La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos - Liantari - Nolemoth

2006:10:08:07:28:31

Uzbad Kibil

En los múltiples días brumosos que se dan en la región meridional del Árador Ëarmitya se puede contemplar un hermoso espectáculo, el imponente puerto de Lingwilóce se convierte en una oscura serpiente marina que nadando en el mar neblinoso se dirige hacia las ciénagas del Nenvarnë. Muchos han intentado imitar la arquitectura del puerto pero nadie ha conseguido el realismo que posee Lingwilóce, el puerto fue construido muchos siglos atrás y sigue siendo un misterio la identidad de sus constructores.

Cuenta la leyenda que el pueblo de los constructores tuvo que abandonar Lingwilóce debido a una peste que surgió en las Nenvarnë y que estaba diezmándolos. Un día subieron todos los supervivientes a los barcos y desaparecieron en el norte.

(…)

El año había sido propicio, buenas y abundantes cosechas fueron recogidas de los campos que rodean Lingwilóce y aunque ya terminaba el otoño el clima aún era benevolente. Por todo ello, las tabernas y cantinas rebosaban vida durante el atardecer y las antiguas leyendas eran recordadas por todos.

Pero algo más atenazaba el corazón de los allí presentes, la guerra amenazaba con sumergirles bajo las aguas de la ruina y la destrucción. Los puertos eran un lugar neutral protegidos bajo el manto del Señor de los Puertos, pero en épocas inciertas los comandantes podían cometer una insensatez y romper el acuerdo de no destruir los puertos. Los atacantes serían castigados, sí, pero los habitantes de los puertos morirían antes de que los agresores fueran detenidos.

Los hombres y mujeres que gobernaban el puerto en nombre de su Señor decidieron que sería bueno construir unas defensas en el puerto para protegerlos de barcos hostiles. Según los escritos históricos de Lingwilóce no era la primera vez que esa idea intentaba llevarse a cabo, pero nadie había sido capaz de modificar la antigua estructura del hermoso puerto. Siempre que se intentaba construir algo, el proyecto era destruido bien por vientos huracanados, por lluvias torrenciales o por la propia furia del mar... nadie podía modificar Lingwilóce.

El joven Halbarad había escuchado la leyenda de los constructores del puerto y se interesó por ella, era el tercer hijo de una de las familias más acomodadas del lugar, así que podía permitirse alguna que otra extravagancia por lo que decidió partir en busca de los constructores.

Sabía qué debía buscar, a la entrada del puerto hay un extraño dibujo, el “Medallón de los Constructores”, según los ancianos esa era la marca del pueblo que construyó Lingwilóce y es lo que debía buscar en el norte. Así que compró provisiones y zarpó en uno de los barcos propiedad de su familia sin ninguna tripulación.

Muy pronto el clima comenzó a empeorar, no sólo porque viajaba hacia el norte sino además por la llegada del invierno, lo bueno era que los vientos soplaban más fuerte y durante la mayor parte del día con la dirección que llevaba Halbarad.

Tras varios días navegando llegó cerca de las costas de Tol Valya, Úlaire Hópa se veía preciosa con las primeras luces del día y la propia isla parecía un reflejo de un lugar de otro mundo puesto en mitad del mar. El respeto pudo más que la curiosidad y Halbarad pasó de largo la isla sin intentar poner un pie en ella... las inmaculadas cumbres de Tol Valya desaparecerían poco a poco en la lejanía tras de él, pero antes debía decir el rumbo a tomar. Como no sabía nada de hacia dónde habían ido Los Constructores, decidió empezar por el extremo occidental y puso rumbo a Helcelonde, muy cerca de la desembocadura del Siriaur, el Río Helado.

Halbarad era un habitante de los puertos y como tal no pertenecía a ninguno de los grandes clanes de Árador, por lo que le gente de Farothdîn no tendría porque sentirse amenazada con su presencia en sus tierras, de todas formas sería precavido pues los tiempos de guerra se cernían sobre todo el continente.

Durante semanas buscó Halbarad por los límites orientales de Farothdîn sin encontrar ni rastro de Los Constructores y entonces llegó al lago Mornie Ailin, fuera ya de los territorios del Realengo.

