La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 32. C4 Helkelen Lara Vs C1 Lempë Ohtari. Saqueo De Eru Andorya.

2006:10:12:19:39:48

Kelusse

Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate

Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 20

Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 24

Victoria para Helkelen Lara.

Saqueo de Eru Andorya.

Hathol Karkar

"Las Crónicas de Hathol. Libro IV: La Victoriosa."

La verdadera amistad surge a veces en los momentos de mayor necesidad y desesperación.

"Después de la fatídica batalla ante los muros de Ostova Lore, decidimos retirarnos y acampar en las cercanías a la espera de nuevas órdenes del Consejo, y también para sanar a nuestros heridos y enterrar a los muertos con todos los honores, pues qué honor mayor hay que aquel que se consigue en el campo de batalla. Los funerales nos llevaron varios días, días tristes y aciagos, pero a los que un soldado debe acostumbrarse rápidamente...por desgracia la realidad es que nunca terminas de acostumbrarte.

Al finalizar el último funeral por los soldados caídos en la batalla, el enano Zirak y yo volvimos a nuestra tienda para intentar descansar un poco. Mi ánimo se había ensombrecido, pues muchas vidas se estaban perdiendo y mucha sangre se estaba derramando por una causa de la que empezaba a dudar dadas las últimas órdenes del Consejo, que se traducían en ir de ciudad en ciudad, en territorio de Lempë Ohtari, intentando tomar ciudad tras ciudad, en vez de concentrarnos en la toma de una ciudad y desde allí hacernos fuertes en territorio enemigo. Nos habíamos convertido en un grupo de guerreros errantes en terreno enemigo sin una base sólida y rodeados de peligro.

"Alegra ese ánimo, joven amigo"- me dijo Zirak, mientras caminábamos- "Piensa que todos los caídos hoy ya estarán en las estancias del Hacedor, recibiendo su merecido descanso...¡y una jarra llena de espumosa cerveza!"

Zirak dijo lo último con una sonora carcajada, entonces me paré, aquello me había herido.

"¿Cómo puedes reír en momento cómo éste?"- le reproché al Enano- "¿Acaso no te entristece la muerte de tantos buenos hombres? ¿O es que tu gente no respeta la muerte?"

"Escúchame, niño humano"- dijo Zirak, mudando súbitamente el semblante, ahora era él el que se había ofendido- "Mi edad multiplica en varios siglos a la tuya, así que no quieras darme lecciones sobre la muerte o la vida. Además, he luchado en muchas más batallas que tú, y en cada batalla han muerto muchos a los que consideraba camaradas y amigos, así que no vulevas a dudar ni por un momento de mi tristeza o será mi hacha la que hable por mí."

Aquello me hizo reaccionar de repente, y sentí cómo las palabras del Enano atravesaban mi corazón y mi alma.

"Discúlpame, amigo"- dije, arrepentido- "Perdí los nervios, pues yo no he vivido aún muchas batallas y me cuesta olvidar el dolor que producen."

"El dolor no se olvida...nunca"- respondió Zirak, sombrío.

Al llegar a la tienda los guardias que la custodiaban nos informaron de que dentro nos esperaba un mensajero procedente de Ost-En Äel. Zirak y yo nos miramos y entramos a la tienda. Allí nos esperaba, de pie, el mensajero, iba sucio y polvoriento, debido a los rigores del viaje, y se le notaba muy cansado.

"Siento llegar en esta hora tan fatídica, pero el mensaje que traigo es urgente"- dijo el mensajero, con la voz un tanto temblorosa a causa de la fatiga, poniendo el rollo de pergamino sobre la mesa central de la tienda.

"En una guerra todas las horas son fatídicas"- respondí- "Pero que eso no ensombrezca tu ánimo, has cumplido tu misión, así que ve a descansar ahora, di a los guardias que te proporcionen algo de cena y un techo donde pasar la noche."

Dicho esto, el mensajero se retiró, y Zirak y yo nos sentamos en dos sillas alrededor de la mesa, observando el pergamino con nuestro próximo destino, pero no nos decidíamos a abrirlo, era como si quisiéramos retrasar al máximo el momento de descubrirlo.

"¿Lo abres tú o lo abro yo?"- gruñó Zirak impaciente.

"Te cedo el honor esta vez, amigo"- respondí sonriendo.

