La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 30. C4 Liantari Dimbar Vs C3 Eirë Esteldor.

2006:10:03:19:06:49

Kelusse

Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate

Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 24

Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 22

Victoria para Eirë Esteldor.

Kelusse

Amarthdûr e Iaurandir salían paseando de visitar a Serkiel, la cual se hallaba todavía muy grave tras las heridas sufridas durante la última contienda. Serkiel a duras penas mostraba reacción alguna a las visitas y se encontraba sumida en un profundo estado de inconsciencia.

Los dos personajes bajaban por la calle, tristes de ver a la compañera que había mostrado en multitud de batallas un gran valor y dotes para el mando, pero con cierto consuelo al saber que sobreviviría a este lamentable lance.

- Creo que esta tregua está tocando a su fin. El viento porta cierto olor de tragedia.

- Sí, Iaurandir. Yo no dispongo de tus poderes, pero mi corazón me alerta de los problemas que se nos caen encima.

Los dos personajes se dirigían altivos hacia la mansión donde se había montado el cuartel que defendía la ciudad de Halatiryon, ciudad llamada la capital del sur, auténtica ciudad abastecedora de víveres para todo el territorio de Esteldor. Su importancia estratégica era capital para la supervivencia de la única república existente en Árador.

- Las hordas de Heren Fanyarëa no tardarán en lanzar su ataque sobre nuestra ciudad. La tremenda lección que les dimos en la última contienda habrá picado su amor propio y buscarán venganza. No creo que se den por vencidos tan fácilmente.

- Amarthdûr, no debemos perder más tiempo y debemos prepararnos para la inminente batalla. Tu intuición de elfa no te engaña y algo muy sucio se está preparando tras nuestras murallas defensivas.

- Iaurandir, dime qué ves con tus poderes. Necesito saber a qué nos enfrentamos.

- El conocimiento en si mismo no es malo, pero saber más de lo que se debe nos puede hacer caer en una trampa del destino; y quizás nos impida llevar a cabo lo que está escrito que debemos hacer. De momento sólo puedes saber que una gran batalla se cierne sobre nuestras cabezas y que deberemos dar lo mejor de nosotros mismos para impedir que la desgracia caiga sobre nuestro sino.

Mientras esta conversación llegaba a su fin los primeros gritos de alarma, alertando del inicio de un ataque enemigo helaban la sangre de los maltrechos soldados del orgulloso territorio de Eirë Esteldor.

- ¡A las armas! ¡Debemos contener a estas sanguijuelas de Heren! –gritó Amarthdûr.

- ¡Luchad por vuestras vidas y por vuestro honor, soldados! –replicó Iaurandir.

- Algo extraño está sucediendo, Iaurandir. Las banderas de nuestro enemigo no son las de Heren, ¡son las de Liantari Dimbar!

- ¡Pardiez! ¡Tienes razón! Tus ojos de elfa no te engañan, amiga mía. Estamos siendo asediados por otro enemigo, posiblemente más fuerte y fresco que el anterior. Los valar no nos están siendo propicios y un gran desastre está tomando forma ante nuestras narices.

Amarthdûr se dirigió con su escolta personal hacia la puerta de entrada de la ciudad. Iba gritando a todos los soldados con espadas que la siguieran. Ella se encargaría de dirigir el combate cuerpo a cuerpo. A todos los arqueros los puso bajo las órdenes de Iaurandir, el maia.

El combate no tardó en estallar, puesto que las tropas del inamistoso reino vecino querían tomar la ciudad con celeridad y el ataque fue furibundo.

Los arqueros lanzaban andanadas desde lo alto de las murallas y desde los edificios más altos de la ciudad. Flechas afiladas, algunas incendiarias para destruir cualquier artilugio que se acercara a las puertas y para mantener a los enemigos a cierta distancia, dando tiempo al ejército de a pie para que pudiera organizarse.

- ¡Abrid las puertas para que pueda salir el orgulloso ejército de Esteldor! –gritó Amarthdûr. ¡Abrid las puertas de inmediato, antes que tras ellas se aposten los enemigos y no nos permitan salir!

