La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 38. C4 Heren Fanyarëa Vs C3 Eirë Esteldor.

2006:10:20:23:22:21

Kelusse

Fin Guerra: Heren Fanyarëa deja de Atacar

Armadas perdidas por "Heren Fanyarëa" = 38

Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 40

Victoria para Heren Fanyarëa.

Naredhel Anariel

Dagor Serebrilth

No deseo la victoria.

La victoria es siempre pasajera,

No queda después sino la muerte,

El regocijo; el gozo falso de la vida;

Una hierba caída sobre el hombro,

Un refugio que aguarda su retorno,

Un escondido llanto después de la

Batalla y la victoria.

No deseo la victoria ni la muerte,

No deseo la derrota ni la vida.

Mis ojos vidriosos contemplan mi propia muerte, reflejada en los ojos de otro cadáver que yace frente a mí. No concibo ya como propio el rostro ceniciento, ni los labios ensangrentados. Ni la mirada muerta, ni la respiración ausente. Y no sé si lo que veo en aquél es mi reflejo, o si lo miro a él, y mi muerte imita la suya. Un velo de negrura ha caído sobre mis ojos, y aún así, el campo de batalla se exhibe ante mí sin pudor, sin vergüenza propia o ajena. Y exhibe mi muerte, y la muerte de aquél, y la de otro más allá de éste. Escena macabra sería para mí, sino estuviera ya preso de la Muerte...

Pero la Muerte no distingue en su dispensa. Igual que vino a mí, llegó a mi enemigo. Ahora, nuestros brazos entrelazados ya no se alzan con odio, ni esgrimen la Muerte traicionera.

Cuenta la leyenda que ni siquiera las estrellas quisieron ser testigo de tanta muerte. Que cubrieron sus ojos con grandes velos de nubes, y que éstas lloraron amargas lágrimas, que fluyeron como torrentes sobre la tierra y la piedra. Y que la ira de la muerte injusta se conjuró en ellas. La voz de Ilúvatar se oyó en cada trueno. Y rayos de ira hirieron el cielo.

Porque nunca hasta esa noche hubo de llorar Árador tanta muerte. Y toda esperanza de paz se volvió vana.

Ahora nadie recuerda cómo surgió el odio. Un día lo supimos, no lo dudo. Ahora simplemente ha caído en el olvido. Quizás los grandes señores de ambos pueblos conserven acaso la memoria intacta. Quizás ellos puedan responder nuestra eterna pregunta. Por qué morimos.

¿Pero acaso nos consolaría saber que nuestra muerte tuvo razón alguna? ¿Suplirían las razones los abrazos jamás recibidos, los besos jamás otorgados? ¿Suplirían el amor de mi madre y de mi padre, de mi hermano y de mi hermana? ¿Suplirían el dulce aroma de mi amada yaciendo junto a mí en el lecho? ¿Sus caricias? ¿Sus besos? ¿Sus gemidos de amor lanzados a mi oído? ¿Los hijos que nunca pudo darme?

Ni siquiera la Muerte ha conseguido darme razón alguna. Simplemente me llevó con ella, como a tantos otros aquella noche. Mil y una veces nos hemos vuelto hacia ella suplicando una razón. Mil y una veces se ha encogido de hombros, y su sonrisa helada ha sido la única respuesta.

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Cuenta la leyenda que ni siquiera las estrellas quisieron ser testigo de tanta muerte. Pero la batalla aciaga comenzó al atardecer, y el sol aún brillaba en el cielo. La Barca de Arien descendía ya imperturbable, como en todos los días por venir hasta la Última Batalla. Pero las primeras nubes se acercaban tenues, lúgubres. Silenciosas. Y mientras la tierra verde se oscurecía, ambos ejércitos se extendían en la llanura.

De un lado, los soldados de Esteldor alzaban sus estandartes que ondeaban al viento perezosamente, desdibujando los tonos dorados y anaranjados que representaban los rayos del sol fluyendo sobre sus tierras. En el centro, un ave extendía sus alas de fuego sobre un lago verde.

