Darlak
Estaba rodeado por cuatro paredes de piedra, negras como la noche. Una de ellas tenía un ventana pequeña, si de podría llamar ventana, por donde se filtraba un tenue rayo de luz, que apenas servía para iluminar la celda. Otra pared, la que estaba delante de la ventana, tenía una puerta de hierro. La poca luz que había en la habitación, mostraba los difuminados contornos de un camastro, que tan sólo era una tabla de madera con una fina capa de paja encima; un taburete medio carcomido. Desperado, Darlak iba y venía de la celda, ofuscado, ofendido y enloquecido.
- ¡Máldito Irunen! La venganza contra ti me hará satisfecer de puro placer.Juro que pagarás por la caída de Mellon Vilya.
La celda era húmeda, fría y hedionda. Encima de tener que soportar aquel lóbrego ambiente, en muchas ocasiones, se podía notar la fugaz presencia de algún roedor merodeando por la estancia, buscando, probablemente, algo de comida.
- ¿Eleth? ¿Dónde estás Eleth?
La joven que había sido encarcerlada con él ya no estaba en la celda. Había desaparecido.
Se sentó en el suelo, desesperado.
Necesito salir de aquí!! Esta ciudad necesita mi ayuda.
Sin embargo, sentía un sopor cada vez más profundo y se sentía débil muy débil. Empezó a imaginar cosas, a visitar rincones cada vez más oscuros. Lentamente, sus pensamientos fueron extraviándose en lo más profundo del subconsciente, sumergiéndole en una especie de letargo, en el cual se adivinaban figuras de arqueros, trolls, hachar, espadas, sangre, barro, confundiéndose en sombras impenetrables y luces inescrutables, bailando al son de su imaginación.
Las heridas que había sufrido en el campo de batalla le habían hecho perder mucha sangre y su estado peligraba cada vez más.
Fue entonces cuando un ruido de llaves le sacó de ese estado de sopor. El sonido de repiquetear de metal, se vio interrumpido por otro que anunciaba un oxidado cerrojo abriéndose. La puerta chirrió sobre sus goznes cuando se abrió de par en par, bañando con una amarillenta luz el interior de la celda. Una sombra apareció en el umbral, tapando la luz.
-Sal –dijo una voz áspera y reseca- sígueme y no me molestes con preguntas.
El hombre, se dio media vuelta y salió del umbral, dejando el paso libre al prisionero. Éste salió de su celda y miró alrededor; una mesa redonda de madera estaba situada en el centro de la sala, con dos lámparas de aceite encima, una de ellas ya encendida. Vio a un hombre sentado en una silla, con la cabeza cabizbaja. Se acercó hacia él, lentamente mientras se adentraba en una habitación oscura y humeda. Con horror, Darlak se fijó en el brazo derecho de aquel que estaba sentado, le habían cortado la mano y del muñón que ahora quedaba no cesaba de brotar sangre, un líquido tan viscoso como el de la lluvia podrida.
El extraño alzó la mirada y pudo ver que aquel rostro le resultaba conocido. Era Irunen.
-Darlak Lórindol, es un honor encontrarnos de nuevo.
El medio elfo estaba alucinando, se sentía extrañamente confundido y no sabía qué hacía allí.
- ¿Qué te ha pasado? – atinó a preguntar
- ¿Y tú me lo preguntas traidor? – y desvió la mirada hacia un lado. Darlak siguió su mirada y entonces sorprendido vio su espada, a Envinyanta, en el suelo a pocos metros de Irunen – Me has cortado la mano con tu maldita espada, traidor.
Darlak, a pesar de que aún dudaba de lo que estaba pasando, decidió ir hacia donde estaba la espada y recogerla.
- Te lo tenías bien merecido, usurpador
Irunen rio
-¿Me llamas a mí usurpador? Yo he traído el buen juicio a Lempë Ohtari. Yo soy el merecedor de este reino.
-No eres tú quién para dirigir este reino, Irunen.
