Orodril
La luz no llega a las mazmorras del oscuro reino de Morgoth. Hay prisioneros que trabajan día y noche, a dosis de latigazos, para crear gigantescas nubes de humo; cubriendo los rayos dorados de Anar. Rondan los abominables carceleros por la tierra árida, recubierta por polvo y ceniza. Siempre hay un ojo abierto dispuesto a verter sangre enemiga. Negros se vuelven los pensamientos de elfos y hombres al ser capturados, al entrar en la oscura fortaleza; a veces como invitados, otras como prisioneros, en realidad no había gran diferencia. Y en la corte del Señor Oscuro se decretan los terribles pensamientos de aquel que una vez fuera el más grande de los Ainur.
Esta historia comienza poco después de la Dagor Bragollach, cuando los noldor aún se mantenían firmes, cuando la mano del destino se acercaba sigilosa y mortal.
Las cuerdas desgarraron el aire con una silbido poco antes de clavarse en una espalda desnuda. En medio de la negrura se encendía el fulgor en los ojos rojos del balrog, quien no detenía su brazo inconmovible. Mientras la sangre salpicaba las paredes negras y los azotes continuaba sin piedad, el prisionero mantenía su silencio. Esto hacía enfurecer al maia, sus ordenes eran bien claras: “Ese asqueroso elfo deberá gritar por que todo termine, querrá vender su inútil vida al Señor Oscuro antes de perderla. ¡Pero no lo vayas a matar! El Señor Oscuro lo quiere vivo para uno de sus experimentos…” . Llevaba un par de horas de así y ya se estaba agotando su escasa paciencia.
El valiente elfo aguantaba el castigo inmerecido sin dejar escapar un solo suspiro de sus labios. Pues era eso lo que Morgoth quería, que le vendiese su alma. Unas pesadas cadenas de hierro lo sujetaban por las muñecas al techo de la cámara, lo cual al principio había sido una molestia, pero ahora impedían que resbalase en el charco hecho con su propia sangre. Empapado en sudor, a duras penas podía mantenerse en pie. Cada golpe hacía que sus piernas flaquearan, como hojas en invierno que tarde o temprano han de caer.
De pronto apareció una luz y el látigo se detuvo a medio camino. El elfo se preguntó si seguía vivo, pero entonces distinguió la silueta de un orco corpulento que cargaba una antorcha de donde provenía la luz. Observó como hablaban, el balrog y el orco, en esa lengua áspera de las criaturas malignas. El resto fue un misterio para el eldar, pues las fuerzas le faltaron y su vista se volvió borrosa antes de desmayarse. Aunque esperanzado pensó “Al fin me voy a mi descanso en Mandos. Aiwen nos volveremos a ver.”. Mas si hubiera sido así no sería una historia digna de ser contada.
Despertó arrebatado por el intenso dolor de su espada malherida. Se encontró acostado boca arriba en un lecho de piedra, sus cabellos negros le tapaban la cara. Trató de mover las manos para apartarlos, sin embargo estas había sido amarrada de tal forma que no las podía mover. Soltó un suspiro, aquella oscuridad sólo le traía el recuerdo melancólico de la luz cálida de Anar y de la luz mística de Isil. Entonces le vino a la mente la batalla anterior a su captura. Una lágrima resbaló por su rostro “Tantas cosa perecieron en el fuego.” pensó “Al menos, ella ya no sufrirá más. Está a salvo en Valinor”
Un sonido metálico lo sacó de sus pensamientos. Una puerta de hierra se abrió dejando entrar a un hombre de aspecto fantasmagórico envuelto en una túnica rojo escarlata, su piel era tan blanca que cargaba su propia luz espectral, el delgado rostro encajaba entre los hombros encorvados, unos cabellos dorados encanecidos enmarcaban su ávido semblante. Lo seguían dos orcos, quienes fueron directamente hacía el elfo. Después de cortar las cuerdas de lo ataban lo botaron al suelo con la delicadeza que se puede esperar de tales criaturas.
- Ponedlo boca abajo. – ordenó la voz fría del hombre.
Como era de suponer, los sirvientes lo voltearon inmediatamente.
- Traed agua.
Los orcos salieron corriendo a cumplir su mandato, mientras el hombre se arrodilló a lado del torso desnudo del elfo. Sacó tres botellitas con diversas sustancias en su interior. Unas manos huesudas recorrieron las heridas en la espalda del herido reviviendo en dolor antes adormecido. Pero pronto se alejaron para abrir una de las botellas. El hombre vertió un líquido naranja en las heridas que aún sangraban. Una sensación de ardor inundó al elfo dejándolo aturdido. La siguiente poción tenía un tono oscuro y venía acompañada de unas terribles palabras:
“Veneno mortal, oscuro se enciende.
Consume tu sangre, como fuego
eterno dolor, tormento de hielo.
Marchito el corazón que entiende.
En gloria te alzarán las ligaduras de metal.”
Quizá no era un veneno con todo el sentido de la palabra, pero si causó algo extraño dentro del elfo. Un sentimiento nacía con esas palabras, algo capaz de enloquecerlo: la ira. El hechicero lo miraba expectante, si todo salía bien el Señor Oscuro lo recompensaría en grande. Sin embargo el valiente guerrero no se iba a rendir, haciendo un gran esfuerzo logró apaciguar al furioso dragón en su interior. Al salir de ese trance soltó una risa.
