Kelusse
Fin Guerra: Helkelen Lara se retira del Combate
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 22
Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 20
Victoria para Helkelen Lara.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:10:15:07:57:02
Fin Guerra: Helkelen Lara se retira del Combate
Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 22
Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 20
Victoria para Helkelen Lara.
El estandarte del lobo negro
—La rescatamos de lo alto de la barbacana. Nadie se explica cómo ha llegado allí.
La gente había ido llegando esos días desde los caseríos de los alrededores, y con ellos noticias del ejército que se aproximaba a la ciudad. Otros, según se decía, se habían escondido en la espesura del bosque. Ella, como cervecera, con su carro que llevaba los barriles de casa en casa en la creciente ciudad, estaba al tanto de todas las habladurías.
Su hijo el mayor, Altor, el que más se parecía a su padre. Ella se había sentido tan contenta de que no hubiera sido movilizado a un lugar extraño… Vivía en el cuartel, pero a veces se pasaba a comer por casa. No quería pensar que estaba al otro lado de las murallas, entre todo aquel estruendo de metales y aquellos gritos que helaban la sangre.
Se oían exclamaciones, esta vez del lado de la muralla en que se encontraba. A su lado, alguien apuntó con el dedo a lo alto. Señalaba al lugar donde se situaba la enseña de la ciudad, el orgulloso lobo negro. Cuando se había reforzado la muralla, hacía ya veinte años, ella había visto cómo se colocó el hermoso estandarte que ondeaba como la vela de un barco. El orgullo de esta tierra, el orgullo de Helkelen, había dicho su marido, mientras siga en pie no nos rendiremos. ¡Y ahora había caído! Era imposible.
Laureon prosiguió:
—Los zapadores de Lempë habían conseguido abrir una brecha en la muralla a pesar de nuestros esfuerzos para rechazarlos. Nuestra unidad no perdía las fuerzas, y seguía intentando frenar la corriente de enemigos que pugnaban por entrar. Las tropas del interior, valerosamente, reducían a todo aquel que lograba traspasarnos, y así las piedras se veían remplazadas por soldados. Pero no fue de balde, y vi a mi lado caer varios de mis mejores hombres, hasta que mi propio brazo fue detenido—y palpó con su mano sana el brazo vendado. Alalmë y él habían salido muy malparados tras la batalla. El brazo izquierdo y la pierna derecha de Laureon habían quedado en un estado muy lamentable, y la mujer presentaba heridas similares, incluida una cicatriz peligrosamente cerca del cuello.
Arrastrándose entre lo que quedaba de las almenas, había logrado avanzar un poco más, pero el asta seguía fuera de su alcance. El pie derecho había pisado unas piedras sueltas, que se deslizaron abajo con un ruido que sólo ella pudo percibir en medio del estruendo de la batalla. Ojalá fuera más joven, había pensado. Cuando era joven podía trepar a las montañas como si fuera una cabra, pero ahora se sentía pesada.
—Todos vimos el estandarte sobre las murallas—dijo Alalmë. Tanto Altor como el oficial asintieron—. Fue como un fuego blanco.
—Ahora sabemos que no era una señal de que la brecha había sido tapada—habló entonces el oficial—. Pero fue tal coincidencia…
—No existen las coincidencias— repuso entonces Laureon, con voz firme.
Había adelantado un poco más el cuerpo sobre la fría superficie de la piedra. “Aún soy fuerte”, había pensado, “si arrastro esa carreta todos los días puedo con esto”. La madera ya estaba al alcance de su mano, y de pronto había sentido cómo su brazo recobraba la fuerza. Agarró el asta tan fuertemente que sintió que sus dedos crujían, y se le escapó un gemido al enderezar lo que quedaba del palo en la junta sin argamasa de dos piedras. La brisa había hecho ondear el estandarte, ahora un amasijo de trapo, pero ella lo vio como si fuera el más hermoso tapiz. Y ya no había tenido fuerzas para más.
—Miren, se está despertando—dijo la voz pausada—. Ha abierto los ojos.
—¿Hemos… hemos vencido?—consiguió decir.
