Kelusse
Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 9
Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 9
Victoria para Heren Fanyarëa.
[Editado por gaurwaith el 26-09-2006 06:54]

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:10:06:18:22:02
Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 9
Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 9
Victoria para Heren Fanyarëa.
[Editado por gaurwaith el 26-09-2006 06:54]
Caras Aelin otra vez. Caras Aelin, y tras ella, las cumbres escarpadas, nebulosas, de picos apenas visibles que se pierden en el cielo. Caras Aelin ha sido tomada, otra vez. De sus murallas otrora orgullosas apenas queda piedra sobre piedra. Las calles, antes siempre jubilosas y llenas de vida, estan desiertas y húmedas. La lluvia ha cesado, y ahora sólo los Varna Rámar caminan entre los charcos. No hay alegría alguna en ellos tampoco. La victoria ha sido cara. Una herida profunda que ha hecho mella en los corazones de todos. Ni siquiera el fuego purificador que se alza en busca de Los Sagrados ha podido mitigar el dolor.
Una lluvia persistente nos acompañó todo el camino. Éramos un ejército de rostros cansados, de ropas mojadas, de brazos caídos. No estábamos preparados. Avanzábamos ordenadamente, y apenas habíamos terminado de cruzar el río cuando la lluvia de flechas inició la batalla. Y cundió el caos.
Pero yo apenas me di cuenta. Daedeloth se alzó sobre sus patas traseras, y el relincho estridente opacó por un momento los gritos de dolor de los primeros caídos. Las manos del caballo golpearon el aire, en busca quizás de un enemigo imaginario, presa del pánico, mientras la lluvia de flechas continuaba cayendo sobre nosotros, implacable.
Durante unos segundos que me parecieron eternos, luché por mantener el equilibrio al mismo tiempo que mi voz suave luchaba por llegar hasta el animal, calmarlo… Era imposible. Daedeloth cambió de manos bruscamente, levantando sus cuartos traseros, y caí al suelo de espaldas sobre el barro.
Sólo entonces me di cuenta. Flechas y más flechas. Me incorporé levemente apoyada sobre el brazo derecho, mientras el izquierdo sostenía el escudo intentando protegerme en lo posible. Me bastó entonces una mirada para comprender que Daedeloth había sido herido. Una flecha permanecía alojada en su pecho, y el animal, dolorido, corría campo a través, arrollando todo lo que encontraba a su paso. Pero no había tiempo para lamentaciones.
Detrás de mí, la visión sobrecogedora del fin. La sangre formaba charcos de barro rojizo. Sobre la explanada abierta, cientos de cuerpos caídos, elfos y caballos, algunos de ellos todavía agonizantes. Los gemidos de dolor eran apagados por los relinchos cada vez más débiles de los caballos, mientras esperaban la muerte.
Cerré los ojos un instante, pero la imagen no desapareció de mi mente. Ahora se que nunca lo hará. Ese horror me perseguirá siempre. Cuando volví a abrir los ojos observé acercarse a un caballo sin jinete, y sin pensármelo dos veces, me incorporé sin dejar de cubrirme con el escudo. Corrí al encuentro del animal, y aún no se cómo conseguí asirme a la brida y darme el impulso necesario para montar. Pero lo hice.
Apenas había conseguido montar, cuando las primeras flechas de Fanyarëa surcaron los cielos. Por que mientras yo corría a lo largo de la orilla instando al ataque, Alkalabrindeth había organizado la defensa creando grupos de escudos, que cubrieran a los arqueros. Y si bien al principio no hubo señal alguna de que hubieran dado en el blanco, con la segunda carga si pareció que la lluvia de flechas amainaba. Al menos lo suficiente como para conseguir avanzar hasta las ruinosas murallas de Caras Aelin.
Las murallas. Apenas quedaba nada de ellas. Asedio tras asedio, habían ido cediendo en altura. Y los agujeros abiertos en la roca apenas habían sido cubiertos con roca, barro y madera. Lamentablemente, el ejército de Liantari había abandonado demasiado pronto la ciudad. Se había confiado. Apenas había dejado una guardia que custodiara Caras Aelin hasta nuestra llegada. Y ahora, empaladas en picas dispuestas a lo largo de la muralla, las cabezas de los soldados de Liantari miraban sin ver el río. Y aunque los cuervos habían marchado en cuanto la primera flecha pasó por encima de la muralla, se podía ver claramente que habían hecho un buen trabajo en sus rostros deformes. Me estremecí.