Del otro lado, el ejército de los ramalië, mucho mayor en número, exhibía con orgullo estandartes del color del cielo ensombrecido. Una espada descendía hendiendo el cielo, y su sangre roja se derramaba por su filo. Y a ambos lados, sombras de alas, Águila y Vampiro, representando el equilibrio.

Las fuerzas se midieron mutuamente, en un tiempo que para ellos fue eterno. Armaduras como de plata refulgieron en el campo de batalla con los últimos rayos de sol, y después centellearon con los primeros rayos de la tormenta. El metal emitió los primeros quejidos al son de la lluvia.

Grandes señores de los Nainiri esgrimían sus armas, dispuestas a la batalla. El Señor Elfo Nowë, cuya cabeza y rostro permanecían cubiertos por un extraño yelmo. Junto a él, una figura de luz se proyectaba sobre la hierba. El Señor de los Maiar, Iaurandir, que no llevaba armadura alguna, pues diríase que ningún arma mortal podía dañarlo. Un Señor de los Hombres se hallaba también con ellos. Báldor el Valiente, le llamaban, pues había defendido la ciudad anteriormente a sangre y fuego. La armadura plateada aparecía ajada de la batalla anterior, pero en sus ojos grises el fuego de Caras Aelin no se había extinguido.

Frente a ellos, la mirada insolente de las grandes señoras de los Ramalië. Naredhel Anariel, Sacerdotisa y Regente de Heren Fanyarëa. Sus ojos dorados parecían brillar con luz propia, mientras sus cabellos cobrizos se alzaban en torno a su rostro, anticipándose a la batalla. Junto a ella Lómëa Útyelnaike, Señora de Sornosunë. Mientras sus manos mantenían tenso su arco, sus ojos azules observaban fijamente al enemigo, y la Muerte en sus manos ya había escogido. Alkalabrindeth, Dama Guerrera, se mantenía firme junto a ella. No había armadura capaz de contenerla. Llevaba ropas de cuero, y apenas una cota de cuero sobre la camisa blanca. Su mano izquierda sostenía un escudo dorado con tonalidades rojizas. Su mano derecha blandía la Maza del Dragón, con los colmillos del dragón deseosos de probar nuevamente la sangre de los hombres.

El sonido de los tambores aplacó cualquier otro sonido, y descendió sobre ambos ejércitos. Y el ritmo de sus corazones se acompasó al mismo, y todos latieron al unísono en efímera armonía. Luego llegó la destrucción.

La flecha lanzada por Lómea se unió a cientos de hermanas que surcaban el aire en su misma dirección, y evitó a su vez a muchas otras que se cruzaron en su camino. Los tambores se apagaron de repente, y el silencio que quedó fue roto por un grito de guerra que se elevó de las gargantas de ambos ejércitos. Después llegó el dolor.

La enloquecida fiebre de la guerra les empujó. Las espadas brillaron por última vez inmaculadas. Sus pies recorrieron rápidamente el espacio que los separaba, y se fundieron en sangriento abrazo. Entonces llegó la Muerte.

Muerte en mil formas concebida. Muerte que hiere y después, mata. Muerte que llega a veces a escondidas. Otras veces de frente, para encararla. Para verla llegar y maldecirla. Que se abre paso entre la carne. Desgarra. Corta. Cercena la vida. Tantas formas distintas para una sola Muerte. Siempre la misma.

Pero la Muerte no escoge bando alguno. Ni hace en sí misma vencedores o vencidos. Su mano fría acaricia cualquier frente. Y no distingue en su caricia al señor del soldado.

Cuando la Muerte finalmente se acercó hasta Lómëa, sus ojos azules la miraron fijamente. No hubo miedo en ellos mientras el acero de la espada buscaba refugio en su vientre. Tampoco lo hubo cuando la espada abandonó su refugio y cayó de rodillas sobre la tierra. Un suspiro leve escapó de sus labios, y después agradeció la inconsciencia.

