Kelusse
Fin Guerra: Liantari Dimbar deja de Atacar
Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 19
Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 31
Victoria para Liantari Dimbar.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:10:22:12:57:01
Fin Guerra: Liantari Dimbar deja de Atacar
Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 19
Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 31
Victoria para Liantari Dimbar.
El bosque de Hyarmenassëa se extendía silencioso, a poca distancia de los muros de Halatiryon. En su interior, en un claro artificialmente creado, se había refugiado el ejercito de Liantari Dimbar.
Anar bajaba por las regiones de los cielos fundiéndose con el horizonte y tiñendo las nubes de rojos y naranjas, mientras que Isil se levantaba perezosamente por el extremo opuesto. El campamento rebosaba de actividad en aquellos momentos, pues los orcos mostraban toda su ferocidad al ponerse el sol. Retomaban la tarea en la que habían estaban trabajando, cavaban una fosa de grandes dimensiones. Alrededor quedaban los troncos de árboles que habían cortado, aún se aferraban al suelo a pesar de que habían perdido toda su altura, se parecían mucho a la política por la que habían optado las gentes de Esteldor.
- ¡Hazlo bien imbécil! – gritó el cabecilla orco, al cual le faltaba un brazo, aunque no por eso dejaba de agitar el látigo con fuerza y odio. Quizá lo hacía para demostrar quien era el jefe, o sólo porque gozaba al hacerlo.
- ¡Ya cállate, Râshum! – gritó un orco en plan de revelarse.
Râshum no esperó para saltar sobre el otro.
Los orcos que antes habían estado cavando, ahora gritaban apostando por el ganador. Era una pelea reñida, pero era obvio que si el cabecilla orco contara con su brazo perdido habría acabado con su contrincante en un parpadeo.
Una figura encapuchada los miraba entre las sombras de los árboles. Hace algún tiempo que se hallaba ahí observando. Un caballo se agitó intranquilo junto a la figura, quien acarició el lomo del animal para tranquilizarlo.
Finalmente lo agarró por el gaznate y lo elevó de tal manera que sus pies no rozaran el suelo, para después dejarlo caer.
- ¡Vuelvan a trabajar! – gruñó Râshum – ¡Pushdug! – maldijo escupiendo el cuerpo del orco rebelde.
Los ánimos de los orcos se enfriaban cuando la figura salió al claro, iba montada en un caballo negro como la noche. El rostro del jinete estaba oculto bajo la capucha de una capa azul marino. Uno de los orcos se lanzó al ataque nada más al verla, el filo del acero relució bajo la luz de la luna y la sangre negra se derramó en el suelo. En ese instante la elfa se quitó la capa, era Luiniel, y llevaba una armadura con los emblemas de Liantari.
- ¡Golug! – exclamó un orco, así llamaban a los noldor.
Râshum se adelantó.
- Bienvenida – dijo en tono burlón.
Luiniel empuñó nuevamente su espada y puso el filo en el cuello del orco, - ¿Qué clase de vigilancia es esta? – repuso con frialdad.
El orco dijo algo inteligible en lengua negra. Entonces uno de sus secuaces trajo al “culpable”, el cual perdió la cabeza sin más miramientos.
- No quiero que nadie se acerque sin ser detectado. – dijo la noldo – Si algo va mal la siguiente será tu cabeza. – añadió dirigiéndose a Râshum.
Luiniel se alejó hacia la zona donde habían armado las tiendas, dejando atrás a los orcos quienes miraba burlonamente a su jefe.
- ¿Qué miran holgazanes? ¡Sigan cavando! – gruñó haciendo chasquear el látigo.
Cerca de las tiendas estaban de guardia un hombre y un enano, parecía que no confiaban en los orcos y por eso mantenían una guardia a aparte. “Y con razón” se dijo Luiniel.
Después de dejar en el establo a Lintáurë, así había llamado al caballo edonita, se dirigió a las tiendas donde descansaban los heridos. Hubiera querido hablar con Tilmarion o Ohtaránë, mas eso no fue posible porque ambos estaban malheridos y seguían inconscientes.
