Kelusse
Fin Guerra: Heren Fanyarëa se retira del Combate
Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 22
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 20
Victoria para Heren Fanyarëa.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:10:06:19:13:16
Fin Guerra: Heren Fanyarëa se retira del Combate
Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 22
Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 20
Victoria para Heren Fanyarëa.
Fanyarëa es el reino del alto aire, de las nubes y las aves, presente en la superficie de la tierra. Así como los ramalië miran y desean el cielo con frecuencia, el cielo emite un reflejo de ellos que algunos, proclamados cronistas, o rapsodas, dicen saber recibir y traducir. Esta batalla fue un caso de tales...
“Los vientos llevan dichos. Muchos dicen que aquellos esconden, otros que esos matan, algunos dicen que la culpa es de los que han hecho tal o cual cosa. Pocos son los que han podido darse cuenta de que la Guerra estaba siendo estúpida e infame. Las nubes han visto a los demonios inspirar la discordia y la violencia. El cielo azul ha visto la tierra de Arador levantarse a manos de seres amados, como Vilwë o Iaurandir, así como la noche pálida verá un día su caída a manos del nuevo Enemigo.
Vilwë, avari, ha sido un rey querido y respetado en Fanyarëa, de él queda el esfuerzo por dejar prevalecer la religión de la Unión, la mítica unión entre un águila y un vampiro, y ha dejado surcos de sangre en Sornosunë, la capital, donde él y la mujer humana que tomó por esposa para reunificar a los Varna Rámar (humanos) y a los Yarear Rámar (elfos), fueron encontrados sin vida. También dejó un niño que, a vista terrena, es aún incapaz de gobernar, Laito Rawein, tutelado por la sacerdotisa del templo de la Unión.
Taur Kalafernë, donde para llegar a divisar la baja tierra hace falta descender largo rato por las cortezas de las inconmensurables hayas que lo conforman, los pocos senderos en Haldafernë, al sur, son angostos, y sólo se ensanchan para cruzar el Feannen hacia el norte, para volver a angostarse, permitiendo el paso a duras penas de los jinetes, cuyos corceles, hábiles o rápidos, se aburren más de lo que benefician. La espesura de los arbustos que circundan las hayas sólo se termina donde las copas de las monumentales forestas se encuentran con las cimas de las primeras escarpas de la cordillera del este.
Por la cordillera atravesó la fuerza de Eirë Esteldor, al mando de Kelusse. La fuerza, la rabia, y la sed de venganza de Nowë se transmitieron entre los guerreros para cruzar la ancha avenida de picos y quebradas. Accedieron al bosque, y avanzaron por él en filas de a uno montados. Aunque los hombres a pie se adelantaban filtrándose por fuera de los caminos abiertos y traían las noticias.
Los rayos de la luna han oído a los espías susurrar que un emisario esteldili partió un día enviado por el viejo sabio, intentando alcanzar el noroeste para buscar la paz, pero que fue retenido prisionero en Sornosunë, y que sus acompañantes sirvieron para sacrificios humanos. Los rayos del sol han sabido que en numerosos pueblos de Arador se habla de un soberbio y ostentoso Auresse, que en nombre de un demonio de Eirë Esteldor, proclama su deber de dominio. Conoce sí el cielo la verdad, pero no ellos que pisan la tierra.
Las misiones de la guerra se habían llevado a las legiones del rey Vilwë -Námo le dé buen cobijo-, a luchar en otras tierras. Ráwëin, el infante, no lo extrañaba, ni extrañaba a su madre, ni a la familia que estaba ahora distante, ni a la sacerdotisa que ejercía como regente. Laito Ráwëin sabía muchísimo más de lo que muchos sabían, y en aquellos tiempos, el niño tenía todo lo que necesitaba.
Ráwëin retenía con caprichos en la sala subterránea que le habían construido como protección, y como cárcel, a un primo de su madre, Wethan Bohr, joven hijo bastardo del Señor de la principal ciudad humana de Fanyarëa...; había sido él el único que, en otra ocasión, lo había malherido dentro de aquellas estancias y había salido indemne. Laito volvía a recibirlo, y pretendía contenerlo ahí adentro un tiempo más. Hablaban y hablaban, de niño a hombre y de hombre a niño, aunque de vez en vez, de hombre a hombre, y de niño a niño.