Ahora sé que debemos agradecer también a la lluvia. La argamasa reblandecida apenas servía ya para mantener unidas las reparaciones improvisadas, y los russan abrieron pronto nuevas brechas en ellas. Y sus hachas y sus mazos fueron los primeros en traspasar las líneas enemigas.
Avancé tras ellos cual tempestad que se desata, sin mirar atrás. Me han dicho que grité “Venganza”, pero no lo recuerdo, por más que lo intento. Sólo sé que en ese momento me transformé en la muerte misma. Me dejé invadir por el odio.
Cuerpos cercenados se apilaron pronto a los pies de las murallas. Mi espada encontraba un enemigo tras otro, mientras la sangre corría por su filo sin dar tiempo a la lluvia a depositarse sobre ella.
A través de las escaleras de piedra me decidí a subir a lo alto de la muralla. Rompí una de las largas estacas, y la dejé caer al suelo. Cuando rompí la siguiente, un hombre se acercó hasta mí espada en mano. Casi sin pensar clavé la estaca en su vientre, aún con la cabeza empalada. Ésta se deslizó a través de la pica como si aún estuviera viva. Aún me repugna el recuerdo. La sangre del hombre se derramó sobre ella, como si sangrara también. Horrorizada, retiré la estaca que salió del cuerpo del hombre seguida de un montón de entrañas. Había soltado la espada y sus manos sujetaban su carne y sus restos, mientras me miraba incrédulo. Retrocedió tambaleándose, mirándome fijamente. Sus pasos pronto encontraron el vacío tras él, y cayó de la muralla sin un grito.
Aparté la mirada asqueada, y me aferré a la muralla. Pero la explanada enrojecida que se extendía ante mí no me ofrecía consuelo alguno. Las ropas negras me ayudaron a identificarlo. Algo me llamó la atención en él, cuando descubrí el cuerpo que se arrastraba sobre el lodo ensangrentado. Sus cabellos negros como el azabache caían a los lados, empapados de lluvia y sangre. Era Lyshion, atravesado por numerosas flechas. Todavía no sé hacia donde se dirigía en su delirio, pero creo que en su delirio, aún luchaba por llegar hasta las murallas y entablar batalla. Hasta tal punto llega su determinación.
Pronto fueron dispersados los restos del enemigo. Me han informado que un hombre lideraba la defensa de la ciudad. Maestro de armas según parece, ya entrado en años. Espero que no nos volvamos a encontrar, pues si con unos pocos hombres es capaz de formar una defensa semejante… Es casi seguro que si hubiera estado en la defensa inicial de la ciudad, no hubiéramos podido tomarla tan fácilmente.
Hoy escribo estas líneas, por que he decidido llevar un diario de esta campaña que se alarga en el tiempo. Todavía no sé qué es lo que nos ha llevado a esta guerra. Observo los rostros de los prisioneros y no entiendo qué es lo que nos diferencia tanto unos a otros como para querer destruirnos. Qué fuerzas malignas nos han impulsado a esto, lo desconozco aún.
Pero ayer, mientras preparábamos las hogueras que llevarían las almas de los caídos hasta Los Recintos Sagrados, sucedió algo curioso. La vez anterior apenas quisimos entrar en la ciudad. Pero ahora, el sufrimiento encendió un odio incontenible. Entramos y dominamos. Y destruimos. Sin piedad alguna, los hogares fueron incendiados y muchos de sus edificios más importantes, destruidos. Ahora, en la plaza de Caras Aelin sólo se alza un extraño edificio que los lugareños llaman Daonlathas, y que debe ser una gran biblioteca. Es curioso que se haya salvado.
Pero nuestra sed de venganza no se detuvo allí. Llegué hasta los pies de Mindon Estel. Un fuego extraño ardía en lo alto de la torre, mientras un grupo de varna intentaba derribar las sólidas puertas de entrada. A sus pies, una mujer, con las manos atadas a la espalda, lloraba y gritaba que se detuvieran. Y eso me produjo cierta curiosidad. Me acerqué a ella. Sus lágrimas habían dejado surcos rojizos en su rostro, limpiando a medias la sangre seca que lo cubría. Sus ropas también estaban tintas en sangre, aunque parecía que ella no estaba herida.
