Arandir
En la habitual taberna, estaba sentado el Edain a quien llamaban Arandir, con la mirada baja y extraviada en sus propios pensamientos. Tenía en su mano derecha una gran jarra de cerveza la que iba bajando poco a poco, y cuando esta se terminaba en pocos segundos venía la siguiente y la siguiente. Sus ojos grises brillaban bajo la capucha de su oscura capa estropeada por la vida a la intemperie. La luz de las innumerables estrellas de aquella cálida noche se reflejaban en los ojos de este Edain. Tenía la otra mano aferrada a su cuerpo como si sintiera una vieja herida que había sufrido en un gran acto en la batalla.
Posterior al relato que impartió a los presente en “El Mazo de Troll” se apartó un poco de quienes fueron sus oyentes. Se ocultó bajo su vieja capa oscura en un rincón apartado, cuando ya casi todos habían retornado a sus hogares. La posadera siguió los pasos, de Arandir, sin que este se diera cuenta (o mas ella creía que él no la había notado).
Ella quería saber más. Pues notó un extraño cambio en el semblante del Edain al llegar a cierto punto de la historia, el cual no siguió relatándolo.
-Me habéis seguido ¿con qué propósito? No respondáis, pues sé a lo que has venido- dijo Arandir.
-Disculpad, señor- dijo la posadera- Pues hay cosas de las que me quiero enterar, no es que…
Se le cortó la voz al recibir una mirada de afecto por parte de Arandir. Pues estaba dispuesto a continuar.
“Recordaba claramente como sucedió aquello: El rey en el suelo, él a su lado, una lluvia de flechas y gritos alrededor adornaban esa mañana. De pronto sintió como una flecha atravesaba hasta lo más profundo su hombro izquierdo. Momento en que sintió una cólera aún mayor, cayó al suelo producto del gran impacto recibido, aún así se puso de pie y descargó toda esa ira ante el elfo que le había disparado aquella flecha. El rey Erendel estaba en el suelo pero no se rendía, luchaba por no dejar Lempë Ohtari. En su corazón sentía que todo marchaba bien, a pesar de ver a sus compañeros atravesados por las numerosas saetas del enemigo. Se acercaba el momento de la victoria, las tropas de Helkelen Lara preparaban su retirada.
El Edain daba voces de victoria, no obstante fue llevado al suelo por el enemigo, dejándole esta caída una gran mordedura por parte de una daga en el vientre del joven Edain, cayendo al lado del rey Erendel.
Erendel y Arandir se sentían agotados, sus corazones latían fuertemente debido al coraje y a la batalla, mas sentían que pronto ya no latirían más. Sus sudorosas frentes yacían en el suelo empapado de sangre de los integrantes tanto de Lempë Ohtari como de Helkelen Lara
La retirada de Helkelen ya se había realizado, Erendel podía ver aún as tropas contrarias huir cuando se le nubló por completo la vista.
Arandir estaba en el suelo, no estaba inconsciente aún, pero no podía moverse del todo bien, escuchaba las voces de sus compañeros que cantaban la victoria y lloraban a los caídos, lo que lo animó a ponerse de pie y luchar por su vida y por la del rey.”
Dicho esto, hizo una breve pausa para tragar saliva y tomar aliento, unas leves gotas de sudor resbalaban en la frente del Edain.
La posadera lo miraba intrigadamente, preguntándose qué le habría ocurrido.
Luego sonrió y continuó:
-Nuestros compañeros no nos encontraban, así que me vi en la obligación de acudir a las últimas y escasas fuerzas que me quedaban.
“Decidió ponerse de pie, aunque su cuerpo ya no daba más. Luego sintió como en su interior se volvía a recuperar, como una braza que intenta encenderse hasta lograr una gran llama.
Los hombres de esta compañía no lograban encontrar por ninguna parte al rey ni al edain, ya los creían muertos o prisioneros. Por lo que Arandir tomó a Erendel y lo puso sobre su hombro derecho, así cargó con el rey hasta avanzar tras sus compañeros.
El camino no le fue para nada fácil, menos con las heridas que llevaba en su cuerpo, pero en ese momento la fuerza interior fue más fuerte que el dolor físico.
Caminó muchas millas de esta forma, el viento le soplaba en la cara como un tenue aliento de vida, y recordó las palabras de Erendel: “…el viento es mas bien un fuerte aliado”. El oscuro cabello del edain se enredaba con el viento, refrescándole así la agotada frente y animándole el cuerpo.
Y así caminó largas horas hasta dar alcance a sus compañeros.
Uno que iba mas retrasado gritó:
-¡Parad, parad! ¡Deteneos! Viene el señor Arandir, pero me temo que viene solo.
En ese mismo instante todos dieron media y cabalgaron rápidamente al encuentro del caballero, y su alegría fue aún mas grande al ver que traía al rey Erendel en sus brazos.
EL edain al ver que venían a buscarlos, dejó al rey en el suelo, y poco a poco se le fue nublando la vista, hasta ya no ver nada más. Cayó al suelo.
Los hombres y elfos subieron a los caídos en caballos, refrescándoles con agua.
Arandir abrió los ojos, y alcanzo a divisar a Erendel que iba en el caballo de al lado; y sus compañeros todos muy heridos y agotados.”
-Y luego de ello, no recuerdo con mucha claridad, hasta que me vi en unas Casas de Curación, donde nos atendieron de buena forma.- Dijo Arandir.
“Llevados ya a las casas de curación, Arandir despertó en un agradable lecho, el ambiente tenía un agradable aroma debido a las Eressea Annarion que utilizaban en aquel lugar.
Sintió la mente despejada, pero no así el cuerpo, por lo que su estadía allí fue aún mayor de lo esperada.
Una elfa estaba encargada de los cuidados de Arandir, la cual era sabia en las artes de curar.
-Esta herida no es una herida sencilla- dijo ella refiriéndose al hombro izquierdo.
-…¿A que se refiere, Dama mía?- Dijo el Edain.
- Esta no fue solo producto del acero incrustado en vuestra carne y hueso, hay algo más. ¿Quién os la disparó? ¿Pudisteis divisarlo?
-Por lo que mis ojos vieron, fue un elfo, y lo comprobé aún más al acabar con él.
-Pues bien, esta flecha estaba envenenada, y gracias a una suerte extraña sigues con vida, joven peregrino.- La elfa ya sabía mucho sobre la vida de Arandir.
El herido la miró con ojos extraños, y una sonrisa de asombro le asomó en los labios.
La elfa, llamada Uevién, le dijo que no se preocupe, pues ella estaba encargada de salvarle la vida, y ahora tanto como tarea como algo personal.
Y así permaneció Arandir bajo el cuidado de Uevién, sanando primeramente la herida del abdomen.
La elfa era sabia en las artes de sanar, pero el veneno ya había recorrido mucho en la sangre del edain. Por lo que fue un gran trabajo cuidar de él.
Ahora bien, pasados varios días Arandir se sentía mejor, Uevién había hecho un excelente trabajo, como ya se sentía mejor sintió deseos de regresar por completo a Lempë Ohtari; pese a ello la elfa no le permitió que abandonase su reposo, a lo que Arandir respondió:
-Es con mi gente donde debo estar, ya me he retrasado mucho.
-Pero aun no sanas del todo, Arandir.
-Ya me siento bien- Dijo, guiñándole un ojo.
La elfa comprendió. Autorizó que lo dejasen ir, y fue vestido, alimentado y le dieron de beber.
Arandir estaba listo, después de mucho, para volver.
