Elêth Niramar
Elêth no se enteró de cuando había acabado la batalla, y menos aun de cómo lo había hecho. Cuando abrió los ojos se encontró con un techo desconocido. Genial, pensó, ni siquiera sabía donde estaba.
La joven intentó hacer memoria de cómo había acabado todo. Recordaba haber acudido a defender la ciudad y de repente… todo negro. ¿La habían herido? Si era así no recordaba cuando… tal vez no había podido esquivar bien alguna espada… o la habían atacado por detrás. Triste, Elêth desistió en el intento, no lo recordaba. Maldijo su mala suerte. ¿Para qué había servido tanto entrenamiento de pequeña si la herían cada vez que se metía en batalla?
Se incorporó con cuidado, esperando un pinchazo en alguna parte del cuerpo que le indicara dónde la habían herido. Tal vez si la herida no era muy grave podría verla y así averiguar con qué la habían hecho. No pensaba volver a mirar entre ungüentos, además de doloroso aquello le producía nauseas solo de recordarlo. Esta vez dejaría hacer su trabajo a curanderos y curanderas intentando no ver qué pasaba con su herida.
Sorprendida, la joven se puso en pie. ¿Era posible que no le doliera nada? Ninguna herida apareció en su cuerpo cuando se examinó tan a fondo como fue capaz. ¿Cómo era posible eso, es que solo se había desmayado y alguien la había salvado de ser una víctima más de la batalla? Elêth no podía creer eso, ya estaban demasiado ocupados sus compañeros en una batalla que no pintaba muy bien como para encima tener que preocuparse de si ella estaba activa en la batalla o no.
Acabado el reconocimiento, Elêth se sentó sorprendida en la cama, solo había visto una cicatriz reciente, correspondiente a la herida ya curada de la batalla anterior; y varias más antiguas de los años en que había vagado por el mundo. Ninguna lo suficientemente reciente como para ser la causa de su desmayo. O eso… o… ¿tanto tiempo había dormido que ha estaba la herida curada? ¿Tal vez era alguna de las ya curadas que ella creía tener ya?
Nada de aquello encajaba en la mente de la joven. Todo era muy extraño. Y la joven, aun sabiendo que fallaba algo, no conseguía saber qué. Decidió preguntarlo a alguien. Tomó una capa que había sobre el lecho y salió de la habitación con la esperanza de encontrar a alguien que le ayudara a recordar, que le explicara que pasaba. Pero aquello estaba desierto… no había nadie.
¿Nadie? ¿Era aquello posible? Estaba segura de que no había llegado por su propio pie a aquel lugar, ni siquiera sabía donde estaba. Pero si no había nadie… “Quien quiera que sea habrá salido un momento” pensó Elêth esperanzada, ante la idea de tener alguien con quien hablar. Pero se sentó a esperar, y nadie llegaba.
Decidió aventurarse más a investigar y entonces vio una luz. ¡Allí debía estar su salvador! No podía estar en otro sitio. Debía estar allí. Pero cuando llegó vio algo que no habría querido ver nunca. Orcos, una gran campaña de orcos yacían junto a una hoguera en la habitación de piedra y sobre la hoguera, como si de cochinillos se tratara, estaban aquellos que habían sido sus amigos alguna vez. Elfos, hombres y algún que otro enano, íntimos y medio desconocidos, todos estaban allí. Compañeros de juegos, compañeros de batalla, compañeros de viaje, compañeros de charla… Aterrorizada, Elêth lanzó un grito de terror, pues algo le decía que nada podía hacer por sus seres queridos. Fue vista por los orcos en ese mismo instante y ella echó a correr.
Nadie dijo nada, ninguna voz se oyó, pero ella sabía que estaba siendo perseguida. Sin saber como lo sabía, y no podía enfrentarse a los orcos. No podía, no era capaz. ¡Ni siquiera tenia su arco con ella! Y entonces, en un recodo, apoyado sobre la pared, vio el arco. Si tenía arco… quizá pudiera hacer algo. Elêth cogió el arco y se dio la vuelta para enfrentar a sus perseguidores. Vio un árbol cerca y se subió para mirar desde arriba lo que identificó como un laberinto. ¿Estaba, entonces, en un laberinto? ¿Cómo había llegado ella a un laberinto? Siguió con la mirada a los orcos para lanzarles las flechas, y vio como entrando los orcos en una nueva habitación, la cual no había visto antes, y que casualmente tenía techo, salían de ella soldados de las hordas enemigas con las cuales no debía hacer mucho que había luchado. Entonces… aquello significaba que la batalla no había acabado, pues no había otra explicación posible para ello. Empezó a tirar flechas para ayudar a sus compañeros, que debían estar en algún sitio dentro de la batalla…
Entonces la vieron. La joven vio como un ejército de toda criatura viviente, que ya no se parecía en nada al que en un principio había atacado la ciudad, iba hacia su árbol, que se marchitaba al paso del ejército para dejarla caer, igual que su arco y todo aquello que fuera de madera alrededor, dejándola a ella indefensa ante criaturas que iban a acabar con su vida con toda seguridad. Pensó en huir, pero entonces descubrió que se encontraba entre cuatro paredes, en una habitación enorme, pero sin salida… y entonces todo se volvió negro.
Bajo la ciudad de Mellon Vilya, en túneles que jamás se pensó que serían utilizados, un joven soldado de la compañía yacía junto al lecho de la joven, que deliraba entre pesadillas. Al darse cuenta de los sudores que empapaban el rostro de Elêth, el joven soldado comprendió que el estado de su compañera había empeorado y mandó llamar a uno de los pocos curanderos que habían sobrevivido al saqueo. Éste apareció atolondrado, y algo malhumorado, pues ya había visto a Elêth y la había curado, alegando que solo el descanso y la bondad de Eru podrían salvar ya a la joven.
Pero hasta el curandero se estremeció al ver a la joven retorciéndose de dolor entre pesadillas y sudores. Olvidando instantáneamente y por completo su enfado, untó de nuevo la herida de la joven con los ungüentos que podrían aliviarle el dolor y ayudar a cicatrizar a la profunda herida y le dio a beber un brebaje que debía ayudarle con las pesadillas.
- Deberá tomar una taza cada cierto tiempo –dijo al soldado que tenía como misión velar por ella. –En cuanto la veáis intranquila dadle de nuevo un trago. Si se inquieta como ahora la taza entera. Eso debería calmarla, pero si no lo hace deberéis llamarme. Sobretodo, no debe quedarse sola –advirtió el curandero al joven soldado. –Ahora debo marcharme, el capitán Darlak precisa también de mis cuidados. Ha sido esta una dura y triste batalla para la ciudad… no imagino como conseguiremos reponernos –dijo el curandero, para sí más que para nadie más, mientras se alejaba triste de la habitación.
Sin saber que decir, el soldado miró de nuevo a Elêth, que tras haber recibido los cuidados del curandero dormía placidamente, ajena a todo.