Zirak cogió el pergamino enrrollado, rompió el sello real y empezó a leer para sí el contenido del mismo, murmurando las frases.

"Bueno, ¿qué dice?"- pregunté, esta vez yo, impaciente.

"Eru Andorya, amigo, Eru Andorya"- dijo el Enano con una sonrisa.

[...]

El camino desde las cercanías de Ostova Lore hasta la ciudad de Eru Andorya era relativamente fácil y cómodo, incluso para los soldados de a pie, ya que era un terreno descubierto y sin mucha vegetación ni accidentes geográficos. Zirak y yo íbamos al frente de la columna, montados a caballo, a pesar de la reticencia del Enano a montar en algo que no fuera de sólida roca, pero no le quedaba más remedio si quería ir a mi lado al frente de nuestros hombres. Los dos íbamos perfectamente pertrechados para la batalla, yo con mi espléndida armadura plateada de mithril, el escudo colgado a la silla del caballo y Fealóke en mi cintura; Zirak iba ataviado con una cota de malla, una sobrevesta de cuero tachonado y su hacha de doble filo a la espalda.

"¿Tienes alguna idea de cómo podemos atacar Eru Andorya, Maese Enano?"- pregunté a Zirak, mientras cabalgábamos- "Pues está rodeada por un río, y no creo que sea muy fácil tomar el puente."

"Bueno"- respondió el Enano- "ayer envié a algunos batidores a inspeccionar el terreno y me dijeron que hay un vado por donde es fácil atravesar el río, el único incoveniente es que no hay ni un solo bosque cerca, así que nos verán llegar desde muy lejos y podrán preparar bien la defensa."

Al mediodía llegamos a las cercanías de Eru Andorya, las murallas se recortaban en el horizonte, imponentes y majestuosas, rodeadas por el río. Desde las murallas los centinelas ya nos habían visto y habían dado la voz de alarma, por lo que ahora eran un hervidero de soldados enemigos preparándose para la batalla, sobre todo arqueros, pues creían que sería suficiente con ellos para detenernos, puesto que la llanura despejada facilitaba su labor. En honor a la verdad diré que al principio la desesperanza me invadió, y pensé que sería imposible siquiera intentar asediar la ciudad, pues o bien teníamos que tomar el puente o bien cruzar el vado, y en cualquiera de esas dos opciones seríamos un blanco muy fácil para los arqueros apostados en las murallas. Pero, de repente, una idea vino a mi mente, arriesgada, cierto, pero que si tenía éxito la ciudad sería nuestra, además, ya había comprobado el valor de mi amigo Zirak en los planes arriesgados.

[...]

"¡Excelente idea!"- rugió Zirak, con una sonrisa maliciosa en los labios y un brillo mortal en los ojos- "¡Me muero de ganas de ponerla en práctica!. Cada vez me sorprendes más, jovencito, tendré que empezar a considerarte como uno de los de mi raza."

"De acuerdo"- respondí, jovial- "Pero no permitiré que me cortes las piernas para estar 'a tu altura' ".

Ordené a mis hombres que se dispusieran en formación defensiva, con las armas desenvainadas y los escudos en alto, pero lejos del alcance de las flechas enemigas. Después, observé cómo Zirak y Kizul, el otro enano de nuestra compañía desaparecían entre los arbustos, en pos de la ejecución de ese plan tan arriesgado que mi mente desesperada había urdido. Suspiré y recé por que todo saliera bien. Una vez transcurrido el tiempo prudencial que Zirak y yo habíamos acordado di la primera orden a mis hombres.

"¡Elfos arqueros, a caballo! ¡Adelante!"

A mi orden, los elfos arqueros de la compañía subieron a los caballos y se lanzaron hacia las murallas. Los arqueros enemigos, al ver que nuestros soldados se lanzaban contra sus murallas dispararon varias andanadas de flechas, pero la ventaja de nuestros arqueros a caballo era que iban ligeros de armamento y podían maniobrar con facilidad, además de la excelente percia que poseían los elfos en el arte de montar a caballo. Así, cabalgaban de un lado a otro de la llanura exterior de la muralla, dividiéndose en varios grupos y disparando a su vez desde los caballos hacia el innterior de las murallas, sembrando el desconcierto entre los arqueros enemigos, que no sabían a qué blanco móvil dirigir sus flechas. De vez en cuando se oían gritos provenientes del interior de la muralla, y también alguno de nuestros elfos era abatido por las flechas enemigas, pero el ánimo de los elfos era incansable, y la resistencia de sus monturas también. Al cabo de un rato los arqueros de Lempe dejaron de disparar, algo llamaba su atención dentro de las murallas, entonces alcé mi escudo al sol y con su reflejo en él lancé la señal para que nuestros arqueros volvieran, dejando así los caballos para los soldados de caballería que irían al frente conmigo, y detrás irían los de infantería. En ese momento las puertas de Eru Andorya se abrieron. En ese momento desenvainé a Fealóke y lancé mi grito.