-¿Y quién lo va a hacer? ¿Un fracasado como tú? ¿Un extranjero que trajo esa maldita espada a este reino y con ella males y pesares? Sí, por tu culpa Mellon Vilya ha caído. Con tu llegada a este reino has traido la desgracia a sus habitantes. ¡¡Estas maldito, Darlak Lórindol!!
Enfadado, Darlak alzó a Envinyanta para dirigir un golpe contra Irunen. Fue cuando de pronto se encontró con el rostro burlón de su enemigo encima de él. Había detenido su espada con otra espada, que parecía idéntica a la suya propia.
-Yo también empuño a Envinyanta – dijo Irunen que le sonreía burlón, blandiendo la espada con el brazo izquierdo.
Las dos espadas se encontraron de nuevo y un terrible rugido rasgó el aire cuando las dos hojas chocaron con gran fiereza. Irunen mostraba gran habilidad con su brazo izquierdo mientras en el muñón del brazo derecho seguía saliendo sangre. Con un golpe certero consiguió herir a su oponente en el hombro y Darlak exhaló un fuerte alarido al recibir el golpe. Irunen se echó a reír entonces y sus carcajadas parecían provenir de un demonio surgido de las profundidades del infierno.
- Te odié desde el primer momento en que te vi. Te odié cuanto te reíste de mí aquél día en las puertas de Mellon Vilya. Y fue entonces cuando juré que algún día me vengaría de ti, Darlak. – Irunen seguía riendo como enloquecido.
Darlak no perdió la energía y se aventuró a devolver el golpe a su enemigo. Envinyanta cayó sobre su espada gemela en un arco. Poco a poco, el medio elfo, a pesar del dolor de su herida, consiguió tener el control de la situación y acorraló a su enemigo detrás de la mesa donde antes estaba sentado.
Cuando fue a asestar el golpe mortal, Darlak se encontró con los ojos desorbitados de su enemigo. Ya no tenía la espada gemela de Envinyanta y sollozaba implorando perdón.
-¡Darlak! – gritaba desesperado – ¡Perdóname la vida! Te daré todo cuánto me pidas, pero no quiero morir aún.
Darlak, perplejo, bajó la guardia. Fue entonces cuando del brazo sano de Irunen surgió una espada, una cruel hoja que atravesó el pecho del medio elfo…
***
El espeluznante grito de dolor del enfermo asustó al joven que cuidaba del guerrero.
- Su estado es inestable. Parecía estar mejorando pero estas extrañas pesadillas le hacen aumentar la fiebre.- le dijo el joven al curandero que acaba de llegar para ver el estado de Darlak.
Los pocos supervivientes del saqueo de Mellon Vilya se habían refugiado en unas cámaras subterráneas situadas bajo Barad-Anor, la torre que protegía la ciudadela de los capitanes. Debido a que las casas de curación también habían sido arrasadas, los pocos supervivientes habían improvisado una enfermería en varias de esas cámaras. Aunque indudablemente el trato que podían ofrecer los curanderos a los enfermos no era el que hubiera podido ofrecer en las casas de curación. Los medicamentos eran limitados y algunos de los heridos habían muerto lamentablemente. El estado del capitán, a pesar de haber perdido mucha sangre, parecía recuperarse poco a poco. Las heridas tanto la del hombro con la del dardo ya no sangraban.
El curandero había preparado un brebaje con hierbas que había podido rescatar de las ruinas de las casas de curación y estaba dándoselo a todos los enfermos para que les remitiera la fiebre.
- Este guerrero es muy fuerte. Yo creo que saldrá de esta o eso esperamos todos. Ahora que volvemos a carecer de alguien que nos dirija, Darlak es nuestra esperanza para volver a hacernos con el control de la capital.
El curandero miró al enfermo que parecía mantener una lucha interior y rogó a Eru que le ayudara a recuperarse. Tras esto, se fue para seguir visitando a los heridos que habían podido rescatar de las ruinas de la ciudad.
