La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 21. C1 Helkelen Lara Vs C3 Lempë Ohtari.

2006:08:01:22:28:02

Kelusse

Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 26

Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 24

Victoria para Lempë Ohtari.

Annamel

En Ostova Lorë. En la orilla del lago Aelin Lindalë

Con los pies sumergidos en la cristalina agua del lago, Annamel podía sentir la fresca sensación del agua mojando su piel. Se encontraba aburrida pero al mismo tiempo inquieta. Todos los caballeros de Lempë Ohtari estaban inmersos en las numerosas batallas que el reino estaba sufriendo y ella estaba allí, a la espera de noticias qué tardaban en llegar. La brisa era suave y fresca, y el agua lamía la orilla con suavidad, como un amante. La noche estaba cayendo y, por encima de su cabeza, las estrellas trazaban un dibujo de filigrana. No se oía más que el rumor del viento entre los árboles y los suaves golpes del agua contra la orilla del lago.

Se sentía inquieta, terriblemente inquieta. Algo la hacía sentir de alguna manera oprimida y notaba en ella misma una premonitoria tensión.

- ¿Qué está pasando en el mundo? Tanto daría por saber qué está ocurriendo con las otras compañías de este reino… - y suspiró sabiendo que seguiría en su desconocimiento.

De pronto, Annamel miró hacia el lago y vio que su superficie tenía la palidez del cristal, pero no el sosiego completo. Algo iba a pasar y ella no sabía qué podría ser. Fue entonces cuando algo explotó en el centro del lago, las aguas se lanzaron en un fiero remolino y el lago empezó a llenarse de espuma a su alrededor. Atraída por aquel extraño suceso, Annamel se acercó a las aguas y fue cuando algo ocurrió. El lago le mostró una serie de visiones.

Vio un lago, pero no el Aelin Lindalë, aunque ese lago le resultó extrañamente conocido. Se trataba del Lago Espejo, en las tierras de Helkelen Lára. Vio a una mujer sentada como ella en la orilla de ese lago, con sus cabellos cobrizos ondeando al viento. La reconoció al instante. Se trataba de Yárfaila Veryawen. ¡Oh, la inteligente y aguerrida Yárfaila Veryawen! El lago de Ostova Lorë estaba saciando su necesidad de conocimiento y le estaba mostrando imágenes que anhelaba saber, aunque no sabía si esas imágenes eran en tiempo real.

El lago seguía mostrándole imágenes. Vio a centenares de elfos ataviados para la batalla. Inmóviles esperaban impasibles la llegada de su enemigo. A la cabeza un medio elfo rubio montado en un corcel estaba ataviado con una reluciente armadura. Era Âglaras que se hallaba delante de sus elfos, de pie alzando su espada, a la espera de entrar en batalla. Se trataba de una esplendorosa compañía que en nombre de Lempë Ohtari se hallaba dispuesta a hacer frente al enemigo que se acercaba a ella. Desgraciadamente sólo habían conocido la derrota tan lejos de su tierra.

La imagen del lago cambió de nuevo.

Vio cómo llegaron los enemigos y otra imagen le mostró cómo la integridad de la compañía de Lempë Ohtari era destrozada por los hombres del llano como otras veces antes, como cuando Annamel estuvo combatiendo al lado de ellos semanas antes. La lucha era encarnizada y las fuerzas se hallaron pronto equilibradas. Las imágenes de las aguas del lago mostraban un gran duelo en el cual ambas tropas competían por demostrar su habilidad y fuerza en el combate. Los soldados helkerianos se defendían bastante bien ante la carga de los elfos de Lempë Ohtari, pero la batalla parecía durar horas y, poco a poco, las tropas enemigas empezaron a ganar terreno.

Vio como la gran espada élfica de Âglaras era detenida una y otra vez por las armas de sus enemigos que de vez en cuando daban un poderoso golpe al capitán que su armadura evitaba. En el rostro del medio elfo se notaba la preocupación al ver el peligro en el que se encontraba al tiempo que miraba hacia atrás como esperando algo.

