Kelusse
Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 3
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 7
Victoria para Helkelen Lara.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:07:25:17:57:07
Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 3
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 7
Victoria para Helkelen Lara.
Los vigías del campamento de Helkelen no tenían ganas de sentarse aquella noche. No, al menos, bajo el intenso frío que cubría de escarcha aquella madrugada las tiendas. Dentro de ellas no se estaba mucho mejor, pero nadie tenía tiempo para quedarse parado. Hasta en el pabellón donde se reunían los capitanes se vivía una actividad febril, tal vez para contrarrestar aquel frío mortal.
El ejército Helkeriano estaba acostumbrado a las bajas temperaturas. Las nieves cubrían las bellas llanuras durante gran parte del año, y en algunas partes, como en el este, donde se encontraban, nunca se retiraban del todo. Los bravos soldados orientales conocían el frío como si fuera alguien de su familia, pero parecía que el invierno había decidido retrasarse en su marcha y mostrar su peor cara.
-Lo único que podría consolarnos es que los sureños probablemente se encuentren menos acostumbrados que nosotros- dijo Alalmë, buen envuelta en su capa de lana mientras revisaba los planos para el día siguiente.
-Nuestras tropas son fuertes, y están bien preparadas para la lucha en el Aeglos. Además, tienen ganas de resarcirse de los otros choques- dijo Laureon, al otro lado de la mesa.
-Entonces, maestro, ¿aprovecharemos el amanecer de mañana para un nuevo ataque sobre la compañía?
-Sí, quizá este sea el definitivo y los desplacemos más allá del hielo, a la Marca. Ellos se encuentran a seis horas al Este- prosiguió, señalando el mapa- por un camino poco accidentado. Podremos partir en unas dos horas, ya está todo preparado y se han transmitido las órdenes.
Al alba, bajo un sol glacial que hacía refulgir el hielo del Aeglos, las tropas helkerianas avanzaron al este. Era fácil mantener el paso, porque ir más despacio significaba helarse los pies. La blancura de la mañana sobre los dos ejércitos, que humeaban de frío, daba una especie de imagen irreal del momento. Cada uno desde un altozano miraba la llanura desolada, calculando el momento de bajar la pequeña colina. Todo parecía más sereno, más perfecto. Pero aquel día se turbó la belleza blanca del cuerno de nieve con el choque de ambos ejércitos. La tierra retumbó por la carrera de los soldados de ambos ejércitos hacia el centro: la infantería chocó sus armas cuando se encontraron en el centro, y los primeros escudos, además de algunos de sus dueños, comenzaron a caer sobre la inmaculada nieve.
Desde lo alto de la colina, donde aún permanecía Alalmë con su escuadrón, se pudo ver cómo un ent resbalaba en una zona donde el hielo se había quebrado. Los exploradores helkerianos habían señalado por dónde se podían mover los ejércitos sin problema, ya que había algunas compañías demasiado pesadas para desplazarse por zonas donde el hielo era fino. Pero en aquel caso, los soldados de Lempë Ohtari sabían lo que hacían y lo habían acorralado hacia aquella zona, con lo cual se habían librado de aquel ser que se había adentrado demasiado en las líneas enemigas y hacía estragos en ellas.
En el frente oeste, sin embargo, la compañía dirigida por Laureon seguía rompiendo las filas enemigas. El maia se revolvía entre los enemigos sin descanso, y seguía dando ánimos a sus hombres, cuando sintió un ligero dolor en el brazo; había sido producido por una flecha que había desgarrado la ropa sobre su antebrazo, pero la herida había sido ligera.
La lucha continuó, más encarnizada si cabe. Sin embargo las filas de Helkelen continuaban su avance, y los soldados de Lempe, empujados por la fiereza enemiga, retrocedían. Alalmë no era una gran guerrera, pero sí tenía visión, y sabía curar las heridas, con lo que pudo minimizar las bajas con sus artes de medicina. No obstante, ni ella pudo librarse del horror del combate, pues sufrió un corte en la frente, no muy profundo pero sí quizá infectado. Por primera vez tuvo que defenderse con sus propias armas.