Sornosunë y sus alrededores, en definitiva, por circunstancia, habían quedado bajo la dirección de los humanos.
Mientras su medio hermano debatía con el rey, Hallen caminaba por el bosque entre las filas de hombres, elfos y enanos que se desplegaban por unas y otras partes. Como siempre, el comandante Fauks la seguía de cerca. La hermosa doncella apenas aprendía de guerra, estaba dotada para la poesía y la diplomacia, un don extraño entre los suyos. Era simpático ver cómo los varna cedían sus trajes de plumas y cuero negro, los yareari sus vestiduras nobles de fina costura, y los russan, sus trabajos de metal con punzantes formas de alas, garras, picos y colmillos.
Tras años de enlaces e intrigas, el pueblo ramalië se estaba constituyendo en un solo reino, realmente unido, bajo la religión de la Unión, la mítica unión del Águila y el Vampiro. En aquellos tiempos de guerra, la gente que vivía en toda Fanyarëa había asumido su tierra como patria, y al prójimo como hermano. Luego de eras de sacrificio, al fin en estos aciagos días nacía la verdadera Orden de los Cielos, Heren Fanyarëa.
Las águilas no solían entrar salvo a los claros de Kalafernë. Pero un gran águila surcó los cielos por encima del enemigo que avanzaba diestro y furioso. El ave giró en redondo pocas veces y siguió camino hacia la ciudad. La mirada de un noldor entre los esteldili se clavó en la cumbre de las hayas, él sabía que ese águila traería problemas, o al menos desafío. Kelusse fue informado, y todo el ejército lo supo.
En el claro, Hallen, vestida con atuendo celeste, escrutó el cielo, en busca de explicaciones, para entender el tiempo que habría de venir. No tardó en aparecer rauda el águila, que se arrimó al suelo y tomó la forma de Alsenot.
- Hija,... Fauks, ¡¿Donde está Bohr?! ¡¿No está acaso él a cargo de la guardia de Sornosunë?!- dijo severamente el Cacique. – Una avanzada de Esteldor ha franqueado Iaur Abad, y han llegado aquí. ¿Qué nadie se ha enterado? ¿Duerme el mequetrefe?-
- Padre, -intervino Hallen– está con el rey, ordenó algunas formaciones, y vigilancias, pero nadie ha avistado nada... no sé... –
Alsenot consternado se enterneció por su hija, ojalá pudiera un día ella ser su sucesora, lástima que el sino ya estuviera sentenciado. – Hallen, ve a resguardo, a las profundidades de Sornosunë, y lleva todos los civiles que estén aquí, con urgencia. Fauks, mantén con vida a mi turquesa.- La muchacha notó en su padre un trato sensible que la preocupó, él estaba angustiado. A Fauks podría consedersele toda la confianza, él la amaba. Cuando la gente empezó a haberse marchado ya hacia la ciudad, que se hallaba dos kilómetros al norte del claro, organizó él mismo al ejército...
Luego del mediodía, algunos ruidos trajeron la noticia de la presencia cercana del ejercito invasor. El Jefe permitió que una comisión se acercara al claro. La encabezó Nyrath:
- Señor Alsenot de Heren Fanyarëa. Solicitamos la libertad del prisionero. Nuestra gente perece a vuestras manos, no permitiremos que nuestra esperanza también. Cumpliremos un holocausto si así sea necesario.- Habló solemnemente aquel de esos hombres en el que residía la esencia de los Amigos de los Elfos.
- Retírense de nuestras tierras, al oeste si gustáis, y discutiremos, tal vez, lo que quieras.- Respondió a secas Alsenot. – Estáis en suelos que no os pertenecen exigiendo absurdos, suficientes pruebas hay de que la soberbia y ostentación que brotan del sudeste deben ser detenidas, no responderé una palabra más dentro de estos límites.
El edain se retiró con la pequeña comitiva, se les permitió pasar de regreso hacia el bosque. Pero las miradas que cruzaron con los hombres de Fanyarëa fueron las de que pronto se verían en encarnizada lucha.
Y así fue. Cuando el ejercito de Esteldor se movilizó en son hostil, Alsenot envió a la vanguardia a encerrarlos entre las hayas. No había caballos, sólo hombres de a pie y arqueros de corta distancia, ya que de nada servían las altas saetas oblicuas. La primer embestida fue recibida con éxito por Esteldor, ya que las posiciones fijas les dejaron ver a los atacantes primero. Entonces comenzó la carnicería.
