La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Eirë Esteldor. Tich Bandit Y La Banda Del Desfiladero

2006:10:17:19:21:29

Nowë

Tich Bandit y la Banda del Desfiladero

Tich Bandit es un personaje ciertamente conocido en Osto Kirya en estos días. Los trastornos provocados por la gran guerra del norte han movilizado hasta las grandes compañías de los duin a buena parte de los infantes de las guarniciones que custodian el importante enclave comercial. A través de la Ruta de las Carretas, pues así se llama el camino que une Osto Kirya con Caras Aelin, se transportan gran parte de las provisiones y manufacturas que exporta Esteldor. De modo análogo, los necesarios cargamentos de materias primas demandados por los artesanos aelitas llegan por este mismo camino, cuyo tránsito de carromatos es elevadísimo.

La importancia de este paso es pues capital.

Actualmente, únicamente en el inexpugnable baluarte militar de Osto Kirya existe aún una nutrida guarnición de guerreros, ineficaces para defender las decenas de millas que recorre el camino. La caballería de Dinodas, señor de la plaza, apenas llega a la treintena de jinetes, efectivos escasos para tan complicada tarea.

A medida que avanzamos hacia el sur desde Osto Kirya, frontera de la comarca de Talankaya, nos encontramos el Desfiladero de las Carretas, un estrecho corredor que separa los riscos de la Aikwa Oron de las grandes arboledas de Hyarmenassea. A partir de este lugar, la influencia de la guarnición de Osto Kirya disminuye, tornándose la ruta más insegura y los asaltos, otrora inexistentes, se han vuelto frecuentes.

Los salteadores, ocultos en los inaccesibles desfiladeros de la gran cordillera esteldili, se tornan día a día más audaces atacando incluso las delegaciones diplomáticas que parten de Caras Aelin, sin importarles los blasones que ondeen.

Y tal osadía, apenas comprensible para las autoridades de la capital, se debe a la aparición repentina entre los bandidos de ese tal Tich Bandit y su inseparable compañero, un joven muy diestro en las armas que se hace llamar “El Chico de Oro”.

En pocos meses, Bandit ha sido capaz de organizar a los salteadores, aumentando su temeridad y preparando incursiones de gran envergadura, atrayendo a su guarida a no pocos malhechores de la comarca e incluso de todo el país.

Aunque la Banda del Desfiladero, como llaman los centinelas de Osto Kirya a los hombres de Tich Bandit, está formada por rudos maleantes de medio pelo y zafios cuatreros en su mayoría, su jefe está hecho de otra pasta.

Dicen aquellos que se han topado con él que es hombre apuesto de facciones agradables, culto, de amena conversación y muy dado a la risa. Es tal su carisma entre las gentes de la comarca que aún habiendo sido objeto alguna vez de sus rapacerías le ayudan, ocultándolo de los alguaciles de Dinodas. Las historias que cuentan sobre él son disparatadas e inverosímiles y, sin embargo, muchas veces no distan gran cosa de la realidad. Suele vestir un curioso sombrero de forma abombada que le confiere un aspecto divertido.

En una ocasión, los jinetes de Dinodas persiguieron tras un asalto fallido de la Banda a Tich Bandit y al Chico de Oro hasta las llanuras de Pelerindo, separándoles de sus secuaces. Pues bien, fue imposible apresarles ya que Tich sólo tuvo que llegar hasta una granja, anunciar su nombre y rápidamente fue escondido por el granjero. Poco después, llegaron los soldados, siendo engañados por el sagaz granjero, enviándolos al sur.

Astuto y carismático, Tich encuentra su complemento perfecto en el Chico de Oro. Parco en palabras, es algo más joven que Bandit aunque gusta de llevar un gran mostacho rubio, como sus cabellos.

Del Chico de Oro se cuentan también otras historias, si bien no son tan hilarantes como las de su amigo, son famosas por las increíbles proezas de las que es capaz armado tan sólo con su espada.

A la sazón, el alguacil del pequeño pueblo talankayano de Halonan puede dar fe de ello.

Una noche, en la taberna de la localidad jugaban a las cartas el alguacil, un rico comerciante local y un extranjero de alargados bigotes rubios. Acompañaba a este último un hombre alto, moreno, que prefirió destinar la velada a conquistar alguna de las jovencitas que allí había, desplegando sus grandes modales y un magnífico sentido del humor.

