Kelusse
Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Realengo de Farothdin\" = 14
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 26
Victoria para Realengo de Farothdin.
Saqueo de Mellon Vilya.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:07:29:08:53:57
Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Realengo de Farothdin\" = 14
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 26
Victoria para Realengo de Farothdin.
Saqueo de Mellon Vilya.
Apenas se colaban los últimos rayos del atardecer en aquella sala recubierta de madera, cuando unas manos pálidas como la nieve rompen con un pellizco el sello de cera roja con el emblema de una rosa. El doblez se abre y extiendes el pergamino, pero al lado de una vela aparecen unas runas negras como el ónice de las aguas de Hrota Elerrína…
Pasé como una exhalación mientras luchabais y de oídas me contaron las aves canoras de tu entrega en la batalla, y no menos del arrojo de Nameless en la vanguardia. ¡ bravo! Una gran victoria como las de antaño contra el poder que ahora yace en las mansiones intemporales, para tranquilidad tuya y mía. Hoy al atardecer oirás las trompetas de plata y oro ondear con mis estandartes, porque marcharemos a relevar el asedio de los hombres del hielo, y nuestro envite será tan fuerte que temblaran los cimientos y los pináculos de los tejados. Deseadme suerte a mi y a los que se crucen en mi camino flor del anochecer.
La figura se retiró en el asiento y quemó lentamente el pergamino con la llama de la vela, una nube oscura como un abismo de olvido se elevó pesadamente en el aire…
Ilusión nunca os falta mi rey _dijo una voz sin emociones_ os deseare suerte aunque sabéis que eso no bastará para cambiar lo que ya haya tejido Vairë…a si que suerte querido si es que así os sentís mas seguro en la batalla. Pero lo veré todo mientras tenga acceso a ese rincón de tu pensamiento que me tienes reservado, oirás mis susurros en la lucha fundirse con el cántico de tu espada.
Sin acabar de decir esto se llevó el colgante a la mano y lo apretó, era un zafiro pulido y sin aristas, igual que el que tenía Ílimo muchas millas más lejos en un barco.
Un frío lacerante emanó de mi colgante de zafiro, fue un segundo más que suficiente para comprender que Izilsurias había recibido mi carta… gire el picaporte y entraron Thelidor y Arestel en los salones de mi barco; eran los encargados de dirigir a los guerreros de Isil con lo que iba a ir a la lucha; se hacen llamar así porque veneran la luz de la luna en sus estandartes y también porque revela las runas de sus armaduras cuando luchan a la luz de su resplandor. Se acuartelan en el bastión de la Orden de la Rosa que dirige el Gran Maestre Thelidor y su esposa Arestel, alcaídes de la ciudad cercana de Oron Oiotuilë.
La tarima crujía bajo los pies nerviosos de Thelidor que caminaba de un lado a otro de la sala, mirando de vez en cuando el mapa tendido en la mesa buscando encontrar alguna idea. Arestel estaba en un butacón con el cáliz aun llena mirando al suelo, inmóvil. Yo me distraía entre las copas y botellas de licor mirando a través de ellas la escena, supuse que no había gustado la elección del vino y es cuando caí en la cuenta que algo se les atragantaba. Me senté en una butaca y vi al capitán apoyando sus manos en el mapa con cara de angustia y a la capitana levantarse, posar la copa en la mesa, apoyar su mano en el hombro de él y con la otra señalar el puerto de Tumbale Hópa
_Nuestro destino es la gema de un anillo de montañas y bosques de difícil acceso, hemos de bordear y entrar por un amplío valle de la cara oeste de la cordillera, estando allí veremos al fondo la majestuosidad de Mellon Vilya mientras el arien llega a su tramo final del día y la ciudad enmarca en rojo sus últimos rayos.