"¡A por ellos!"

Los cascos de los caballos retumbaron en toda la llanura, llegamos rápidamente al puente, que no estaba custodiado, y lo cruzamos como una exhalación. A medida que nos acercábamos a las puertas abiertas íbamos viendo un tumulto creciente dentro de las murallas, pero no acertábamos a distinguir lo que ocurría, no obstante, yo sabía el nombre del origen de ése tumulto: Zirak, el cual, acompañado por Kizul, habían conseguido encontrar una abertura en las murallas para colarse dentro y abrirnos las puertas, ¡mi idea había resultado!. Inevitablemente, les habían descubierto.

Entramos como un huracán en la ciudad, el ejército de Lempë Ohtari se había apostado tras las puertas, en una plaza enorme, pero rompimos sus filas, segando brazos y cabezas a nuestro paso. En pocos instantes el empedrado que cubría la plaza se tiñó de un rojo muy intenso. Después de esa irrupción tan fulgurante, ordené recomponer nuestras filas y bajar de los caballos, pues a pesar de que la plaza era grande no lo era lo suficiente como para mantener una lucha a caballo. Entonces reparé en que había un círculo de soldados de Lempë Ohtari que rodeaban a dos enanos, los cuales se defendían ferozmente de las acometidas de los enemigos, no obstante, en ese momento Kizul cayó abatido por una estocada de un soldado enemigo, así que me lancé enseguida en ayuda de Zirak, dejando al resto de los oficiales de la compañía el mando de la batalla principal, y con Fealóke en mi diestra conseguí abrirme paso y penetrar en el círculo de enemigos.

"¡Vaya!"- me espetó Zirak, resoplando- "Veo que llegas puntual para unirte a la fiesta, ya he perdido la cuenta de todo lo que ha cortado mi hacha."

"Espero que no te importe si mancho un poco más mi espada"- le dije a Zirak, mientras me ponía a su espalda.

Así, espalda contra espalda, los dos nos fuimos abriendo paso entre las filas enemigas hasta alcanzar el grueso de nuestro ejército. Una vez entre los nuestros pude observar el efecto que había tenido mi plan en el cuerpo de mi amigo Zirak, pues iba cubierto de sangre, que le manaba de varios cortes profundos en brazos y piernas, además, cojeaba un poco por culpa de una flecha en el muslo. No obstante, luchaba como si no tuviera ninguna de esas heridas. En ese momento la batalla estaba decidida, habíamos aniquilado al grueso del ejército enemigo. En ese preciso instante sentí un dolor muy agudo en el muslo derecho, miré hacia abajo y vi la punta de una lanza sobresaliendo en mi muslo y atravesando hueso y tendones, y otro lancero de Lempë aprovechó para clavarme su lanza en el hombro, justo en la unión de la coraza y la hombrera. Zirak se encargó de las cabezas de los lanceros de Lempë que me habían atacado a traición. Entonces se acercó uno de nuestros soldados.

"Capitanes, hemos vencido"- dijo, resollando- "¿Qué ordenáis ahora? ¿Nos retiramos?"

"Incendiadla"- dijimos al unísono Zirak y yo, sombríos.

Esa noche, una densa humareda pudo verse en varias millas alrededor de la ciudad de Eru Andorya."

Hathol Karkar.

[Editado por Encalion el 06-10-2006 16:33]

Aikanáro Tîwele

¿Por qué los dioses abandonaban a su ciudad, por que la abandonaban en el momento de mayor peligro, por que?- se preguntaba Aika, golpeando la mesa.