A orillas del lago se encontró con una mujer joven que pasea distraída por el lugar, de rasgos dulces y bien definidos podía fácilmente pasar por una de los Primeros Nacidos y cubierta por un fino vestido de gasa blanca parecía flotar cerca de la orilla; pero algo en la presencia de la joven hizo que Halbarad no dudara en tomarla como una mujer humana.

Tras los saludos iniciales ambos hablaron de sus vidas; ella era una de los líderes de su pueblo, que se encontraba varias millas al este, y se encontraba en aquel lugar para poder pensar con tranquilidad antes de que estallase la guerra en Árador. Él le contó que las mismas preocupaciones le habían llevado a buscar ayuda para su pueblo en el lejano norte. Distraídos por su conversación los dos pasearon por la orilla del lago hasta que cayó la noche, las estrellas llegaron acompañadas de amenazadoras nubes de tormenta y los jóvenes decidieron buscar refugio; pero se encontraban en un lugar apartado de los grandes clanes y no había ninguna población en la que se pudieran refugiar, por suerte encontraron una pequeña construcción con forma más o menos cilíndrica, forzaron la puerta y se refugiaron en su interior antes de que empezase la tormenta.

El interior del lugar se hallaba en la más completa oscuridad, así que Halbarad arrancó varios maderos que estaban clavados en las ventanas y encendió una pequeña fogata. Con la tenue luz de las llamas, Halbarad consiguió vislumbrar sobre el quicio de la puerta un extraño símbolo, el Medallón de los Constructores, por fin había encontrado lo que tanto tiempo llevaba buscando, pero en vez de levantarse para ver más de cerca el extraño dibujo se sintió preso de un profundo cansancio y quedó dormido al igual que la joven mujer.

(...)

Una hermosa ciudad ardía bajo una oscuridad más profunda y densa que la de la noche, extraños ruidos como si tronasen las propias casas retumbaban por todas partes y de vez en cuando el reflejo de un rayo atravesaba el humo que llenaba las calles de la antaño hermosa ciudad.

Una mujer joven vestida con unos pantalones de piel y un blusón blanco esperaba inquieta a las puertas de una gran edificación, una figura masculina emergió entonces de la oscuridad del interior envuelto en un manto gris, su rostro estaba pálido y el sudor perlaba su frente.

-¿Has conseguido el Libro? –preguntó ella con voz nerviosa.

-Sí, ya podemos marcharnos

-¿Cuándo se darán cuenta del robo?¿Podremos llegar a la costa?

-En cuanto abandonemos los muros de la ciudad el Poder empezará a abandonarlos y se darán cuenta de que algo le ocurre al Libro, cuando descubran que lo hemos robado ya estaremos lo bastante lejos como para que nos alcancen... el Poder ya no será tan fuerte en ellos –el muchacho dijo esto mientras corrían en busca de dos caballos y en su voz se notaba un tono de inseguridad.

Los dos jóvenes galoparon hacia la costa seguidos por un grupo de hombres y mujeres vestidos con túnicas azules que maldecían a la pareja de ladrones.

Los cálculos del muchacho fueron acertados y llegaron a la costa con la ventaja suficiente como para botar una pequeña barca escondida entre los juncos, ambos comenzaron a remar y se encontraron a varias millas de la costa cuando los hombres de las túnicas llegaron a ella.

-Tuvimos que huir del sur cuando provocamos la ira de la naturaleza... tuvimos que empezar de cero en el norte y otra vez cometimos los mismos errores... –comentó la voz triste de la joven.

-No es nuestra culpa. La Sombra del Norte confunde todos nuestros actos, los retuerce y hace que parezcan malvados... entonces su semilla germina en nuestro pueblo y ocurre...

-Es verdad, por eso debemos ocultar el Libro hasta que la Oscuridad abandone el norte. Los videntes dijeron que no faltaba mucho –un atisbo de esperanza se hizo reconocible en la voz de la mujer.

-Recuerda que para esos elfos, poco tiempo puede ser toda nuestra vida...

