron una mesa grande para poder apoyar los mapas y facilitar una estrategia.

- Bien caballeros… y dama – comenzó Ragnor – Nuestros informantes nos dicen que Esteldor ha abandonado la idea de conquistar la inquebrantable Astan Neuma y se dirige a Iaur-Abad. Debemos ir allí inmediatamente.

- ¿Esa ciudad de hobbits? ¿Por qué? – dijo Balgur.

- No subestimes ninguna ciudad del Matriarcado. – repuso Azthran, quien sentía un desprecio cada vez mayor por el elfo – La provincia de Carasalm esconde muchos secretos.

- Muy cierto, maese enano. – continuó el hombre – Sin embargo nos llevan mucha ventaja, ya han cruzado Cirith Medëa. Estimo que estarán allá en tres días.

- ¿Cuánto nos tardará llegar a nosotros? – dijo Luiniel meditabunda

- Si partimos hoy mismo… unos cuatro o cinco días.

- ¡Momento! – exclamó el enano – Hay un camino que atraviesa las montañas de Sorontarma al norte de Cirith Medëa y termina cerca del sendero que conduce a Iaur-Abad. Era una ruta de comercio entre los enanos de Orod Nid y del reino anterior de esa región. Calculo que nos tomará tres días ir por esa ruta si partimos mañana.

- Den ordenes de preparar provisiones y afilar armas. Partiremos al anochecer, no quiero que el mal clima nos impida llegar a tiempo. – concluyó la noldo y abandonó la estancia.

Esa noche partieron con ánimos renovados. Anar estaba en lo más alto del cielo cuando se detuvieron a descansar. El calor sofocante era causa del desierto que se extendía al norte en donde Liantari Dimbar limitaba con Heren Fanyarëa. Con los últimos rayos de luz encontraron el camino de que hablaba Azthran, pero éste estaba muy maltratado por el desuso. Por si fuera poco, el clima amenazaba con sus nubes grises y sus fuertes vientos. Cuando al fin llegaron al otro lado se oyeron los ecos de los cuernos enemigos confundidos entre los estallidos de los truenos.

- ¡A las armas! – gritó Luiniel desenvainando su espada. – Dejemos que aprendan, a las malas, el valor de estas tierras.

Los números no se mostraban a favor de ningún bando. Todo lo decidiría la determinación y la fuerza. La lluvia de flechas comenzó por parte de Esteldor y enseguida respondieron los defensores. “Al menos hay algo que Balgur hace bien” pensó la noldo espoleando a su caballo.

La infantería (compuesta por enanos) corría a buscar una cabeza para clavar sus hachas, pero había algo diferente en sus enemigos, estaban dominados por una furia enloquecedora. Quizá hasta los Valar estuvieran de su lado en aquella ocasión pues los rayos abatían a los soldados liantaris impactando sus cuerpos.

El combate se desarrollaba sanguinariamente, con las fuerzas igualadas. Los arcos dejaron de silbar para dar lugar al acero. Luiniel luchaba junto a un grupo de elfos, había dejado el caballo y ahora atestaba golpes con su brazo derecho.

Al ver que los rayos impactaban en sus soldados, la noldo se subió en una roca levantando a Lómemacil.

- ¡Cala rúcima, á harnatat! – la luz del relámpazo brilló en la hoja de su espada antes de impactar en uno de sus enemigos.

Repitió esas palabras mientras los rayos atacaban a los atacantes. Pero un guerrero esteldili se dio cuenta de lo que pasaba y se abrió paso hasta la elfa. Se lanzó para derribarla, la caída le torció el tobillo. En el piso Luiniel le clavó la espada en la yugular al atrevido hombre. Se levantó enfurecida, pero observó que a pesar de sus esfuerzos la batalla estaba perdida. Hizo sonar los cuernos en señal de retirada.

Milagrosamente recuperó su montura y así no tuvo que correr cojeando. Se alejaron de la ciudad lo más rápidamente que podían. “Este conflicto con Esteldor se esta volviendo personal.” Pensaba la noldo mientras montaban un campamento apresurado.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Eirë Esteldor ha perdido 10 armadas x35= 350 puntos.

Recuperables: 233 puntos.

Valoraciones: 8+8,8+8,5= 8,43

Recupera: 196 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 45%, por este concepto recupera 157 puntos. Total recuperación: 353 puntos.

No pierde puntos.

Liantari Dimbar ha perdido 28 armadas x35= 980 puntos.

Recuperables: 327 puntos. Se ha solicitado el uso del poder especial de Luiniel, pero no es posible puesto que únicamente dispone del 25% del mismo y se necesita el 50%.

Valoraciones: 8+8,8+7,4= 8,06

Recupera: 264 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 10%, por este concepto recupera 35 puntos. Total recuperación: 299 puntos.

Pierde: 681 puntos.

Eirë Esteldor percibe 300 monedas por la victoria en la batalla.

Liantari Dimbar entrega 100 monedas a Eirë Esteldor por abandono de la batalla.

Liantari Dimbar entrega 300 monedas a Eirë Esteldor por el saqueo de la ciudad.

Compañías actualizadas y listas.