La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 28. C4 Helkelen Lara Vs C1 Lempë Ohtari.

2006:07:30:08:20:04

Kelusse

Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 10

Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 8

Victoria para Lempë Ohtari.

Aikanáro Tîwele

Aquí yo, siervo de Eru escribo estos hechos como los viví en esos días de grandes héroes y heroínas, en una época donde la espada era la ley.

Una compañía de fieros guerreros había llegado a la ciudad de Eru Andorya, comandados por Aikanáro Tîwele, el Maia Valandil y la dama Sonyariel para combatir contra las tropas de Hathol Karkar. Las tropas hacía dos días que habían llegado a la ciudad y todo estaba ya listo para la batalla.

Una densa niebla impedía la visión con claridad, para desesperación de todos, cuando las campanas tocaron en alerta, las tropas enemigas habían llegado ya. Desde las murallas de la ciudad se veían como éstas desde el otro lado del río preparaban su asalto a la ciudad, pero antes de ellos deberían cruzar este río fieramente defendido.

El Capitán Aikanáro salió corriendo de sus estancias, aún en su debilidad todos lo temían con una espada en la mano. Corría tan rápido como sus fuerzas le permitían buscando a su hermano. Salió del palacio y montando en su corcel cabalgó raudamente por la ciudad atravesando canales y puentes hasta llegar al primer nivel.

Allí vio a Valandil organizando las tropas y le dijo:

- ¿Está la guardia de Eru lista en la playa? los puentes no deben ser cedidos con facilidad, si se ve que se van a perder prendedles fuego.

- Si, a las puertas de la ciudad, la mayoría de los soldados están listos en las murallas, Sonyariel comanda la defensa de los puentes.- dijo Valandil

- Que Eru nos guíe en esta batalla, ¡A las murallas soldados!- gritó Aikanáro.

Pronto todos estaban listos en las murallas, un gallardo ejército se formaba dentro de la ciudad y las catapultas estaban listas, esperaban las órdenes. Aikanáro, sin bajar del corcel subió por las escaleras que llevaban a la cúspide de la Puerta de Eru, miró abajo y gritó:

- ¡Toda mi vida me he regido por una ley, una ley fundamental, honra a los dioses y defiende a tu patria, Eru Andorya es nuestra madre, luchad por ella!

Un gritó se alzó desde cada corazón, desde cada garganta de los soldados, nadie podía ignorar en ellos el espíritu de Makar. Sonyariel había preparado una fiera defensa de las orillas de los ríos, los arqueros elfos junto a un batallón de enanos eran su defensa. Colocados detrás de un parapeto empezaron a luchar. Las balsas empezaron a llenar el río como una marea negra y Sonyariel gritó:

- ¡Arqueros!

Un manto de flechas salió disparado desde todos los flancos, cayendo sobre las embarcaciones y los primeros gritos empezaron a escucharse; las flechas volaron por miles hacia las tropas de Lara. Algunas lograron desembarcar y el encontronazo sonó como si fuera un martillo golpeando un yunque, los arcos fueron substituidos por las espadas y los enanos con sus afiladas hachas empezaron a cortar miembros.

Un parapeto de escudos se formó a lo largo de la playa, con las picas colocadas al frente, mientras veían como una marea de soldados de Lara corría hacía ellos, los arqueros no cesaban de disparar y fue cuando las tropas de Lara golpearon, pero sólo encontraron un muro firme que los repelió, los cuerpos se ensartaron en las picas. Cuando un gritó se escuchó:

- ¡Primera fila, avanzad!- salió de la garganta de la dama

Los soldados de Lempë empezaron a avanzar como si fueran uno solo, las picas se clavaban en los cuerpos de Lara mientras Lempë afianzaba sus posiciones. Pero fue cuando todo parecía que iba como debía cuando uno de los soldados le dijo a Sonyariel:

- ¡Señora están pronto a tomar los puentes, qué hacemos, nos superan en número y no podremos contenerlos aquí!

- ¡Quemadlos, quemad los puentes que no los tomen!