En ese momento regresaron los orcos con un barril de agua y, a pesar de estar muy decepcionado, el hechicero continuó con la curación. De la última botellita vertió unas gotas verdes en un cuenco con agua.
- Sentadlo. – ordenó con un tono malhumorado.
Dos pares de brazos corpulentos y velludos levantaron al elfo bruscamente y lo sentaron en el lecho de piedra. Lo obligaron a tomar la pócima, así se encontró con los ojos fríos y oscuros del hombre. Pero él lo miraba desafiante con sus brillantes ojos color miel.
Las garras que lo sostenían se fueron, encerrándolo en las tinieblas de su celda. Por lo menos ahora estaba desatado, un tanto aturdido también. Su memoria empezó a desbordarse inundándole de todo tipo de recuerdos. Entonces recordó las hermosas noches bajo las estrellas; los paseos por lo bosques sin mayor propósito que vagar entre las interminables hileras de árboles; los atardeceres y los amaneceres; las largas jornadas de guardia; la cerveza bien fría en los días calurosos; las carcajadas de sus camaradas; los inagotables días que vivió junto a Aiwen, su amada; las encarnizadas batallas acompañadas de victorias y derrotas. Tanto en tan poco tiempo y todavía quedaba mucho por hacer porque aquellas tierras estaban llenas de sorpresas.
Así logró conciliar el sueño, pero el dolor lo despertó varias veces en la mitad de la noche.
Un ligero cambio en la iluminación de su celda indicaba la llegada de la clara mañana. Se levantó sobresaltado, llevó las manos a la espalda acariciando la piel lisa y tersa donde, hace poco los cortes en esta dejaron desnuda a la carne. Había algo raro en su situación, pero lo único que descifró en ese momento fue que Morgoth lo quería vivo. Mas eso no impediría el maltrato del prisionero… Aquel día no sería mejor que el anterior.
[…]
La puerta metálica se abrió permitiendo ver como unos brazos arrojaron al desdichado elfo de vuelta a su prisión. Los ecos de sus risas resonaron en los corredores oscuros mientras se alejaban.
Habían pasado algunos años desde que el orgulloso noldo fue capturado. Su aspecto ya no era ni una sombra del pasado, incluso su mirada perdía el brillo de los Dos Árboles con cada segundo en la oscuridad. Sin embargo aún no se había sometido a las intenciones de Morgoth, no sirvió que lo aterrorizara con una cruel muerte porque él deseaba morir, tampoco con quitarle todo lo que poseía porque ya lo había perdido todo; entonces el Señor oscuro decidió atormentarlo hasta que se rindiera a sus pies y así disponerlo para sus siniestros propósitos. El elfo no dejaba de preguntarse por qué lo querían vivo pues cada vez que sus heridas eran mortales aparecía el hechicero, quien lo sanaba para que viviera la siguiente tortura. Fue así como notó el paso del tiempo observando como envejecía el hombre y como su orgullo se desmoronaba sembrando dudas en su maltratado corazón.
Se arrastró hasta su duro lecho, comparado con otras jornadas esta había sido regular, casi fácil. Toda la mañana y la tarde estuvo en las minas extrayendo hierro para las forjas de Angband. Últimamente sólo lo enviaban allá, talvez porque la guerra se extendía nuevamente. Le desagradaba ayudar al ejercito de orcos, sin embargo no tenía otra opción.
Acababa de acostarse en la fría piedra cuando oyó el habitual chirrido de la puerta. Asombrado, vio entrar al anciano hechicero. Caminaba apoyado en un cayado negro desde el año anterior. Venía solo.
- Sentaos. – dijo con un tono menos frío de lo normal. – No tengo mucho tiempo. Como podréis haber notado, he alcanzado la edad de los hombres donde se recupera de sabiduría y la humildad. Lástima que dure tan poco la lucidez…
- Si buscáis mi perdón, podéis iros cuanto antes – lo interrumpió el elfo. Sintió gran tristeza al escuchar que su voz se había vuelto ronca después de tanto desuso.
- Me merezco el odio de vuestra mirada, más de lo que pensáis. – se detuvo – Tan sólo quiero daros esto. – sacó un libro pesado de quien sabe donde y una botella llena de un líquido verde.
- ¿Queréis que confíe en vuestra palabra?
- Talvez es mucho pedir, pero ya aprenderéis a distinguir la autenticidad de un acto benéfico. – continuó - Esta es la pócima que he usado para curaros en anteriores ocasiones – añadió señalando la botella -, unas gotitas disueltas en agua sanaran cualquier herida. – El hombre dio media vuelta para irse.
- ¿Por qué me lo dais a mi?
- Porque he visto la fuerza de tu interior, jamás te someterás a Morgoth. Podría serte útil para salir de aquí. No dejes que nadie sepa del libro, al menos hasta que estés fuera de aquí. – dijo cerrando la puerta a sus espaldas.
- Gracias…
Escondió la botella en un hueco del piso. Con el libro apoyado en sus piernas comenzó a hojearlo, levantó la tapa. En la primera página estaba escrito:
“ANOTACIONES DE UN MAGO
Por Randil”
“Definitivamente será útil.” Pensó.
El Mago - Primera Parte
By Arweneressea