La partida transcurrió sin incidentes aunque el taciturno forastero ganaba muchas, quizá demasiadas, manos, cobrándose la bolsa del alguacil y el comerciante. Hasta tal punto llegó su fortuna que el alguacil, desesperado viendo como su bolsa menguaba, se levantó acusando al joven de hacer trampas.

- Vaya, parece que has limpiado a todos hoy, amigo – dijo el comerciante -. No has perdido una sola mano desde que repartes. ¿Cuál es el secreto de tu éxito?

- Rezar – contestó el chico sin apartar su mirada de las cartas.

- Parece que no somos muy hospitalarios por aquí – vociferó su risueño amigo desde la barra.

- Si estás con él – le espetó el alguacil mirándolo fijamente – harías bien en salir de aquí.

- Estamos sólo de paso – contestó -. Vamos…

- No hacía trampas – dijo el joven alzando el mentón.

- ¡Vamos! – se rió el moreno – Dejadlo ya.

- No hacía trampas – repitió secamente.

- Puedes morir – le contestó el alguacil -. Por esto, ambos podéis morir.

- ¿Has oído eso? – le dijo socarronamente el moreno al hombre rubio, cuyo semblante no había variado un ápice.

- Si nos invita a quedarnos, entonces nos iremos – le respondió éste, visiblemente desafiante -. Pero tiene que invitarnos.

El alguacil acercó su mano a la empuñadura de la espada ante la osadía del rubio.

- Va a desenvainar. Está listo – repuso el moreno sin inmutarse dirigiéndose a su amigo -. No sabes lo hábil que puede ser.

- Eso es justo lo que quiero ver – dijo éste.

- Cada día te haces más viejo – dijo entonces el moreno mirando al alguacil -. No, en serio, es ley de vida.

El alguacil desnudó su acero, furibundo.

- ¿Qué dirías si te pidiera que nos preguntaras amablemente si queremos quedarnos? – prosiguió preguntando al cada vez más sorprendido alguacil.

- ¿Qué? – contestó éste incrédulo.

- No tienes que sentirlo ni nada. Sencillamente pídenos quedarnos por aquí. Te prometo… – continuó el parlanchín hombre moreno mientras los dos hombres se retaban con las miradas. El corchete, presa de los nervios, le empujó, alejándolo de la mesa - No puedo ayudarte… Chico de Oro.

Y entonces dijo las palabras mágicas. El alguacil palideció al escuchar el nombre de Chico de Oro. Una expresión de horror cruzó su cara mientras una gota de sudor recorría su frente.

- No… no sabía que fueses el Chico de Oro cuando dije que estabas haciendo trampas – expresó nervioso -. Si… si lucho contigo, me matarías.

- Siempre existe esa posibilidad – contestó el Chico de Oro -. ¿Qué dices tú, Tich?

- No – apuntó el interpelado -, se estaría matando a sí mismo. Entonces... ¿por qué no nos invitas a quedarnos? Podrías hacerlo fácil, ¿sabes? ¡Vamos!

- Por... ¿por qué no se quedan? – dijo el alguacil al fin.

- Gracias, pero no, tenemos que irnos – contestó amablemente Tich mientras cogía a el Chico de Oro por un brazo.

- ¡Eh, chico! – le dijo el corchete cuando salía - ¿De verdad me hubieras matado?

- Sin dudar – dijo sin girarse.

Tal era la fama de temible espadachín del Chico de Oro.

Eran estos días felices para la Banda del Desfiladero que con la astucia de Tich Bandit y la osadía del Chico de Oro vieron engrosar considerablemente sus bolsas.

En Caras Aelin, Báldor, nainir mankale y único representante del senado en la ciudad a causa la guerra, ardía de indignación toda vez que no pocos de sus preciados cargamentos caían en manos de los hombres de Tich Bandit.

En circunstancias habituales, las fechorías de los bandidos hubieran sido tachadas de mal menor pero las consecuencias del bloqueo comercial que los clanes enemigos habían impuesto al norte del país, hacían de este paso un recurso imprescindible para recibir los cargamentos de perlas que llegaban desde Ringil, moneda habitual de cambio y fuente de riqueza del país.

Pese a todo, la habilidad del senador de comercio Báldor estaba fuera de toda duda. Previsor, meses antes de la ruptura de negociaciones con Liantari Dimbar y Heren Fanyarëa, el nainir había sellado secretos acuerdos comerciales con las ciudades enanas de la Numen Ramba y con las tribus nómadas de las lejanas tierras de Lokilikuma, asegurándose provisiones y pertrechos de guerra en caso de iniciarse las hostilidades en Árador.