- Volved mañana en la tarde, quizá despierten entonces. – dijo un joven sanador – Además necesitaríais un descanso después del viaje.
“No,” pensó “no hay descanso aquí para mí.” No obstante, dio las gracias y se retiró. Se acomodó en una tienda vacía y trató de dormir. Miraba al techo de lona como si allí estuvieran escritas las respuestas a todas su preguntas. Así estuvo durante horas sin poder conciliar el sueño. Sus pensamientos vagaban sin rumbo, pero siempre terminaban en el mismo lugar, Iaur-Abad.
Habían pasado diez días desde que Esteldor marchó lejos de Iaur-Abad y dejó atrás las tierras del Matriarcado. “Diez días contando desde hoy.” pensó.
Los soldados escondidos no perdieron el tiempo para recuperar la ciudad, no encontraron resistencia alguna. Es más, encontraron que habían otros soldados liantaris ahí.
La sorpresa de Luiniel había sido enorme al ver a Kael entre ellos. Por un lado se dio cuenta de cuanto lo había echado de menos; que no importaba nada de lo que hiciera porque cuando lo miraba a los ojos el mundo dejaba de tener sentido. También se preguntó porqué había dejado que se fuera, en seguida se reprochó por pensar en eso, sabía bien porque lo había hecho “las personas no son cosas y no se las puede tratar como tales” pensó. La libertad era un concepto demasiado preciado para ella.
Ese mismo día había llegado un pájaro con un mensaje del sur. Luiniel partió con las primeras luces de la mañana, sin que nadie lo notara, excepto Morë, quien también estaba allí. Pero la hechicera entendía sus propósitos y nada dijo al respecto.
Amanecía, lo notó por el cambio de temperatura, tenía los ojos cerrados pero no había dormido ni un minuto. Afuera se oía el movimiento matutino de quienes han reposado… sin embargo no escuchaba a ningún orco. Curiosa mezcla de soldados, unos funcionaban mejor de día y otros en la noche. Al fin decidió levantarse y ocupar su mente en otros asuntos.
Fue a ver si alguno de los capitanes heridos había despertado, sin embargo seguían igual que la noche anterior. Necesitaba la información sobre las tropas enemigas, no confiaba en los orcos cuando se trataba de números, siempre decían que si habían perdido era porque el enemigo era muy numeroso. Al pensar en orcos, se dio cuenta de que el ataque que estaba planeado debía ser en la noche, “o quizá, si el clima nos favorece y las nubes cubrieran el sol… si, podría funcionar” se dijo.
[…]
Durante los días siguientes, el ejercito se preparaba, afilaban armas, reparaban las catapultas dañadas en los anteriores asedios y otras cosas por el estilo. El sol no dejaba de brillar desafiando los propósitos de la elfa, pero cada vez que lo veía reía para si. Había prometido a los orcos que no tendrían que preocuparse por eso, que cuando el momento llegase el cielo estaría totalmente a oscuras. Nadie creía en las palabras de la elfa, incluso llegaron a pensar que había perdido la cordura.
El día anterior a la batalla, Luiniel fue por última vez a ver a los heridos. Ya no tenía esperanza de verlos concientes, aún así fue al encuentro, casi por costumbre. No obstante, se encontró con que Tilmarion había despertado.
Cuando el alto elfo la vio se horrorizó, - ¿Qué hacéis aquí? ¡Este sitio está abarrotado de orcos!
Ella lo miró divertida por su reacción, - Podéis confiar en los orcos, pues sabéis que siempre serán malvados, ruines y crueles. Sin embargo ¿Podéis decir lo mismo de elfos, hombre o enanos? ¿Podéis decir que siempre serán buenos? Por mi parte nunca he conocido un orco bondadoso, pero si elfos ruines.
“Nadie sabe todo sobre alguien. La vida es vista desde la superficie, - continuó - cada persona es un lago que en el fondo esconde varios tesoros. Algunos de ellos saben nadar y salen a flote tarde o temprano, es por eso que los reconocen como tal.
“Pero no he venido a hablar se eso, necesito vuestra versión de el enfrentamiento anterior.