Las figuras, borrosas, se fueron aclarando y al fin pudo ver a Altor. Tenía una fea cicatriz en la cara, pero estaba allí a su lado, sano y salvo.
—Los hemos expulsado, madre. —no le dijo más, no era momento para preocuparla.
—Eso esta bien…—una leve sonrisa se dibujó en su cara. Parecía que el dolor aflojaba la tenaza sobre sus miembros, y se apoderaba de ella una dulce calma. La tierra que ella había querido para sus hijos seguiría siendo suya.
—¿Madre? ¡Oh, no!—Altor notó que las manos de su madre ya no ejercían presión sobre las suyas, ni el pecho se movía bajo las sábanas. Un manto de silencio cubrió la habitación, y el rudo soldado cayó sollozando sobre el cuerpo de su madre.
La mano sana de Laureon se posó con compasión en el hombro de Altor. A él, como soldado de la ciudad, le tocaba ejercer de vigilancia en la muralla oeste. Ambos contemplaron el atardecer rojizo, más de lo normal, en una mueca triste hacia la sangre derramada poco antes en aquel campo fértil.
—Siempre me he preguntado cómo puede ser que ocurra todo esto—susurró Laureon; sus ojos se habían apagado, colmados de tristeza.
— ¿Los Dioses están enfadados con nuestro reino?—logró articular Altor.
—Si algo has de saber sobre los dioses, joven, es que han preferido que nosotros nos ocupemos de nosotros mismos. No has de echarles la culpa a ellos—el Maia no censuraba las creencias del pueblo originario de Helkelen.
— ¿No les importamos?
—Oh, claro que sí. Les importamos mucho. Ponte en la situación de que ellos son nuestros padres, y nosotros sus hijos. Como padres, ellos creen que nosotros ya hemos madurado y debemos abandonar el hogar, encontrar un trabajo y prosperar. Quizá eso te reconforte.
—No lo hace—dijo Altor, que sin embargo se mostraba más hablador—. Mi padrastro era un borracho y un derrochador. En cuanto a mi padre…
En otras circunstancias, Laureon hubiera soltado una carcajada. Pero la tristeza podía mascarse en el ambiente. Ambos se miraron, y los ojos del Maia volvieron a refulgir.
—Al menos tú puedes decir que tuviste padre—dijo, con una media sonrisa. Altor no entendió demasiado bien el significado de sus palabras, pero el brillo acogedor de los ojos amarillos de Laureon lo reconfortaron más que cualquier otra cosa.
— ¿Qué viste, Altor?—preguntó Laureon de pronto, volviendo a contemplar el paisaje cada vez más oscuro. Aquí y allá se fueron encendiendo antorchas previsoras.
— ¿A qué os referís?
— ¿Cuál fue tu papel en la batalla?
— ¿Queréis que os informe, señor?
—No, quiero que seas sincero y real. Quiero que me digas lo que sentiste… y no hace falta que digas “señor”.
—Sí, señor.
Esta vez Laureon no pudo contenerse, y se echó a reír. Al darse cuenta de su error, Altor sonrió levemente, recuperando algo de su buen humor—que, según se decía, era habitual en él.
—Preferiría escribirlo, Laureon—dijo Altor, retomando el hilo de la conversación—. No me expreso bien hablando, y me temo que me sentiría muy incómodo.
—Entonces escríbelo, muchacho—dijo el Maia, sonriendo de nuevo. Dio una nueva palmada de ánimo al soldado en el hombro, y se alejó.
“…Quizá sea una exageración, pero tras aquella visión todos empezamos a gritar de júbilo, enfervorizados. No entiendo muy bien por qué, pero ver el Lobo Negro hondeando de nuevo me dio tales fuegos que por poco no me decapité a mí mismo. Los enemigos habían logrado traspasar el muro exterior y había fuegos calcinando los edificios más próximos a la muralla. La puerta interior se había quebrado hacían unas horas y los soldados de Lempë nos mataban en las calles. Si he de ser sincero, yo no tenía miedo. Pero no porque yo sea un hombre valiente, que no lo soy. Sencillamente porque no tenía tiempo para sentirlo. Mi mente enviaba órdenes, no las analizaba. No consigo comprender aquel estado como en trance, pero lo cierto es que no pensaba. ¿Tan terrible es la guerra que nos diezma y nos convierte en máquinas?