Las cadenas chirriaron protestando por el esfuerzo de levantar la pesada puerta de la ciudad. Lentamente se abrió el paso hacia extramuros.

El ejército, pertrechado hasta los dientes, salio en formación, al compás de los tambores. Las armaduras no brillaban, puesto que la suciedad acumulada y los restos de las numerosas batallas libradas hasta el momento habían acabado con la deslumbrante visión de las plateadas formas del desfile militar.

Las miradas perdidas de los soldados indicaba que la guerra para ellos era un estado psicológico. Algunos no recordaban el motivo del conflicto, lo único que sabían es que tenían que luchar para defender sus ciudades, sus familias. Dos ejércitos enemigos habían entrado en Esteldor y atacaban sin cesar las ciudades y a las gentes. La motivación no era relevante, el coste de la rendición o la pérdida de la guerra era un precio que nadie quería pagar. En un mundo lejano alguien dijo una vez “Prefiero morir de pie que vivir siempre arrodillado”; esta corta pero significativa frase resumía a la perfección el estado que llevaba a la guerra a todos los habitantes de Esteldor. Todos habían asumido que serían arrasados algún día, pero ese día no había llegado, no sería hoy y, lo que es más importante, no llegaría sin plantarle cara a la situación. En el momento en que la muerte y el fin llegaran, todos la mirarían a la cara y le escupirían.

Las noticias de las últimas horas, antes del inicio de la que podría ser batalla definitiva para la historia de la bella ciudad de Halatiryon indicaban que todas las ciudades de Esteldor estaban siendo asediadas, y no corrían mejor suerte los bravos y admirados caballeros del reino amigo de Lempë Ohtari, siempre fieles hasta la muerte. Orgullosos eran los mandatarios de Ohtari y no se dejaron amedrentar por la oscura y cobarde alianza de todos los otros reinos. Hicieron los honores a una antigua alianza y se posicionaron a favor de Esteldor.

La historia recordaría para siempre la gallardía de los dos reinos que, aun luchando en minoría, no dejaron de plantar cara hasta la desaparición si fuera menester.

Las flechas silbaban, ambos ejércitos intentaban tomar una posición de ventaja respecto al adversario. Para los defensores de la ciudad era fundamental mantener a raya a la vanguardia de los pretendientes a invadir la ciudad, para dar tiempo a los soldados. Para los de Liantari era fundamental acabar con la resistencia, para facilitar el acceso a la ciudad. Su intención era clara, derribar las puertas y entrar hasta las entrañas de Halatiryon.

Amarthdûr observó a sus soldados y vio la valentía de su mirada, vio la determinación en sus mentes y tras ver todo eso, sonrió y en sus adentros pensó:

- Hoy no es el día. Hoy nadie pondrá un pie en nuestra ciudad.

- Cierto –resonó en su mente- no mientras nosotros estemos aquí.

- Iaurandir… ¿qué haces aquí? ¿y los arqueros?

- Los arqueros saben muy bien lo que tienen que hacer, no me necesitan para que les grite en los oídos. Mi espada y mi poder serán más útiles en el campo de batalla –dicho lo cual sonrió y guiñó un ojo a la sorprendida elfa.

- ¡Sea pues!

Amarthdûr gritó con todas sus fuerzas y el ejército respondió. La bella y altiva elfa alzó su espada hacia el cielo y todos los soldados contuvieron la respiración. Un brillo del tenue sol que se reflejaba en el filo de la espada la recorrió desde el mango hasta la punta. En el preciso instante en que el brillo se apagó, un trueno ensordecedor se oyó en la lejanía, mas el fragor del trueno parecía crecer a medida que pasaban los segundos. Cuando se hizo el silencio, la elfa gritó:

- ¡Atacad! ¡Atacad!

Iaurandir alzó los brazos en ese instante dejando al descubierto su imponente espada y todos los soldados se lanzaron al ataque, como si fuera una misión suicida, sin importar las consecuencias de tan alocado ataque.