Se dice que Alkalabrindeth cayó entonces, pues se acercó hasta Lómëa para librarla de la muerte. Y aún así la Muerte rozó su cuello esbelto. Una única flecha lanzada con tino poseyó su carne, atravesando su garganta. A veces la Muerte se hace desear. Su cuerpo quedó tendido sobre la hierba, y sus ojos azules se clavaron en el cielo sombrío, recibiendo la lluvia. No pudo liberar su dolor con gemido alguno. Sólo hubo silencio.

La lluvia empapó la tierra, pero los charcos de lluvia y barro eran de sangre. No había tierra capaz de absorber tanta sangre derramada.

Nadie salió indemne de aquella batalla. Los señores de Esteldor también lo sintieron en sus propias carnes. Báldor el Valiente cayó también, acuchillado repetidamente por una daga envenenada. Y Nowë, quién fue abatido por la mismísima reina de Fanyarëa. Ni siquiera Iaurandir, debilitado como estaba tras desplegar todo su poder, pudo evitar el que el filo de una espada se hundiera en su cuerpo, atravesándole por la espalda.

Y el Poder fluyó entonces. La batalla no podía ser ganada, y las pérdidas demasiadas. Naredhel Anariel elevó su voz al cielo, y sus rayos parecieron escucharla. Cayeron sobre el enemigo sembrando el desconcierto, y el fuego brotó de sus entrañas.

- Un poder sangriento y arrogante se levantó de la raza para expresarla, para dominarla. Se alzó como los muros azotados por la tormenta. Como burla he construido un emblema poderoso, y lo canto verso a verso en la tormenta.

El fuego cubrió su retirada, pero Caras Aelin no resurgió de sus cenizas. Había sobre ellas demasiada muerte. Y sobre el verde valle, sólo había dolor.

Durante dos días y dos noches las almas de los caídos fueron enviadas Más Allá a través de un fuego purificador. El ejército de Esteldor se refugió en Caras Aelin, y los ramalië apenas tuvieron tiempo de recoger a sus heridos antes de alejarse de la ciudad. Al derroche de sangre se le llamará victoria, y al recuento de muertos paridad.

Esta es la leyenda. Pero la Batalla del Torrente de Sangre, como se la llamó después, existió realmente. Pocos son los que sobrevivieron para contarla. Y aquellos que lo hicieron procuraron no volver a hablar de ella. Pero no por eso se perdió en el olvido. Muchos fueron los héroes anónimos que lucharon en ella. Demasiados fueron también los que no volvieron.

Se dice que durante muchos años nadie pudo mirar aquella llanura sin sentir congoja y miedo en el corazón. Pero la tierra olvidó poco a poco a la Muerte, y hubo un día que los prados volvieron a ser verdes.

Quiebra la muerte la flor de esperanza,

Desgarra el alma una negra senda,

Son los hombres batiéndose en contienda,

Su ira cruel se sacia con venganza.

Enfrentados con la guerra en la danza,

Olvidando la familia y la hacienda,

De odio en los ojos con una venda,

Reclamando al destino una matanza.

¿Qué tiene la paz que nadie la quiere?

¿Tan duro es el perdón y el olvido?

¿Por qué el ser humano el rencor prefiere?

¿Del abrazo fraternal qué ha sido,

Que la tierra ante la espada muere

Sin casi la vida haber conocido?

Báldor

¿De dónde venían, padre?

Del otro lado del mundo

¿y qué nos trajeron , padre?

Muerte, sólo muerte,

…hijo.

Nunca, nunca olvidaré ese día, porque yo estuve allí.

No escribo para recordar, escribo para que se recuerden los días de antes, para que la sangre que se derramó en la llanura de Pelerindo no se pierda para siempre, devorada por la insaciable tierra de nuestros mayores.