Una mediana parte de la fuerza de los asaltantes no combatía en esa matanza. Si no que se arrastraba por caminos cerrados en dirección a Sornosunë propiamente dicha. El Duin Atta lideraba esa expedición.
- No debiste haber venido tú, Nowë, tu raza no ha hecho más que equivocarse ocasión tras ocasión, y tu inmodestia no es más que un fiel reflejo de las vergüenzas de tu sangre.- Si bien Alsenot gustaba de cambiar su forma para tomar ventaja en el combate, esta vez dejó que el duelo fuera de filo a filo.
Nowë era muy hábil, mientras embestía respondió:- Bruto líder de humanos bárbaros, caeréis como siempre.-
El humano con la furia del águila, que le había sido asignada por heredad, resistió bravamente las estocadas, y usó su arma para blandirla contra todos los rincones del cuerpo del elfo. Cayeron uno y otro una y otra vez. Nadie intervino en ese combate particular. Desde el aire del cielo pudo sentir las respiraciones claramente, el duelo fue en el claro y pareció no terminar nunca. Evocable fue la circunstancia en la que el Águila volcó al que había abandonado su nombre Salgant por uno que le inspirara mayor esperanzas, y dijo:
- No es haciendo tu voluntad como las gentes se salvarán,... - Puso su pie descalzo y calloso en la yugular del noldo.- Vencido por segunda vez, rey de Eirë Esteldor, deberías oír más al pueblo y menos a ti mismo... Y,... - Alsenot se rió ante la idea que le pasó por la mente... – no soy el líder, jeje, por suerte aún no lo conoces...
Laito Rawëin había dejado ir por fin a su primo segundo.
Hallen se había detenido en las puertas de la ciudad subterránea, preocupada por que todo el mundo lograra refugiarse y a salvo. El comandante Fauks intentaba hacerla entrar, pero ella seguía imponiendo sus razones con elegancia. Sobre la arcada que llevaba a la entrada del primer nivel, posaban más pájaros que de costumbre, las aves, se habían ido congregando durante todo el día, como indicio de que algo terrible pasaría.
Kelusse llegó con su patrulla a Sornosunë. No habían sido notados, salvo por algún centinela que no había sobrevivido para contarlo. De pronto, las puertas se vieron rebosadas por aquella horda de Esteldor.
- ¡No eres para nada bienvenido, perverso forastero!- le gritó la princesa Varna.
Kelusse, con sus ojos inyectados de furia y venganza por lo que sufría su país, acometió. Fauks defendió a Hallen, pero, de un verdugazo con Swordwine, calló para siempre. Kelusse tomó a la niña y le puso la espada al cuello.
- Enemiga, mereces justicia... – le dijo, desaforado.
Esa fue la escena con la que se encontró Bohr, llevaba capa de cuero y plumas, y pechera con la marca de los ramalie, la insignia estandarte de Vilwë. Tenía en una mano el vellocino, pensaba acomodárselo a los hombros... pero corrió arrastrándolo y desenvainando.
- Esteldoriano... déjala. Detente. No le hagas daño.-
Kelusse observó al joven hombre que tenía delante, y su mal vestir, todo parecía una broma de mal gusto.
- Comenzó la guerra. ¿Qué aún no lo sabes, Feanoriano? –
Si había una virtud que Eru había depositado en los ramalie, esa era la empatía, y aunque pocas veces parecía despertar, lo hacía en los momentos más necesarios; Venesse, hermano menor y centella para Kelusse había muerto.
- Hombre. Déjala, ella es mi hermana..., al menos la única que me quiere... ¿es que acaso has perdido la fe en la nobleza si es que alguna vez la tuviste?-
Kelusse casi no dudó. Soltó a Hallen, ella fue hacia Bohr. Él no se demoró en enviarla hacia adentro, con Laito. Entonces, el hijo de Alsenot miró al Duin Atta. – Gracias. – Se puso el vellocino sobre los hombros y enfrentó a su rival. Shatearffelak y Swordwine se encontraron por fin en ese preciso momento, los pájaros volaron todos, y de la profundidad de Sornosunë brotó una muralla de escudos, llevados por enanos cuyo alto igualaba su diámetro, y tras ellos, el pueblo y los sirvientes de la ciudad, armados. La tropa de Esteldor fue acuciada por hombres, elfos y aves de diversos tipos que cruzaban el aire dispuestos a picar. Los Russan Rámar, los enanos de Fanyarëa, hicieron un barrido. Todos seguían al Líder, Bohr Daedth, Wethan Bohr. Kelusse ordenó un retroceso, morir en vano no valdría la pena.
