Bohr Daedth
El Despertar…
Esta es una de las tantas historias que acontecieron en Eä después de la llegada de los Primeros Nacidos, pero se perdió y quedó olvidada por muchos años debido a que los únicos testigos de esos terribles actos que a continuación se narrarán, se vieron imposibilitados de llevar a la luz su propia congoja. Sin embargo esta historia llega ahora a nuestras manos porque fue escrita por Gwindor de Nargothrond, a su regreso, para entregársela a Finduilas como un homenaje a los involucrados, y para demostrarle que su amor por ella era análogo; pero al parecer Gwindor jamás se la entregó pues descubrió antes que el corazón de Finduilas se había apartado de él. El escrito fue rescatado de las ruinas de Nargothrond, no se sabe bien por quién, ni en qué momento, pero dice así:
“Abrir los ojos, despertar de un sueño oscuro y lejano que nadie recuerda, ver hermosos y vastos destellos de plata salpicados en la inmensidad del cielo azul, oír el murmullo del agua caer sobre las rocas, suspirar y tomar conciencia de la vida, del latir de un corazón, recibir la música compasada de las hojas de los árboles en movimiento, observar alrededor y ver que hay cientos de criaturas tan hermosas y sorprendidas como yo, escuchar el sonido templado de una voz tras otra que poco a poco se convirtió en un bello canto… nombramos las cosas y agradecimos al ser superior que debió habernos dado vida, el regalo más preciado.
Pero entre todas las criaturas hubo una que despertó a mi lado, y fue lo más hermoso que mis ojos jamás vieron, desde que la contemplé embriagada mirando las estrellas, la amé. Yo la nombré Míring porque era la joya que más valoraba, y ella correspondió llamándome Fiörn, por la suave danza de mis cabellos…”
Así fue como empezó a contarme la más triste historia que he oído, aquel viejo amigo de mi padre, que compartiera con él sus andanzas en el divino estanque de Cuiviénen, y que por mucho tiempo lo creyeron extraviado. Mientras lo escuchaba, revoloteaban en mi mente esos sublimes pensamientos que me hacían sentir vivo, pero cuando lo observaba, sólo en sus ojos podía verse un mínimo reflejo de sus alentadoras palabras, pues ahora todo su semblante y cuerpo manifestaban una dolorosa e insoportable realidad, verlo te inspiraba una profunda compasión y pena… lo que tal vez ahora yo mismo provoco entre la gente que una vez me amó con sinceridad… Pero ahora no me adentraré en ese… lamentable tema, primero quiero que conozcas la historia de esperanza que lo mantenía en pie, a pesar de su miseria.
Corrían y jugueteaban juntos por las orillas del estanque, los dos eran alegres y sus frescas risas contagiaban al resto de los Quendi, por ello los tenían en gran afecto, no se veía una pareja más feliz y compenetrada que ellos en aquel tiempo; eso era lo que mi padre más recordaba. Míring se sentaba en una roca cercana al estanque y entonaba dulces melodías, mientras Fiörn se aposentaba al lado de sus pies para admirarla y escuchar su nuevo canto. Cuando se aventuraban a tierras cercanas, Míring convivía con otras criaturas vivientes que aprendió a amar y respetar, ella les dio nombre a muchas de estas criaturas, y Fiörn se sentía complacido.