Las imágenes del lago se sucedían mostrando escenas de una batalla que había ocurrido en el norte a muchos kilómetros de Ostova Lorë. Fue cuando Annamel contempló como Âglaras y los miembros de su compañía eran cercados y bloqueados por tropas helkerianas que seguían acudiendo a atacarlos desde la cercana ciudad de Ost-en-Aël. Desesperada, la maia contemplaba con absoluta impotencia cómo Âglaras iba a morir cuando el sol rojo desapareciera en la noche, y su corazón se conmovió al ver que los elfos de esa compañía seguían demostrando seguridad y entereza a pesar de sentirse acorralados. En ningún momento dejaban de combatir con absoluto aplomo.

Vio de nuevo a Yárfaila, mostrando la serenidad de los caballeros de la espada envuelta en llamas. Montada en su hermoso corcel negro, capitaneaba una tropa de elfos que venían a ayudar a las tropas de Àglaras. Supo entonces cual había sido la estrategia del capitán y la maia: dividir sus fuerzas en dos para despistar al enemigo. Sin duda, habían sabido que les atacarían antes de que esto sucediera. Vio que los elfos que llegaban a socorrer a sus compañeros cabalgaban cantando desde la orilla del lago del espejo, acaudillados por Yárfaila. Y, en la retaguardia, regalaron a los enemigos una purificadora lluvia de flechas y muchas de ellas hicieron caer a un buen número de enemigos.

Annamel notó como dos lágrimas surgieron de su rostro. Ver defenderse de ese modo a los que habían sido sus compañeros de batalla le hizo estremecerse. Vio como los jinetes de Âglaras, reconfortados con la llegada de refuerzos, terribles con su furia y deseosos de conseguir una victoria, rechazaban a sus enemigos. Las filas de Yárfaila se unieron a las de Âglaras consiguiendo superar a las tropas enemigas. Estos fueron poco a poco cediendo terreno ya que las tropas de Lempë Ohtari contaban con una evidente ventaja numérica que se estaba notando a medida que avanzaba la batalla.

Vio a Aglaras, luchando en medio de un caos de soldados, su espada reluciente en su brazo firme, descargando golpes a tajo y destajo, subiendo y bajando de forma incansable, pero también la fatiga hacía mella en el, se notaba en su mirada cansada, en el sudor que pegaba sus rubios cabellos a su rostro, en la sangre que manaba de pequeños cortes que había recibido de sus enemigos, Annamel observaba todo esto impotente, sin poder hacer más que alargar la mano hacia la superficie del lago que la ponía en contacto con ellos en aquellos aciagos momentos, pero sin poder ayudar, con lágrimas surcando y bañando el bello rostro de la elfa, cuyo corazón intentaba en vano ponerse en contacto con los de aquellos que luchaban sin esperanza en aquella injusta guerra.

De pronto las imágenes del lago se ralentizaron, y se concentraron en mostrar a Âglaras, ahora luchaba contra tres adversarios, y se apreciaba que apenas le quedaban fuerzas, Annamel lloraba amargas lágrimas, pues no podía soportar ver morir a aquellos que le importaban, vio cómo uno de los enemigos alcanzaba al capitán con un mortífero puñal clavándoselo a traición por la espalda, el medio elfo cayó al suelo, mas no soltó su espada, con la que a duras penas seguía defendiéndose de los otros dos atacantes, estos al verlo vulnerable en el suelo aprovecharon para rematarle, propinándole duros golpes en la cabeza con las empuñaduras de sus espadas, alargando su agonía y deleitándose en ello, quizá fue esto lo que les costó la vida a ambos a manos de soldados de Lempe que acudieron en ayuda de su capitán, pero Âglaras estaba muy mal herido, la mente del medio elfo vagaba a medio camino entre la luz y la oscuridad.