“Lo que había iniciado muy mal para nosotros, dejó de serlo con el paso del tiempo. Estaba exhausto, completamente agotado, mas sin embargo seguía luchando. Creo que ni nosotros mismos sabemos cuál es nuestro límite físico. Supongo que el que imponen nuestros instintos, porque jamás en mi vida había estado tan cansado ni había resistido tanto tiempo estándolo.
“Vi morir a muchos de mis mejores amigos bajo la espada. Y yo seguía allí, solo, sin saber siquiera quién era mi enemigo, lanzando estocadas a quien se dirigiera a mí, a quien me mirara mal. ¿Por qué ellos murieron y yo viví? Supongo que el azar o la suerte. Pero Mi Señor Laureon dice que la suerte no existe…
“Fue el estandarte, aquella visión casi divina, la que nos dio la victoria. La batalla iba mal para nosotros, pues los enemigos nos cercaban y ganaban terreno y daban muerte a mis compañeros; pero tras aquel acto glorioso que luego supe fue obra de mi madre, pudimos expulsar a los hombres de Lempë de nuestra ciudad, y reconducir la batalla hacia el exterior.
“Creo que fue Laureon el responsable de que aquello acabara. En medio de la batalla, cabalgó junto con sus Caballeros, herido en muchas partes, y llamó a todos hacia dentro, clamando a voces a los hombres que lo disparaban que habría tiempo para seguir derramando sangre. Después supe que aquello había sido idea de Alalmë…”
— ¿Esto lo ha escrito un soldado sin rango?—exclamó uno de los oficiales sorprendido. Laureon sonrió con júbilo en los ojos.
—Existe más gente polifacética que no seamos Alalmë o yo—dijo simplemente. Continuó hablando tras una pausa, esta vez con acento irónico—. Es curioso que un lobo haya sido el responsable de nuestra victoria—comentó.
—El sacrificio de una mujer digna de un trono—apuntó Alalmë, con tristeza.
— ¿Sacrificio? No—Laureon mostraba un buen humor que irritaba a su querida compañera—. Haced llamar a Altor.
Al poco llegó el soldado, algo intimidado por la presencia de tantos altos cargos.
— ¿Me habéis llamado, señor?
—Así es. Quiero que te prepares para la ceremonia que se celebrará mañana en la plaza de la ciudad, en honor a la victoria, a los caídos y a tu familia. Pero pásate antes por las Casas de Curación.
— ¿Señor?
Esta vez eran todos quienes se mostraban sorprendidos. Pero Laureon se limitó a reír.
— ¡Muchacho! Pocas veces me siento tan bien tras una batalla. ¿Es que no piensas ir a ver a tu madre, responsable de nuestra victoria, recién despertada?
Los ojos de Altor se desorbitaron.
— ¿Cómo…?
—Tonto. Tu madre vive.
La marcha por las anchurosas tierras del norte había sido larga, más aun de lo que cabía imaginar; los fríos hielos, las húmedas costas, los vastos valles, todos se oponían fieramente a la misión que habría de dar gloria a todo el reino de Lempë Ohtari; así, ay, la esquiva victoria busca a aquellos que no la merecen y con ellos permanece riendo y mofándose de aquellos que creyeron ser merecedores de la fama que ella otorga.
Tras haber dejado atrás las costas del vinoso mar, la compañía se encaminó por los lindes del mágico bosque del Manto Susurrante, que había de guiar a la tropa hacia la orgullosa ciudad de Mirianost. En el camino, la compañía se detuvo muchas veces y acampó al recaudo de las sombras de los altos árboles; para abastecer las hogueras fueron destruidos múltiples árboles y sus calcinadas ramas que se elevaron por los cielos dieron señales de la marcha a los habitantes de la ciudad soberbia.