__El camino será tedioso y largo y nuestras tropas llegaran cansadas a la lucha, esperaría una jornada más para hacer el gran ataque y no al llegar_ añadió Thelidor
Desde un principio quedó descartada la opción de atravesar Ered Lomë, las inmensas montañas que guardaban con recelo la preciosa capital de Lempë Ohtari, de manera que sólo podíamos bordearlas. La decisión la dejé en manos de mi fiel General, el cual optó por rodearlas por la cara norte puesto que era el camino más corto y sencillo para el transporte de las armas de asedio ya que, a diferencia con el sur, no había ningún río que atravesar. El calor acompañó al ejército durante la mayor parte de la travesía y sólo en las horas cercanas al amanecer una pequeña brisa recorría la basta llanura que se extendía desde el Sir Caran hasta el Sirglîn haciendo que los soldados se olvidaran por un instante del calor que se avecinaría más tarde en cuanto los primeros rayos del sol acariciasen la tierra.Y , así, una tras otra fueron transcurriendo las jornadas hasta que en la mañana del décimo quinto día apareció ante nosotros la foresta de Taurëninquë. Noté en seguida el cambio de humor de los hombres que formaban la Compañía IV que aceleraron el paso para alcanzar la tan ansiada sombra y poder sentir aquel frescor que prometía el bosque.
Los soldados terminaron rápido en levantar las tiendas en las que habrían de pasar la noche, el bullicio de los últimos preparativos me incitó a abandonar por un rato el improvisado campamento.
_Es tan hermoso, mi señor ¿No os recuerda a nuestro Taurestë?_dijo una voz haciendo que interrumpiese mi marcha.
_Y a Lórien, mi querida Arestel_ respondí haciéndola un gesto apara que continuase junto a mi el paseo _Todos los bosques poseen la misma magia, en unos es más visible que en otros, pero en todos y cada uno de ellos encontramos algo que los hace especiales y es el agradable recuerdo que la Varië Yavanna nos dejó de su amor por los olvar y los kelvar.
_Pocos saben apreciar esa magia _ repuso apesadumbrada la mujer.
_En estos tiempos que corren pocos son los que pueden llegar a apreciar algo más que la riqueza y el poder.
Arestel detuvo el paso. No hizo falta que la mirase a la cara para saber lo que estaba pensando.
_Farothdin no busca riqueza ni poder con esta guerra. Sólo defendernos de aquellos que han osado apoderarse del reino que durante tantos años hemos escondido a los ojos del resto y que ahora se ve amenazado.
La mujer seguía inmóvil. Supe que estaba pensando en el significado de aquella frase y de las consecuencias que ello traía sobre todos nosotros.
_Hicimos un juramento_ dijo al fin _ , proteger a Farothdin de…
Arestel fue interrumpida pues de la espesura del bosque salió Araldor, un joven muchacho que apenas llegaba a la veintena.
_Mi Señor, dama Arestel_dijo tras hacer una profunda reverencia_ El Gran Maestre Thelidor me manada a buscaros_ hizo una pausa para poder tomar aire_ Ha decidido que el ataque se realice esta misma noche.
***
Cabalgué a lomos de Rochër de doradas crines, cubierto de una cota de malla hasta los faldones que dejaba entrever su tez canela. Apresure el paso picando espuelas en la carne del caballo, que se encabrito con furia hacia delante, haciendo retumbar el suelo bajo sus pies. Cuando llegamos a las primeras filas los elfos se cubrían bajo sus escudos, que paraban las flechas que llegaban débiles en fuerza desde las murallas. De repente me gire y oí una profunda voz de autoridad que daba la orden a las catapultas. Los silbidos de luz y fuego pasaron sobre nuestras cabezas describiendo un arco que finalizaba en los muros y más allá de Mellon Vilya, explotando en llamaradas que derretían la piedra.
