Aikanáro Tîwele
Sólo salía de las tinieblas para sumirse otra vez en ellas. Entonces en una de esas noches, la negrura dejo paso a una serie de imagines que se agolpaban en su mente haciéndolo delirar si cabe aun más.
Ante él aparecían los rostros de su madre, de sus seres queridos, sus compañeros de armas, de aquellos que habían muerto junto a él. Y cuando lleno de angustia intentaba alcanzar a una de esas figuras, se desvanecían entre sus dedos sin dejar nada más que desazón detrás de si. Aika no lo sabía pero esas pesadillas eran un signo inequívoco de que salía de las tinieblas y que volvería a la vida.
Sucedió una mañana, sus oídos se llenaron con los sonidos de los mares, las olas golpeaban cerca de él con fuerza, el olor a sal llenaba sus pulmones. Abrió los ojos y descubrió ante él un rostro que le era familiar. Y tanto que lo era, ya que pertenecía a la anciana que lo cuidara durante sus delirios, era una de esas figuras que, fugazmente, contemplaba cuando volvía en si. Parecía ocupada en algo, pero, al ver que Aika volvía en si, abandonó sus quehaceres y le miró sonriendo. Tenía unos ojos verdes y compasivos, y una sonrisa impregnada de un sentimiento de felicidad.
- ¿Dónde estoy?- dijo Aika entrecortadamente.
La anciana le sonrió para responderle:
- No te preocupes estas en casa de una amiga, ahora descansa.
Pero Aika no había regresado de entre la sombras para conformarse con esas palabras y le dijo con voz severa:
- Soy Aikanáro Tîwele, Príncipe de la Casa de Olwë de Aqualondë. ¡Dime inmediatamente donde estoy!
Una sombra se cernió sobre el rostro de la anciana nada más escuchar la condición de su enfermo. Sin embargo, fue sólo una milésima de segundo, pronto esta fue barrida de su rostro por una sonrisa que iluminó su cara, confiriéndole un alo de dulzura y le dijo:
- Te encuentras en una cueva que hay cerca de la desembocadura del río ROJO, caíste por la gran cascada que da aquí, malherido os traje hasta mi morada para curaros. Por lo que e escuchado la ciudad a caído, siento la perdida de tantas vidas.
Aika se dejo caer sobre el lecho al escuchar aquellas palabras. Ahora empezaba a recordar y las imágenes asaltaban su mente. ¿Cuánto tiempo llevaban atendiéndolo?
- Ayúdame a levantarme- dijo Aika con voz entre cortada
- Duerme- fue toda la respuesta que recibió.
Aika cayó en un poderoso sueño que poco a poco fue devolviéndole a la normalidad hasta que un día pudo levantarse de la cama y con gran esfuerzo fue caminando por esas estancias. Estaban labradas en la roca y la luz tenue de unas antorchas iluminaban sus paredes negras, su oído capto el sonido inconfundible del mar que golpeaba con fuerza a las rocas. Dirigió sus pasos hacía donde provenía el sonido, no supo el tiempo que le llevó salir de esas estancias, solo recuerda que ante el se alzaba un mar de espléndida belleza y que en lo alto Isil brillaba como nunca lanzando sus plateados rayos sobre el mar que jugueteaba con ellos en sus olas. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver tal belleza, una belleza tranquila y serena, allí se sentó en una roca mientras escuchaba el sonido calmante de las olas.
Su cuerpo cansado se quedo allí sentado durante horas hasta que el sueño pudo con él y sumiéndolo en un agradable sueño allí se quedo. Hasta que la anciana lo vio, allí sentado parecía un niño grande, sus cabellos dorados caían sobre sus hombros y su rostro denotaba tranquilidad, esta sonrió y se acercó a él y le dijo:
- Descansa pequeño Aika, descansa Príncipe de las Oarni yo te cuidaré como un día cuide de tu madre, ahora descansa- decía mientras lo tapaba con una espesa manta.