La noche se asomó a observar la matanza. Las huestes de Nowë, las filas que lideraba Alsenot, la horda de Kelusse y la gente de Bohr, se encontraron en el claro.
Wethan llegó hasta Alsenot, el Mártir.
- Padre, no temas, aquí estoy.- dijo con desfachatez.
Alsenot le echó una mirada de reprimenda. Sabría más tarde alguna vez que Rawein había planeado todo.
- Esteldor es fuerte. Debiste resguardar el palacio. Su veng... –
Bohr lo interrumpió. Entresonriendo mientras hablaba.
- Alsenot, Sornosunë no será tomada. He nacido vacío, pero he aprendido. La Unión prevalece. Heren Fanyarëa prevalece. Padre, estás a mi cargo. Pelearemos hasta terminar.-
Le siguió el derramamiento de sangre más fuerte en las Guerras de Arador. Así mientras más fuertes se hacían los ramalië, más crueles se volvían los esteldili. Los lanceros de jabalinas, las hoces extrañas, los grandes escudos, contra la fuerza, la pericia y las espadas.
Cuando la tarde terminaba Kelusse y Bohr se volvieron a enfrentar, hasta tal punto de enajenación que, desarmados en combate, se enfrentaron mano a mano, puño a puño, se revolcaron y golpearon sin tregua. Bohr dio un cabezazo en la frente del Duin, Kelusse dio un rodillazo en la espalda del Varna. Uno un golpe al hígado. El otro voleó el cuerpo del rival contra el tronco de un haya. Y siguieron, hasta verse exhaustos...
Pequeños se veían los cuerpos desde la noche plena.
Isil brillaba más sobre sombrías nubes que sobre la aquel rincón de Arador, desde aquellas nubes se olía la sangre.
A menor distancia ya no se divisaba el batirse de las aves.
Desde la cumbre del bosque se distinguían vivos de muertos.
A unos metros de altura, pudo comprenderse la mirada desencajada de Nyrath, y oírse:
- ¡¡Murciélagos!!! –
Los negros pequeños vampiros revolotearon el campo de batalla, aunque uno mayor permaneció a distancia, cerca de Nowë. Y la luna brilló. Los ojos de los ramalië se encendieron y sus miradas tomaron un cariz calmo como el cielo, pero inclemente como la tormenta. La Unión era la fuerza de la Orden de los Cielos. Las alimañas no agredieron, sólo hicieron que los espíritus de los enemigos oyeran las miles de palabras que traían, las voces, la voz de Náredhel, la voz de Iaurandir, la voz de Mandos, la voz de Vilwë, la voz de Kain Logareth, la voz de Alkalabrindeth, la de Auresse y Venessë, la de Lomëa, la de Herion, la de Gimbur, y todas las voces que los enemigos no deseaban oír.
- Dejémoslos ir. Tienen un país que purificar.- le dijo Bohr a Alsenot.
- Sí... Señor. – le dijo el padre al hijo.”
- Liantari Dimbar es historia. Heren Fanyarëa es nuestro futuro más cercano.
Estos pensamientos acudían de forma recurrente a la mente de Kelusse. Desde que su compañía embarcó en el puerto de Undumelonde, largo tiempo atrás, las vidas de los integrantes de la expedición se habían visto colapsadas por las batallas, las penurias y las desdichas.
El territorio cambiante de Liantari había sido atravesado de este a oeste, cruzando para ello ríos, montañas y desiertos.
En la última etapa del viaje la belicosa segunda compañía de Esteldor había entrado por la fuerza en la ciudad de Iaur Abad. Kelusse visitaba con frecuencia a Nowë, que estaba ingresado en las Casas de Curación, con heridas que hubieran resultado fatales para cualquier otro ser, sólo la extraordinaria fuerza del elfo le mantenía con vida, si bien la recuperación era muy lenta y se había visto apartado de las últimas batallas.
- Mi Señor, Nowë, despertad. Necesito vuestro consejo.
- Dime Kelusse, ¿qué mantiene a tu mente y tu conciencia tan intranquila? ¿Nuevos planes, quizás?