Tilmarion se sorprendía de sus reflexiones, mas aceptó relatar lo que sabía.
[…]
Esa noche Luiniel salió del campamento, caminó hasta el linde del bosque, de modo podía ver los restos de los muros de Halatiryon. Aprovechó para observar lo que sería el campo de batalla, una llanura, sin lomas ni árboles, sería un encuentro frente a frente y ellos tenían la muralla que a pesar de su deplorable estado, seguía siendo una gran ventaja. Clavó su espada en el suelo y se sentó frente a ella con las piernas cruzadas.
Pero un lago no puede hundirse en otro, no puede ver sus profundidades y los tesoros más íntimos y hermoso que guarda, no puede conocerlos tal y como son en esencia …¿o si puede?
¿Puede alguien hundirse en otra persona? Si es posible, la pregunta es: ¿Cómo? ¿Cómo mirar sin ver? Si no miramos deberíamos cerrar los ojos y no malacostumbrarlos a la normalidad. Porque los ojos son las orillas de ese lago que en realidad somos. Sólo a través de la orilla podemos llegar al fondo; pero en el momento en el que tocas la superficie de otro mundo, éste se funde con el propio y se forman dos nuevos y distintos de los anteriores. Aquel contacto es igual al de una explosión, una tan fuerte y de tal magnitud que nunca llegamos a mirar ese otro lago en el que tanto deseábamos sumergirnos. Es tan intensa la explosión y creación de dos nuevos lagos que nos da miedo mirar esos ojos tan distantes; y a veces tememos, que por ser distantes, no sientan la explosión, tememos la explosión porque tememos la unión, no obstante, nos gusta el vértigo producido por el contacto, nos gusta enfrentarnos al temor, nos gusta creer que venceremos.
Estuvo un buen rato así, totalmente concentrada en su objetivo.
Anna menelva, nen á lanta nin, hostanyetat ¡ú nár! ¡ú cala!
El silencio se cernió de manera absoluta, incluso el viento contenía su aliento.
El cielo se cubrió de nubes negras y las gotas cayeron una a una lentamente, acelerando su caída a cada segundo. Luiniel consiguió levantarse apoyándose en un árbol, se sentía agotada. Sin embargo envainó a Lómemacil y regresó. Resbaló varias veces, pero al fin llegó, cubierta de barro. Se acostó y se quedó dormida al instante.
Durante la noche no dejó de llover y en la mañana el cielo estaba tan nublado que no dejaba entrever si era de día o de noche. El ejercito se puso en marcha incrédulo por ver hechas realidad las predicciones de la elfa.
Llegaron a los lindes del bosque, a partir de ese instante su marcha quedaría revelada. Luiniel montaba a Lintáurë, volvía a lucir su armadura, se sentía mejor pero aún no estaba del todo recuperada. Miró a sus soldados.
- Aquí estamos. – dijo dirigiéndose a todos los presentes – ¿Habéis sentido el vértigo alguna vez? El vértigo es el deseo de caer, no hay temor en él, tan sólo ansias de saber que nos espera al final. Ese – señaló la ciudad – es el final. Disfrutad de la caída, porque al final está la victoria ¡Por la victoria!
Dio la señal para que avanzara el primer grupo conformado por orcos, llevaban escaleras y un ariete. Después se adelantaron las catapultas arrastradas por un par de trolls. Una vez en posición las cargaron y empezó la lluvia de proyectiles los cuales chocaban contra los muros que habían sido reparados.
La respuesta fue inmediata, los defensores lanzaron una lluvia de flechas. Sin embargo la lluvia torrencial seguía cayendo perjudicando la trayectoria trazada por los arqueros esteldilis. Ambos bandos se dieron cuenta de ello.
“Ahora abrirán las puertas y saldrán” pensó Luiniel. Escondidos en el bosque habían permanecido varios jinetes que esperaban la salida del enemigo para luchar en campo abierto. Muchos de ellos portaban arcos.
En efecto, las puertas se abrieron. La noldo alzó su espada como señal y cabalgaron …Hasta la victoria!