La anciana desapareció en la negrura de la cueva y allí lo dejo durmiendo, y fueron los graznidos de las gaviotas que lo despertaron, el sol ya se elevaba sobre su cabeza y vio la manta que lo cubría y pensó en la anciana mientras una sonrisa de gratitud se dibujaba en su rostro. De pronto, sus pensamientos fueron saliendo a borbotones carentes de sentido. Sulankalië- ¿qué había sido de ella, como es que no estaba junto a él si habían caído juntos? Y entonces lo sintió una angustia que iba creciendo transformándose y creciendo hasta convertirse en una fuerte angustia que se instaló en su estomago. Se encontraba cada vez más deprimido por sus pensamientos cuando, en medio de la negrura que emanaba de la cueva como si quisiera absorber toda la luz que había, apareció una silueta conocida de la persona que lo había cuidado esos días. Esperó allí sentado, observándola hasta que llegó a su altura y haciendo un acopió de fuerzas le dijo:
- Necesito hablar contigo- le dijo con toda la fuerza de la que disponía
La anciana pareció flaquear un instante, pero, al final, se sentó junto a él y colocando su mano sobre la de Aika le dijo:
- Te escucho- y su voz sonó como la más dulce que escuchara jamás.
Aika se dejó caer hacía atrás hasta que su cuerpo quedo apoyado en la roca, respiró hondo, como si quisiera llenarse de fuerzas, y dijo entonces:
- Ante todo gracias por los cuidados a los que me has sometido. ¿Pero donde esta la dama con la que caí al río? se que no a muerto decidme donde esta, os lo ruego.
- No temas ahora ella esta en otro lugar donde sus heridas sanaran, pero por algún extraño hado has venido a mi morada, como antaño lo hiciera otro de tu linaje.- dijo la anciana mientras le miraba a los ojos.
No pudo aguantar mucho la mirada de la anciana, sentina como esta escudriñaba en sus pensamientos. Pero la anciana le dijo:
- No temas, soy una adoradora de Uinen, antaño forme parte de tu pueblo.
Aika la miró con ojos extrañados, nada tenía sentido y volviéndola a mirar le preguntó:
- ¿Cuántos días e estado aquí postrado?, por que mis soldado se estarán preguntando donde e estado y si estoy con vida
- Durante más de dos semanas e estado cuidándote, apartando de tu a las frías garras de la muerte. Tus heridas eran considerables, y por suerte las flechas no habían tocado ninguna parte vital de tu cuerpo, pero la caída desde la ciudad a quebrado algunos huesos de tu cuerpo, te costaba respirar por culpa de las costillas rotas y llegué a pensar que no llegarías a despertar jamás, pero por suerte me equivoque.- dijo la anciana sonriendo.
- Si e despertado a sido gracias a tus cuidados, por eso cuando me recupere vendrás conmigo a Yávëtil y allí te honraré como mereces. Tus cuidados serán pagados con creces lo prometo- dijo Aika sujetándola por las manos.
La anciana desvió la mirada del rostro de Aika y le dijo:
- No todo en esta vida tiene un precio Aikanáro, puede que no todo se pague con alabanzas y oro, hay cosas que con solo un gracias se pagan. No hacen falta montañas de oro y halagos para demostrar tu gratitud, recuérdalo, recela de los que te adulen con facilidad por que de esos tienes que desconfiar por que a la mínima te apuñalaran por la espalda.
- Gracias por tus consejos, los tendré en cuenta y os doy mil gracias por los cuidados que habéis tenido conmigo. Por eso os ruego venid conmigo a mi ciudad y residid en mi palacio, sería un gran honor para mi que vivierais conmigo- le imploro Aika.
- Mi tiempo aquí se esta terminando, esta llegando el día en que por fin podré ver a mi amado, te lo agradezco pero mi hogar es este y no entre grandes muros aparte ella vendrá a por mi y no tardara mucho.- respondió la anciana.
Aika no respondió, respiró hondo. Lo que le acababa de escuchar le daba más preguntas que formularle pero vio que no era el momento de hacerlo. Aparte su estomago estalló en un alarido y mirando a la anciana los dos estallaron en carcajadas.
- Veo que tienes hambre, será mejor que entremos y comamos algo
- Será mejor- respondió Aika mientras los dos se perdían en la negrura de la cueva.
Con dificultad se movía Aika, pero era extraño era como si la anciana le diera fuerzas, así caminaron por extensos corredores, las antorchas cada vez iluminaban más las paredes y entonces llegaron a una gran puerta. La anciana apoyo su bastón en la puerta y dijo unas palabras que Aika ni logro entender ni escuchar, las grandes hojas se abrieron. Ante ellos aparecieron las estancias de la anciana, una gran sala redonda y a sus lados multitud de puertas diminutas se abrían ante sus ojos, ¿Qué esconderían detrás de ellas? La anciana se acercó a una mesa que había cerca de una gran lumbre y le dijo a Aika:
- Siéntate junto al fuego te ira bien su calor, yo mientras tanto iré preparando la comida.