No obstante, no estaba dispuesto a tolerar las acciones de Tich Bandit. Esteldor se preciaba de ser un hogar seguro para sus habitantes y aún en las desgracias, consecuencia de la guerra, el orden y el respeto debía ser mantenido.

Por tanto, Báldor hizo enviar incontables órdenes de captura contra Tich Bandit y el Chico de Oro, ofreciendo una suculenta recompensa.

Atraídos por la oferta del senador, pronto llegaron hasta la capital aelita numerosos cazarrecompensas, matarifes y buscavidas de todas las razas conocidas, ávidos de formar parte en la partida que Báldor estaba formando.

Un mes más tarde, a principios de invierno, el grupo estaba completo. Lo dirigía Mosier, un famoso leguleyo de Pelerindo, deseoso de llevar al criminal ante la ley. Le acompañaban otros ocho jinetes, todos ellos conocidos por su dudosa moral y sus frecuentes escarceos con la justicia y, paradójicamente, ideales para esta aventura.

En el desfiladero, Tich y el Chico de Oro no eran ajenos a estas noticias. En un principio pensaron en permanecer en el Desfiladero, convencidos de que los hombres de

Mosier no serían tan temerarios como para ir a buscarlos hasta su propia guarida en plena estación de las nieves. Se equivocaron. El infatigable representante de Báldor azuzó a sus compañeros y los nueve jinetes llegaron hasta el pie de las montañas antes de que las primeras nieves hubieran cerrado los pasos de montaña.

En el escondrijo de la Banda el desánimo cundía y la valentía que había caracterizado a los secuaces de Tich durante los breves tiempos en que dominaron la ruta se esfumaba con cada noticia que llegaba de “los nueve de Mosier”. Al fin, abandonados por sus hombres, Tich Bandit y el Chico de Oro se vieron obligados a huir.

La amenaza de Báldor había dado sus frutos. Para cuando Mosier llegó a la vieja guarida de la Banda del Desfiladero, ésta ya no existía. El éxito de la empresa había sido rotundo. Sin embargo, la generosa suma que el hábil Báldor había ofrecido a los nueve de Mosier solo les sería entregada con la captura o la muerte de los dos famosos bandidos.

Así pues, el procurador y sus compañeros iniciaron su persecución. Esta vez, Tich no encontró ayuda alguna en los campesinos, temerosos de las represalias del implacable Mosier, tornándose su huída en un calvario a través de las populosas tierras de Talankaya.

A finales de la estación, Bandit y el Chico de Oro franqueaban al fin la frontera de Esteldor, internándose en las pantanosas tierras de Nenvarnë, en dirección a regiones dónde no fuesen tan conocidos.

Mientras tanto, a muchas leguas de allí, las aguerridas huestes de Kelusse acampaban junto a Sornosurnë, la gran capital fanyarëana. El asedio a la ciudad de los yarear ramar había finalizado y el elfo Nowë abandonaba las tierras del enemigo en dirección a Caras Aelin.

Un mes más tarde, Nowë, en su camino de regreso, se cruzaría con los dos afamados malhechores en Laiquatalan, en la frontera del clan de Liantari. Más tarde, recordando esa ocasión, el elfo los describiría como ”Dos hombres de marcados rasgos. Uno de ellos cubría su cabeza con un peculiar sombrero, algo ajado, aunque esbozaba una magnífica sonrisa y no dejo de saludarme efusivamente cuando pasé a su lado, interesándose por mi viaje. Al conocer mi camino me rogó vehementemente que saludara a un tal Mosier en Caras Aelin y al senador Báldor, íntimos amigos suyos como se molestó en recalcar. También me preguntó por la hospitalidad de las gentes de las tierras de Heren Fanyarëa. Pregunta esta que prudentemente evité responder. El otro hombre tenía una expresión ceñuda. Unos finos y cuidados bigotes rubios marcaban su rostro. A su siniestra, pendía una gran espada. Este se limitó a una breve inclinación de cabeza y no dijo palabra alguna. Al parecer, según pude observar por sus ropajes, llevaban largo tiempo en camino y parecían tener bastante prisa.”

Nota: Los personajes de Tich bandit y el Chico de Oro están basados en los míticos personajes de Butch Cassidy y the Sundance Kid, protagonistas de la película del mismo nombre, traducida al castellano bajo el nombre de “Dos hombres y un destino”

Kelusse

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