La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Vida. Eirë Esteldor. Nowë.

2006:10:15:08:34:40

Nowë

Cuestión de costumbres

Cae la noche en el campamento esteldili. La segunda compañía, a las órdenes de Kelusse, vela armas por sus compañeros caídos en la cruenta batalla librada en los muros de Sornosurnë, la gran ciudad de los Yarëar Rámar.

Entre los heridos, aún sin haber participado activamente en la batalla, se encuentra Nowë, nainir mitya y amigo personal del gran duin.

Durante varios meses, el viejo ñoldo, aquejado de misteriosos males, anduvo perdido, incapaz de asumir sus responsabilidades para con su clan. Kelusse, convencido que antes o después sanaría, convenció a La Asamblea de Esteldor para llevarlo consigo en sus aventuras más allá de la frontera del país.

Sin embargo, tal y como predijo Nyrath, el afamado galeno edain de Caras Aelin, la enfermedad del elfo Nowë era de difícil cura y sólo su voluntad pudo vencer su dolencia.

Mientras los días pasaban, el elfo, atendido infatigablemente por Kelusse, recobraba la cordura y poco a poco su salud mejoraba. Quizá, como el duin atta aseguraría más tarde, la lejanía de su hogar palió los efectos de su dolor y pudo así sanar.

En cualquier caso, pocos días antes del asalto final a Sornosurnë, Nowë salía de su letargo. Empero, aún no estaba en condiciones de empuñar arma alguna y siguiendo los consejos de Nyrath se mantuvo en la retaguardia, sin entrar en combate.

La batalla, librada en varios frentes, fue dura y sin cuartel. Viejas rencillas entre ambos bandos hicieron del asalto un combate a vida o muerte. Incluso Alsenot, señor de hombres de Fanyarëa, sabedor de la presencia del malherido Nowë en los ejércitos esteldili que asediaban Sornosurnë, al divisar un hombre alto, gran comandante de huestes, creyó enfrentarse a él en singular duelo y con denodado furor trató de derribarlo, ansioso de llevarse la gloria. Ahora bien, la fortuna la fue esquiva pues aquel gran guerrero no era Nowë, sino Nyrath y no fue capaz de abatirlo.

Fue pues una digna batalla. Las fuerzas esteldili, menores en número, atosigaron con denuedo a las fuerzas defensoras fanyarëanas hasta que éstas se replegaron dentro de los muros de la ciudad.

Dejaban tras de si muchos compañeros muertos y otros tantos heridos a merced de los guerreros de Kelusse. Quizá en una ocasión menos trágica se hubiese respetado la vida de los valientes soldados de los Yareär Rámar mas las circunstancias no permitían cargar con tan amplio retén de prisioneros y muy a su pesar, y contra la opinión de Nyrath, Kelusse hubo de tomar la dura decisión de ordenar la ejecución de los malheridos fanyaréanos.

Una nueva muesca para el corazón del duin, una más en una vida plagada de decisiones como esa. Kelusse sabía que de haberse retirado ellos del campo, el mismo destino hubieran seguido sus caídos. Aún así, nunca es fácil dar una orden como esa y ese no era más que el consuelo de un necio.

Mientras, Nyrath se afanaba en atender a los heridos esteldili. El galeno, encargado también en dar sepultura a los caídos en la batalla, dio instrucciones explícitas de incinerar los cuerpos de los guerreros muertos, temiendo la rápida expansión de las enfermedades mortales a las que tan expuestos se hallaban los edain, en un paraje como aquel con tan húmedo clima.

Esta era una costumbre muy extendida entre los habitantes de las provincias centrales de Esteldor, con pocos espacios abiertos y grandes densidades de población. Por el contrario, los guerreros de las vastas regiones de Altalára al norte y Lamanlára al sur, nacidos en las grandes praderas, tienen por usanza sepultar a sus muertos con gran boato junto a sus posesiones.

Airados por la decisión del nainir, acataron de mala gana las instrucciones de Nyrath, oriundo de la populosa Pelerindo y, por tanto, ajeno a las tradiciones de los aguerridos soldados de las comarcas más lejanas. Los jinetes de Lamanlára, los más numerosos, se doblegaron a duras penas, muy ofendidos en sus credos.

- La guerra – dijo el galeno a Gamelin, el longevo comandante lamanlita, al enterarse de esta circunstancia -, trastoca toda costumbre y herencia, alterándolas según la necesidad del momento. No puedo hacer más.

El juicioso capitán de jinetes reunió entonces a sus agraviadas huestes y con sutiles palabras les tradujo las impresiones del atareado Nyrath.

- Es inadmisible – zanjó un veterano jinete cuando terminó el anciano comandante.

- ¡Sí! Pelod tiene razón – corearon algunos jóvenes alborotadores entrechocando sus lanzas contra sus bruñidos escudos con el emblema del caballo lamanlita.

- Calma – trató de tranquilizarles alzando las manos.

- ¿Calma? – aulló irónico Pelod -, ¿calma, dices? ¿Crees acaso que Yimir, Bali o Tyr encontraran calma alguna en la eternidad que les aguarda tras haber sido incinerados como salvajes? Sus almas vagaran eternamente sin descanso.