Y un manto de flechas incendiarias cayó sobre los puentes de Eru, el fuego se alzó como inmensas murallas de fuego consumiendo los puentes. La playa estaba teñida de sangre, los cuerpos se apilaban en sus orillas, mientras las tropas de Lempë empezaron a retirarse hacía la ciudad. Todos los puentes menos uno habían sido quemados, ahora sólo quedaba retirarse hacía la ciudad, con honor, habían logrado inflingir grandes perdidas a Lara pero la toma del puente era una pérdida que pagarían más tarde.

Mientras en la ciudad, las tropas ya estaban listas cuando la caballería salió por la Puerta de Eru, sus hojas doradas se abrieron para dejar salir a tales héroes. Valandil y Aikanáro comandaban las tropas de Lempë, otra vez los dos hermanos luchando codo con codo en la batalla. Aika miró a Valandil y le dijo:

- ¡Ataca por el flanco derecho que yo lo haré por el izquierdo, ataca con fuerza mi hermano!

- ¿Acaso no lucharemos juntos?- respondió Valandil.

- Mi hermano, esta vez no. El ejército depende de nosotros y debemos golpear con fuerza para que vean quiénes somos nosotros, que nos conozcan como los Hermanos de la Muerte- respondió Aika estrechándole la mano con fuerza.

- ¡Así nos conocerán y nos temerán!- gritó Valandil.

El ejército se había dividido en dos, cada uno comandaría un flanco en la batalla. Los soldados de Sonyariel se habían hecho fuertes cerca de las murallas, cerrando el paso a las tropas de Lara obligando a estas a concentrarse en el flanco izquierdo. La caballería salió a la carga, sus pasos hicieron temblar el suelo mientras el cielo se llenaba de gritos. Una inmensa polvareda se alzó cuando la caballería salió a la carga. La caballería seguida de cerca por los escuadrones enanos y elfos cargaron contra el enemigo golpeándolo como si fueran un sólo individuo. Las catapultas empezaron a soltar sus cargas mortíferas haciendo que la explanada se llenara de fuego y desolación.

Alimentándose de sangre, el ejército esgrimía sus armas con pasión, y el choque de los broqueles en los brazos de los guerreros parecían panegíricos dentro de la descomunal batalla.

El rostro de la dama y de los capitanes daba a entender que el honor estaba jugándose en aquel encuentro; sus miradas parecían desafiar a todos los que osasen oponerse a sus deseos, ostentando su fuerza y manejo con las armas.

Los guerreros que luchaban en aquel flanco, se percataron que el capitán Aikanáro se dirigía con sus guerreros en la misma dirección donde la humana se encontraba luchando junto a enanos y elfos. Se sintió el temor de aquellos guerreros que vieron llegar al capitán, posándose sobre muchos la idea de que al encontrarse ambos, blandieran sus armas uno contra el otro, olvidando que el enemigo era Lara.

Con fervor el capitán y sus guerreros centraron el ataque en un grupo de elfos con lo que se separó al grupo que atacaban desde el flanco izquierdo.

Las hachas de los enanos se ensartaban en el enemigo como si fuese mantequilla caliente, con una fiereza digna de aquella raza, luchando codo a codo con los hábiles elfos, cuyas espadas doradas cortaban el aire con rapidez ante de llegar a encontrarse con los cuerpos de los enemigos. Valandil comandaba a la guarnición con gran destreza, atacaban a los de Lara empujándolos hacía el centro de la planicie en dirección a Aika. Los dos hermanos sabían como luchar, si centraban a los de Lara en un solo lugar y atacaban desde los dos flancos solo les quedaría la salida del río. Aika desde su corcel veía como Valandil segaba la vida a sus enemigos, la destreza con la que manejaba la doble espada era de admirar, Valandil luchaba junto a un grupo de elfos contra un grupo de soldados de Lara que se habían hecho fuertes en un recodo. Valandil empezó a rezar un antiguo conjuro mientras luchaba, y el nivel del río empezó a subir cada vez más. De golpe una ola inmensa sacudió a las tropas de Lara mas cercanas al lecho del río y abriendo un corredor hacía donde luchaba su hermano. Valandil se dirigía hacía él cuando sintió la mordedura de las flechas de Lara en su pierna, se giró y vio a tres arqueros apuntándole, Valandil los miró y gritó:

- ¡Morid!

