La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 40. C1 Helkelen Lara Vs C3 Lempë Ohtari.

2006:10:23:01:42:49

Kelusse

Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate

Armadas perdidas por "Helkelen Lara" = 17

Armadas perdidas por "Lempë Ohtari" = 21

Victoria para Helkelen Lara.

Apacen

Los pasos de los guerreros se sucedían sin tregua mientras sus ánimos se templaron pronto en un declive fácil de prever, pero Ezel mantenía un paso obstinado a la vanguardia de las tropas que se alargaban cual serpiente en toda su extensión, por el angosto camino que hería al bosque.

De vez en cuando la joven se daba vuelta para constatar un orden general en los hombres, pero con el paso del tiempo el tedio le ganó a la buena costumbre y dejó de hacerlo. Ahora no dejaba de enfocar el objetivo; las Cavernas de Evadrien que se hundían en las montañas, un par de millas al norte.

Debía ser mediodía para cuando arribaron, mas el mal tiempo flagelaba con su helor los cantos de los hombres transformándolos en órdenes maquinales provenientes de una jerarquía absurda pero eficiente.

Los hombres se empezaron a sentar en el piso y desatando los fardos se dieron tiempo de probar un bocado, al resguardo de las pétreas paredes de la caverna que los resguardaba de los vientos que asolaban la región.

Pero Ezel sentía un vacío inexplicable. La sensación de ausencia se acrecentó cuando recorriendo el lugar plagado de gente echó en falta a Apacen. Tampoco pudo hallar a Herkeblam.

[…]

Herkeblam caminaba entre la fuerte tormenta de nieve, en el medio de la nada, comenzó a desfallecer. Casi sin fuerzas, para encontrar la motivación que lo hiciera salir adelante evoco a sus efectos, y recordó a cada uno de sus amigos. De nuevo recupero las fuerzas para continuar su camino y de vuelta se encontró batallando contra una tormenta cada vez más intensa.

Intentaba encontrar el camino de vuelta, pero la nieve caía cada vez con más fuerza, las huellas iban desdibujándose y la soledad era total. Los copos potentes se estrellaban masivamente contra su cuerpo, intentando atravesar sus pesadas ropas. La blancura absoluta se imponía sobre la oscuridad de la noche.

De nuevo sintió que el fuego de su interior se apagaba. El frío comenzaba ha hacer mella en él, atravesando sus ropajes, sintiendo como abrasaba la piel de su cara. En un acto reflejo agacho la cabeza, y se cubrió el rostro con su brazo izquierdo, pues tenía el derecho malherido, entumecido por un mandoble de espada y el frío reinante.

Sin fuerzas para mantenerse en pie, cayó de rodillas al suelo, después acabo de desplomarse hacia delante. Su cuerpo quedó tendido sobre el manto blanco, mientras que los nuevos copos cubrían su cuerpo.

-Es este mi final – Se pregunto – La soledad de la noche y una tumba helada – Reflexiono. Mientras la oscuridad lo envolvía y sentía la quemazón del frío. Entonces escucho una voz familiar y conocida:

La naturaleza siempre es veraz, siempre es seria, siempre es severa.

Intento mover la cabeza en la dirección de donde provenía la voz, pero no consiguió ver nada. Era la voz de Apacen porque había venido a aleccionarle en el momento de su muerte.

Ella siempre tiene razón mientras que los fallos y errores tenemos que atribuírselos en todo momento al hombre.

Continúo la voz, esta vez proveniente de otra dirección. Herkeblam rió amargamente, estaba delirando, perdiendo el juicio, entonces comprendió que su hora estaba próxima.

-¿Siempre tienes que tener razón? - Grito contra el viento- ¿No te equivocas nunca? – Se pregunto - No debería haberme separado de Ezel, ni lanzarme en aquella loca persecución, pero como tú sueles decir: Los jóvenes no siempre hacen lo que los mayores dicen – Entonces río abiertamente, hasta que la risa se transformó en llanto. Las lágrimas recorrieron su rostro, resbalando como pequeños diamantes cristalinos por sus mejillas.

La naturaleza desprecia a todo aquel que no esté a su altura - Sentenció la voz.

¡Maldito seas! – Gritó – Me estoy muriendo, deja las lecciones- Gimoteo.

Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, consiguió desprenderse de la capa de nieve que le cubría. Desenvaino su espada, y la utilizo a modo de bastón para poder incompararse y seguir avanzando.

Mientras proseguía su periplo por la tormenta, dos figuras emergieron de las entrañas de la tormenta.

Todos se observaron con sorpresa. La suerte de Herkeblam solo había hecho que empeorar, dos soldados de Lempë se encontraban frente a él.

-Vaya que tenemos aquí – Dijo uno de los soldados en tono burlón, mientras miraba a su compañero.

-Un soldadito de Lara, o lo que queda de él. – Río el otro.

Herkeblam intentó blandir su espada, pero sus fuerzas eran escasas, y tan solo puedo articular un leve gruñido, que se perdió con el viento.

Los dos soldados se rieron abiertamente, entonces escucharon el aullido de un lobo.

-Mira – indico uno de los soldados, Observaron las numerosas heridas de Herkeblam y el reguero de sangre que había dejado tras de si.