Cuando los espías informaron que la ciudad estaba apenas a unas millas de distancia, la compañía se detuvo y empezó con las preparaciones. Aquella posición había sido decidida de antemano mediante la observación detenida de los mapas de la zona: se encontraban lo suficientemente lejos de la ciudad como para poder prevenir cualquier ataque, con un abastecimiento de madera lo suficientemente abundante como para construir diversas maquinarias de asedio, como arietes y catapultas que podrían ser movilizadas sin demasiado esfuerzo dada la escasa distancia. El bosque presentaba el único inconveniente, pues los lugareños lo conocían a la perfección y podían utilizarlo a su favor, pero esa ventaja fue neutralizada con sendos cercos ardientes que no dejaban de quemar a los vivientes árboles y enfurecían con su calor a la Vala Yavanna, que lamentaba la destrucción de sus criaturas por encima de todo lo demás.
Arandir, que había recibido los informes de los espías, corría por el campamento en la noche, corría de tienda en tienda, diciendo a los señores que en ellas se aposentaban:
- ¡Consejo de Guerra! ¡Consejo de Guerra! – exclamaba sin alzar demasiado la voz mientras aproximada la cabeza dentro de las grises tiendas.
No mucho más tarde estaban reunidos los señores que comandaban la compañía en la tienda de Aratan, quien habría de dirigirlos hacia la victoria. El motivo de la reunión fue expuesta inmediatamente: el asedio de Mirianost empezaría al amanecer. La ciudad sería sorprendida en sus últimas horas de sueño y tomada por cualquier medio. Se aprovecharía el ataque sorpresa para debilitar sus defensas sin tener que entrar en lucha directa con las tropas que seguramente estarían durmiendo. Los espías enemigos de seguro no habrían visto señales de movimiento durante el día y los señores de la ciudad debían presumir que el ataque se dilataría aun más. No, no era el caso.
Retiráronse los señores guerreros a realizar sus propios preparativos y supervisar los de aquellos que tenían bajo su comando. En esos momentos, Aratan, hijo de Arahad, de aspecto semejante a un Maiar, avivó la llama que iluminaba su tienda y dispuso un papel, una pluma y un tintero, que sacó de una caja de madera labrada con incrustaciones de plata. Rasgando el amarillento pergamino con la pluma, sacándole la esencia con la negra tinta, escribió a la sazón:
Apreciadísimo Darlak Lórindol,
Senescal de Mellon Vilya, Caballero de Lempë Ohtari y Portador de Envinyanta
Esperando que los asuntos del reino marchen bien por esos lares, os escribo para referiros las más recientes nuevas acerca de la empresa que aquí nos mantiene a mis compañeros y a mí. El asedio de la soberbia ciudad de Mirianost dará inicio mañana, al despuntar el alba, pues los preparativos así nos lo permiten y la gracia de los Valar nos ha bendecido con buen tiempo. Los muros exteriores han de caer antes que el sol brille en todo lo alto del cielo, pero dudo que hacer caer la ciudad sea tarea natural de un solo día.
Personalmente no soy tan optimista como el resto de señores guerreros, pues una ciudad con tantos días preparando su resistencia habría de dar brava lucha antes de dejar ceder sus muros a pesar del sorpresivo ataque a que serán sometidos. Sin embargo, solo los Valar, grandes en poder, podrían predecir lo que habrá de pasar mañana y en todos los tiempos. Intentaré manteneros informado acerca de los progresos de la compañía si es que las fuerzas y el hado me lo permitiesen.
Espero que el futuro depare buena fortuna para vos y vuestra compañía, así como a todos los habitantes del glorioso reino de Lempë Ohtari, que a razón de nuestro coraje subsistirá para siempre y su nombre será asociado a grandeza en todas las tierras de Arador.
Vuestro Amigo en las armas y la victoria,
Aratan, hijo de Arahad
Una vez terminada la somera carta, esta fue oleada y envuelta en roja cinta. En breve una veloz águila volaba rumbo a Lempë Ohtari para entregar la carta al Senescal de Mellon Vilya que al leerla no sabría del ya forjado destino de sus compañeros, hermanos en armas.