- Incluso postrado en el lecho sois hábil, mi Señor. Quiero plantearos la estrategia que, según mi criterio, debemos seguir.
- Te escucho.
- Nada podemos conseguir de este territorio. Nuestro paso ha sido devastador, venciendo a tantos enemigos como se han puesto a nuestro tiro. Debemos ser más ambiciosos y dirigirnos al corazón del problema, el corazón de la manzana podrida, para extirparlo.
- ¿Quieres dirigirte a Sornosunë?
- ¡Así es!
- Me parece un poco precipitado, pero no discutiré tu criterio en la guerra, ha quedado harto demostrado que tienes un sentido especial para decidir el momento oportuno de atacar y de retirarte. Sin embargo, atiende mi palabra y haz caso a este elfo, que tiene más experiencia que tú.
- Precisamente por ello he acudido a Vos, para escuchar vuestro parecer, mi Señor.
- Sornosunë es la capital de Heren Fanyarëa y, como puedes fácilmente imaginar, estará protegida hasta los mástiles de las banderas. Dicen los viajeros que se trata de una ciudad laberíntica construida bajo tierra. No podrás afrontar el reto tu solo.
- No estoy solo, mi Señor, os tengo a Vos.
- Yo no estoy en condiciones de ayudarte. En mi estado actual soy más una carga que una ayuda; pero no desfallezcas, este viejo elfo guarda todavía algún as en la manga.
- No os entiendo.
- Todo a su debido tiempo. ¿Qué camino seguirás?
- Rodearemos el bosque, iremos por Númenyatuine. Pienso que atravesar un bosque desconocido nos pone en franca desventaja, ya que el propio desconocimiento del territorio concede una ventaja a los enemigos para que nos tiendan emboscadas.
- Partamos pues. No demos ocasión a los defensores de Dimbar a reorganizarse e intentar atacarnos.
La compañía se puso rauda en movimientos. El primer paso fue entre el desierto y las montañas. La dirección hacia el oeste. Tenían que llegar hasta un gran río y atravesarlo. Las provisiones tomadas durante la visita a la ciudad fueron suficientes para el desplazamiento.
La llegada al río fue recibida con gran algarabía por parte de todos los integrantes de la compañía, puesto que pudieron saciarse de agua pura, fresca y cristalina. La higiene fue otro elemento puesto al día tras la larga marcha, durante la cual se había abandonado un tanto.
El río fue atravesado y manteniéndolo siempre a la derecha la compañía tomó rumbo al norte. El río hacia de parapeto entre la amenaza del otro lado, donde se divisaba el amenazador bosque llamado Taur Haldafernë, y la orgullosa compañía.
El río se bifurcaba y con ello llegó el momento de ir preparándose para adentrarse en la oscuridad del desconocido bosque. La compañía acampó en el estuario donde el río se dividía en dos. Los centinelas fueron apostados en turnos dobles ante la amenaza de un eventual ataque.
La tranquilidad de la noche fue alterada por el repiqueteo de unos cascos de caballo, que se acercaban a buen ritmo.
- ¡Alto! ¡En nombre de Esteldor te ordeno que te detengas y te identifiques! Desobedecer esta orden será castigado con la muerte –gritó el capitán de la guardia.
- Baja tus armas, capitán, pues no soy ninguna amenaza para vosotros. Prueba de ello es que no me he ocultado en ningún momento. Si mi deseo hubiera sido entrar de escondido te garantizo que no me hubieras visto –contestó con sorna el viajero.
- ¿Quién eres? –reiteró su petición el capitán.
- Soy tu señor Nyrath. Anuncia mi llegada a Nowë y a Kelusse de inmediato.
La llegada del Nainir Antekile fue recibida con honores por parte de todos los integrantes de la segunda compañía, no en vano era el nainir más respetado por parte de los soldados, ya que poseía un extraordinario poder de curación.
Kelusse le abrazó al encontrarse con él.
- Nyrath, ¿cómo diablos…?
- Nowë me llamó. ¿No lo sabías?
- Condenado Nowë –rió con sorna Kelusse- siempre guardando una carta escondida…
Los dos dirigentes se dirigieron a la tienda donde se encontraba Nowë, quien les esperaba despierto por los gritos de alegría y con una pícara sonrisa que denotaba que era consciente de que había hecho una pequeña travesura y por ello se divertía horrores.