- Dime, mujer, pues veo que has visto la muerte tan cerca que ahora rozas la locura. ¿Por qué lloras y suplicas por esta torre, cuando es la muerte de tu pueblo la que deberías llorar?
Y ella me miró con unos profundos ojos negros.
- Mi Señora. Se muy bien que esta torre no es más que piedra para vos. Jamás podríais entender su valor, por que va más allá de la vida y de la muerte. Mindon Estel es un símbolo de nuestro pueblo. Pues esta escrito que cuando el fuego que arde en la torre se apague, el pueblo de Esteldor morirá.
Símbolos. Nadie mejor que yo para entender el poder de los símbolos. Ni que decir tiene que en ese momento acaricié La Marca como si fuera un acto reflejo. ¿Tan diferentes somos de este pueblo? ¿Acaso cualquiera de nosotros no lloraría y suplicaría si El Santuario corriera algún peligro? Aún más si cabe que por nuestra propia vida, yo creo. Al menos sé que es así en mi caso.
No pude derribarla. No se por qué no lo hice. ¿Acaso esta guerra no persigue la desaparición de este pueblo? Ojalá fuera cierto entonces. Quizás debiera haberla derribado, y este pueblo desapareciera ante mis ojos. Sin derramar siquiera una gota más de nuestra sangre.
Pero no deseo esta guerra. Ni busco su destrucción. Lo que nos ha impulsado a esta guerra sigue ahí, latente, y quizás, si algún día lo encontramos, podamos forjar la paz. Quizás algún día…
[Editado por Indil el 30-09-2006 02:15]
A su Majestad, el gran Annatar, señor entre los señores, luz de Occidente.
Os mando, noble señor, el último fragmento hallado y reconstruido de la llamada "crónica de Árador". Fue encontrado en la séptima sala y se hallaba en un estado bastante bueno, está formado por 6 hojas de hermosa caligrafía; 2 de los cuales están muy dañadas por la humedad. Por el resto, tanto el estilo como la caligrafía, podemos ver que el escribiente era de la escuela Occidental. Al final, lamentablemente mutilada, aparece la autoría. Parece que fue un príncipe quien dictó el contenido, pero bien podría ser una apropiación, como abundaban en la época.
Lo hemos catalogado en los llamados "folios poéticos" porque, como podrá ver, empieza con una breve poesía, por su escasa calidad probablemente es una añadido del escriba. Aun estamos estudiando la función de esa lírica en un texto histórico.
En el ocaso de rojo cansado se escapa una barca
Los sones del adiós cesan perdidos en el silencio
El sabor del vino muere en mi boca
Mientras los amigos dejan la ciudad.
Recordamos pasados blancos de vino y victoria
Pero de nuevo estoy solo, rodeado de extraños.
¡Qué triste es el Pelerindo cuando un amigo se aleja!
Pues bien, fue después de unos días de intensa lluvia cuando aparecieron en Oriente las huestes de Heren Fanyarëa. Cruzaron la llanura de Lamanlara en la lluvia y la niebla, hundiéndose en el oscuro barro de las fértiles praderas.
Caras Aelin se levantaba en el lago que hoy llamamos Pelekos pero que en ese tiempo era conocido como Ael Hetele. Era una ciudad fuerte, como las ciudades de antaño, de resistentes y altos muros, habitada por hombres de valor.
Pero en esos días funestos la ciudad había sufrido y había sido saqueada en varias ocasiones, quedando sus defensas mermadas tanto por la falta de soldados defensores como por el debilitamiento de sus murallas, que se habían desmoronado en algunos puntos.
Según cuenta Karko el Viejo el contingente de Heren Fanyarëa estaba formado 170 Elfos y 65 Enanos y el de Eirë Esteldor por 60 Elfos y 30 hombres, triplicando, casi, los atacantes a los defensores.
Hacía poco que la ciudad capitalina se había sacudido el yugo de Liantari Dimbar y se estaban reconstruyendo las defensas y rehaciendo la compañía defensora. Se habían ordenado levas severas y de las canteras de Aika Oron, que se levantaban brumosas al Oeste, se transportaban a diario decenas de carros repletos de grandes piedras que eran talladas y colocadas para reforzar la muralla por los más diestros artesanos.