Y el cielo desató una tormenta eléctrica que fulminó a los que se encontró en su paso, pero ésta sólo duró escasos segundos. Valandil herido se dirigía hacía Sonyariel para ayudarla, ya que esta había sufrido heridas pero aún así continuaba luchando.

La sangre derramada del enemigo era un sabroso manjar en el paladar de la dama, más el dolor que sentía al ver que alguno de los suyos era herido transformaba ese manjar en acre, aumentando la furia sus movimientos como si de un arpía se tratase, mas una voz entre aquella batalla, la sacó de sus pensamientos, observando como Aikanáro incentivaba a sus hombres en la batalla, y una irónica sonrisa brotó de sus labios, ordenando a algunos de sus hombres que se preocupasen del capitán ya que a pesar que su semblante fuese majestuoso, y su voluntad fuese de hierro, aún se encontraba débil de la anterior batalla, a lo que aquellos se dirigieron con premura a blandir sus armas cerca del capitán.

Aikanáro ahora luchaba contra el capitán de Lara, Hathol Karkar, los dos se miraban mientras este último veía como era rodeado por soldados de Lempë y como estos empujaban hacía el río a sus tropas. Aika miró y se lanzó a la carga. El humano era hábil en el manejo de la espada, se defendía de los ataques de Aika, pero los golpes que este le propinaba con el martillo de guerra, le estaban dejando el brazo molido. Y fue en uno de esos golpes que el escudo que portaba el humano estalló en pedazos, y este le dijo:

- Ya se terminaron las tonterías abuelo.

- ¿A quien llamas abuelo?, mesura tus palabras sino te las haré tragar- respondió Aika

La carga de los dos oponentes fue digna de los que los pudieron observar, pero en un descuido de Hathol, Aika le propinó un martillazo en el brazo rompiéndoselo. Y este, girándose sobre si mismo con gran agilidad hundió su espada en el hombro del Capitán de Lara haciéndole gritar de dolor mientras la sangre empezaba a resbalar por su brazo. Aika sonrió un poco y volvió a la carga, ahora el oponente solo tenía un brazo con el que defenderse de su espada. Los golpes no cesaban y el humano a duras penas podía defenderse de la dura carga que sufría, cuando una piedra lo hizo caer al suelo. Los dos oponentes se miraron un segundo, pero el humano sólo pudo sentir como Aika le ponía su pesado pie en el pecho y le decía:

- Ni se te ocurra intentarlo, antes de que cojas esa espada estarás muerto- pero fue cuando se fijo en esa espada.

La había reconocido, un hombre llamado Hareth perteneciente a la Casa de Hador la empuñaba en la Guerra de la Cólera, donde luchó junto a Aika y sus tropas. Aika mirando al humano le dijo:

- Sólo un príncipe puede portar esa espada y tú no pareces serlo, ¿a quién le robaste la espada Fealóke?, ¡dímelo sucio ladrón!- le gritó Aika poniéndole la espada en el cuello y apretándosela contra este.

- ¡Me la dio mi padre, yo no se la he robado a nadie!- respondió Hathol

Entonces Aika recordó que una vez que el padre del muchacho lo había salvado de las frías garras de la muerte y encontrándose en deber con este le dijo al joven:

- Levántate y vete, esta vez te perdono la vida pero no porque así lo desee yo, sino por que se lo debo a tu padre. Pero ten en cuenta que la próxima vez que nos encontremos te daré muerte si tengo ocasión.

Así que el capitán de Lara, con gran rabia se levantó del suelo y salió corriendo hacía donde estaban sus tropas mientras Aika alzando su cuerno ordenaba retirada hacia la ciudad. La batalla ya se había cobrado demasiadas vidas, para qué malgastar más.