La desesperación asediaba a Aika, veía como la ciudad no podría resistir un asedio de tal magnitud y como esta podía caer en manos enemigas. Había tomado la decisión de evacuar totalmente la ciudad pues no quería perder vidas civiles, además provisoriamente había ordenado evacuar la gran biblioteca de los Sabios, la mayor del Reino. Entre sus paredes se guardaban libros de incalculable valor y no dejaría que su ciencia se perdiera o cayera en manos enemigas.

Se irguió cuán alto era y recorrió la estancia una y otra vez con gesto preocupado…Ahora más que nunca necesitaba del apoyo de su hermano Valandil, pero la presencia de este era más que nunca lejana a pesar de la habilidad que poseían de comunicarse en la lejanía telepáticamente.

- No puedo perder Eru Andorya…no puedo perderla….- esas palabras caían pesadas como mazos en su pensamiento…

De pronto se detuvo ante un mural exquisitamente grabado en la Torre de la Guardia…las imágenes se distorsionaron e pesar de lo mucho que conocía la pintura…la había mirado miles de veces antes… Sus labios murmuraron un nombre desconocido…

- Sulankalië…

Aikanáro no pudo determinar si fue realidad o tan solo un reflejo de sus preocupaciones. Cerró los ojos abandonándose a sus pensamientos… pero de pronto una presencia a su espalda lo saco de su abstracción…se volvió lentamente y entonces sus ojos se encontraron…Los de ella grises y orgullosos…los azules de él con brillo preocupado…

- Aikanáro Tîwele, me presento en nombre de la Casa de Finwë…

- Eres tú- dijo Aika interrumpiéndola- Sulankalië…

La elfa se quedo perpleja, ¿Cómo podía saber su nombre sino la había ni visto y en la ciudad nadie había recabado en ella? Lo miró con ojos escrutadles, era simplemente impensable… estaba acostumbrada a ser reconocida, a ser mirada con ojos acusadores, con miradas que le señalaban en silencio de asesina de hermanos, aún cuando había nacido mucho después de aquello que le narraban como algo lejano, pero Aika se quedo mirándola, la observaba como si ya conociera esa figura alta y esbelta la de rostro pálido contrastando con el negro azabache de sus largos cabellos.

- Así me llamo Aikanáro Tîwele, y no tengo idea de cómo has sabido mi nombre, pero lo averiguare más tarde…ahora en este momento vengo a ofrecerte ayuda y consejo en esta hora de necesidad.- contesto la elfa con tono decidido.

- Bienvenida seas, ahora podrás demostrar lo que vale una Dama de la Casa de Fëanor en el fragor de la batalla, no pongas esa cara sé reconocer a la estirpe de ese Noldor. Ahora será mejor que nos pongamos manos a la obra. Acercaos, la ciudad esta muy debilitada tras las últimas guerras, sus defensas están muy diezmadas y no contamos con las suficientes tropas para su defensa y las que tenemos son los últimos que han salido de Escuela de Armas y esta seria su primera batalla, de veteranos poco contamos en nuestras filas casi todos partieron para escoltar a la población, así que un negro futuro nos espera- le dijo Aika mientras la miraba fijamente.

La noldor asintió pensativa diciendole:

- Debemos aprovechar a cualquiera que pueda sostener un arma, entiendo que quieras proteger a tu gente, pero la defensa de la ciudad podría depender aún de la escasa población civil que quede- afirmó la elfa

La mirada pletorita de preguntas de Aika se posó en el rostro de ella y esta prosiguió:

- Entiende ellos deben luchar por Eru Andorya, lucharan por ella si la aman. Veo en ti una gran fuerza, eres un líder nato, me recuerdas tanto a mi tío Nelyo…- su voz se quebró por un instante pero pronto prosiguió con firmeza- Ellos te seguirán.