El frenesí del fuego henchía nuestros corazones con el solo pensar que la capital se rendiría a manos de nuestras catapultas, pero supusimos en vano y nuestros deseos se hicieron añicos cuando vimos la caballería avanzar entre y bajo los árboles, hacia nosotros. Hice sonar el cuerno y los piqueros de la orden del Lirio se apresuraron a cubrir las preciadas catapultas, en lo que eran desmontadas y puestas a cubierto en la retaguardia. Las picas se irguieron frente a nosotros como una coraza de espinas y los guerreros oscuros hincaron sus piernas en tierra para detener la arremetida de la caballería pesada. Arestel dio la señal y una línea de Elfos de la Orden de la Rosa se dispusieron detrás, cubriendo las espaldas de los espadachines y los piqueros. Oí tensar los arcos y me resguarde entre las líneas esperando la arremetida enemiga.
Silbaron las catapultas y terminaron en un estruendoso crujir en la lejanía. Algunas con piedras otras con esferas de vidrio que llevaban en su interior el polvo que derretía la piedra. Aunque las murallas eran altas las armas no tardaron en hacer estragos en las pétreas defensas. Con mi espada en alto mandé a los artilleros laboriosos que centrasen el fuego en la sección oeste de la muralla, que parecía más débil, y poco a poco los sillares y bloques de granito se fueron desmoronando.
A su vez, la infantería de Thelidor se afanaba en derribar la puerta principal de la urbe a fuerza de golpear un enorme ariete rematado de hierro. Los fuertes maderos del portón crujían cada vez más, y aunque desde dentro intentaban reforzar lo más posible las hojas de roble, estaba claro que al final, el ímpetu de los atacantes conseguiría destrozarla.
Arestel, al mando de los arqueros mandó que todos los regimientos aguijonearan con sus saetas incendiarias el interior de la ciudad completando así la ofensiva. Pronto, la ciudad caería.
La primera defensa en caer fue la puerta principal. Thelidor y sus valerosos hombres consiguieron penetrar la muralla a través del vano ya vacío, avanzando sobre los restos de la puerta y también sobre cadáveres, de ambos bandos. Pronto, las escuadras del general se dispersaron por las calles, arremetiendo contra las escasas defensas que encontraban a su paso. Aunque este avanzar era lento, pues los habitantes, que conocían bien las intrincadas callejuelas, habían instalado improvisadas barricadas en todo el trazado de la ciudad.
Thelidor, confiando en que mi artillería hiciese brecha en la muralla oeste, intentó avanzar hacia el centro de la ciudad con todas sus fuerzas, para, una vez allí, esperar los refuerzos necesarios para hacerse con el baluarte. Pero mientras tanto, sus hombres luchaban en un terreno al que no estaban acostumbrados, una cuidad, y las estrechas calles ocultaban un peligro a cada metro, desde las puertas, ventanas y balcones hasta la próxima esquina podían ocultar a un enemigo dispuesto a darles muerte. Además, la ciudad entera comenzaba a arder debido a las flechas que Arestel había lanzado sobre ella. Las casas de los barrios más pobres, hechas de madera y mimbre, ardían con rapidez, y sus tejados de paja esparcían el fuego en todas direcciones. Maderas ardiendo caían constantemente a las calles, y los soldados de ambos bandos se debían preocupar por no morir abrasado ni ensartado por la espada enemiga. Con todo esto, llegó un punto en el que el combate parecía no avanzar, las bajas se multiplicaban por minutos, y las calles parecían ser más estrechas y estar más plagadas de defensores dispuestos a todo para salvaguardar sus casas del avance enemigo.
Thelidor se vio finalmente combatiendo a pie, frente a una de las barricadas. La barrera, hecha de adoquines y maderos, estaba defendida por los propios habitantes de esa calle más que por soldados. Pero, a pesar de que no poseían una formación militar, su instinto de supervivencia y su posición privilegiada hacían estragos en las tropas del Gran Maestre, de tal modo que se mermaron peligrosamente. Resignado, Thelidor ordenó la retirada, y volvieron a otra de las calles que ya habían tomado sus tropas. Desafortunadamente, el numenoreano resultó herido en la rápida retirada por un leño ardiente que le arrojaron desde el otro lado, sufriendo grabes quemaduras en su brazo diestro, lo que le impidió volver a empuñar su espada en aquella batalla.