Los Caballeros de la Rosa Dorada irrumpieron en el campo a pie, pues los caballos podían suponer una desventaja en aquella parte del Glaciar, donde el hielo era más delgado, y los caballos podían hundirse en su cabalgata. En cualquier caso, ante su presencia los ejércitos de Lempë retrocedieron más aún, empujados por la fiereza de los Caballeros de Laureon, que se había desplazado y ya estaba al frente de su escuadrón, junto a su amigo Rhak-nûz. Sonaron cuernos de retirada en las tropas de Lempë.
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“Ay, qué triste es la guerra. He pensado esto muchas veces, lo he murmurado otras tantas, y lo he dicho en voz alta alguna vez. Así es, qué triste es la guerra. Las armas sólo deben usarse en la defensa; pocas veces, en las batallas en el hielo del Aeglos, defendimos. No guardo gran cariño al Consejo, si bien habí allí alguna gente honesta. Tampoco pretendo ser injusto. Mas en aquella sangrienta guerra cuestioné su autoridad una y otra vez, enfurecido por una política agresiva que sólo podía ocasionar más odio. En fin, mucho tiempo hace ya de aquellas historias. Probablemente Helkelen Lára o Lempë Ohtari no sean más que polvo en la hierba, la roca o el hielo. Tristemente, los reinos de los Hombres son cortos, salvo quizá los herederos de Númenor del Oeste.
Recuerdo que por aquellos tiempos era más romántico y apasionado que ahora. Sigo portando el mismo rostro, sigo siendo igual de joven, mas sin embargo he madurado. Y ahora recuerdo cosas y las siento de un modo distinto. Los Caballeros de la Rosa Dorada han dejado de existir, y cuando me separé de ellos fue con dolor, un dolor punzante y duro, una gran calamidad en mi vida. Ahora sin embargo, en su recuerdo, sonrío. Ah, también recuerdo con cariño la descarada honestidad que tanto amé de mi buenísima Alalmë. Fue por aquellos tiempos, en la cuarta batalla del Aeglos, cuando ella se acomodó en nuestra Compañía. Ya la conocía y ya la apreciaba, pero por aquel entonces se forjó una de las amistades que más he valorado en toda mi larga y variada vida. Ay, lo que daría yo por volver a ver aquellos ojos y acariciar su rostro. Tanto me he amoldado a los Hombres, que ahora la eternidad se me hace tortuosa. Aunque la alegría con la que fui creado por Ilúvatar no me ha abandonado, y no siento pesar al recordarla; yo sigo diciendo “Don de los Hombres”, y no “Destino de los Hombres”, y sé que ella, donde quiera que esté, pues eso ni los Valar lo saben, será feliz. Mi corazón me lo dice, y eso me basta.
Aquella batalla, la cuarta, fue la primera en la que obtuvimos una ventaja favorable. De todos modos los hombres de Lempë parecían tener otros planes, pues no presentaron batalla por mucho tiempo. Se lo agradezco, al menos. Odio la guerra. Si mi corazón entusiasta puede odiar algo en este mundo, eso es la guerra. Y hubo para dar y tomar en las tierras de Árador…
No hubo muchas bajas, gracias a los Valar, y gracias a los tratamientos de Alalmë y a mis poderes, pudimos minimizarlas en unas pocas. Es algo de lo que me alegro, ciertamente. Al menos pude utilizar bien y sabiamente mis poderes. Esta vez no tuve que hacerlo, irónicamente. Irrumpimos con una gran horda de infantería en el campamento de Lempë, flanqueados por otros tantos arqueros y un par de Ents, que hicieron estragos. No obstante tuvimos que tener mucho cuidado con los Ents, pues son auténticas moles y en el frío infernal del Aeglos podían hundir el hielo y la escarcha, y perderse para siempre. Yo cabalgué al frente de esta gran tropa, y dejé la retaguardia y la arquería en manos de Alalmë. Pero no eran aquellas todas nuestras fuerzas, realmente ni la mitad, pues hicimos esconderse a una ingente tropa de mis Caballeros, a pie, en las colinas rocosas del sur. Así, al irrumpir en la batalla con fiereza, y pronto dirigidos por mí y por mi querido Rhak-nûz, otro grandioso hombre, logramos desbandar a las tropas de Lempë Ohtari.