Las imágenes del lago poco a poco se disipaban y lo último que le llegó a Annamel fue la imagen de Yárfaila, alzando su espada y gritando:

Socorrer a Âglaras y vayamos a nuestro campamento ¡Por fin hemos vencido en tierras enemigas!

Por fin las aguas del lago se calmaron dejando de mostrar imágenes. Annamel, agotada cayó sobre la orilla; se sentía débil y cansada como si ella hubiera combatido también en aquella batalla. Con la satisfacción de saber que Yárfaila había conseguido la victoria en las tierras de Helkelen Lára, se durmió preguntándose no obstante como les habría ido a los demás caballeros. Sus sueños le dieron la respuesta.

Mientras tanto, el Aelin Lindalë se sumergió nuevamente en una profunda tranquilidad y quietud mientras la noche que avanzaba mostraba su cara más refrescante y tierna. Muy lejos de allí, cerca de Ost-en-Aël, donde se hallaban las tropas de Lempë Ohtari, el Lago Espejo también se hallaba de nuevo en serenidad y calma.

Ezel

-¡Quiero ver ese plato limpio! – sentenció fríamente Mírith sin atender los caprichos de Rivil, el menor de sus hijos.

-Pero mamaaaaaa...hemos comido frijoles las últimas tres semanas...y a mi no...- replicó el pequeño al tiempo que su hermana le propinaba una patada bajo la mesa, reclamando que callase. La muchacha había abierto mucho los ojos y le hacía señas que le cortaría la cabeza si seguía reclamando. Pero ya era tarde.

Mírith que hasta entonces había estado agachada fregando el piso se irguió en todo su porte y limpió con el antebrazo el sudor de su frente.

Bajo otras circunstancias se hubiese sentado junto a su hijo para contarle el clásico cuento de los niños de regiones ignotas que no tenían que comer, mientras él se regodeaba por una mesa bien servida. Pero la dulzura de la joven madre se había agriado a causa de las múltiples desventuras que arremetían contra su hogar a diario.

Tomó el plato de frijoles que Rivil desdeñaba y lo estrelló contra el piso.

Ante el estrépito de la quebradura el niño prorrumpió en llanto.

En una versión decorosa e insulsa a toda clase de improperios que se permitió la mujer, dijo algo así como

-¡Malcriado!¡¿Acaso no sabes que estamos en Guerra?!¡Tu padre está luchando para que tengas esos desgraciados frijoles un día más; para que puedas salir a jugar a la plaza de la ciudad con tus infantiles amigos e inventen juegos estúpidos como cazar bichos, sin preocuparse porque un día cualquiera las hordas enemigas nos invadan, saqueen y maten! – gritaba histérica Mírith al son que su rostro se tornaba tan rojo como aquel vestido carmín que solía usar los días de sol.

Luego sus rodillas flaquearon y se echó a llorar desconsolada mientras su hija agarraba a Rivil de la oreja y lo sacaba de la habitación.

La muchacha regresó y recogió la comida que se había desparramado por el suelo, para luego echarla en un posillo que guardó.

-Tiene que estar sucio Avariel, hija, mejor bótalo. – dijo entre sollozos Mírith.

-Pero mamá...¡Si con lo limpio que tienes el piso, se puede hasta comer en él! – bromeó la jovenzuela. – Ve a recostarte un rato, yo termino de limpiar. – agregó con una sonrisa radiante.

-¡Ay amor, el día en que te vengan a desposar, me tendrán que pagar tu peso en oro! Por cierto, hay dos monedas sobre la mesa, si tienes algo de tiempo, ve a ver que puedes conseguir en el mercado, aunque sabes que por estos días...- acabó con un suspiro.

Rivil había dejado de llorar y Mírith ya debía estar tendida en su lecho, extraviada en los recuerdos de sus años dorados.