Mientras la caballería se movía, los orcos se habían encontrado con sus rivales, el choque entre ambos fue brutal. Los soldados de Esteldor luchaban con toda su fuerza para resistir el ataque. Mientras que los orcos liantaris gozaban con el derramamiento de sangre ajena, hasta se lanzaban a beberla directo del cuello de sus enemigos.
Todavía habían arqueros en la ciudad, ahora trataban de abatir a los jinetes. Cabalgaban a toda velocidad, algunos caían abatidos por las flechas, otros disparaban en respuesta. Los jinetes se separaron para atrapar a la infantería enemiga entre el yunque y el martillo. Luiniel dirigió a unos cuantos hacia el flanco izquierdo y otro oficial fue al flanco contrario.
El acero mandaba en la batalla, era el dios que decidía quien ha de morir y quien ha de vivir, maneja como marionetas a los brazos de los guerreros.
Pasaron algunas horas sumergidas entre el estruendo de la batalla. Las flechas no dejaban de caer, al igual que la lluvia. Una de ellas atravesó la mano de Luiniel mientras peleaba, esto hizo que se desconcentrara y cayera de su montura. Sintió como se rompía el mismo brazo, por suerte era el izquierdo, era una fea fractura pues podía verse el hueso en medio de una herida sangrante. Blandió la espada una vez más, no obstante, a pesar de las numerosas perdidas, Esteldor se rehusaba a ceder la ciudad. Era increíble como luchaban con tanto ahínco.
La noldo observó el espectáculo de sangre y llamó a la retirada. Otro descuido, esta vez el acero se acercó a sus costillas justo en el área donde la armadura no la cubría. Se deshizo de su atacante separando su cabeza del cuerpo. El corte no era profundo, pero estaba perdiendo mucha sangre.
Al oír que se retiraban, lo que quedaba del ejercito esteldili también huyó a refugiarse detrás de los muros de Halatiryon.
Volvieron al campamento, fue difícil organizarse para curar a todos los heridos a quienes el dios del acero había perdonado, pero ahora se encontraban en manos de otro dios, el que en realidad podía decidir acerca de su vida: su propia voluntad y amor por la vida.
[Editado por arweneressea el 15-10-2006 23:57]
- Golag asha dagnir – le dijo el grande al pequeño
- Akkha! – replicó el otro, y se abalanzó sobre él.
El orco de mayor tamaño aguantó esta primera envestida, haciendo retroceder a su oponente unos metros. En cuanto éste se hubo recuperado, lanzó un segundo ataque, pero lo tenía muy difícil. El orco contrario era mucho más grande que él, y soportaba sus intentos de herirle con pasmosa facilidad. Ganarle o morir, no había más salidas. Eso era lo que le habían dicho cuando aceptó el trato de la humana.
Pocos pies de distancia separaban a la multitud de la pelea entre los dos orcos, los justos para no correr peligro de interponerse entre las dagas de ambos. La plaza mayor, que en tiempos de paz era sinónimo de algarabía y mercaderes, era en estos momentos un tablero de lucha improvisado. Habían traído tierra de fuera de las murallas para crear un lugar de combate apropiado, y lo habían vallado (si es que merece ese calificativo) con unos tablones de madera que pronto habían sido sobrepasados por la multitud. Los más afortunados estaban a una mano de la arena, mientras que otros, entre ellos los más jóvenes, comentaban el espectáculo subidos en algunas ruinas cercanas. Incluso habían formado dos facciones, una de rojo y otra de verde, para apoyar a uno de los dos combatientes.
En unos sitiales privilegiados, se podía ver a Húrin y Jade, siempre acompañados del escudero del primero, Arose.
- Esta idea tuya es aún más maravillosa de lo que pensé – comentaba Húrin.
- Gracias, la verdad es que llevaba tiempo dándole vueltas – respondió ella – Esto animará un poco a nuestros soldados después de tantas batallas dolorosas. Hasta yo me siento más animada viéndoles disfrutar.
- Aprovechemos el momento. Ha sido una suerte que hayamos podido mantener la ciudad. En cuanto vi su caballería pensé que tendríamos que salir huyendo como ratas. Espero que sea una señal de los Poderes, y a partir de ahora nuestras batallas cambien de resultado.