[Editado por tulkas_el_valar el 24-07-2006 10:22]

Hathol Karkar

\"Las Crónicas de Hathol. Capítulo IV. Sangre y lágrimas\"

\"Aquella batalla fue una de las más sangrientas que recuerdo, y también una de las más desastrosas para mi compañía, ya que pudo ser la destrucción y aniquiliación total de mi compañía, e incluso pudo ser el día de mi muerte. Pero el destino parece querer jugar contigo a veces, y en las situaciones en que ya has perdido completamente la esperanza te sorprende, haciendo que tu enemigo decida no matarte a pesar de tener su espada en tu cuello, y eso fue lo que me sucedió a mí ése fatídico día para mis hombres y yo.

Todo empezó a torcerse cuando llegaron los mensajeros con las nuevas órdenes del Consejo. Después de la derrota moral que habíamos infligido a la tropas de Lempe bajo los muros de la ciudad de Ostova Lore, esperaba que nos ordenaran seguir asediando la ciudad, ya que estaba convencido de que a poco que siguiéramos insistiendo en nuestra ofensiva podríamos derrotar al ajército de Lempe y tomar la ciudad, pero el Consejo no opinaba lo mismo. El valiente enano Zirak estaba conmigo cuando leí el mensaje, y al observar mi rostro colmado de estupor e incredulidad no pudo aguantar más y estalló.

\"¡¡¿Me vas a decir de una vez, Hathol Karkar, qué demonios dice el Consejo o tendré que darte un puñetazo para que reacciones?!!\" -me espetó.

\"Nos ordenan que partamos inmediatamente y ataquemos la ciudad de Eru Andorya\" -respondí fríamente, y salí de la tienda.

No lo podía creer, teníamos que abandonar un asedio que nos era muy favorable para atacar otra ciudad de la que nada sabíamos. No alcanzaba a comprender porqué el Consejo nos obligaba a ir de un lado a otro, intentando tomar ciudades en vez de concentrarnos en un solo punto y atacar con todas nuestras fuerzas. Suponía todo un problema después de cada batalla trasladar a toda la compañía hacia otro punto, pero parecía que el Consejo no pensaba lo mismo. No obstante, yo era un simple Capitán de Compañía y debía obedecer las órdenes de mis superiores, así que dispuse todo para partir cuanto antes. Eso sí, dejé al batallón de elfos arqueros y a los ents en el campamento fortificado (que casi se había convertido en una pequeña ciudad de madera y tela) para no dejarlo completamente desprotegido, pero no hubo forma de convencer a Zirak de que se quedara, ya que aún no se había recuperado del todo de las heridas sufridas en la anterior batalla, pero los enanos son tozudos, y Zirak quizás más que los demás.

Así que partimos al alba, mi compañia de fieros y valerosos Hombres, el enano Zirak y yo, embutido de nuevo en mi espléndida armadura de mithril, reparada gracias a las hábiles manos del enano. En un momento del camino le pregunté, por curiosidad:

\"Dime, Zirak, ¿cómo es que, siendo tan hábil herrero, no has reparado aún tu yelmo? Con los dos cuernos tendrías un aspecto más fiero aún\" -comenté, con una sonrisa.

\"Podría haberlo reparado, pero nunca he querido hacerlo\" -respondió el enano pensativo- \"Perdí el cuerno por culpa de un error que cometí en un combate contra un apestoso orco, el cuerno cortado me recuerda ése error para no volver a cometerlo.\"

Al cabo de un día y medio de marcha llegamos por fin a las inmediaciones de Eru Andorya. Los exploradores me habían informado de la existencia de un río entre nosotros y la ciudad, pero también de varios puentes para cruzarlo, así que enseguida se me ocurrió un plan, que si salía bien supondría nuestra victoria contra el enemigo, pero si fracasaba conllevaría seguro la destrucción de la compañía, así que la moneda estaba en el aire. El plan consistía en construir unos cuantos botes de madera, tripulados por una pequeña parte de la compañía al mando de Zirak, para que llegaran a la orilla de enfrente, en la que había una playa, mientras el grueso de la compañía intentaríamos tomar alguno de los puentes para cruzar al otro lado. El objetivo era dividir las fuerzas de Lempe de modo que, si todo salía bien, podríamos cercarlos y acabar con ellos.