Una vez más, un murmullo de aprobación surgió entre los jinetes lamanlitas, aún entre los más veteranos. El gruñón Pelod tenía razón y pronto se le unirían otras voces más influyentes que él si Gamelin no lograba convencerles, cosa que no parecía muy probable.

- ¡Lamanlitas! – bramó entonces el viejo soldado -, ¿acaso creéis que mi alma no está apenada por el funesto destino de nuestros hermanos? Mi corazón – prosiguió -, llora en silencio la pérdida de tantos y tan esforzados guerreros de nuestro pueblo y yo… yo me pregunto: ¿a qué se debe tan fatal pérdida?

- ¡Nyrath! – chilló una voz – Ese aelita no respeta nuestras tradiciones.

- ¡Los pelerindianos! – dijo otro con resentimiento – Siempre nos han hecho de menos.

- ¡No! – aulló Gamelin con autoridad, silenciando a los jaraneros – Sólo hay un culpable y ese culpable no se halla entre nosotros.

Entonces, el ladino comandante alzó una enseña de los rámar, capturada en la batalla de Sorosurnë, y con gran furia dijo:

- ¡Éste, y sólo éste es el culpable de la desdicha de nuestros hermanos! Jinetes de Lamanlië - tronó estentóreo -, si habéis de cobraros la ofensa hacedlo con vuestro ofensor.

Y diciendo esto, clavó la enseña al suelo con gran furia y escupiendo sobre el estandarte se giró, alejándose a grandes trancos.

Los estupefactos guerreros observaron incrédulos la escena, sorprendidos por el enérgico discurso del respetado Gamelin.

- ¡Gamelin! ¡Gamelin! – gritó entonces Asrael, el portaestandarte lamanlita, muy respetado y apreciado entre la tropa.

Poco a poco, los jinetes se fueron sumando al grito del oficial e incluso los más escépticos como Pelod se vieron arrastrados en el furor de sus compañeros, olvidando sus rencillas. Entonces, Asrael se acercó hasta el blasón fanyarëano y repitió el esputo de Gamelin, abandonando la reunión y dando por zanjada la cuestión.

Uno a uno, los soldados refrendaron el gesto de su portaestandarte, satisfechos con la conclusión de la asamblea. El ardid del astuto Gamelin había surgido el efecto deseado. Tal vez la próxima vez no fuera suficiente la buena voluntad del leal comandante.

Desde una distancia prudencial, Nowë y Kelusse, acompañados por Nyrath, habían observado atentamente la escena.

- La situación está tornándose muy tensa – concluyó el gran guerrero de Amon Duin -. Esto no es más que una muestra de la moral de la hueste.

El ñoldo asintió meditabundo.

- Llevan muchos meses fuera de sus casas – trató de razonar Nyrath -. Se sienten desamparados. Es comprensible.

- Es posible – concedió el duin -. No obstante, los lamanlitas siempre han demostrado una lealtad y una disciplina ejemplares. Y ahora…

- Su lealtad – interrumpió Nowë – es incuestionable. Morirían por Esteldor y sus ideales.

- ¿Entonces? – preguntó él.

- Creo que es algo más sencillo y complicado que todo eso – respondió mesándose la barba.

- Vuelves a hablar en acertijos – se burló Kelusse.

- Puede ser… con todo, creo que no debemos preocuparnos – dijo jovialmente -. Están ofendidos, eso es todo.

- ¿Ofendidos? – se extrañó el galeno -. Yo diría algo más que eso.

- Bueno… yo creo que no es más que una cuestión de costumbres - explicó -. Los lamanlitas son un pueblo muy supersticioso y el enterramiento de sus muertos una tradición muy importante para ellos. Aún así, han comprendido que ha sido el enemigo quien les ha obligado a incumplir sus juramentos. Ahora arden de furia contra los ramár. No os extrañéis si en la próxima batalla solicitan encuadrarse en el centro de la formación.

- Cuestión de costumbres… - se repitió Kelusse.

- Sí – sonrió el quendi -, cuestión de costumbres.

- Entonces – dijo Nyrath con sorna -, no tendrás inconveniente en alinearte junto a ellos en su acometida.

- Con mucho gusto lo haría – contestó el esforzado Nowë -. No obstante, ha llegado la hora de volver a Caras Aelin. Mucho tiempo he abandonado la capital y mi presencia es necesaria. Con los nainiri atrapados por la guerra a lo largo y ancho del país, sólo Báldor permanece en la ciudad. A pesar de su porfiada gestión, hay asuntos que no pueden demorarse más.

- Si es tu voluntad – dijeron los edain, ignorantes de que sucedía en el país -, sea pues.

Días después, Nowë abandonaba las frondosidades de las arboledas de Sornosurnë y se dirigía raudo en dirección sur a las peligrosas tierras de Rhûn. Los pasos de Heren Fanyarëa estaban cerrados para un esteldili como él y un rodeo por el norte le alejaría demasiado de Esteldor. Sólo el difícil paso de Rhûn le permitiría llegar a Caras Aelin antes del fin de la estación.

Valía la pena correr ese riesgo.

Kelusse

Este personaje recupera un 40% de vida.