Mientras sus hombres lo llevaban para guarecerlo del fuego a un edificio de piedra que habían tomado, Thelidor observó con sorpresa como unos enormes goterones de agua fresca caían a millares del cielo estrellándose contra el suelo y sofocando rápidamente las llamas. Los hombres miraron al cielo, y se refrescaron, también con sorpresa y con alivio, pues la atmósfera en los callejones era ya casi irrespirable, entre el humo y el calor tanto de las llamas como de aquella extraña noche.
Más adelante, me regocijé en el asombro de Thelidor y de su esposa cuando les expliqué que aquella lluvia tan oportuna no había sido obra de la naturaleza, sino que yo mismo la había invocado para evitar que más vidas se perdiesen en aquella sangrienta batalla.
Mas, la debilidad que conllevó usar este poder hizo que me tropezase tontamente con una piedra en el fango, lo cual me provocó una importante torcedura de tobillo. Aun hoy maldigo porque me pasase eso antes de poder entrar en combate, puesto que luego, no podría presumir de una nueva herida de guerra. Cuando luego me enteré de cómo habían herido a Thelidor y también a su bella esposa, la cual resultó herida por una flecha enemiga en respuesta de su ataque, no pude evitar tenerles cierta envidia.
Aunque lo cierto es que todos nos alegramos al final de haber tomado la ciudad, pues, poco después de que la maquinaria de asedio abriese un enorme hueco en la muralla, y la caballería a mi mando entrase como una ola impetuosa en la urbe, en el pabellón del baluarte una bandera blanca sustituyó a la propia de Lempë Ohtari.
Con esto, la batalla terminó y afortunadamente, gracias al rendimiento de los atacados, se evitaron muchas más bajas de las que ya habíamos sufrido. La ciudad ya era nuestra.
Oh, Fui, que todo lo ocultas y todo lo consientes
protégenos hoy de la devastación
¡Vienen los ruines señores de la conspiración!
¡Vienen hoy los caballeros de la destrucción!
Sobre Mellon Vilya,
sobre sus habitantes que nada sospechan,
la noche hoy desciende de nuevo
y todo un reino tiembla de desconcierto.
(Ohta Lantaosto*, la tercera batalla de las Guerras de Mellon Vilya)
La conspiración
Extrañas nubes llenaban el cielo y el sol brillaba con fuerza más allá de ellas, haciendo que aquel día el calor fuera excesivamente agobiante y pegajoso. Un grupo de caballeros montados en sus corceles se dirigían hacía Mellon Vilya desde la ciudad de Ostova Lorë. Cuando se internaron en el bosque Taurëninquë se percataron del extraño rumor que las hojas de los árboles emitían a su paso. Darlak miró a su alrededor y supo que aquello era síntomas de mal augurio. Cabalgaba a lomos de un hermoso corcel de guerra, fuerte y poderoso. Portaba con él un yelmo que no llevaba puesto en esos precisos instantes, un escudo simple pero bien trabajado e, introducida en su correspondiente vaina, llevaba a Envinyanta, la espada que le había acompañado en las numerosas batallas que Darlak había tenido que participar.
- El bosque está intranquilo – dijo mirando a la joven que cabalgaba a su lado.
Elêth no supo que decirle y se limitó a seguir cabalgando por entre los árboles de aquel bosque extraño e intranquilo. La doncella iba vestida con una hermosa y cómoda ropa que Annamel le había proporcionado en Ostova Lorë antes de partir.
El camino por donde transitaban discurría en el interior del bosque. Unos metros más adelante, el camino hizo bajada y fue entonces cuando en su campo de visión se hallaron con el lugar de destino. Allí, justo delante de ellos, se alzaba Mellon Vilya, majestuosa, enclavada en Orod Líndale y recortada en medio del bosque que la había visto alzarse.