Así, durante la noche se prepararon las tropas para entrar en batalla, pero sin prender fuegos de guerra ni armar batahola. A la misma vez, Aratan revolvía su ánimo bajo el rojo techo de su tienda buscando terminar de resolver las cuestiones que le indisponían antes de la batalla. Aquella armadura que su padre le legara antes de su partida hacia el norte, la negra armadura de galvorn forjada por elfos cuyo poder sobrepasaba al de tantos otros que pisaran las fructíferas tierras del este, ensombrecía sus pensamientos. Su padre, conforme se despidió e invocó a la gracia de los Valar a acompañarle, díjole:
- Hijo mío, viste esta armadura cuando cargues a la batalla y serás invencible. Por favor, úsala, pues es mi deseo que vuelvas con el cuerpo salvo y recubierto de gloria y tesoros. ¡Ve, ve a triunfar!
No obstante, el orgulloso dunadan no quería obedecer los deseos de su padre. La gloria que ganase no deseaba debérsela a aquel negro metal sino a su propia destreza, a su personal gallardía. De esa manera las tribulaciones turbaban su mente hasta que una resolución se apoderó de su espíritu y el asunto quedó zanjado, tal vez muy al pesar de aquellos que habrían de acompañarlo en aquella desventurosa empresa: la armadura no habría de ser llevada a la batalla y la victoria sería conquistado por su poder.
De esa sazón continuó la noche convulsa, pero silenciosa, mas cuando los rosáceos dedos del amanecer aun se escondían, no por mucho tiempo más, a los ojos de los hombres, la gloriosa compañía se puso en marcha, tras haber hecho preparativos toda la noche y haber reposado los cuerpos muy pocas horas. Sin lugar a dudas la siguiente habría de ser una larga jornada, larga entre muchas otras, y serían muchos los que no verían un nuevo despertar del alba que les alegrase el espíritu.
Despertaron los ciudadanos de Mirianost con grandes maderos llameantes impactando contra las estructuras de la ciudad y sus muros. Los vigías de la ciudad no había alertado del acercamiento de tropas enemigas, que se habían acercado suficiente, muy juntos al bosque, ocultos por su magia y por las luces confusas del alba. Ya las tropas se ordenaban, se formaban, las catapultas enviaban inclementes misiles flamígeros rumbo a la ciudad y los arietes se alistaban a derribar las puertas y tomar las estructuras interiores. Tarea difícil aquella que le esperaba a la compañía si es que habían contemplado la idea de una fácil victoria sin demasiada batalla; aquella ciudad no caería sin defender su soberbia con fiereza.
Horas se prolongó el asedio y tanto igual se acrecentaron las pérdidas de ambos lados a causa de los diestros arqueros. Empero la gracia de los altos y la precisión de los proyectiles llameantes de las catapultas hicieron colapsar uno de los altos y sólidos muros, proporcionando un medio de ingreso dentro de la ciudad. Los guardas de ésta lucharon fieramente defendiendo la brecha en la muralla asesinando a todo aquél que intentase entrar, pero la marea de soldados era tan grande que terminaron penetrando.
- ¡El estandarte de la ciudad ha caído! ¡Pronto, tomemos la ciudad! –Ordenó Aratan mientras montaba del caballo que le llevaría y se aproximaba junto con nutrido grupo hacia el agujero del muro con la intención de tomar la ciudad- ¡Que los arqueros sigan atacando y las catapultas carguen hacia las estructuras mientras quede qué arrojar!
Así, poco después, cayeron las puertas entraron a la ciudad los ejércitos de Lempë Ohtari y las calles se tiñeron de la sangre de ambos bandos; los ciudadanos se oponían a los invasores y eran pasados por las espadas y los soldados defensores hacían lo propio y eran sometidos a la misma suerte no sin antes infligir graves daños. La batalla se prolongó horas más, sin embargo algún extraño suceso cambió el ánimo de los defensores, les llenó de bríos y les dio esperanza. El blasón ondeaba tocando el cielo una vez más y los espíritus se enardecieron al ver aquel lobo repuesto en su lugar. Un grupo se reorganizaba y cargaba contra los invasores que asolaban sus calles y les repelieron con éxito alejándolos.