Avariel tomó las monedas e hizo un ademán de alisar sus faldas, por lo demás arrugadas. Sacó su cinta predilecta de una caja que guardaba bajo la cama y la ató alrededor de la trenza que tachonaba su agraciada cabeza. Era una de las pocas frivolidades que se permitía.

El mercado era un escenario patético. Tan solo un par de comerciantes ofrecían algunas ovejas enclenques a cuatro veces el precio corriente de una sana, claro, cuando mediaba la Paz. Leche agria, frutos podridos y verduras como esas que están en la base del cúmulo, machucadas, y miras con desprecio pensando en ‘quien rayos iría a comprarlas’. Tras repasar con la mirada la mísera oferta, constató que lo único que se mantenía ‘comestible’ eran aquellos desgraciados frijoles de los que hablaba su madre. Cuando se disponía a solicitar que cambiasen las dos monedas por algunas onzas del hastioso alimento, algo desvió tanto su atención como la del comerciante.

Un individuo no muy alto cruzó a zancos la plazoleta anterior al mercado, y su voz rasposa aunque de ciertas reminiscencias dulzonas, se alzó entre la gente.

-¡El Sitio de la Ciudad es inminente!¡Si apreciáis vuestra vida o la de vuestras familias, os refugiaréis inmediatamente! – dijo sin rodeos el hombre.

Avariel corrió con tal fuerza que al llegar a su hogar tardó unos minutos en recomponerse. El portazo que dio al entrar, alertó a su madre, quien ya salía a recibirla.

-Avari...- no alcanzó siquiera a decir.

-Mamá...de...refugiarnosinvadendelempë...- dijo la muchacha que a penas hilaba una frase coherente.

-¿Qué q...?- perseveró Mírith frunciendo el seño.

-Lempë...están cerca...habrá batalla. – articuló Avariel.

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Un cansancio intemporal se alojaba en el rostro de la joven Atani. Las ataduras mortales la obligaban a conciliar el sueño cada noche, pero un temor profundo batía las antes tranquilas aguas de su conciencia sin dejarla descansar realmente. Algo preocupaba a Ezel.

Estaba escalando los peldaños del torreón principal a toda prisa, instigada por el flagelo de esa intuición que tanto solía despreciar. Al fin se topó una puerta de roble maciza. Titubeó antes de abrirla.

Había un hombre sentado al lado de la ventana, que ni siquiera volteó a mirarla cuando ésta ingresó a la habitación. No tenía necesidad de hacerlo; era ciego.

-Apacen tengo que confesarte que...- empezó a justificarse Ezel.

-Sé por que has acudido a mi. – comentó con naturalidad el joven. – Y por lo demás, he de congratular tu actitud. ¿No es a caso esta, la primera vez que sigues mi consejo? No has venido porque tengas la carta de un informante en mano, ni porque el rumor de guerra haya penetrado la capital. Vienes porque lo has sentido, ¿no es así? Has palpado con tus propias manos el advenimiento de un ente funesto. – agregó esbozando una pueril sonrisa.

-Esto es realmente confuso para mí, pero como de costumbre, aciertas.

-El viento trae malas nuevas. No veré el horizonte, pero la brisa que barre las nubes septentrionales, ha dejado de difundir la voz de los árboles. Nuestros arbóreos amigos han callado. Una tropa de elfos se acerca. ¿No sientes en el suelo las ondas cadentes de su paso?

<<No.>>, pensó Ezel.

-Mira, no me preguntes porque (pues no sabría decirte), pero creo que nuestros vecinos no se han dado por vencidos respecto al, a mi parecer fútil intento de saquear la ciudad.

-Por supuesto que no lo han hecho. Y vienen por la revancha.

-Entonces alistaré a las tropas.

-Ezel, espera, quería pedirte un favor. Necesito que me ayudes a vestir los atavíos guerreros.

La Atani abrió los ojos descomunalmente. ¿A caso iría a luchar?