Las espadas chocaron, las flechas seguían cayendo entre los dos ejércitos; las primeras víctimas fueron cobradas y las salas de Mandos empezaban a recibir visitas, visitas que jamás abandonarían aquellas estancias.

Los dos ejércitos se encontraban muy igualados en fuerzas y cualquier situación podía provocar que la victoria se inclinara por cualquiera de los dos.

La batalla se prolongó durante varias horas y a medida que las hojas chocaban la intensidas y las fuerzas menguaban.

Iaurandir usaba sus poderes mentales para intentar amedrentar las ansias de victoria enemigas y durante su concentración no vio la flecha incendiada que cayó sobre su túnica, clavándose en su pierna y produciendo quemaduras a lo largo de su extremidad inferior.

Amarthdûr detectó el dolor del maia y dirigió su mirada hacia él, momento en que el adversario con el que luchaba aprovechó para asestarle un golpe con su espada en el dorsal, clavándosela con cierta profundidad. La fortuna quiso que no tocara ningún órgano vital, pero un tremendo dolor invadió el cuerpo de la elfa, que cayó al suelo.

Iaurandir estableció contacto mental con los dirigentes enemigos.

- No vamos a rendirnos. Lucharemos hasta que no quede nadie sobre el campo de batalla. Sin embargo tengo una proposición que haceros.

Ninguna respuesta.

- Nuestro ejército está tomando ventaja en la batalla, pero ambos contendientes estamos teniendo muchas bajas. Os propongo que dejéis que recojamos a nuestros heridos y nos retiremos a nuestra ciudad. Habrá ocasiones mejores para demostrar quien es más poderoso.

En esta ocasión no hubo tampoco respuesta, pero las vibraciones que llegaban a Iaurandir parecían indicar que estaban sopesando la propuesta. El maia tenía muy claro que la ventaja que Esteldor estaba adquiriendo facilitaba las cosas, puesto que si la situación hubiera sido la inversa, Liantari Dimbar no hubiera soltado la presa hasta despedazarla.

De nuevo alzó los brazos y su voz se oyó poderosa, provocando el silencio en el resto y que las agresiones cesaran.

- ¡Soldados de Esteldor! Hoy no es el día en que Halatiryon será tomada, sin embargo vuestro sacrificio y esfuerzo merece ser recompensado. Cesad de la batalla, tomad a los heridos y portadlos al amparo de nuestra ciudad. Dejad que los soldados de Liantari socorran a los suyos.

El propio Iaurandir tomó a Amarthdûr entre sus brazos y se dirigió orgulloso hacia la ciudad. Otro envite había sido superado, ¿depararía la suerte otra oportunidad como esa?

Ohtaránë

Ohtaránë no apartaba su vista de los muros de Halatyrion. Habian marchado durante bastante tiempo, y ahora habían llegado. El ejercito, que se había quedado atrás la noche anterior, ahora les alcanzaba tras desmontar el campamento. El elfo dejo de estudiar la ciudad y miró a Tilmarion.

-¿Estas preparado? -le preguntó. No era amabilidad, pero tenia que saber si podía confiar en él o no. Pero sabia, inconscientemente, que jamás confiaría en un Alto Elfo.

-Lo estoy -respondió sin mas el otro. En ese instante Ohtaránë recibió un fuerte golpe en el hombro.

-¡Grozhomut! -gritó uno de los cabecillas orcos, pues este era el nombre que ellos daban a Ohtaránë-. ¡Esto va a ser mas fácil que pensábamos!

-¿Que? ¿Porque?

-¡Esta maldita ciudad ha estado ya bajo asedio! ¡Los orcos lo notan! ¿No lo notas tú?

Una lenta sonrisa se abrió camino en el rostro de Ohtaránë. Desde luego: el estado de las murallas, los campos vacíos y removidos, y la sensación de desamparo de la ciudad así se lo confirmaban.