Al amanecer del segundo día arribaron a las inmaculadas costas de Tol Valya, hacía un tiempo su pueblo solía entregar hermosos regalos a los Poderes de la isla, pero cuando la Sombra germinó en sus espíritus dejaron de viajar a la isla, aunque lo hubieran hecho la oscuridad de sus corazones les habría impedido poner un pie en la arena.

Los jóvenes se encaminaron hacia la espesura, sus padres les habían hablado del antiguo camino y llegaron sin dificultad a una pequeña cueva, en su interior una pequeña mesa de mármol les recibió, el antiguo altar donde su pueblo dejaba los presentes. Dejaron el Libro sobre la fría piedra y ambos entonaron una triste canción, al término el Libro tomó el color y la textura de la mesa y parecía haber sido hecho del mismo mármol.

En el camino de vuelta a la playa los jóvenes hablaron sobre el futuro del Libro:

-Pronto volveremos a por él... pronto conseguiremos que ese Poder sea útil para todos nosotros, todo Arda se beneficiará de él y no será codiciado como lo es ahora.

-¿Pero cuándo llegará ese día?¿Y si para entonces hemos abandonado ya el mundo?

-Nuestra descendencia conservará el saber que liberará el Libro de su prisión de piedra, no hay que preocuparse por el tiempo... el momento llegará cuando tenga que llegar.

El cielo comenzaba a nublarse cuando la pareja llegó a su barca, las intenciones de los muchachos no eran tan puras como ellos creían y los Poderes de la isla lo habían notado, si querían recuperar ese Libro deberían pasar por una dura prueba.

Sin apenas darse cuenta de que el tiempo estaba empeorando, los jóvenes se hicieron a la mar y cuando se hallaban a varias millas de la isla comenzó una terrible tormenta y la barca se partió en dos, una extraña y densa niebla cayó sobre ellos y jamás volvieron a verse en vida.

La visión desapareció y en la profunda oscuridad resonó una voz grave y severa:

“Para recuperar ese enorme poder, debe ser el corazón el que os guíe y no la mente. Ellos no lo consiguieron, pero si se restituye el vínculo que tenían el Libro será libre y la paz podrá extenderse por Árador sin miedo a la Sombra del Norte”

(...)

Un rayo de sol se coló por los huecos que los maderos arrancados habían dejado en una ventana y los dos jóvenes se despertaron. Su rostro se encontraba perturbado, ninguno se atrevía a romper ese silencio, aquellas palabras aún resonaban en su cabeza. Por fin, la mujer habló en tono despreocupado:

-Es curioso no te he dicho mi nombre, me llamo Gaerél, en lengua de los elfos significa “hija del mar” porque en mi pueblo se dice que el padre de mi abuelo apareció en la costa casi muerto después de una terrible tormenta.

-Sí es curioso... en mi pueblo cuentan que fue la madre de mi abuelo la que apareció medio muerta en la playa.

Salieron de aquel extraño lugar con las imágenes de sus sueños aún rondándoles en la cabeza y caminaron hacia la costa.

-Quizá... deberíamos ir a Tol Valya –comentó Halbarad.

-Yo primero debería dejar en orden mi pueblo por si sobreviene la guerra, y me gustaría consultar con los ancianos de la zona.

-También yo debería consultar todo esto, y comunicar que ya no quedan Constructores en Árador.

-Separémonos entonces... en cuanto tenga todo listo viajaré al Lingwilóce, parece que allí tenéis más información sobre el pueblo que poseía el Libro.

Y así, con promesas de un próximo reencuentro ambos se separaron.

(...)

Cuando Halbarad llegó al puerto, se dedicó a buscar toda la información acerca de los constructores y consultó a los más sabios, pero a nadie contó nada sobre el Libro.

Desde entonces Halbarad se dirige cada noche al puerto con la esperanza de ver llegar un barco desde el norte... pero los años han pasado y la guerra ya se ha extendido por Árador igual que las canas se han extendido por su cabello, mas el hombre no ha cejado nunca en su empeño y continúa día tras día paseando hasta el puerto, oteando en la lejanía en busca de aquella hermosa mujer del norte. Tan honda fue la impresión que Gaerél dejó en él que jamás encontró una mujer con la que casarse y el tiempo va pasando mientras la esperanza de paz en Árador se disuelve en la espuma de la costa.

Naredhel Anariel

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