Algunos dicen que fue un día glorioso, uno de esos días que convierten a un grupo de hombres en héroes, uno de esos días en que uno es perfectamente consciente de que algo grande está pasando, algo que será recordado durante miles de años, incluso después de que las piedras de las altas murallas sean polvo y las armas que se sumergieron en sangre no sean sino ridículas baratijas oxidadas.

Sí, defendimos la ciudad. Sí, tuvieron que abandonar su intento despiadado de volver a quemar lo quemado. Sí, los hombres brillaron con una luz diferente, como quien está más allá de la vida y la muerte. Pero yo lo vi con otros ojos, con los míos, no con los de los poetas, que convierten la muerte en algo glorioso y el homicidio en una noble gesta.

Yo lo vi con mis ojos.

Por supuesto que no podíamos hacer otra cosa, era nuestra vida lo que estaba es juego. Ese día luchamos bajo una bandera, pero no por ella, seguimos las órdenes de nuestros senadores, pero no por ellos matamos y nos dejamos matar. Luchamos por nosotros, por todos y cada uno de nosotros, por nuestra vida y nuestra libertad.

Era un día de acero, como los llamaba mi padre: gris el cielo y la tierra, y todo iluminado con una extraña luz pálida que hace resaltar tanto los colores que espanta su aspecto demasiado vivo, como si cualquier movimiento natural tuviera oscuros y siniestros designios, desde el balanceo de una rama agitada por el viento seco hasta el graznido de un cuervo solitario.

Habíamos llegado demasiado tarde, la ciudad había sido saqueada ya varias veces. Fuimos enviados para reforzar la defensa de Caras Aelin y ya nada quedaba sino humo silencioso y piedras quemadas.

Luego supe qué había ocurrido, supe del último saqueo a la ciudad y de que había sido abandonada en busca del refugio de Aikwa Oron, supe que a los pocos días un grupo de soldados había regresado para no encontrar sino destrucción. Y allí estaban, esperándonos ante las puertas derruidas de la ciudad.

Pero en ese momento nada sabía, sólo lo que veía: una compañía que había luchado demasiado, un grupo de soldados de indescifrable mirada y postura marcial perdiendo su perfil ante la humareda de una ciudad muerta. Nos unimos a ellos en silencio. Me pareció un tanto ridículo, debo reconocerlo ¿Qué hacíamos allí, en perfecta formación, esperando la nada, quizá la puesta de sol, quizá que la tormenta que nacía acabara con nosotros?

Pero no, no era la nada lo que estábamos esperando, esperábamos a la muerte, y vino junto a la tormenta.

Muchas veces me han preguntado por los grandes héroes de la batalla. Me preguntan si los conocí, si luché a su lado o si los vi caer. Siempre digo que, ese día, todos éramos uno, que luchamos y morimos todos a la vez, incluso con nuestros enemigos. Cuando oyen eso de que todos éramos uno me miran con envidia, ilusos, pero cuando oyen la última parte, la de los enemigos, se ofenden, aunque lo disimulen: no lo entienden, ellos no estuvieron allí, conocen la batalla por las odas y las canciones.

Me respetan porque estuve en una de las mayores carnicerías de las guerras de Árador. Pero tampoco quiero que mis palabras den a entender que por su atrocidad fue algo remarcable y superior a lo demás. No, no soy más que un viejo que ha vivido sus años lo mejor que ha podido, un simple soldado que ha visto demasiada sangre.

Pero insisten, quieren saber cómo era Nowë, cómo cabalgaba el maia Laurandir, cómo luchaba Báldor, quieren conocer detalles de las tres elfas que dirigían a los sanguinarios enemigos. ¿Y qué puedo contestarles yo? Claro, claro que los vi, pero no me parecieron mejores que el resto, sólo más terribles. Al que mejor conocía era a Báldor, porque había servido bajo sus órdenes en Halatiryon. Era un buen capitán en esa época; supe lo de su mujer y que dejó el ejército, pero no lo había vuelto a ver hasta ese día sangriento. Mucho menos conocía a los demás, grandes señores alejados de mi mundo, que habitaban en altas torres, más viejos que Arda, venidos sobre las alas de un tiempo remoto de lejanos lugares, poseedores de ojos fríos y distantes que, quizá, incluso, habían contemplado la gracia de los valar. ¿Qué tenía yo en común con ellos? Todo, me contesto alguna vez, por lo menos ese día de acero, y Nada.