Aratan y Arandir junto a un reducido grupo de gallardos caballeros luchaban contra gran número de soldados cuando aquél grupo de briosos combatientes con el corazón enardecido llegaron hasta allí. Una saeta calló en el lomo de temible corcel, precipitándolo sobre la pierna de su jinete, el valiente Aratan. El grupo de desbandó. Cinco guerreros rodearon al dunadan, que se defendió a diestra y siniestra dando golpes de mandoble e intentando mantenerse en pie a pesar de que llevaba una pierna quebrada. Dos estocadas se precipitaron hacia el pecho y fueron desviadas con sendos golpes de espada, pero en ese momento una brillante daga entró por sus espaldas, atravesándolo, y una vez que hubo salido, repitió la terrible operación. Cayó al piso, Arandia llegó en ese momento y ahuyentó a los cobardes que habían apuñalado a su comandante.
- Señor, señor –clamó, sin ver las sangrantes heridas que eran ocultadas por las negras ropas y la armadura - ¿qué os ha pasado? Debemos salir de aquí a la brevedad.
- Moveos, moveos rápido –fue la respuesta casi exánime de Aratan- no debemos rendirnos, la ciudad debe caer.
Ante la mirada asombrada de su querido amigo y hermano guerrero, quedó afligido, pero Aratan le increpó:
- ¡Apresúrate, iluso! ¡La ciudad debe ser tomada!
Arandir y varios hombres se dispersaron y se dedicaron a luchar y mantener el terreno duramente ganado dentro de la ciudad, mientras el comandante se levantaba con dificultad para después moverse por las calles arrastrando la dañada pierna mientras veía los ríos de sangre que las inundaban y el fuego que lo consumía todo. Todo era borroso, la sangre fluía espumosa de las heridas de los habitantes de Mirianost y también de aquellos que habían osado intentar robarle su orgullo. De pronto, la pérdida de sangre producida por las múltiples heridas que Aratan tenía por todo el cuerpo hizo que finalmente cayera al suelo. Mientras se perdía en un estado de negra inconsciencia, su mente fue consciente de que aquella batalla la había perdido algo que hizo herir su orgullo guerrero.
Por otra parte, Arandir veía como la invasión era repelida. Las esperanzadas defensas de la ciudad mataron a muchos y finalmente ordenó la retirada justo en el momento en que recibía una lluvia de flechas que lo hicieron caer.
La batalla fue abandonada finalmente por los ohtari sin haber cumplido su objetivo: apoderarse de la ciudad. Todos los cuerpos heridos de los bravos fueron arrastrados lejos mientras la retirada era cubierta por quienes aun se mantenían en pie. El dolor de la derrota y de las múltiples pérdidas hizo terriblemente doloroso su regreso al campamento. Además entre los heridos llevaban a Aratan y a Arandir, su estado era muy grave y se temía por sus vidas. Si ambos morían podría ser el fin de aquella compañía.
La ciudad se había negado a caer y los Valar se negaban a su vez a darle la tan merecida gloria a los valientes que se atrevieron a buscarla.
Helkelen Lara ha perdido 20 armadas x35= 700 puntos.
Recuperables: 462 puntos.
Valoraciones: 7,6+9+5+6.8+7.6= 7.2
Recupera: 332 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperación: 612 puntos.
Pierde: 88 puntos.
Lempë Ohtari ha perdido 22 armadas x35= 770 puntos.
Recuperables: 254 puntos.
Valoraciones: 7,6+8+8+5.6+7.7= 7.4
Recupera: 188 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 175%, por este concepto recupera 612 puntos. Total recuperacion: 800 puntos.
No pierde puntos.
Helkelen Lara percibe 450 monedas por la victoria en la batalla.
Helkelen Lara entrega 100 monedas a Lempë Ohtari por abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.