Pero mientras ellos hablaban la guerra había estallado a puertas de la ciudad, pero nadie les avisó de ello, allí aislados del resto de la ciudad donde los gritos de la guerra no llegaban, conversaban mientras sus hombres morían. Los hombres de Lara habían empezado a dividir a los soldados de Lempë desviando su mirada hacía los jinetes que galopaban delante de las murallas. Las flechas surcaban el cielo buscando presas en los dos bandos, pero todo estaba cayendo a grandes pasos. La gigante Eru Andorya se hundía sin remedio en una espiral de sangre sin que ninguno de los Capitanes pudiera ni siquiera luchar por ella, por esa dama herida y bella que clamaba socorro por todos sus poros. Los gritos se alzaban en las murallas, las armas eran dejadas por esos joven soldados que veía por primera ver la amarga cara de la muerte y la guerra, sus cuerpos jóvenes se convulsionaban llorando atacados por oleadas de pánico que no les dejaban moverse. Y fue cuando todo se perdió cuando ese soldado no pudo gesticular y avisar a sus compañeros de que el enemigo había logrado entrar, sus sueños de ser un soldado se truncaron de golpe cuando esa espada atravesó su estomago y su caída anunció la caída inexorable de la ciudad.

Las puertas fueron abiertas antes la pasividad de los soldados que empezaron a huir para salvar su vida, muchos corrían hacía la gran plaza, para así poder llegar al segundo nivel de la ciudad y allí poder resistir mejor. Entonces el sonido de las grandes puertas al abrirse sonó como si fueran dos poderosos truenos retumbando en toda la ciudad, Aikanáro salió corriendo al balcón junto a Sulankalië y sus ojos se llenaron de rabia y gritó:

- ¡Malditos seáis insensatos, habéis cedido la ciudad!!La habéis vendido malditos, yo os maldigo!

Su gritó resonó en toda la ciudad como si fuera un trueno sacudiendo los corazones de los soldados de Lempë que huían cual cobardes de sus puestos, abandonando a la ciudad. Aika bajo corriendo las escaleras seguido por la dama que veía como en la plaza del Palacio se formaba un pequeño batallón de soldados, altos elfos de plateadas armaduras montaban en grandes corceles esperando a su Señor. Así los dos montaron en sus corceles y salieron a la carrera hacía las puertas. Atravesaban los puentes y las calles cual alma al diablo encontrando a su paso a los soldados que huían, los rostros de esos soldados quedaban petrificados al ver las caras de aquellos caballeros. Caballeros que habían luchado en infinidad de guerras, que habían sesgado la vida de tantos hombres ahora se volvían fieros, sus ojos destellaban el odió que sentían hacía el enemigo y sus gritos hacían que los corazones se helaran al escucharlos. Entonces el caballo de Aika se encabritó y alzándose sobre sus patas traseras elevo el cuerpo hacía el cielo y Aika irguiéndose cual alto era alzó su martillo de guerra y gritó:

- ¡Soldados volved a la batalla, cargad contra ellos!

Y un gritó salió de sus gargantas, ahora, los cascos de los caballos golpeaban con fuerza los adoquines manchados de sangre. Así llegaron a la gran plaza, donde la batalla estaba ya decidida en contra de Lempë demasiado rápido se había cedido el control de esa cara plaza, su dominio era el dominio de la ciudad, el fuego ya se alzaba en las grandes torres de la avenida tiñendo las armaduras de un color rojizo.

Así aparecieron sus figuras entrecortas por el fuego sobre ese puente, ante ellos estaban las tropas de Lara diezmando a sus soldados, que continuaban huyendo pero algo llamó la atención de Aika, allí en la plaza había un grupo de soldados que aguantaban, ¡que luchan!

Sulankalië bajándose del caballo dijo:

- ¡Los caballos allí abajo no son necesarios luchemos como nuestros ancestros cuerpo a cuerpo!

Los hombres de Makar desmontaron de sus monturas y junto la Dama y Aika empezaron a avanzar hacía la Gran Plaza, los cuerpo cercenados por los de Lara se apilaban a sus pies mientras las espadas de Lempë ahora sacaba su brillo, empezaron a hostigar a las huestes enemigas como si fueran un mismo puño, golpeando todos a la vez. Ahora si que empezaban a sentir la mordedura de Lempë, aunque fueran pocos su mordedura sería temida. Las espadas cortaban, cercenaban y destripaban a todo aquel que se encontraba a su paso. La sangre ahora brotaba de los cuerpos de Lara y entonces fue cuando el milagro obro, los soldados que antaño huían ahora al ver a sus Señores luchando salieron a la carga hacía ellos, tenían que luchar ya bastaba de seguir huyendo ¡ellos eran soldados no niños! Así empezaron a luchar, pocos quedaban de la gran defensa de la ciudad, sus cuerpos apilaban las calles de Eru, ¿Cuántos habrían muerto y cuantos tendrían que morir aún?, nadie lo sabía.