En varias ocasiones los Quendi ya habían escuchado rumores de ciertas sombras que merodeaban su hogar trasportando el miedo consigo, Fiörn y Míring no habían hecho caso porque ellos no habían visto nada y confiaban que tal vez sería alguna de las criaturas que ellos conocían. Así ocurrió que un día fueron a visitarlas, alejándose de Cuiviénen, pero esta vez acompañados de Esthriern, un gran amigo de ambos que era muy osado y valiente, decía que él se enfrentaría a las sombras y les demostraría que sí eran seres maléficos venidos por envidia para interrumpir la tranquilidad de los Quendi, pero que no estaba dispuesto a permitírselos por más tiempo, él había creado un látigo para dominar algunas bestias salvajes, y aunque su pensamiento no estaba del todo errado, no tenía una remota idea de la maldad y poder de estos seres. Así fue como los tres amigos se encontraron de pronto fuera de la protección de todo su pueblo. Míring y Fiörn estaban extrañados de no ver ninguna criatura por los derredores, y Esthriern se alejó un tanto porque alcanzó a ver, a una gran distancia, con el poder de sus ojos de atravesar la oscuridad, una enorme figura negra montada en un caballo que se aproximaba a gran velocidad. Por primera vez los 3 sintieron una nueva sensación, la sangre se les aceleró y descubrieron entonces cómo era sentir temor, Míring fue la primera en reaccionar y le gritó a Esthriern que regresara, pero Esthriern no se amedrentó, preparó su látigo y corrió hacia la figura tenebrosa. Fiörn avanzó unos pasos y le gritó nuevamente que regresara, que juntos lo enfrentarían, pero la sombra cada vez estaba más próxima y el terror que provocaba se acrecentaba más. Fiörn no era cobarde y en verdad hubiera dado su vida por Esthriern, pero Míring era lo que más le importaba, tenía que sacarla de ahí y una vez que la creyera a salvo regresaría para ayudar a su amigo. Volvió al lado de Míring, ella no quería irse y gritaba que le ayudaran, entonces Fiörn la alzó y se la llevó contra su voluntad a Cuiviénen. A la distancia, Míring sólo vio entre lágrimas una sombra informe que consumió la ahora pequeña figura del elfo, la cual nunca volvió a ver.
Fiörn regresó al lugar con muchos de los Quendi más valientes, entre ellos mi propio padre, y mucho tiempo les llevó la inútil búsqueda, ni siquiera huellas quedaron de lo sucedido, como si las zancas del caballo hubieran sido en el aire o por algún sortilegio todo hubiera sido borrado. Míring ya no volvió a cantar y se alejó de Fiörn, guardando resentimientos. Fiörn la seguía amando y la buscaba en todo momento, muchas veces trató de hacerla hablar, pero Míring no se doblegó. Así pasó tiempo, y los Quendi ya no se apartaban porque vivían atemorizados de la sombra que ellos denominaron “El Cazador”.
El día que Oromë los localizó, fue el mismo en el que muchos Quendi se perdieron, huyendo de los galopes de Nahar, pues lo confundieron con la terrible sombra que cabalgaba, entre ellos, fue Míring la primera que escapó, y Fiörn al verla tan aterrorizada corrió tras ella, de otro modo él hubiera permanecido en Cuiviénen para afrontar lo que fuera junto a mi padre y muchos valerosos Quendi, de haberlo hecho no hubiera corrido con tan espantosa suerte, aunque hubiera sido infeliz y desdichado por la pérdida de Míring. Así erraron juntos por tierras extrañas, siempre huyendo, hasta que fueron tomados por esa misma sombra de la que huían, y fueron llevados a unas terribles, putrefactas y pestilentes mazmorras, ahí se encontraron a muchos de los suyos, muchos de los que creían que habían desaparecido tiempo atrás, y otros que también habían huido al mismo tiempo que ellos. Todos estaban encarcelados y el frío de esas profundidades les quemaban los huesos, por los túneles inmensos y oscuros sólo provenía una espantosa carcajada que helaba los corazones, pasaron días y días, y los más débiles empezaron a desfallecer hasta dejarse morir, los demás tuvieron que luchar