En ese momento, el orco grande decidió que ya era hora de probar suerte. Agarró su daga con la siniestra, y lanzó un tajo a la altura del cuello, aunque fue demasiado lento. El orco enano era menudo pero muy ágil, y nada más esquivar decidió contraatacar. Empuño su daga y atacó al costado izquierdo del enemigo, con buen hacer, ya que la clavó entera bajo el costillar. El orco grande emitió un gemido de dolor, y saltó hacia detrás. La herida no era demasiado grande ni profunda, aunque si resultaba vencedor debería procurarse unas hierbas para asegurar una buena cura.
- ¿Estos son los últimos, mi Señora? – preguntó Arose
- Sí – contestó Jade – después de que acaben, tendremos que volver a nuestras tareas cotidianas, menos divertidas sin duda alguna. Disfrutemos mientras podamos.
- ¿Quién crees que ganará, Arose? – le preguntó Húrin
- No lo sé, antes pensaba que el grande, pero ahora creo que el pequeño está demostrando más habilidades, Señor. Sí, creo que ganará.
- Hum.... Todavía tienes mucho que aprender – replicó - Ganará el grande. Hay demasiada diferencia de tamaño.
- ¿Usted que cree, Señora Jade? – le preguntó el escudero.
- Creo que cualquiera puede ganar. Si tuviera que elegir diría que el pequeño, se le ve más animado después de este último lance.
Los orcos empezaban a estar cansados, y su respiración era cada vez más rápida e irregular. El orco grande volvió a atacar, pero el pequeño le volvió a esquivar, contraatacando sin consecuencias esta vez. Se miraron unos momentos, y acto seguido los dos atacaron a la vez. El grande atacó a la altura del vientre, dejando desprotegido su flanco superior izquierdo, situación que no desaprovechó el pequeño para hundirle su daga en el cuello. La sangré empezó a manar a borbotones de la herida, pero los dos orcos todavía se mantenían unidos en mitad de aquella sangría.
- Al final va a tener razón tu escudero – le dijo irónicamente Jade a Húrin.
- No lo creo.
Los dos orcos se separaron, cayendo el grande hacia detrás, inerte, muerto, mientras el otro caía hacia un costado. Entonces se vio como el ataque del primero no había resultado para nada infructuoso, porque había dejado su daga clavada en el vientre del pequeño. Este se retorcía en el suelo, sufriendo, sabedor de que no tenía nada que hacer para salvarse, y suplicando que el dolor terminase con prontitud. Afortunadamente para él, enseguida cesó y expiró.
- Al menos nos ahorramos tener que dejar a uno con vida – comentó Húrin a Jade – No sé si habría podido permitírtelo.
¡Quién hubiera imaginado esto 3 días antes! Todavía parece oírse el cuerno en las horas de silencio. El ejército de Liantari había decidido volver a atacar, insistiendo en la toma de ciudades esteldili. Pero esta vez la compañía número uno de Eire Esteldor había hecho honor a esa denominación, manteniéndose firme y defendiendo con éxito su posición. Se había visto reforzada después de huir durante varias semanas, y no podían permitirse perder más.
Fue por ello que, cuando se vio al ejército enemigo todos se prepararon con pasión para acabar con todos. Halatiryon no sería saqueada esta vez. Primero intentaron asediar con unas lejanas y torpes catapultas, causando pocos daños. Jade decidió que había que contestar con una lluvia de flechas, sabiendo sobradamente que sería igual de infructuosa por culpa del agua que el cielo les obsequiaba, pero no quería parecer débil. Lo siguiente que hicieron desde las afueras fue mandar... ¡Un batallón de orcos! Eire sabía que las tropas de Liantari eran ruines a más no poder, pero no imaginaba que se hubieran aliado con semejantes engendros para poder vencer. Después habría momento para deliberaciones, ahora era el momento de cargar contra los enviados de Morgoth, así que Húrin dio orden de abrir las puertas y cortar cabezas. Se dejaron algunos arqueros apostados en las almenaras, al fin y al cabo, un puñado de orcos no eran un rival digno.