- Bienvenido Nyrath –dijo formalmente Nowë.
- No sé si agradecerte el recibimiento o sacudirte por traerme a estas tierras cuando nuestras gentes me necesitan tanto.
- No seas impaciente. Te necesito doblemente aquí, y digo doblemente porque tienes dos misiones que cumplir. La primera es ayudar a Kelusse en su alocada idea de tomar la ciudad de los Yarëar Rámar –dijo mientras observaba el rostro sombrío de Nyrath- y la segunda es que necesito que me cures, para poder ser operativo y ayudar de nuevo a nuestras gentes.
- Bien sabes, Nowë, que me siento más a gusto haciendo mis labores de sanador, que las de guerrero; pero si es menester que luche no te defraudaré. Mi primera orden como tu médico es que duermas, mañana al amanecer te visitaré y veremos como podemos curarte.
Kelusse y Nyrath abandonaron la tienda de Nowë y se dirigieron hacia la tienda del capitán de la guardia, donde se habían preparado avituallamientos para el recién llegado.
Al atardecer del siguiente día la compañía comandada por Kelusse y Nyrath se dirigió hacia las coordenadas donde se encontraba la ciudad de Sornosunë. Dejaron en el campamento a Nowë, a una pequeña guardia, con funciones de escolta y a los médicos.
Por el camino Nyrath le dijo a Kelusse que Nowë estaba más allá de sus capacidades curativas:
- Tiene heridas que deberían haberle matado. Si está vivo es por su extraordinaria fortaleza.
- ¿No debería esa fortaleza ayudarte a sanarle?
- Todo lo contrario. Mis artes son curativas. Nowë pertenece a una Casa de Alto Linaje que no se rige por las mismas reglas que el resto. Nowë curará por si solo. Cuando él decida curarse lo hará, mientras no esté convencido de que su presencia no es necesaria, se mantendrá postrado. Su enfermedad está en su interior, las heridas exteriores no son preocupantes.
Kelusse quedó pensativo. ¿Qué le había ocurrido a Nowë para hundirse de esa manera? Su presencia era vital, y sin embargo, él parecía desconocer ese fundamental dato.
- ¡Mi Señor! – un vigía le sacó de su ensimismamiento.
- ¿Qué ocurre?
- Estamos llegando. Nuestra presencia no es desconocida para el enemigo. Hemos sido avistados y no hemos podido impedir que se diera el aviso a la guardia de la ciudad.
- Bien. Era de esperar. Reúne a todos los capitanes con el Nainir Antekile y conmigo de inmediato. Tenemos que planear el ataque.
- ¡A sus órdenes, Duin Atta!
Los capitanes acudieron al trote a la reunión a la que habían sido convocados.
- Nuestra presencia es conocida por el enemigo –empezó Kelusse.
Silencio y asentimiento por el resto de asistentes.
- No hace falta estrujarse los sesos para ver lo que tenemos que hacer. Hemos perdido el elemento sorpresa.
- Entonces, ¿atacamos de frente? –dijo un capitán elfo.
- ¡No! Eso sería un suicidio. Nyrath comandará a todos los hombres de la compañía y se dirigirá hacia las puertas de la ciudad. O mucho me equivoco o serán atacados por los defensores. Los elfos irán conmigo e intentaremos rodear al enemigo a través de la maleza del bosque.
El plan era simple; pero haber perdido la ventaja coartaba de forma importante las acciones de los esteldili.
Una expedición de Esteldor, liderada por Nyrath se dirigió a parlamentar con los defensores de Sornosunë para solicitar la libertad para uno de los soldados espías que había sido capturado:
- Señor Alsenot de Heren Fanyarëa. Solicitamos la libertad del prisionero. Nuestra gente perece a vuestras manos, no permitiremos que nuestra esperanza también. Cumpliremos un holocausto si así sea necesario.
- Retírense de nuestras tierras, al oeste si gustáis, y discutiremos, tal vez, lo que quieras. Estáis en suelos que no os pertenecen exigiendo absurdos, suficientes pruebas hay de que la soberbia y ostentación que brotan del sudeste deben ser detenidas, no responderé una palabra más dentro de estos límites.
El parlamento se había terminado. Nyrath se fue pensando en la desvergüenza de aquel ser, cuyas compañías campaban por territorio esteldili asesinando a inocentes. Al menos nosotros, los “soberbios del sur” intentamos parlamentar antes de asesinar.