La ciudad había quedado bajo el mando de dos senadores: Báldor el gris, de recordado linaje y Calenglin, uno de los antiguos. Fue Baldor el encargado de dirigir las obras de reconstrucción y de alistar y preparar a las nuevas tropas. Mientras, el elfo se encargaba de dar normalidad a una ciudad devastada, con miles de ciudadanos exiliados y cientos de vidas rotas.
Como es natural, la moral estaba muy baja, y el desánimo invadía las almas de todos. Sólo unos pocos descollaban en su ánimo indomable y forzaban a los demás a abandonar las lágrimas y los lamentos. Y pronto, bajo las arengas encendidas y bajo el ejemplo, las lágrimas se tornaron en miradas encendidas y los lamentos en furia contenida.
Dicen que Báldor abandonó sus hermosos vestidos y trabajó bajo la lluvia en la fortificación de la ciudad. Ya no era un hombre joven, pero sus fuerzas aun estaban intactas, y sus canas no servían sinó para dar nobleza a su figura alta y flexible.
Así, [...] los vigías avanzados avisaron de la llegada de la tropa de Heren Fanyarëa, la ciudad ya había recuperado su ánimo y estaba en plena reconstrucción.
De modo que los enemigos no sólo llevaron el temor y la muerte, también impusieron la desesperación y la furia. Eran concientes de que su reciente recuperación podría no ser suficiente y se lamentaban por no haber reaccionado antes, contaban y multiplicaban, calculaban cuantos carros llenos de piedras hubieran sido necesarios para tener preparadas las murallas en ese día que los acechaba. Pero de nada valían ya los cálculos, pronto o tarde los enemigos habían llegado, y la hora de la espada y la flecha venía a sustituir la de la azada y el pico.
[Los dos pliegos que siguen están altamente mutilados y poco se puede deducir salvo que hubo una escaramuza en una ribera (se supone que en la ribera Occidental del Falmarin), parece que el Clan de Eirë Esteldor sorprendió a los invasores y causó muchas bajas. La abundancia de referencia a arcos, arqueros y flechas parece indicativo de que fue una emboscada realizada por arqueros]
[el inicio del siguiente pliego es ilegible, pero continua luego en bastante buen estado]
... Les era imposible ver cuantos había al otro lado de la muralla, que se mantenía vigilada [...] Se lanzaron al ataque suponiendo que no se hallaban en condiciones de ofrecer resistencia.
[...] embargo, Báldor había dispuesto una eficaz defensa.
La lluvia, que había amainado [...] cayendo, empapando las ropas y resbalando sobre las armaduras de escamas que llevaban los defensores [...]
Los gritos de dolor se mezclaban con los rugidos de la batalla, las flechas volaban y las espadas cortaban. El número superior de Heren Fanyarëa se hizo incontenible. La ciudad volvió a arder, la débil lluvia no pudo impedir que la ruina se abatiera sobre Caras Aelin.
[...] no es suficiente para salvar [...]
[el estado de la última hoja no permite una trascripción directa, pero apoyándonos en otras fuentes podemos deducir que narra la retirada de la ciudad y probablemente se describa los combates sigulares del gran Calenglin y de Báldor el gris que, como es sabido por la crónica de Baruk el fiel, sufrieron leves heridas y dirigieron a los supervivientes hacia Aika Oron, donde residieron unas semanas, reagrupándose y reorganizándose, desde donde habrían de resurgir y brillar por un tiempo, un breve tiempo en el correr de las edades].
Al final aparece un trozo de la presunta autoría. Nos dice:
Escrito el 213 de la segunda edad del sol por el principe Gashen, hijo de Derek, hijo de Frey, hijo de Taur el Conquistador, hijo Rerik, hijo de Denya la dorada, hija de Báldor el gris, hijo de Vali, hijo de Gunt, hijo de Inkojan, hijo [...]
Invierno de 1340 S.E.
Folon, Escriba del Señor Anatar.
Resumen de la batalla.
Heren Fanyarëa ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.
Recuperables: 210 puntos.
Valoraciones: 9+8,6+9,2+9+9,2= 9
Recupera: 189 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 50%, por este concepto recupera 175 puntos. Total recuperación 364 puntos.
Este clan recibe una sanción de dos armadas por el retraso en la publicación de la historia.
Pierde 70 puntos.
Eirë Esteldor ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.
Recuperables: 105 puntos.
Valoraciones: 7+8,2+8,2+8+8,8= 8
Recupera: 84 puntos.
Pierde: 231 puntos.
Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Heren Fanyarëa por abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.