- Aceleremos el paso – dijo Darlak a sus acompañantes. Además de Elêth le acompañaban otros tres hombres. El capitán había dejado al resto de su compañía a las órdenes de Annamel en Ostova Lorë por si esta ciudad sufría de nuevo un ataque.
Empezaron a acelerar el paso y, cuando estaban a punto de llegar a la puerta de la primera muralla de la ciudad, un grupo de jinetes les salió al encuentro. Eran miembros de la guardia de la ciudad.
- ¡Alto! – dijo el que iba en cabeza del grupo.- ¿Cuales son vuestros nombres?
- Soy Darlak Lórindol, gobernador de la ciudad de Ostova Lorë, y la doncella que me acompaña es Elêth Niramar. – el medio elfo se quedó mirando al guardia esperando que los dejaran pasar sin ningún problema – Por tu bien espero que nos dejéis pasar.
- Esto lo tenemos que consultar con el gobernador – dijo mientras giraba la cabeza hacia atrás. Uno de los hombres que estaban tras de él se percató del motivo de esa mirada y se fue a consultar al gobernador.
- ¿Acaso Erendel ha regresado del norte? – preguntó Darlak al guardia.
- No, nada se sabe sobre el antiguo gobernador de esta ciudad.
- Pues no entiendo la detención en las puertas de mi y mis hombres. Habéis de saber que, en ausencia de Erendel y el resto de caballeros del reino, Valandil, señor del bosque Taurëruin, y yo somos los regentes de estas tierras.
Fue entonces cuando llegó el mensajero con la noticia de que el nuevo gobernador les recibiría gustosamente. Se adentraron entonces en la ciudad y cruzaron la Sud-en-hân hacia la ciudadela de los capitanes. En la sala donde otrora residiera Erendel, Darlak se encontró con alguien conocido. Un rechoncho hombre se había adueñado de la majestuosa silla símbolo del poder de Lempë Ohtari.
- Darlak Lórindol, es un honor encontrarnos de nuevo.
El medio elfo no pudo evitar mirar desafiantemente a quién le acababa de hablar con tanto desdén y repulsa. ¿Con qué derecho aquel miserable se había tomado la libertad de adjudicarse el gobierno de la ciudad?
- ¿A qué estás jugando, Irunen?
El hombre, que antes era miembro de la guardia real y que ahora se sentaba en aquella silla, no pudo evitar reírse con sonoras carcajadas al ver la cara de incredulidad de Darlak.
- Las cosas han cambiado mucho en esta ciudad desde la última vez que nos vimos. Puesto que tu forma de proceder en ese entonces no fue la adecuada ahora no aceptamos ayuda alguna de ti. Podéis regresar a vuestra querida Ostova Lorë.
- No eres tú quién para dirigir esta ciudad, Irunen.
- ¿Y quién lo va a hacer? ¿Alguno de los honorables caballeros de este reino? ¿Aquellos que se creen herederos de los cinco caballeros de la leyenda? Hay rumores de que Erendel ha muerto en las tierras heladas del norte. De la dulce Yárfaila poco se sabe, aunque poco interés puede tener por este reino pues abandonó Eru Andorya, su ciudad, sin importarle nada. Y lo mismo podría decir de Âglaras. Valandil Súleglîn al menos no ha abandonado su bosque pero poco le importa el resto del reino ¿Y Aikanáro? que según dicen ha fracasado en su intento de impedir que los barcos de Farothdin atraquen en nuestro puerto.
- Estamos en tiempo de guerra y los conflictos que Lempë Ohtari tiene con otras naciones hace que estemos en esta situación. Pero has de saber que Valandil y yo, hasta el regreso del resto de caballeros del reino y de la consiguiente paz, somos los regentes de estas tierras.
Irunen se volvió reír.
- Ni hablar, no voy a dejar este reino en vuestras sucias manos, ni en las tuyas ni menos aún en las manos de Valandil, que sólo se preocupa por su bosque y por sus elfos. Así que, por intento de conspiración hacia el nuevo regente del reino, tú y tus hombres seréis encerrados. – y dirigiéndose a sus guardias, ordenó - Proceded a su arresto.
