La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Eirë Esteldor. Cuando Suenan Las Trompetas

2006:07:31:17:53:29

Báldor

I

Derik tiraba con fuerza. Sus manos callosas y sus viejos músculos conocían bien las cuerdas y los movimientos precisos. Y no estaba solo, lo acompañaba Freiko, su hijo mayor, y Guntor, amigo de la infancia y socio en el negocio desde hacía mucho. Hirk, su hijo menor, dirigía el timón; ahora se entretenía observando cómo subían las redes repletas de peces.

-¿Pero qué haces, botarate? Tira con más fuerza o nos caeremos todos al mar- espetó malhumorado Derik a su hijo.

-Ya tiro, ya tiro...- dijo, maquinalmente, Freiko, acostumbrado a las recriminaciones de su padre y acostumbrado a no hacerles el más mínimo caso. Mientras, Guntor reía entre dientes.

Cuando por fin las redes estuvieron sobre cubierta, todos se relajaron un poco. Todos menos Derik, que fue en busca de los cuchillos y de unos cuantos cubos que repartió con rapidez.

Hirk fijó el timón y ocupó su lugar en cubierta, limpiando el pescado.

El sol ya estaba alto, la faena había acabado por ese día y el barco, una goleta de unos 60 pies, se desplazaba a más de 7 nudos hacia una pesquería que hacía poco había sido descubierta.

Derik y Guntor charlaban y fumaban acodados en la borda.

-Es un buen muchacho ese Houko, y trabajador, debes estar contento, Derik.

-Ohhhh, sí, ¿no me ves?, salto de alegría, me pondría a bailar si el velamen y estos malditos cabos no me lo impidieran.

-Vamos, vamos, ¿Qué pretendías, tenerla siempre en casa? Es una muchacha muy guapa, un día u otro tenía que ser... y ese Houko no está mal, son buena gente, de interior, pero buena gente.

-Buena gente, buena gente... ¿Y tú qué sabes? Si parecen todos bobos. Tendrías que haberlos visto cuando vinieron a pedirme la mano de esa... Todo es culpa de su madre, le ha llenado la cabeza con historias de elfos y grandes batallas; y luego aparecen esos malditos forasteros, dicen que vienen de más allá del Narog...

-Derik, Derik, no sé cómo tu mujer te aguanta...

-Guntor, Guntor, y yo no sé cómo te aguanto yo, ¿no te enseñaron a no interrumpir? Estaba hablado de mis futuros parientes...

-Bla bla bla,...

Derik desistió y decidió dar una larga calada a su vieja pipa mientras pensaba -tienen cara de besugo, con esos ojitos brillantes seguro que son unos ladrones... si ya me roban a mi hija-.

En poniente estaba creciendo una tormenta y el viento estaba soplando con fuerza y racheado. Hirk, que había estado hablando con su hermano mayor de la posibilidad de comprarse un nuevo barco, fijó su penetrante mirada en el horizonte. -Esto no me gusta nada, ¿habías visto nunca crecer tan rápido una tormenta?- Freiko estaba también preocupado. Los dos hijos de Derik eran marineros experimentados y, como tales, respetaban el mar y su humor cambiante. Pero esos nubarrones inmensos, esos rayos terribles, no eran normales, sobrepasaban todo lo que antes hubieran visto. Y seguía creciendo, seguía avanzando.

Dos horas después, el mar estaba en calma, la tormenta ya había pasado. La goleta se había hundido y todos estaban muertos.

II

Hacía dos días que andaban a marchas forzadas. El grupo se dirigía al Norte.

Se habían parado a descansar en el claro de un pequeño bosque, a la sombra de altos y oscuros robles. Taur-en-Faroth se elevaba unas pocas millas al Oeste.

Eran hombres feroces y les acompañaban algunos grandes orcos de Angband; hacia allí se dirigían. Sería un viaje muy largo, y la mayoría de prisioneros moriría en el camino pero, sin duda, serían bien recompensados sus esfuerzos por llevar a esos esclavos a Melkor.

Bajo un árbol, atadas como animales, había más de 50 mujeres. No muy lejos de ellas, un grupo de hombres igualmente atados intentaba descansar y olvidar. La mayoría eran jóvenes y sanos, pero también había hombres y mujeres de mediana edad y unos pocos ancianos.

Los habían tratado con crueldad y muchos ya habían muerto.

Wenba tenía la mirada perdida, como la mayoría en ese siniestro rebaño, cansada de llorar. El pelo, la cara, el vestido... todo embarrado y sucio. Las ligaduras se clavaban en la carne de sus tobillos y sus muñecas.

Su madre, con cariño, le apartó el pelo de la cara y le miró sus grandes ojos castaños. -No llores Wemba, no llores, que no consigan eso de ti.- La muchacha se dejaba hacer, pero ni escuchaba ni lloraba. Tenía la mente perdida en valles lejanos y en mares inmensos y libres, en rostros amados: su padre, sus hermanos,… su dulce Houko.

Cuando los captores hubieron comido, hicieron levantar a latigazos a los cautivos. Sus fuerzas eran mínimas, apenas les daban de comer, y sólo porquerías incomestibles. Sabían que era mejor no estropear la mercancía y mantenerlos con vida, pero eran crueles y estúpidos y se divertían burlándose y humillándolos. Algún orco llegaba más lejos que eso, mucho más lejos.

Era mediodía y el sol caía con fuerza, cosa que ponía de mal humor a los feroces orcos y redoblaba su monstruosa maldad. Entre golpes y empujones se hacía avanzar a los prisioneros.

Pero algo rompió la rutina de dos larguísimos días de crueldad. En el Occidente, muy lejos, debía ser en Belegaer, se había desatado una terrible tormenta eléctrica. La tierra tembló bajo sus pies. Los orcos sufrieron un ataque de pánico y huyeron despavoridos hacia el Este. Los captores estaban desconcertados, sabían que algo andaba mal, pero no el qué. El pánico que habían sentido los orcos se les estaba contagiando. Gritaban, daban órdenes, golpeaban… pero habían perdido la iniciativa. La tierra seguía temblando y de la tormenta negra se escapaba una luz hiriente que se adentraba en la tierra.

Aprovechando ese absoluto desorden, unos pocos de entre los más jóvenes huyeron hacia el interior del bosque. La mayoría quedó atrás. Entre los que lograron escapar, iba Wemba, aturdida, dejándose llevar. En una carrera loca, llegaron a las faldas suaves del Taur-en-Faroth, donde podrían encontrar refugio, por un tiempo.

III

El orgullo de Morgoth había crecido tanto que le impedía siquiera imaginar que nadie se atreviera a enfrentarse a él. Además, creía que la amistad entre los señores de Occidente y los Noldor se había enfriado para siempre.

Pero el Señor Oscuro se equivocaba, porque había llegado una súplica a Valinor, y los Poderes la habían atendido.

Los Valar irían a la guerra y los más nobles de los elfos, los que nunca habían abandonado Valinor, seguirían sus estandartes blancos. Hermosos y valientes, un ejército sin igual, más poderoso que ningún otro.

Así llegaron los Señores de Occidente a la Tierra Media, bajo la tormenta de la cólera y envueltos en la luz del poder.

El heraldo de Manwë hizo sonar las trompetas desafiando al Señor Oscuro, las brillantes espadas se desenvainaron, y la guerra comenzó.

[Editado por elfo_negro el 28-07-2006 10:34]

Kelusse

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