Aquel día ganamos la batalla… sí, lo recuerdo. Pero eso no me regocija. Pues fuera ganada o fuera perdida, aquella era una batalla, una batalla de sangre y muerte. No puedo regocijarme de algo así. No lo hice entonces, no lo hago ahora, ni lo haré nunca. Odio la guerra.
Escrita por Ancalime y Thirian
El viejo manuscrito amarillento reposaba sobre las piernas de Mendelor. La humedad y la corrosión habían hecho mella en el pergamino y la escritura se veía borrosa.
El anciano llevaba muchos años buscando ese papel y por fin lo había encontrado. Estaba dentro de una vieja caja donde tenía guardadas algunas cosas sin valor. Al fin lo había encontrado, su viejo cuaderno. ¡Oh, tantos recuerdos perdidos en el fondo de una caja de cosas viejas e inservibles!
Viendo terminada su búsqueda y sin ningún testigo que estuviese presente en el momento de su triunfo, abrió el viejo manuscrito por una página al azar. Su cansado corazón no dejaba de latir ansiosamente. Comenzó a leer con bastante dificultad:
*****
“...el Sol es débil y un frío intenso empieza a soplar desde el norte. Llevamos varias semanas aislados en medio de la nieve en el norte y sin poder enviar noticias al sur de nuestra situación. Tanto Erendel, el capitán de nuestra compañía, como el joven Arandir siguen sin encontrar mejoría a su situación y los hombres empiezan a desesperarse. Muchos quieren regresar al sur, a sus hogares, y olvidarse de la invasión a Helkelen Lára pero Erendel, a pesar de su estado, sigue empeñado en continuar en tierras enemigas”
[…]
“No sé cómo empezar y no sé qué quiero plasmar en ese manuscrito. Antes de quedarme sin fuerzas quiero que prosigas escribiendo, amigo Mendelor. Las trompetas del enemigo aún chirrían en mi mente y el estruendo los tambores sigue agitando mi corazón. Las fuerzas me pierden, el tiempo se me agota y, en el albor de mi estado, confío en que si muero en las frías y nevadas tierras del norte alguien llore mi pérdida. Aunque de eso estoy poco seguro.
Esta mañana el Sol se levantó triste mientras mi alma meditaba sobre qué hacer con la situación tan precaria de la compañía. De repente, oí aquel sonido de corneta. No me sorprendió pues sabía que las tropas helkerianas no se detendrían hasta vernos fuera de su tierra o hasta ver la sangre de todos nosotros colorear aquella fría nieve.
Estaba débil y sí, quizás no debía haber luchado. Pero, ¿cómo dejar a mis hombres solos en el campo de batalla? ¿cómo permitir que se defendieran sin la dirección de su capitán? Quizás ninguno me lo agradece, tan preocupados como están de irse de aquí. Sé que la mayoría desaprueba seguir en aquella tierra helada y anhelan sentarse junto a sus esposas al lado de una calidad chimenea. Pero Eru sabe cómo estarán las cosas en Lempë Ohtari. Quizás si regresaramos no encontraríamos ya hogares en los que refugiarse. Los conflictos que nuestro pueblo tiene con otros pueblos de Árador pueden arrastrarnos a todos a un final que nadie desea.
Recuerdo cuando estaba hace algunas horas en lo alto de la colina mientras miraba la llegada del enemigo volviendo a la carga por la desolada llanura que ha servido de encuentro tres veces ya.
A pesar de la debilidad de mi cuerpo y de que no quería luchar, aquello que se ha vuelto ya una rutina en las frías tierras heladas de Helkelen Lára me ha hecho decidirme a lanzarme a la carga contra ellos. Me he abalanzado sobre los enemigos con furia y pasión. Algunos de mis hombres me han seguido pero muchos al principio se han quedado detrás de mi. Ha sido entonces cuando nos hemos encontrado con el obstáculo de la fuerza de un terrible Ent del ejército enemigo. Por su vigorosa fuerza muchos de mis hombres han caído a mi lado. Es en ese momento cuando los demás se han decidido a ayudarnos y entre todos hemos conseguido acorralar al ent y vencerlo.