Así fue como Darlak y sus hombres fueron encerrados en las mazmorras de Mellon Vilya mientras Lempë Ohtari se quedaba a la deriva en tan terribles tiempos que azotaban las tierras de Árador.
La destrucción
La noche estaba llegando y empezaba a hacer frío en aquella oscura celda. En una esquina, la joven Elêth observaba cómo Darlak iba y venía de un lado a otro de la celda. La joven notaba la impotencia y la rabia que asaltaban al capitán de su compañía sin poder hacer nada por él. De repente, la joven doncella notó un extraño olor a humo que venía del exterior.
- Darlak, algo está ocurriendo ahí afuera – el capitán desvió su mirada hacia atrás y Elêth se asustó al ver el aterrador rostro de él. Sus ojos desorbitados y la desesperación de su cara lo habían convertido en un lobo enjaulado deseoso de salir de su encierro.
- ¡Maldición! – dijo Darlak mientras se lanzaba a buscar un cierre, unas bisagras, algún mecanismo para poder abrir la puerta desde dentro, pero todo fue en vano - ¡Abridnos miserables y traicioneros soldados!
Darlak siguió maldiciendo mientras daba patadas a las paredes y a la puerta de la celda. Sabía qué estaba sucediendo en el exterior, sabía que los enemigos habían llegado a la capital y sus más oscuros temores se estaban haciendo realidad. Y él no quería estar allí encerrado mientras la capital caía en las asquerosas manos de los enemigos. Se hizo sangre de tanto golpear la puerta con los puños pero de nada le sirvió. La joven Elêth no sabía qué hacer y, asustada, rogó a Eru para que el capitán se calmara y para que la capital resistiera a la invasión de la que era objeto en esos momentos.
De pronto la puerta de la celda se abrió ante los ojos perplejos de Darlak y Elêth. Entraron dos hombres de la guardia real.
- Podéis salir de aquí. Han invadido la ciudad. – dijo uno de los hombres mientras les daban las armas que le requisaran antes de ser encarcelados. Darlak miró con regocijo su espada, Envinyanta.
Salieron de la celda y fueron a liberar a los otros tres compañeros de Darlak para acto seguido salir de aquel lugar.
- ¿Cuándo ha empezado la invasión de las tropas de Helkelen Lára? – le preguntó Darlak a uno de los hombres que le habían liberado.
- Los que nos han asaltado no son tropas de Helkelen Lára. Los que están invadiendo esta ciudad portan la bandera blanca de Farothdin. –dijo mientras subían las escaleras.
- ¿Cómo es posible? ¿Más enemigos? – inquirió el medio elfo, incapaz de dar crédito a lo que escuchaba.
- Las tropas de Aikanáro no consiguieron retener a las compañías de Farothdin que llegaron en sus barcos hace algunas semanas.
Una vez en el exterior del edificio de las mazmorras, las cuales se hallaban cerca de la ciudadela de los capitanes, se encontraron con un paisaje desolador. La mayoría de las torres y de los edificios, principalmente los que se encontraran en la parte oeste de la ciudad, habían quedado arrasados y eran consumidos ahora por grandes lenguas de fuego del voraz incendio que los asaltantes habían provocado para hacer caer la ciudad.
- Los enemigos tienen ya bajo su control casi toda la ciudad. Los pocos soldados que quedan de nuestra defensa se hallan en la gran plaza de la ciudad. - dijo uno de los dos guardias.
Mientras corrían calles abajo en dirección a la plaza, por doquier advirtieron las consecuencias de la masacre pertrechada por las tropas de Farothdin. Un carro transportando dos bultos cubiertos por sábanas, los cimientos ennegrecidos de las casas arrasadas o un charco de sangre sobre la cual reposaba algún arma mellada constituían los mudos testimonios de los sangrientos actos de los invasores.
- ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos han atacado? – le preguntó a Darlak una compungida Elêth.