por su vida, y se vieron en la horrenda necesidad de alimentarse de sus muertos, algunos como Fiörn se resistieron, pero Míring sí probó, ignorando los consejos de Fiörn, tal vez porque su espíritu resentido ya no le daba fuerzas para pensar, sólo quería vivir y vengarse. Pero cayó en el poder de Morgoth y los terribles actos que hizo con ellos, torturó sus mentes y corrompió los corazones que desecharon todo sentimiento puro, muchos de ellos, entre los que se cuenta a Míring, fueron perdiendo su belleza física, y empezaron a reflejar los pensamientos que sembró Morgoth en ellos, crueles y terribles eran, y así se convirtieron, en una nueva raza miserable capaz de odiar todo, incluyendo a su propio amo y Señor, el único capaz de doblegar sus iras mediante castigos tormentosos. Ésta es sin duda la más vil de sus acciones, pues aún me duele creer que detrás de los pestilentes orcos, haya habido alguna vez un rostro élfico…
Pero aquellos que no comieron de la carne de sus propios hermanos, fueron también torturados, aunque en menor escala, pues Morgoth veía en ellos una enorme resistencia y un tanto de sabiduría y benevolencia, que preferían dejarse morir antes que mancillar a los caídos, y Morgoth no quería sus muertes, era un regalo demasiado bueno, por ello sólo los martirizó y convirtió en esclavos, siempre inmersos en una terrible oscuridad y agonía. De vez en cuando mandaba una hueste de orcos a despedazar y devorarse a uno de ellos, obligándolos a observar y escuchar los lastimeros gritos de la víctima, esto, según les decía, era para recordarles que no aceptaría rebeldías o que empequeñecieran en su trabajo… pero nadie se atrevería a rebelarse, todos sabían que sólo lo hacía para demostrarles su odio y mofarse de su desdicha.
No puedo describirte lo que yo sufrí en ese maldecido lugar, porque no hay palabra tan terrible que pueda definirlo… unas veces el frío helado mientras duermes y otras tantas más el trabajo arduo en el extremo calor del fuego que quema y arde en la piel. Los días de trabajo eran más largos, pero ahora doy cuenta de que pocos fueron los días que nos permitió dormitar, aunque los sueños eran tan escalofriantes ahí, que no sabía si era preferible dormir o estar despierto. Ambos eran la peor tortura…
Fiörn aún está ahí, yo puedo jurar que lo que yo vi, no es en nada ni el retrato de la beatitud elfa que mi padre describía, está tan diferente. Si crees que yo no soy ni la cuarta parte de lo que fui antaño, uhm, deberías verlo a él… encorvado, viejo, demacrado, sus facciones olvidaron la belleza, su piel áspera y granulienta, y sus manos agrietadas y encallosas, ya sólo quedan escasas hebras de cabello enmohecido y mugriento… Por qué tuve que verlo así!! Hubiera preferido recordarlo como mi mente lo imaginaba… Lo más triste, mi hermosa y amada Faelivrin, es que no sé hasta cuándo seguirá padeciendo ahí, tal vez termine en convertirse en orco, como él ahora –en su escaso juicio, pensé yo- anhela. Porque tuvo la oportunidad de escaparse conmigo, pero se negó por amor a Míring… ella, ha procreado muchos vástagos de su nueva especie, eso me repugna… pero él… él la sigue amando como aquella vez que despertaron juntos en las aguas de Cuiviénen… y no le importa cómo luce ahora, porque la ve con los ojos de su amor…
¿Podrás tú, mi añorada Faelivrin seguir viendo en este tu siervo el amor que habías extraviado? Porque yo, ahora que vuelvo a ver tu luz, he comprendido el sacrificio de Fiörn, y te aseguro, oh Faelivrin, que haría lo mismo por ti.
Así concluye esta carta, y del final de Fiörn ya nada se sabe, pero es probable que haya sido muerto, pues para convertirse en orco tendría que haber abandonado el amor y la nobleza de su corazón… Por este escrito fue que el mundo se enteró de cómo Morgoth se hizo de la raza de los orcos, pues como ya se suponía, y lo mencionaron los grandes sabios, Morgoth, no tenía el poder para crear y dar vida.
Autor: Indis Elbereth (Minnie)