-No, no es el suicidio. Sí, sé que hay muchos que podrían desempeñarse mejor que yo en el campo de batalla, pero quiero que por esta vez confíes en mí.

Ezel no pronunció ni una sola palabra. Se limitó a auxiliar su investidura. Cuando hubieron terminado, rozó sin querer la mano de Apacen y un escalofrío horroroso recorrió su espalda.

-¿Qué tienes planeado? – le interpeló de inmediato.

-Ya verás.- dijo Apacen escatimando palabras.

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Ezel ya había perdido todo rastro de feminidad. Llevaba un paso atonal, muy desfasado del que imponía autoridad y la sabina armadura de cuero que portaba era invadida de un tono mate, reflejo del descuido. Más aún, el rostro magro y apesadumbrado, hacía desfallecer los aires de juventud de la muchacha y su voz enronquecida distaba mucho de las cándidas melodías que antaño podía entonar.

Cubrió su cabeza con la capucha azul marino de la capa, y emprendió, a verdaderos trancos la travesía a lo largo de la ciudad, anunciando la inminencia de un ataque.

Pasó por la Fuente, el Palacio y el Mercado, antes de llegar al sitio donde se concentraba el grueso del ejército. Donde quiera que pronunciase su desdichado mensaje sembraba horror y la gente arrancaba despavorida. No faltaba mucho para que asociasen su esbelta figura con el aviso temprano de la Muerte.

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La capital de Helkelen Lara, adormilada bajo el calor sofocante del mediodía, sintió un temblor al ver la nube de polvo que fue transformándose a medida que se acercaba dejando entrever las brillantes armaduras de la vanguardia enemiga.

No hubo discursos. En cuanto tuvieron a la vista a las huestes de Lempë Ohtari toda la impaciencia, el medro y las malsanas ganas de promover el deceso colectivo del oponente, confluyeron en un solo mandato. El que abría camino a la muerte. El ‘Vamos’.

La excitación de las tropas cundió cual plaga, mientras el rumor sobre el número de soldados adversarios se multiplicó a razón de la cantidad de bocas por las que fluía la incierta noticia.

A la orden, el portal se abrió y cual fauces gigantescas vomitó al grueso del ejército local.

El fervor con que repelieron la primera embestida de Lempë fue ejemplar, e impulsados por el frenesí del principio, se permitieron incluso el lujo de creer en la victoria.

Mas pronto, las lluvias de dardos enemigos arreciaron, y muchos perecieron dejando tras de si huecos en una formación, hasta entonces perfecta.

Las tropas de Lempë diezmaron prematuramente a la infantería y amenazaron con hacer correr la misma suerte a la caballería que se erguía aún, tras las Torres de Ost-En-Aël.

Apacen volvió a sentir el peso del atavío guerrero sobre sus hombros aunque no estaba muy seguro de extrañar eso de lo que, antaño, era frecuente espectador.

Con una mano acariciaba la cabeza de Naulë, su loba, mientras en la otra sus dedos se cerraba lentamente sobre una vara de sauce blanco. A su alrededor el mundo emitía un sinfín de ruidos entre el chirrido endemoniado de las hojas, los gemidos de dolor y agonía, y las vociferaciones de los líderes.

De pronto sus labios comenzaron a articular palabras sordas, como recordando alguna plegaria ancestral, mas a su alrededor los corazones de los guerreros helkerianos se prendieron con un nuevo vigor, desconocido y apremiante.

El sol se escondió detrás de una espesa masa de nubes y los vientos occidentales enfriaron los ánimos.

El rostro de Ezel reflejaba miedo. Sus sentidos se habían agudizado de forma extraña y sus mandobles acertaban en la inducción de heridas letales en el oponente, con mucha mayor regularidad que de costumbre. Y a pesar de aquel venturoso \'azar\', la sospecha de poderes arcanos en juego, pronto mancilló sus preocupaciones. Odiaba la idea de no ser dueña cabal de sus actos.