-No os confiéis -dijo Tilmarion, que se había girado y evitaba mirar al orco, con evidente repugnancia-. Tras esos muros hay seres mas poderosos que nosotros.

-Por favor, no es momento de enigmas -dijo Ohtaránë con sequedad-. Ya tenemos la estrategia ¿no? Y esto la beneficia... ¡Tilmarion! Que la mayor parte de tus humanos vayan directo hacia la puerta y se escuden en ella hasta la llegada de nuestros trolls. ¡Por la Reina Araña que caerá!

El elfo asintió. Se dirigió a sus hombres y gritó con voz clara:

¡Liantari se alza!

¡En esta mañana!

¡Que no quede lanza!

¡Sin dar en su diana!

¡Tras estas murallas!

¡Esta el gran botín!

¡Por la gran Reina Araña!

¡Comenzad el festín!

El orco se echó a reír al oír los claros gritos del elfo. A él debían parecerle ridículos. Pero cuando vio la expresión de Ohtaránë, enmudeció y se alejó rápidamente.

Las fuerzas avanzaban con rapidez; y así lo hicieron un buen rato. Los hombres estaban bien preparados para aquello, y no les amedrentaba la distancia; tampoco las bajas que se producían mientras se acercaban a la muralla. Pero entonces algo ocurrió. Las puertas se abrían. Ohtaránë se mordió el dedo, pensativo. Lo lógico habría sido que se quedasen tras las murallas. Eso no entraba en sus planes.

Ohtaránë se dijo que había que enviar un mensajero a Tilmarion. Miró entre sus orcos, tratando de averiguar cual de ellos tenia las piernas menos deformadas para correr. Luego se fijo en los enanos y los trolls que se impacientaban al oler a lo lejos la sangre. Finalmente, soltando una maldición en lengua orca, se encogió de hombros y hecho a correr el mismo.

Entre los dos núcleos del ejercito de Liantari aun no habían penetrado fuerzas de Eirë Esteldor. Eso era exactamente lo que Ohtaránë pretendía evitar. No quería que los capitanes enemigos percibiesen este error (su error) y lo utilizasen contra ellos. La figura del elfo con pobres ropas corrió entre ambos ejércitos a una velocidad enorme. Ya se acercaba a los hombres de la compañía de Liantari cuando una descarga de flechas voló sobre él. El elfo rodó, pero la andanada le alcanzó de lleno. Tenia tres flechas a lo largo del brazo, dos en las piernas y una, que le preocupaba mas que todas las otras juntas, se había instalado entre sus costillas.

Los hombres oyeron su angustiado grito y se acercaron rápido a él, cubriéndole con el escudo.

-¿Esta usted bien, señor? -Ohtaránë no respondió al guardia, sino que se arrancó las flechas con los dientes apretados y se echó un puñado de tierra sobre las heridas, a la usanza orca.

-Llévame ante Tilmarion -dijo entonces, incorporándose.

Tilmarion no se había librado de las heridas. Una paño que le envolvía la pierna, en el hueco de la armadura, delataba el enorme tajo que le debían haber hecho. También le sangraba la cabeza y una flecha le sobresalía del peto, como un macabro adorno.

-¡Debemos juntar las fuerzas, Tilmarion! ¡Nada de esto estaba previsto!

-¿Abandonamos el plan original?

-Así parece...

La unión de fuerzas se hizo sin demasiadas bajas, pero ahora los capitanes tenían que estar al frente de las tropas, guiando a sus huestes y arriesgando sus vidas. Aquello era un maldito asedio... ¿Porque tenían que luchar a campo abierto? Ohtaránë no lo sabia, pero la rabia le impulsó a seguir el ataque durante horas, muchas horas. Aquello era peor que las guaridas de los orcos: era una guerra igualada, y la responsabilidad de ganarla o perderla su tortura.