El día de la batalla se levantó brumoso, con una espesa niebla que impedía ver más allá de 20 pasos, perfecto para nuestro ataque. Nos pusimos en marcha y llegamos a la orilla del río, no obstante, la niebla se había levantado un poco al lado de la orilla y pudimos ver en la orilla opuesta al ejército de Lempe dispuesto en la playa en perfecta formación, entonces comprendí que iba a enviar a los hombres de los botes al suicidio, puesto que nada podrían hacer contra la infantería pesada del enemigo, armado con picas, armaduras y escudos de hierro...pero había que intentarlo, yo lo sabía, y Zirak también. No nos dijimos nada, tan sólo nos miramos, subió a uno de los botes y se alejó en dirección a la playa. Entonces, con el resto de la compañía me puse en marcha hacia los puentes, pero al poco oímos un griterío y un estruendo metálico que venía de la playa opuesta, me giré y vi que Zirak y sus hombres se habían estrellado ya contra el muro de hierro que formaban los soldados de Lempe, a los que acompañaba una lluvia de flechas de los arqueros de su retaguardia. Nuestros hombres luchaban con fiereza, y era un combate equilibrado a pesar de la manifiesta superioridad del enemigo, en ése momento se abrieron las puertas de la ciudad, y a través de ellas salió una tropa de caballería que se dividió en dos, una parte iba a engrosar al ejército de la playa y la otra se dirigía hacia los puentes. Comprendí entonces que debíamos apresurarnos, o el sacrificio de Zirak sería en vano. Cuando el enemigo se dio cuenta de nuestra intención dirigió sus flechas (ahora incendiarias) hacia los puentes de madera, con la intención de quemarlos, objetivo que consiguieron, salvo con uno de ellos, circunstancia que no desaprovechamos. Cruzamos el puente como un ciclón y fuimos directamente a por la otra mitad del ejército enemigo, las espadas chocaron, los escudos se quebraron, los yelmos se partieron, y la sangre empezó a teñir la tierra ante los muros de Eru Andorya. Fealóke subía y bajaba, teñida de sangre, seccionando brazos, piernas y cabezas enemigas; en un momento dado alcé la cabeza para ver qué ocurría en la playa, y vi que Zirak y sus hombres estaban siendo masacrados poco a poco, pero aún resisitían unos pocos con el enano a la cabeza, lleno de heridas y con alguna punta de lanza sobresaliendo por su cuerpo. Estaban acorralados entre los soldados de Lempe y el mar. De pronto una ola gigantesca golpeó la playa, pero sólo llegó a nuestros hombres, y pensé, desesperado, que era Ulmo, que se había puesto de parte de Lempe y nos castigaba con su furia, pero enseguida deseché ese pensamiento, puesto que tenía que ser obra de alguno de los brujos de Lempe, así como el rayo que descargó inmediatamente después en el mismo lugar. Cuando la ola bajó pude ver los cuerpos inertes de nuestros soldados flotando en el agua y rápidamente ordené a Durendal, mi lugarteniente, que cogiera a unos cuantos hombres y fueran a la playa a ayudar a los soldados que aún quedaran vivos. Después de esos segundos que me parecieron horas volví a hundir mi espada en los cuerpos de mis enemigos, pero me topé con uno muy diferente a todos. Era un elfo muy corpulento y musculoso, que blandía un enorme martillo de guerra y una espada, era uno de los Capitanes de Lempe, así que fui a por él...y él vino a por mí, puesto que él también me había reconocido como Capitán de Helkelen Lara. Nos acercamos lentamente, mirándonos a los ojos, estudiando cada movimiento del rival, y como si nos leyéramos el pensamiento nos lanzamos a la vez con las espadas por delante. El combate era desigual, puesto que el elfo era más fuerte que yo, pero yo era más ágil, así que intenté cansarlo golpeando con la espada y parando con el escudo...pero el elfo sólo golpeaba. En uno de los golpes mi escudo se quebró, y, lleno de rabia, le grité:

\"Ya se terminaron las tonterías abuelo\".