Pero aún con la sutil influencia de Apacen en los latidos de guerra, el control de la situación se precipitó por un declive vertiginoso hacia los instantes finales.

El juicio particular había comenzado a tejer la red que ahogaría cualquier esperanza de buenaventura. La desorganización pronto transmutó en libre albedrío y cada cual hizo lo que estimaba conveniente aplicado a su caso particular, y la idea de grupo se disolvió así, como esas nubes que cubrían el cielo, que dispersas, dieron paso a los hirientes rayos de sol que despedía la tarde.

Ezel estaba apostada cerca de los portales, donde rodela y espada en mano, intentaba forjar una última alianza entre las fuerzas helkerianas. No estaba dispuesta a regalar el acceso a la ciudad, ni mucho menos permitir su saqueo.

Pero enajenada como estaba, enfrascada en un singular combate con dos hombres simultáneamente, no reparó en uno tercero que acudía por la espalda, para derribarla de un mazazo en las costillas. Y en el infinito instante de su caída, los cuernos de Lempë cortaron el aire anunciando la tregua, cesando el conflicto y confirmando la condición inexpugnable de la poderosa Capital de Helkelen Lara, que una vez más había salvado ilesa de acoso extranjero.

Y ahí yacía Ezel, que al caer se había golpeado además la cabeza con un piedra afilada que sobresalía entre las múltiples irregularidades de la zona devastada que circundaba el portal. Ahí, sola e insensible al dolor, cuando un soldado que corría a refugiarse tras los muros clavó su duro escarpín en la mano de la muchacha, y sus dedos se dislocaron en posturas anómalas y horrendas. Ahí y así estaba, cuando un alma amiga recogió su humanidad para trasladarla a un lugar más confortable.

-Ay chiquilla. – le decía el hombre que la recogió - ¡No deberías estar luchando aquí con los hombres! Yo jamás permitiría que mi hija, Avariel, no mayor que tu por cierto, esgrimiese el atavío honorable de la ciudad a la par que sus preciosos ojos. – afirmaba el preocupado padre.

Y si Ezel hubiese sido capaz de responderle, hubiese defendido sin duda su causa y razones para estar ahí, entre aquellos que no diferían tanto de ella misma, mas reclamaban completamente el dominio de las fuerzas defensoras del reino.

Pero le dolía hasta ese lugar cuya existencia ignoraba, y las sombrías ojeras pronto se dibujaron en su pálido rostro a la par que los labios cambiaron su tendencia rosácea a una similar al violeta.

Apacen la halló en determinado momento, cuando ya era el turno de las sanadoras, y cuando sus manos recorrieron el rostro de la muchacha el helor de la muerte le embargó por completo.

No necesitaba ver sus heridas para sentir su potencia.

A esas alturas, Apcaen creyó que su brazo roto, era escaso mal.

A esas alturas, la derrota era escaso mal, teniendo en cuenta que conservaban el control de la Capital.

[Editado por arantxa el 30-07-2006 00:01]

Uzbad Kibil

Resumen de la batalla.

Lempë Ohtari ha perdido 24 armadas x35= 840 puntos.

Recuperables: 840 puntos, al usar el poder especial de Yarfaila.

Valoraciones: 8.2+7+8.2+9+7= 7.88

Recupera: 662 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 55%, por este concepto recupera 193 puntos. Total recuperación: 855 puntos.

No pierde puntos.

Helkelen Lara ha perdido 26 armadas x35= 910 puntos.

Recuperables: 607 puntos, al usar Apacen su poder especial.

Valoraciones: 6.8+7.5+8.5+8.4+7= 7.64

Recupera: 464 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 90%, por este concepto recupera 315 puntos. Total recuperación: 779 puntos.

Pierde 131 puntos.

Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por abandono de la batalla.

Lempë Ohtari recibe 600 monedas en concepto de victoria.

Compañías actualizadas y listas!

Feliz Agosto ;)