La tormenta se desató: los rayos hirieron la tierra y la lluvia cayó pesada. En la incipiente penumbra vimos aparecer a Heren Fanyarëa. Eran más.

Seguramente me había despistado o había perdido mi mirada en la ciudad arrasada o, tal vez, en los rostros duros de mis nuevos compañeros, porque el hecho es que debía hacer bastante que estaban a la vista, pero a mi me pareció como si hubieran salido de la nada, tal como una pesadilla mandada por el señor de Mandos.

Yo formaba en cuarta fila, la última de la infantería. Detrás estaban los arqueros y la caballería y, delante de todos, se apostaban los tres senadores, los tres montados en grandes caballos de guerra.

No entendía nada. No sabía porqué se habían decidido por un ataque a campo abierto cuando teníamos una ciudad en la que parapetarnos: aunque estuviera muy maltrecha siempre podría darnos algo de ventaja. Pero no, sería una batalla a descubierto y con inferioridad numérica.

Mientras tanto, la lluvia estaba anegando el suelo y el día de acero se había convertido en una tarde parda. El sol estaba cayendo en algún lugar lejano, engullido por un mar soleado que nada sabía de esta tierra negra. Los tambores tronaban invitando a la muerte a un festín. Y la batalla comenzó: gritos de batalla y estruendo de la carrera… y luego los gritos de muerte.

Flechas, espadas, armaduras; lluvia, barro, rayos; carne, huesos, gritos; y mucha sangre y desconcierto.

Todo era uno. Yo era la batalla, estaba sumergido en ella, hundido en el barro, cegado por la lluvia, matando. Gritos horrendos se elevaban desde todos los lugares, golpes secos del acero al golpear el acero, entrañas derramándose, miembros cortados… no sé cuanto duró, a mi me pareció interminable, perdido en un mundo sin tiempo que apestaba a muerte.

Pero acabó, todo acaba.

Los enemigos, ante tanta muerte, ante tanto horror, se habían retirado, y nosotros quedamos en el campo de batalla, empapados de lluvia y sangre.

Alguien hizo hondear el estandarte del Clan sobre la muralla medio derruida y todos lo aclamamos. No sé porqué lo hice, fue algo espontáneo. Me sabía vivo en un mar de cadáveres, me sabía sano cuando incluso los señores del clan habían sido gravemente heridos, y gritaba, gritaba por una victoria que no era tal y porque habíamos defendido una muralla derribada.

El tiempo ha pasado, soy viejo y vivo solo en un bosque sombrío, pero nunca, nunca olvidaré ese día, porque yo estuve allí.

Uzbad Kibil

Heren Fanyarea ha perdido 38 armadas x 35= 1330 puntos.

Recuperables: 1330 puntos pues Naredhel usa su poder.

Valoraciones: 8.9+9.5+9.1+9+9= 9.1

Recupera: 1210 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperación: 1490 puntos.

No pierde puntos.

Eire Esteldor ha perdido 40 armadas x 35= 1400 puntos.

Recuperables: 933 puntos pues Iaurandir usa su poder

Valoraciones: 8.6+9+7.8+9+8.5= 8.6

Recupera: 800 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 30%, por este concepto recupera 105 puntos. Total recuperacion: 905 puntos.

Pierde 495 puntos.

Heren Fanyarea percibe 600 monedas por la victoria en la batalla.

Heren Fanyarea entrega 100 monedas a Eire Esteldor por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.