Pero ahí estaba la trampa. Tan poco original como efectiva. La caballería de Liantari salió de entre los árboles rodeando a las tropas comandadas por Húrin y Jade. Arose, desde las alturas, guiaba a los arqueros con su buena vista, pero la lluvia seguía persistiendo, y era extraordinariamente difícil hacer blanco en aquellas condiciones. En las puertas de la ciudad, la infantería se jugaba la vida en cada movimiento. La altura que tenían las hordas enemigas era una ventaja demasiado considerable, incluso para tropas tan bien entrenadas como las esteldili. La lucha era sucia y desordenada, totalmente caótica.
Por un momento, Jade pensó que no aguantarían, y estuvo a punto de dar pie a una huida masiva. Pero no, no podían esta vez. Les tocaba ganar. En el lado contrario de la contienda, Húrin sí se planteaba seriamente dar esta orden. Las cosas iban mal, mal, mal... Casi todos en el flanco derecho habían caído, y no parecía que las cosas se decantaran claramente en el resto de la jauría humana. Ordenó desde abajo a su escudero que sonara el cuerno de retirada, pero antes de que éste pudiera obedecerle, se oyó el cuerno de Liantari. ¡Se iban!
La caballería, mayoritariamente apostada en el flanco derecho, salió volando sin dejar opción a seguirles. Los orcos habían perecido, salvo algunos que estaban en lamentables condiciones. Si alguno más de los que se capturaron quedó con vida, nada se supo jamás de él. Después de un primer recuento, se vio que mas esteldili de los que se preveía habían caído. Como siempre, todos presentaban alguna herida, incluidos Jade, Arose y Húrin. El escudero había recibido una flecha perdida en el antebrazo, y tendría que pasar un tiempo sin escribir sus crónicas. La humana no recordaba como había aparecida una fea herida en su pierda derecha, y Húrin rememoraba en la enfermería haber tocado algo caliente que le había provocado un agudo dolor en su pierna izquierda, pero no sabía a ciencia cierta que había sido. No eran heridas de gravedad, aunque unidas a sus anteriores sin curar empezaban a presentarse como una seria amenaza de viaje a las casas de curación.
Se dio orden, contra lo que venía siendo habitual, de hacer prisioneros orcos, y aunque hubo reticencias entre soldados que apostaban por matarlos directamente, fue obedecida. Se salvaron nueve, pero uno murió en el transcurso de la noche. Ocho, un numero perfecto para la idea que Jade había concebido. Durante el día siguiente murieron también otros tres soldados esteldili, con heridas frente a las que nada se podía hacer.
Pero, a pesar de las bajas, todo el mundo estaba animado. Por fin habían conseguido mantener una plaza fuerte, y estaba seguros de que ahora todos sus enemigos se lo pensarían dos, tres o cuatro veces antes de venir a vérselas con el poderío del ejército de Eire Esteldor.
Por ello entonces, después de acabar los denominados “Juegos orcos de guerra”, Halatiryon y sus habitantes eran un feudo feliz. Feliz, como no habían sido en mucho tiempo, y como no lo serían hasta que acabase la guerra. Muchas penurias tendrían que padecer todavía, pero en ese día, regados por el sol de Arien, todos soñaban con un mundo como aquél. Un mundo feliz.
Liantari ha perdido 19 armadas x 35= 665 puntos.
Recuperables: 665 puntos pues Liantel usa su poder.
Valoraciones: 9+7+8.4+9.4+9= 8.6
Recupera: 572 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 40%, por este concepto recupera 140 puntos. Total recuperación: 712 puntos.
No pierde puntos.
Eire Esteldor ha perdido 31 armadas x 35= 1085 puntos.
Recuperables: 362 puntos.
Valoraciones: 8.2+8.4+8.5+9.1+9= 8.6
Recupera: 311 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 40%, por este concepto recupera 140 puntos. Total recuperacion: 451 puntos.
Pierde 634 puntos.
Liantari Dimbar percibe 600 monedas por la victoria en la batalla.
Liantari Dimbar entrega 100 monedas a Eire Esteldor por abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.