\"¿A quién llamas abuelo? mesura tus palabras, si no te las haré tragar\" -respondió.

Y nos enzarzamos de nuevo en una violenta lucha, tanto que los demás soldados habían abierto un círculo a nuestro alrededor, y estaban más pendientes de nuestro combate que de la batalla en sí. Yo sólo podía luchar con la espada ahora, y debía utilizarla tanto para atacar como para defenderme, y eso me estaba agotando físicamente, en cambio, mi oponente parecía que acabara de iniciar la lucha. Descuidé la defensa sólo por un segundo, pero fue suficiente para que el elfo me propinara un terrible martillazo en el brazo izquierdo, y noté cómo se me iban rompiendo todos los huesos por debajo de la armadura. Caí de rodillas ante Aikanáro, que así se llamaba mi rival, y él aprovechó para hundirme su espada en el hombro izquierdo, su hoja atravesó piel, tendones, hueso...y la volvió a sacar con un elegante movimiento. En ése instante estuve a punto de desmayarme y abandonarme a mi muerte, que parecía ya segura, pero decidí morir con la espada en alto, así que me quité el yelmo para poder mirar a los ojos de mi enemigo y me lancé de nuevo hacia Aikanáro, pero mi cuerpo no me respondió como lo deseaba, y en un torpe movimiento tropecé y caí al suelo, con la espada a mi lado. Entonces Aikanáro me puso su pie en el pecho, dispuesto a acabar con mi vida de una vez, intenté coger a Fealóke, pero Aikanáro apretó el pie, mientras me decía:

\"Ni se te ocurra intentarlo, antes de que cojas esa espada estarás muerto.\"

Y fue entonces cuando pareció fijarse en la espada, sus ojos se posaron en ella y pareció que una sombra de reconocimiento pasaba por su mente, entonces me dijo:

\"Sólo un príncipe merece portar esa espada, y tú no pareces serlo, ¿a quién le robaste la espada Fealóke?, ¡dímelo, sucio ladrón!\"

\"¡Me la dio mi padre, yo no se la he robado a nadie!\" -grité con furia.

\"Levántate y vete\" -me dijo el elfo, ante mi sorpresa- \"esta vez te perdono la vida pero no porque así lo desee yo, sino por que se lo debo a tu padre. Pero ten en cuenta que la próxima vez que nos encontremos te daré muerte si tengo ocasión.\" -Dio media vuelta y se fue, mientras ordenaba la retirada de sus hombres.

Aquella noche, en nuestro campamento, mi cabeza estaba a punto de estallar por todo lo sucedido durante el día, por el extraño fin de la batalla, pero sobre todo porque mi gran amigo y compañero, Zirak, estaba muy malherido: los lanceros de Lempe le habían clavado tres de sus lanzas, una en el muslo derecho, otra en el brazo iquierdo, y otra en el vientre, además, había tragado mucha agua y había estado a punto de ahogarse. Ahora yacía a mi lado, vendado de pies a cabeza y durmiendo profundamente. Me puse a pensar en quién podría ser aquél elfo que no me había matado porque decía estar en deuda con mi padre, él nunca me habló de nada similar. Y con estos sombríos pensamientos cerré los ojos y me dormí, con un sueño intranquilo\"

Kelusse

Resumen de la batalla.

Lempë Ohtari ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.

Recuperables: 280 puntos, al usar el poder especial de Valandil.

Valoraciones: 8,5+9,2+7,1+6+7,8= 7,72

Recupera: 216 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 20%, por este concepto recupera 70 puntos. Total recuperación: 286 puntos.

No pierde puntos.

Helkelen Lara ha perdido 10 armadas x35= 350 puntos.

Recuperables: 117 puntos.

Valoraciones: 8+8+7,8+8+8= 7,96

Recupera: 93 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperación: 373 puntos.

No pierde puntos.

Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas!