La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Vida. Eirë Esteldor. Nowë.

2006:10:09:18:03:02

Nowë

El sendero de la demencia

Hace meses que camino por un extraño sendero, ajeno a cuanto me rodea. En ocasiones, recupero la lucidez y con satisfacción veo caras conocidas, recuerdo olores que creía olvidados y escucho voces familiares. Pero es sólo un espejismo. Mi mente hace ya tiempo que vaga muy lejos de mi cuerpo, evocando el pasado más lejano y el futuro más próximo, mezclados en una incomprensible dualidad que me confunde, que mantiene a mi mente presa tras los gruesos barrotes de la mazmorra inexpugnable que es la demencia.

Ya no sé discernir la realidad y la razón de la locura y la ilusión. Ni tan siquiera el tiempo existe para mi. Los vientos del invierno han azotado mi curtido rostro sin que apenas haya notado el frío agrietar mis labios. Las lluvias de la primavera han empapado mis ropas y congelado mis huesos e incluso los cálidos rayos del sol estival han bronceado mis entumecidos músculos y yo he sido incapaz de distinguir unos días de otros.

Sin embargo, es en esos breves momentos de lucidez, cuando más se agita mi corazón y con más fuerza late, cuando despierto de la pesadilla en que me hallo sumido me pregunto lo mismo. ¿Cuándo caí en este estado? ¿Cuánto tiempo he andado errante y perdido?

Para mi desesperación, no logro contestarme y sólo la paciente conversación de Kelusse arroja algo de luz al misterio en que vivo.

Luego, con la misma rapidez que me despierto caigo de nuevo en la enajenación y las palabras de mi buen amigo se confunden entre mis recuerdos, perdiéndose en un mar de incoherencia.

Así transcurren mis días desde que, como luego supe, cayera gravemente herido en la defensa de la brava ciudad de Halatiryon, repeliendo el ataque de las huestes de Liantari Dimbar, acérrimo enemigo de mi clan, el país de Eirë Esteldor.

Mis heridas, heredad de tal batalla, aunque graves, sanaron pronto. Para consternación de cuanto galeno acudía en mi ayuda, mi mente, cerrada por un embrujo que no conseguían romper, erraba perdida en las profundas simas de la locura que he descrito con anterioridad, mostrándose todo su saber inútil frente a mi extraordinaria situación.

No fue hasta mucho tiempo después cuando Nyrath, venerado y sabio sanador de Esteldor, describió ante Kelusse, el aguerrido capitán esteldili, la que, a la postre, sería la verdadera gnosis de mi dolencia.

- Nowë – dijo entonces el gran físico - pertenece a una Casa de Alto Linaje que no se rige por las mismas reglas que el resto. Curará por si solo. Cuando él decida curarse lo hará, mientras no esté convencido de que su presencia nos es necesaria, se mantendrá postrado. Su enfermedad está en su interior, las heridas exteriores no son preocupantes.

Y esa enfermedad interior a la que achacaba Nyrath toda culpa tenía su origen en acontecimientos anteriores a la caída de Halatiryon. Anteriores sí, pero excepcionalmente similares y que ya me causaron esa extraña demencia.

Hablo, aunque presa del dolor, de la caída de Gondolin. La tragedia de la ciudad escondida de Beleriand supuso un terrible trauma para mi, manteniéndome largos años errabundo, vagando por las inexploradas tierras de Endor, incapaz de superar ese hecho.

En aquella ocasión, el excepcional poder de Iaurandir me libró del padecimiento que sufría aunque el dolor de mi corazón nunca remitió totalmente, germinando sin yo saberlo a la espera de brotar de nuevo.

Empero, ahora, el saqueo de Halatiryon y el derrumbe de las poderosas murallas de la ciudad, gloria de sus habitantes, fue una losa demasiado pesada para mi aquejado corazón que, una vez más, se veía obligado a contemplar la destrucción de la belleza que había contribuido a crear. Así pues, enfermé de nuevo, abrazando la locura. Y esta vez no hallé un gentil maia que me devolviera la cordura. Yo, y solamente yo, debía superar mis miedos y mis temores.

No ha sido quehacer fácil. Los recuerdos que se agolpaban en mi memoria se confundían con los recientes acontecimientos que he vivido, confundiendo aún más mi mente.

Puedo decir, no obstante, que he luchado. He luchado la más dura y terrible de todas las batallas pues ha sido contra mi mismo y mi aprensión. He tenido que dejar atrás los recuerdos que me encadenaban al dolor volviendo mi vista hacia delante, ignorante de cuanto aún he de vivir y padecer. Y he tenido miedo. Miedo a volver a vivir una experiencia similar. Miedo a abandonar el irónico remanso de paz donde me he escondido y de afrontar la crueldad de la batalla que me aguardaba al otro lado de mi cárcel de papel.

No he asido espada cualquiera ni he cabalgado en rocín contra rival alguno. Mi único enemigo he sido yo mismo y, por desgracia, no podía vencerme con la sola fuerza de mis brazos ni la pericia del guerrero que se sabe poderoso.

Pese a todo, he logrado salir victorioso de, ésta, mi particular batalla. Y ahora, habiendo llegado al final del túnel, puedo decir sin miedo que he vencido.

La guerra continua en Árador. De hecho, se ha recrudecido en los últimos meses. La república libre de Esteldor se encuentra en serio peligro, acosada por cuantiosos enemigos, implacables en su afán de destruirla. La situación es pues desesperada. Aún así, en la desesperación, amparada en la heroicidad de algunos de sus capitanes y gobernantes, resiste al fuerte envite de sus enemigos.

Sin embargo, no podrá oponer resistencia siempre. Los jóvenes mueren y las mujeres lloran a sus hijos y maridos muertos en el oprobio de la guerra. No quedan brazos que aren los pocos campos que no han sido asolados ni robustos mozos que repoblen los bosques talados o quemados. Únicamente la resolución de sus gentes, decididas a defender su libertad y unidas en contra de los invasores, pospone ese día fatuo.

Con todo, los bravos soldados esteldili se baten con denodado valor resueltos a inscribir sus nombres con letras de oro en las crónicas que narran los hechos de los más valientes guerreros de Arda.

Y a fe que lo están consiguiendo. El arrojo de Kelusse, sembrando el desconcierto y el temor a su paso por las tierras del enemigo ó el extraordinario celo de Jade, manteniendo el orden en Esteldor pese al caos que produce la guerra, la taimada inteligencia de Báldor, negociando secretamente, obteniendo los imprescindibles recursos más allá de lo posible y, por supuesto, los esfuerzos de Húrin y Calenglin socorriendo las ciudades asediadas con sus disminuidas huestes, enfrentando sus agotadas compañías a ejércitos más numerosos no son más que muestras del valor de un pueblo indomable.

Todas estas heroicas acciones tendrán su recompensa y no habrán sido en balde. Esteldor prevalecera.

Es pues hora de que vuelva con los míos. Hora de que enarbole de nuevo el pendón de la casa de Nowë. Hora de luchar por los altos ideales que la nación de Esteldor simboliza. Hora de cabalgar junto a mis compañeros a la gloria de la batalla. Hora de luchar codo con codo contra el enemigo. Es la hora aciaga que tanto hemos temido y es la hora de morir por Esteldor. Y si he de caer, lo haré habiendo empuñado con orgullo los amadaos lábaros de los nainiri.

[Editado por jarvis el 09-10-2006 02:51]

Kelusse

Este personaje recupera un 35% de vida.