La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Lempë Ohtari. Súlesse, La Maia Del ánimo.

2006:07:23:18:25:09

Darlak

Súlesse, la maia del ánimo

Existe una leyenda en Yävetil, la más antigua ciudad de Lempë Ohtari sobre una maia de la que no se habla en el Valaquenta, o al menos de aquella edición que existen en las bibliotecas de las principales ciudades de las tierras de Árador. Esta leyenda popular habla de Súlesse, hermana de Melian, a su vez esposa de Thingol y reina de la malograda Doriath.

Según esta leyenda, Súlesse vivió en Valinor con su hermana en los jardines de Lórien, pero pronto decidió marcharse pues se sentía aburrida y hastiada de dedicar todos los días a pasear por los bellos jardines del valar. Durante algún tiempo vivió en algún lugar de Valinor que las leyendas no saben ubicar. Nada se supo de ella y vivió al margen de la rebelión de Melkor.

Y sucedió que, en el año 1495 de la Edad de los Árboles, Melkor y Ungoliant dieron muerte a los Dos Árboles, y robaron los Silmarils de Fëanor. Fue entonces, cuando el mal llegó a todos los rincones de la tierra media, cuando los valar vieron la necesidad de que hubiera un espíritu que irradiara de valentía, energía positiva y suerte a las razas de Arda. Su tarea sería recorrer todos los rincones de la tierra media combatiendo con su don la mala influencia de Melkor. Para ello se eligió a la hermana de Melian que aceptó encantada al poder dedicar su tiempo libre en alguna tarea.

Así fue como nació Súlesse, la maia del ánimo.

Los bardos cantan una canción sobre la mala fortuna de esta maia, sobre cómo cayó siendo detenida su labor para infortunio de las razas mortales. Por cuestiones lingüísticas aquí se transcribe una traducción en prosa de la canción del hado de Súlesse:

“El viento ondeaba suavemente su larga melena dorada y conseguía que algunos mechones de pelo le taparan momentáneamente sus ojos azules. Le rodeaba un mundo de color ceniciento, de luz y de afiladas colinas, un matorral de plantas menudas y parduscas, un lugar de tránsito donde había parado a descansar.

Mientras se retocaba el maquillaje con un pequeño espejo sentada en una aplanada roca, pensaba en lo divertida que resultaba su vida ahora. Siempre viajando de un lugar a otro, conociendo lugares distintos. Llevaba un tiempo en Árador, una tierra situada muy al este de Endor. Se trataba de un lugar exquisito, una tierra que rodeaba un mar brillante y límpido donde era agradable sentir la suave brisa.

Acababa de llegar a la costa este, a un reino poderoso que se estaba viendo amenazado por la llegada de las fuerzas de Melkor. Debía ir a Yävetil, una ciudad situada en el interior de un bosque.

Después de comprobar que seguiría igual de estupenda que siempre, alzó la mirada ante cuanto la rodeaba y rió con ganas. Para qué querría estar guapa si nadie la vería. Lanzó un suspiro y quedó absorta ante la rara belleza de aquel lugar.

Se levantó y fue caminando por un sendero que serpenteaba, que se estrechaba y se agrandaba a medida que topaba con distintos accidentes geográficos. A su izquierda bajaba un arroyo de aguas cristalinas. Se paró y se agachó para echarse agua en la cara y también para beber, el agua estaba realmente exquisita y muy fresca. Sus cabellos le cayeron al rostro como un velo en movimiento.

Después de saciar su sed, siguió su caminata y, a medida que avanzaba hacia el valle, observó como los claros escaseaban y los matorrales daban paso a algunos arbustos para después dar paso al bosque, el Taurëruin, un bosque extenso y bello, una espesa masa forestal de variopintos árboles. Se alegró de poder sentir aquél aire helado en la cara porque no soportaba el calor. Había viajado mucho y había sentido el calor en su cuerpo, realmente no sabía como algunas personas podían soportarlo. Ella nunca viviría en los desiertos ni en las tierras yermas.

Lentamente, se fue acercando hacía el bosque. Caminaría un poco entre los árboles aunque tampoco era algo que le entusiasmara. Eso era una de las diferencias que tenía con su hermana Melian, la cual si adoraba la vegetación. Oh, ahora que lo pensaba hacía mucho tiempo que no veía a su querida hermana. Se casó con un elfo y formó una nación.

Muy despacio se adentró en la arboleda hasta que su figura desapareció en él. Caminó entre los árboles hasta que finalmente llegó a un pequeño claro donde le esperaba un caballo. Subió en él y galopó hasta Yävetil, hasta un barranco por donde discurría el afluente de un gran río. Conforme se acercaba montada en el hermoso corcel y deslizándose por la accidentada carretera empedrada que llevaba a la entrada de la ciudad, Súlesse se encontró con un gran muro de piedra gris que se alzaba varios metros desde el suelo. En ese muro se hallaba la puerta de Durin, la única entrada a la ciudad. Los holgazanes guardias que estaban apostillados en esa entrada para controlar a las personas que entraban en la ciudad de Yävetil no se percataron del paso de la maia.

A eso de a mediodía estaba Súlesse en el primer nivel de la ciudad, aquel día muy concurrido. Del corcel bajó la maia, más bella y enigmática que la plateada luminiscencia de la luna, más etérea que la niebla azulada que danza en la quietud de la noche, de una blanca y singular belleza. Ningún hombre la cortejó mientras cruzaba todo el bullicio de la gran plaza. La gente parecía no darse cuenta de su presencia en la plaza, nadie se percataba de las extrañas vestimentas que portaba.

Sin embargo, a lo lejos, escondido en una esquina de la plaza, una sombra negra lanzaba unas silenciosas palabras. Posiblemente se tratase de un conjuro o un hechizo debido al aspecto sombrío de aquel personaje. Y lo que fuera que estuviera haciendo iba dirigido en contra de Súlesse pues de pronto ésta se detuvo, víctima de un extraño dolor. El aura blanca y brillante de la dama se fue apagando, como si se tratase de una hermosa rosa que se estuviera marchitando a una velocidad vertiginosa, arrugándose su esencia etérea. Finalmente, la dama cayó al suelo, marchita, oscura. La gente, ajena a lo que había sufrido esta mujer, seguía inmersa en el bullicio de sus quehaceres.”

Los bardos cantan esta historia cada noche en las tabernas de Yävetil aunque en los últimos tiempos se está extendiendo por varios de los rincones de las tierras de Árador. Según dicen, la sombra negra que acabó con el poder de la maia era algún lugarteniente de Morgoth, posiblemente el maia Sauron. Algunos van más allá y apuntan a que fue el mismísimo Morgoth, que deseaba aplacar la valerosidad de los habitantes de aquellas tierras para someterlos a su voluntad. Dicen que en Yävetil lo consiguió porque muchos de los más antiguos achacan la caída del reino a la aciaga suerte de Súlesse. Sea verdad que existió esta maia hoy la escribo en este viejo pergamiento para que esta leyenda popular no quede en el olvido.

[Editado por aratir el 18-07-2006 00:08]

Naredhel Anariel

Los Valar otorgan 240 puntos para la historia de Lempë Ohtari.