Sin embargo, esta vez nuestros enemigos se han organizado muy bien y han conseguido el control sobre la batalla. Varios de sus miembros han empezado a lanzarnos una lluvia de flechas que he intentando con la espada o hasta con el brazo. Parecía que las fuerzas del hielo les ayudaban en su hacer. No obstante, el viento no dejaba de soplar en su contra desviando por completo las flechas que su enemigo parecía enviar con la presteza de alguien que las llevase en volandas en sus propias manos. Las fuerzas de la infantería se han organizado formando un batallón compacto a lo largo de todo el ejercito cubriéndose con aquello que encontraban a mano, intentando defender a los heridos de las flechas que seguían cayendo.
Finalmente, las fuerzas de nuestros ejércitos se han encontrado frente a frente en el páramo helado tras sembrar de sangre todo al paso de las tropas. Ha sido un día helado donde los muertos parecían solo dormir, aunque de ese sueño no llegarán a despertar. El dolor se notaba palpable en cada uno de los frentes aunque las bajas eran mayores entre nuestras filas. Todo parecía estar perdido pero los ánimos no han decaído del todo debido al recuerdo de las familias en nuestras mentes. Ha sido entonces cuando he notado como las fuerzas me flaqueaban y ese momento de debilidad hubiera sido mi fin si no hubiera sido por la inestimable ayuda del joven Mendelor.
Dicen que todo esfuerzo tiene su recompensa, que todo sacrificio luego es premiado. Pero ahora dudo si merezco algún tipo de premio. Puede que mi muerte esté próxima y no sé si todo ha servido para algo. Sí ha servido para algo, para provocar muertes y desolación.
Estamos aquí aislados sin saber qué es lo mejor, si regresar a nuestra tierra o seguir adentrándonos más en las tierras de Helkelen Lára. Quizás el final esté próximo, quién lo sabe.
Palabras de Erendel, capitán de la compañía 4 de Lempë Ohtari”
*****
[…]
- No me mires así, Mendelor pues es mucho lo que tengo qué agradecerte. Y no lo dudes, has hecho bien en ordenar la retirada de las tropas. Ya habíamos perdido el combate y seguir luchando hubiera implicado más caídos en nuestras filas, más pérdidas irreparables…
Las lágrimas de Mendelor caían en silencio sobre el viejo documento. Aún retumbaba en su mente las palabras que Erendel le dijo aquella tarde cuando escribió esas palabras. Se sentía orgulloso de haber conocido a Erendel, un caballero que escondía su valerosidad y entereza en una máscara de dudas y soledad.
Pero se sentía triste cuando recordaba aquellos días. Ahora lo contemplaba todo desde la seguridad que da el tiempo pasado, pero el olvido no acudía en su ayuda para aliviar la pena que el dolor y la muerte de aquellas batallas en las tierras heladas del norte le ocasionaban en su corazón.
Dejó el documento en una mesa y se asomó entonces a la ventana donde pudo contemplar un horizonte de campos verdes con un hermoso cielo azul, pero a pesar de la hermosa vista solo veía la bastedad de la aridez y el frío que aquellos días le acompañaron mientras regresaban a sus caballas tras aquella batalla. Habían sido ya varias batallas entre ellos y sus enemigos que se habían llevado a muchos de sus compañeros.
Mendelor volvió la mirada hacía atrás.
El viejo pergamino seguía en la mesa amarillo por el tiempo pero testigo de la amargura de aquellos días en los que la guerra azotó las tierras de Árador llevándose con ella miles de inocentes. Mendelor se acercó de nuevo al pergamino, lo cogió y siguió leyendo.
[Editado por aratir el 22-07-2006 20:19]
Resumen de la batalla.
Helkelen Lara ha perdido 3 armadas x35= 105 puntos.
Recuperables: 70 puntos.
Valoraciones: 8+9+7,4+9,06+7= 8,092
Recupera: 57 puntos. Se han solicitado daños para los dirigentes, pero no pueden ser tenidos en cuenta al no haber llegado al número mínimo de armadas perdidas.
Pierde: 48 puntos. Este clan ha publicado su historia con retraso por lo que se le aplica una sanción de 2 armadas, lo que se traduce en 70 puntos. Total pérdida: 118 puntos.
Lempë Ohtari ha perdido 7 armadas x35= 245 puntos.
Recuperables: 82 puntos.
Valoraciones: 8+8+7+8,2+6= 7,44
Recupera: 61 puntos.
Pierde: 184 puntos.
Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.