La dama luchaba con fuerza, su melena negra se empezaba a apelmazar por el sudor y la sangre que se vertía en ella mientras iba luchando cuerpo a cuerpo con Aika. Ya habían logrado reunir junto a ellos un buen grupo de soldados y ahora Aika gritó:

- ¡Agrupaos y empezad a retroceder lentamente, esta plaza ya esta perdida!

Los soldados empezaron a formar y a retroceder lentamente hacía el segundo nivel, sus puertas estaban a pocos metros de ellos cuando un fuerte estruendo sacudió la ciudad una de las torres que flanqueaban la gran avenida se estaba desplomando arrastrando con ella a las que tenía a los lados, una inmensa polvareda se alzó en la ciudad cegando la vista de los que allí habían. Aika cogió la mano de Sulankalië y le dijo:

- Ahora es nuestro momento. ¡soldados al Palacio huid hacía el para salvar la vida, vamos mis soldados!

Los soldados salieron detrás de Aika y Sulankalië, cruzaron el puente mientras a su espalda la densa humareda les ayudaba en su huida. Así lograron huir hasta llegar a la plaza, allí la imagen era dantesca los soldados heridos tirados en el suelo, heridos y muchos muertos. Agrupo a sus hombres y le dijo:

- Mirad debajo llevad a todos los soldados que puedan andar hasta el paso secreto y huid de aquí, lograd salvar a tantos como podáis pero no carguéis con los que puedan ser un estorbo para vuestro avance, de esos me encargare yo.

- Entendido mi señor- respondieron los soldados.

Pronto se vio una hilera de soldados que iban desapareciendo por ese largo corredor, en el suelo quedo un centenar de soldados, muchos moribundos y Aika mirando a Sulankalië le dijo:

- No te pediré que me ayudes pero no miréis por favor- le dijo rogándole

- Entendido- respondió ella.

Así Aika se fue acercando a los soldados y les fue dando muerte, una muerte rápida y más honorable de la que le pudieran dar los soldados de Lara. Pero entonces llegaron los de Lara entre gran estruendo, allí entraron por las puertas como una marea con sus arcos en mano y gritando de jubilo ante la caída de la ciudad. Las flechas volaron sobre sus cabezas, golpeaban contra las losas de mármol queriendo atravesarlas y así herir si cabe más a la ciudad. Aika sabía que ya no había nada que hacer que tenían que huir si querían salvar sus vidas, pero cuando alzó la vista vio a Sulankalië tirada en el suelo y de su pecho salían dos flechas, corrió hacía ella y aun respiraba y le dijo:

- Aguanta yo te sacaré de aquí, aguanta por favor.

Aika la levantó sobre su rodilla y salió corriendo hacía el puente con ella en brazos si llegaban a el estarían salvados.

Entonces todo pareció terminar, tres flechas se clavaron en la espalda de Aika y con ellas la sensación de que no llegarían a ver otro día. Las flechas silbaban cada vez mas cerca de ellos, veía como sus fuerzas se iban agotando a cada paso y el dolor era insoportable pero armándose de fuerza siguió corriendo hasta que llego al lado del río. Volvió a sentir otra vez la mordedura de las flechas en su cuerpo y ya no pudo más, la vista se le nublaba y las fuerzas se le escapaban a pasos agigantados. Y entonces le dijo:

- Perdona….

Este cayó al río arrastrando a Sulankalië junto a él y allí se perdieron ante el jubilo de Lara al verlos caer.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Helkelen Lara ha perdido 20 armadas x35= 700 puntos.

Recuperables: 467 puntos.

Valoraciones: 7,2+9,16+8+8,2= 8,14

Recupera: 380 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperación: 660 puntos.

Pierde: 40 puntos.

Lempë Ohtari ha perdido 24 armadas x35= 840 puntos.

Recuperables: 280 puntos.

Valoraciones: 7,6+7,6+9+7,8= 8

Recupera: 224 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 185%, por este concepto recupera 647 puntos. Total recuperacion: 871 puntos.

No pierde puntos.

Helkelen Lara percibe 450 monedas por la victoria en la batalla.

Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por abandono de la batalla.

Lempë Ohtari entrega 300 monedas a Helkelen Lara por el saqueo de la ciudad.

Compañías actualizadas y listas.