La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Vida. Lempë Ohtari. Darlak

2006:09:23:09:05:32

Darlak Lórindol

Cuando desperté me hallaba tendido en una cama. Un fuerte dolor surcó todo mi cuerpo hasta cubrir todo mi ser. Intenté incorporarme pero el dolor fue tan fuerte que desistí. Estaba en una habitación pequeña tenuemente iluminada. La cama era cómoda y el lugar me resultaba conocido pero no lograba ubicarme. Me sentía mareado pero intenté mirar a mi alrededor aunque no encontré a nadie junto a mi. ¿Dónde me hallaba?

- Ya era hora de que despertaras – dijo una voz que surgía de las sombras de más allá. El portador de la voz encendió una lámpara y me tuve que acostumbrar a luz después de tanto tiempo sumido en las tinieblas.

Finalmente pude ver quién era la voz que le había recibido tras salir del sueño profundo. Era Valandil Sûleglin.

- ¡Valandil!

El maia se rió.

- En efecto, aquí estoy y creo que tenemos que dar gracias a los Valar por seguir vivos después de todo.

Intenté incorporarme y el dolor pareció no ser tan fuerte como la primera vez.

- ¿Dónde estoy?

- Estás en una de las habitaciones de Car Ehtele, las casas de curación de Mellon Vilya.

Me volví a acostar y empecé a recordar los hechos ocurridos: la llegada a la capital, la traición de Irunen y cómo éste nos había encarcelado a Eleth y a mí, el saqueo de la ciudad, todo había ido mal en los últimos tiempos para Lempë Ohtari.

- ¿Qué ha pasado con las tropas de Farothdin?

- Finalmente hemos conseguido una tregua con ellos y con Helkelen Lára de unos meses aunque la guerra volverá a llegar sin duda. Hemos sufrido grandes pérdidas, amigo mío. Las tropas que enviamos al norte han regresado. Yárfaila ha traído la mala nueva de la caída de dos capitanes del reino, Âglaras y nuestro rey, Erendel.

La noticia me pilló por sorpresa pues, aunque no había tenido tiempo de tratar demasiado con ambos, era una mala nueva conocer su caída.

- Empieza una nueva etapa en Lempë Ohtari y debemos organizar muchas cosas. Yárfaila y Aikánaro se hallan ocupados con el gobierno de Yävetil y Eru Andorya. Annamel y yo nos debemos a nuestra ciudad del bosque, Ostova Lorë. Así que tuya es la misión de cuidar y proteger esta ciudad. Como portavoz de los caballeros del reino, desde hoy eres Senescal de Mellon Vilya. Bueno, he de regresar a Ostova Lorë ya le he dejado encargado a Caragan todo lo que tiene que hacer mientras te recuperas del todo.

Valandil salió de la habitación y yo me quedé pensando en todo lo que me había dicho. ¿Senescal de una ciudad? Era una gran responsabilidad que yo no sabía si podría cumplir.

Llegó una enfermera y abrió la ventana que había en la habitación. En el exterior, el viento ululaba y unos sonidos vagos temblaron en la habitación. El vaivén de la llama de la lámpara dejaba entrever la fuerza con la que el aire los azotaba.

La enfermera me curó las heridas.

- Ya mismo estaréis recuperado del todo – dijo ella sonriendo.

- ¿Como está la dama Eleth?

- Se está recuperando favorablemente también, es una joven con mucha energía.

La noche se volvió lúgubre y sombría con la rapidez de los gamos. Oscuridad y frío. La enfermera, al fondo de la habitación, preparaba un ungüento para mí.

Después de que la enfermera me diera el masaje con el ungüento, me sentí muy cansado de nuevo y empecé a dormitar. El rostro de mi madre se me apareció.

¡Cómo echaba de menos a mi madre en ese momento! La había querido mucho pues había sido una mujer muy valiente que había luchado por él. Sin duda, la vida no le había devuelto tanta valentía y generosidad con buenos momentos. ¿Por qué la vida de mi madre había sido tan desgraciada?

Se enamoró de un amor imposible, los instantes con su amado Elured pues el deber de éste le había hecho abandonarla sin saber que ella se había quedado embarazada de él. Así, me tuvo sola y me crió sola también, sin un padre en los aciagos tiempos que asolaban las tierras de Beleriand en aquellos momentos. Luego vivió la caída la tierra que le había visto nacer y un trozo de su alma se fue con ella. También sola había huido conmigo en brazos pero la mala fortuna había hecho que fuera encontrada por una tribu de orientales que nos hicieron esclavos. Ultrajada y desposada por Gradda, el rey de los orientales, había asistido sin poder hacer nada a mi esclavitud. Sé que a una madre le duele las afrentas que le puedan hacer a su hijo.

Finalmente la tristeza le había hecho caer enferma, y la enfermedad se la había llevado. Recordaba ese día como si fuera ayer, uno de los días más tristes de todami vida. Me hallaba encerrado como de costumbre, un esclavo rebelde y agresivo como era considerado mejor tenerlo encerrado, con unas cuantos golpes diarios quizás aprendiera a no ser un incordio y a trabajar como los demás.

Me hallaba encerrado en una mazmorra, donde todos los esclavos descansaban cuando no trabajaban. Yo estaba encerrado aparte como a un apestado. El hombre que parecía ser el administrador de los trabajos que hacían los esclavos vino ese día a última hora de la tarde. Me hallaba sentado en una esquina, alcé la mirada cuando lo ví aparecer.

- Tú madre ha muerto – la noticia la dijo con una frialdad tal que al principio no me lo creía. Cuando fui consciente de la noticia un escalofrio recorrió mi cuerpo, me creí morir.

¿Mi madre? ¿Esa mujer a la que había querido mucho estaba muerta? Estaba enferma, lo sabía, una de sus doncellas me lo había comunicado en secreto y me había traido una nota de mi madre pero pensé que se recuperaría.

- Quiero verla- dije.

Él se rio.

- Ya está muerta, ¿para qué quieres ver un cuerpo sin vida? – esas fueron sus palabras.

En ese momento un absceso de furia y enloquecida cólera se extendió por todo mi cuerpo. Deseé estrangularle y, mientras un rugido de rabia surgía de mis labios, me arrojé sobre él dispuesto a ahogar sus arrogantes palabras. Una daga se clavó en mi costado.

- Asqueroso esclavo, pagarás por esta ofrenda – dijo mientras yo caía retorcido de dolor, la herida había sido profunda y empecé a sangrar.

Mi agresor salió de la mazmorra y me dejó en la celda con el dolor de mi herida. Sin embargo, el dolor por la perdida de mi madre era aún más doloroso que la herida de la daga.

Aún ese día tumbado en la cama de las Casas de Curación de Car Ethele, el dolor por la perdida de mi madre aún temblaba en mi piel. Mientras las heridas del último combate iban curando, el dolor de esa perdida jamás se curaría.

Kelusse

Este personaje recupera un 45% de vida.