- ¿Quién sabe? Atravesamos tiempos aciagos y las naciones tienen conflictos que a veces son difíciles de arreglar. – Elêth le miraba con ojos tristes e incrédulos. - Este reino se desmorona, mi valerosa doncella. Nuestras tierras están plagadas de enemigos y nuestro destino es hoy desconcertante.
Llegaron a la plaza Sud-en-Hân, donde se concentraba gran parte del ejército invasor que casi tenían el control sobre el baluarte de la ciudad, el lugar que constituía el corazón de la capital. Pocos eran los que quedaban para poner freno a su propósito. Sin apenas dudarlo, Darlak y sus acompañantes se lanzaron al ataque para ayudar a los que aún resistían, que combatían no con la esperanza de conseguir alguna victoria pues todo estaba ya perdido sino con la intención de defender hasta el último momento una ciudad que ya estaba perdida.
Consiguieron hacer caer a algunos enemigos mientras se introducían en un ambiente coloreado de destrucción, muerte y desolación al tiempo que sus espadas danzaban en el remolino de la batalla. Pero el desenlace ya estaba decidido y fue cuestión de poco tiempo que esta historia llegará a su final.
Mientras Envinyanta hacía lo posible para hacer estragos en los enemigos y Darlak se encontraba en ese remolino de despropósito, el capitán vio como la indomable Elêth Niramar caía. Tras perder su poderoso arco, la joven decidió lanzarse fieramente hacia un fornido guerrero con el que estaba luchando. Su objetivo era dañarle con una daga que Annamel le había proporcionado antes de salir de Ostova Lorë. Consiguió herirle pero no pudo rematarlo porque, justo cuando lo iba a hacer, fue derribada por otro hombre que había acudido a la defensa del guerrero. La daga cayó junto a ella y el guerrero aprovechó la situación para clavarle la daga en el costado.
A Darlak no le dio tiempo de acudir a su ayuda, ni siquiera tuvo tiempo para gritar o atribularse por la caída de Elêth Niramar. Su momentánea distracción fue aprovechada por un hombre que le lanzó un poderoso dardo que impactó en su cuerpo, al tiempo que otro enemigo se lanzaba con su hacha hacia él golpeándole el hombro de Darlak. Mientras éste perdía el equilibrio usó a Envinyanta para asestarle un golpe mortal. Pero las heridas sangraban mucho y todo se volvió confuso para él. La mente se le nublaba mientras, alrededor, se escuchaban los gritos de júbilo de los farothdianos celebrando su victoria. La lluvia que empezó a caer entonces empapó los cuerpos de Darlak Lórindol y Elêth Niramar mientras yacían en medio de la destrucción y las ruinas de la ciudad.
Y así fue como terminó la Ohta Lantaosto, como fue llamada posteriormente a esta batalla, con el espantoso saqueo de Mellon Vilya y con la noche avanzando mientras una fuerte tormenta se aproximaba hacia la ciudad caída.
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* “La batalla de la caída de la ciudad”
[Editado por aratir el 25-07-2006 01:31]
Resumen de la batalla.
Realengo de Farothdin ha perdido 14 armadas x35= 490 puntos.
Recuperables: 490 puntos al hacer uso del poder especial de Ilimo.
Valoraciones: 7+8+5+8+9,1= 7,42
Recupera: 364 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 40%, por este concepto recupera 140 puntos. Total recuperación: 504 puntos.
No pierde puntos.
Lempë Ohtari ha perdido 26 armadas x35= 910 puntos.
Recuperables: 303 puntos.
Valoraciones: 8+8+7+9+8,9= 8,18
Recupera: 248 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 170%, por este concepto recupera 595 puntos. Total recuperación: 843 puntos.
Pierde: 67 puntos.
Realengo de Farothdin recibe 450 monedas por batalla ganada.
Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Realengo de Farothdin por abandono de la batalla.
Lempë Ohtari entrega 600 monedas a Realengo de Farothdin por saqueo de la capital.
Compañías actualizadas y listas!