Sus ropajes estaban tan desgarrados y ensangrentados que habían perdido su tonalidad marrón original. Se sentía mareado. Se desangraba. ¿Pero como podía dejarlo? La batalla no estaba aun perdida, por mal que él estuviera. Entonces oyó una voz en su cabeza. Pensó que había empezado a desvariar, pero a lo lejos la mirada de Tilmarion le dijo que aquello pasaba de verdad, y no solo en su mente:

"-No vamos a rendirnos -dijo la voz-. Lucharemos hasta que no quede nadie sobre el campo de batalla. Sin embargo tengo una proposición que haceros"

En ese momento una espada enemiga golpeó la cadera de Ohtaránë. Él saltó al cuello del enemigo y le clavó un puñal, quedando luego sobre el cuerpo al desplomarse este. Estaba completamente decidido a ignorar la voz. ¡Que los orcos la torturasen! Pero esta prosiguió.

"-Nuestro ejército está tomando ventaja en la batalla (si, ¡seguro! -pensó Ohtaránë con sarcasmo), pero ambos contendientes estamos teniendo muchas bajas. Os propongo que dejéis que recojamos a nuestros heridos y nos retiremos a nuestra ciudad. Habrá ocasiones mejores para demostrar quien es más poderoso."

Siguiendo aún decidido a hacer caso omiso, el elfo sintió una espada recorrer sus costillas y apoyarse la punta sobre su corazón. Pero un potente hachazo envió la mitad superior del hombre volando lejos, y tras él apareció la figura del cabecilla orco.

-¡Grozhomut! -le gritó-. ¡Nos rendimos!

-¡No! -replicó Ohtaranë-. Estáis aquí bajo mi responsabilidad. Yo sufriré las consecuencias si nos retiramos, ¡no vosotros!

-¡Pero está perdido! -el orco extendió la mano tras él, como mostrándole el campo de batalla. Una espada cayó sobre el brazo del orco, que acabó en el suelo. El orco chilló y atrapó con la mano que le quedaba el cuello de su agresor, estrellándolo después contra el suelo, una y otra vez. Luego se volvió a ohtaránë, que seguía tendido, y le golpeó con el pie, haciéndole rodar sobre el barro que la sangre había creado.

-¡Estúpido elfo pretencioso! ¡Nos largamos!

-El orco tiene razón -anunció Tilmarion, que había llegado a la carrera. Su armadura estaba chorreando sangre por todas las junturas y su rostro quedaba amoratado e irreconocible. Los hombre gritaban de fondo, pero no eran gritos de batalla, sino de desanimo e incomprensión. Ohtaránë, acorralado, se deshizo de la responsabilidad, al menos en su conciencia. Se levantó, se cruzó de brazos y chilló:

-¡HACED LO QUE OS DE LA MALDITA GANA!

Luego, con los ojos anegados en lagrimas, se cruzó de brazos y echo a andar en dirección contraria a la batalla, como si pretendiese volver a Astan Neuma sin esperar a sus compañeros. No dio ni diez pasos y se desplomó, no vio mas, y oyendo solo los pies de aquellos que organizaban su retirada...

Mucho después, cuando el campo de batalla había quedado en silencio y la luna recorría melancólicamente el cielo, como recordando lo sucedido durante el día, la figura de un orco sin brazo cargó a un escuálido elfo sobre sus hombros. La figura se alejó, cantando una vieja canción, y llevándose al capitán de Liantari que había sido olvidado por todos.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Liantari ha perdido 24 armadas x35= 840 puntos.

Recuperables: 280 puntos.

Valoraciones: 6,8+8,6+7,9+8= 7,825

Recupera: 219 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 180%, por este concepto recupera 630 puntos. Total recuperación: 849 puntos.

No pierde puntos.

Esteldor ha perdido 22 armadas x35= 770 puntos.

Recuperables: 770 puntos, al hacer uso del poder especial de Iaurandir.

Valoraciones: 8+7,8+8,1+8= 7,975

Recupera: 614 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 65%, por este concepto recupera 227 puntos. Total recuperación: 841 puntos.

No pierde puntos.

Eirë Esteldor percibe 450 monedas por la victoria en la batalla.

Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Liantari Dimbar por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.