- ¿Os ayudo en algo?- preguntó Aika
- No hace falta, tú descansa por que no tardaras mucho en volver a empuñar tu espada- respondió la anciana.
Aika izo caso y se sentó junto al fuego, allí se tapo con una manta y contemplaba como el fuego crepitaba. Entonces empezó a cantar, su voz dulce llenaba la sala con antiguos cánticos, parecía que el fuego tomara formas y danzara junto a la voz de Aika, la anciana lo miraba recordando a su amado, Aika se parecía mucho a su esposo y eso le traía gratos recuerdos. Así estuvieron hasta que la cena estuvo lista, la comida ya estaba lista cuando la anciana despertó a Aika, el pobre se había quedado dormido:
- Despierta, la cena esta lista. Come y después descansa tu cuerpo lo necesita
- Perdona, me quede dormido con el calor del fuego.- respondió Aika
Los dos se sentaron en a la mesa y empezaron a comer, entonces la anciana empezó a hablar:
- Aika dentro de poco ya estarás listo para empuñar un arma, pero me gustaría que te hicieras cargo de aquel arco, era de mi difunto esposo. El era un Telerj de gran porte y belleza pero sucumbió defendiendo la ciudad de la que eres Señor, el luchó junto a los cinco. Hasta yo luché en esa batalla junto a él, pero murió como tantos otros, por eso me recluí en esta cueva, hastiada de la guerra de los hombres espere mi momento para partir hacía las Tierras de Aman, pero ahora se que esperaba tu llegada. Te vi varado en la playa, y un buen camino has recorrido desde las montañas hasta llegar aquí, por eso vi en tu llegada mi señal, la que tanto había estado esperando
Aika la miró y le dijo:
- Con gusto acepto tu presente, y como tu bien dices un gran camino e recorrido desde la ciudad de Eru Andorya hasta las costas no se que me habrá traído aquí pero por alguna razón estoy aquí. Se que tendré que partir dentro de muy poco mis soldados me necesitan en el campo de batalla, aciagos días nos están tocando vivir, y encima los humanos nos están invadiendo a grandes oleadas.
- No tengáis a los humanos por débiles, por que ellos os ayudaran en futuras batallas, tenedlo en cuenta abrid vuestro corazón hacía esa raza. Ellos también son hijos de Eru, aunque no pisaran las Tierras Bendecidas- respondió la anciana
- Lo tendré en cuenta, aunque me costara, creo que a llegado el momento de que empecemos a preparar los preparativos de mi marcha, por que tengo un largo camino hasta llegar a mi hogar- respondió Aika
- Así es, ya tenéis un corcel que os llevara raudo como el viento hasta ella, pero tomad estas hiervas ellas os ayudaran a calmar el dolor y a sanar vuestras heridas del todo, aunque estén bien para partir no creo que aguantasen una dura batalla- dijo la anciana mientras se levantaba y cogía una bolsa de un estante.
Prepararon una pequeña mochila con alimentos para el viaje de regreso, unas cuantas plantas medicinales y algunos cataplasmas para que se fuera poniendo en la heridas. Aika se puso su armadura con gran esfuerzo y junto a la anciana empezaron a salir de la cueva, fuera la luna brillaba en su máximo esplendor y el caballo que le había preparado era negro como la noche. Su porte era grande y denotaba que era un meara pero jamás había visto uno de negro y extrañado le dijo a la anciana:
- ¿De donde a salido un meara negro, su raza es totalmente blanca?
- Estas delante de la estirpe de la noche, estos mearas son negros como la noche primordial pero de noble corazón, ahora parte y se raudo por que no tardaras en volver a Eru Andorya para reclamarla, parte mi amigo y se aquello para lo que has nacido, que la gracia de los Valar te guíen.- dijo la anciana mientras Aika subía al caballo.
- Gracias mi amiga, que Eru te acompañe en tu viaje hasta las costas de Aman, rezare por que tu viaje sea agradable- dijo Aika desapareciendo en la negra noche
Así empezó el camino de regreso a Eru Andorya desde las grandes costas…..