La batalla estalló en las afueras de la ciudad, tal y como habían previsto. Nyrath comandaba con porte gallardo y valiente a los hombres. Las fuerzas estaban muy igualadas. Las espadas chocaron entre si y algunas estallaban hechas astillas por la violencia de los golpes que se intercambiaban.
Kelusse apareció de la profundidad del bosque flanqueado por los elfos, mas esa simple estrategia no pilló por sorpresa a los soldados de Heren, que pudieron rechazar el ataque.
Nyrath luchaba con uno de los dirigentes de la compañía de Heren Fanyarëa, quien le dijo:
- No debiste haber venido tú, Nowë, tu raza no ha hecho más que equivocarse ocasión tras ocasión, y tu inmodestia no es más que un fiel reflejo de las vergüenzas de tu sangre.
Nyrath pensó:
- este tipejo no se entera. Se cree que está luchando con Nowë. Si fuera Nowë su adversario ya estaría probablemente muerto. De todas formas le seguiré la corriente. Bruto líder de humanos bárbaros, caeréis como siempre –dijo con fiereza.
La batalla continuó y se prolongó por varias horas. Kelusse luchaba con la maestría y fiereza habituales. Su ímpetu, que en tantas ocasiones le había salvado la vida, en esta ocasión le traicionó y entre mandobles avanzaba sin reparar en lo que acaecía a sus espaldas y no vio que los elfos no podían avanzar al mismo ritmo que él, por lo que se encontró a solas rodeado por enemigos.
Se vio rodeado de enanos y pensó “creía que los había perdido de vista para siempre cuando abandonamos Liantari Dimbar, pero veo que se esparcen como hongos”. Los enanos eran fuertes y hábiles con las hachas de forma inversamente proporcional al tamaño de sus cuerpos; por lo que tras matar a dos de ellos, notó como uno de los instrumentos de guerra enanos era clavado sin piedad en su costado. El pequeño movimiento que hizo un breve instante antes del impacto le salvó la vida, si bien no pudo impedir que quedara gravemente malherido.
Dos elfos vieron lo que pasó y ejecutaron de inmediato a todos los que rodeaban el cuerpo de Kelusse con sus flechas.
Nyrath fue advertido de lo que estaba ocurriendo y gritó con fuerza:
- ¡Ahora más que nunca! ¡A muerte! ¡No quiero supervivientes en esta batalla!
Los dirigentes de Heren debieron oír el mensaje y vieron como los bríos de los soldados enemigos se redoblaban.
- ¡Retirada! ¡A la ciudad!
- ¡Retirada!
Los soldados de Heren huyeron al amparo de los muros de la ciudad. Nyrath ordenó que se recogieran los heridos y se quemaran los cuerpos de los muertos.
Antes de iniciar la marcha hacia el campamento base, se acercó a las puertas de Sornosunë y dijo:
- Escondeos, pero no creáis que tras estas puertas estaréis seguros durante mucho tiempo. Volveremos para entrar y, entonces, no tendremos piedad y escupiendo en el suelo se dio media vuelta con aire despectivo y rabioso, sin apenas darse cuenta de las numerosas heridas que llevaba repartidas a lo largo de su cuerpo.
Resumen de la batalla.
Heren Fanyarëa ha perdido 20 armadas x35= 700 puntos.
Recuperables: 700 puntos al usar el poder especial de Alsenot.
Valoraciones: 8+7+8+9= 8
Recupera: 560 puntos. Se han solicitado daños del 50% para un dirigente y del 10% para el resto, en total daños por el 60%. Una vez leída la historia no se pueden conceder los daños del 50%, quedando éstos reducidos al 15%. Por daños recupera 88 puntos. Total recuperación: 648 puntos.
Pierde: 52 puntos.
Eirë Esteldor ha perdido 22 armadas x35= 770 puntos.
Recuperables: 513 puntos al usar el poder especial de Nyrath.
Valoraciones: 9+8+8+9= 8,5
Recupera: 436 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 105%, por este concepto recupera 367 puntos. Total recuperación: 803 puntos.
No pierde puntos.
Heren Fanyarëa recibe 450 monedas por la victoria en la batalla.
Heren Fanyarëa entrega 100 monedas a Eirë Esteldor por la victoria en la batalla.
Compañías actualizadas y listas.