-Maldita sea, los lobos deben haber captado el olor de la sangre. –Maldijo el segundo soldado

-¡Allí! – grito el primer soldados.

-¡Un oso blanco! - Grito aterrado el segundo soldado.

Rápidamente extrajo de su carcaj el arco y cargo un flecha. Apunto y disparo. Desviada por el viento la flecha solo pudo impactar en una de las extremidades de la criatura, un débil gruñido se escucho, pero la criatura siguió atravesando la tormenta. Se volvió a escuchar de nuevo el aullido de los lobos, esta vez mucho más próximo.

-Salgamos de aquí, o estas bestias acabaran con nosotros. Dijo el primer soldado.

-Tienes toda la razón –Asintió el segundo – Suerte muchacho. – Le desearon los soldados y desaparecieron en la tormenta.

Herkeblam intento encararse a la criatura, pero mientras giraba sobre si mismo, se tropezó, cayendo al suelo boca arriba. Su vista se fue nublando poco a poco, hasta que la última imagen que tuvo fue la cara del oso frente a él. Sus gritos se los llevo el viento.

[…]

-Shuuuu – Susurraba una voz. – Tranquilízate Herkeblam, estas a salvo- Dijo una voz dulce.

Herkeblam abrió los ojos, poco a poco su vista se fue aclarando hasta que pudo reconocer el rostro, intento pronunciar su nombre - Ezel – pero tan solo fue un leve susurro. Intento incorporarse pero esta se lo impido.

La joven permanecía sentada junto él, con el brazo izquierdo recubierto por un improvisado vendaje. Arqueo su ceja, mientras le reprimía con la mirada – Aun no estas recuperado, has tenido mucha suerte que te encontraran a tiempo.- Su voz sonaba calida y dulce.

-El oso – Tartamudeo Herkeblam - Vi un gran Oso blanco, como el de las leyendas – jadeo.

Ezel estallo en una gran carcajada, pero tuvo que reprimir la risa por el dolor que sufría en el pecho debido a una herida en su costado.

-No sería uno como ese – le dijo, mientras señalaba en dirección a la salida de la cueva. Herkeblam se incorporo.

Sobre la entrada de la cueva vio la figura, recubierta de pelaje blanco.

-Pero, ¿cómo?- dijo Herkeblam asombrado.

Ezel lo miraba sonriente, pero Herkeblam no dejaba de observar al gran oso que lo había salvado. Ezel, silbó llamando la atención del oso, este dio la espalda a la tormenta, y se dirigió hacia donde se encontraban Ezel y Herkeblam.

Herkeblam, al ver la cara del oso, no pudo pronunciar palabra, -¿Apacen?- decía para sus adentros, sin dejar de pensar el nombre de aquel que le había salvado.

-Si, soy yo mi querido amigo- dijo este con tono sereno.

-¿Pero?, ¿tu?- tartamudeo el joven.

-Esta piel es del oso blanco, es de un Ear, al que tuve que dar caza en mis años de juventud, adentrándome en el Aegols- Apacen bajo la voz -y… que desgraciadamente me dejó estas feas cicatrices en los ojos, produciéndome ceguera.- terminó Apacen.

Herkeblam al entenderlo todo, hizo una mueca de felicidad, mirando unos segundos el rostro de Apacen. Un Explorador apareció de repente de la tormenta, jadeante, y con el rostro congelado, Ezel se acerco a él, y lo condujo al fuego para que entrara en calor. Una vez el explorador se recupero del frió, comenzó:

-Mi señora, nos retiramos de nuestro flanco, los soldados enemigos eran demasiados, las flechas de nuestros arqueros se perdían en la inmensidad, el entrechocar de las espadas se mezclaba con el fuerte viento, no pudimos hacer nada más, muchos de nuestros soldados caían a manos del enemigo, y otros se alejaban, aturdidos por la tormenta. Solo hemos regresado unos pocos- el explorador, con la cabeza gacha concluyo –lo siento-.

-Os acompañare con vuestros hombres soldado, tu valía a sido demostrada- termino Ezel.

Cuando Ezel volvió, varios soldados hablaban con Apacen, este con la piel de oso puesta por encima de los hombros, y Herkeblam sentados junto al fuego.

-El grueso de nuestro ejército se encontraba en el campamento de Lempë, nuestras filas avanzaban firmes, arrasando todo lo que se interponía en nuestro camino. Ha sido una batalla violenta, la blanca nieve se mezclo con el rojo de la sangre derramada por los soldados de ambos ejércitos, la nieve y el viento cada vez venían con mas fuerza- concluyeron los soldados inquietos.

Herkeblam estrecho la mano a uno de los soldados, felicitándole por la valía y el coraje demostrado ante el enemigo. Los soldados se retiraron, dejando la cueva tras de si.

Ezel se encontraba en el pie de la cueva, con la mirada perdida en el horizonte. Estuvo así largo tiempo, pero un crujido le volvió a la realidad, miró hacia abajo, y allí vio a un par de soldados, desvalidos sin la armadura puesta, solo se servían de su espada para apoyarse, se aproximaban a la cueva donde se encontraban.

-Nuestra caballería ha sido diezmada por los hombres de Lempë en el flanco izquierdo, el embestir del viento nos reducía, una avalancha calló sobre nosotros, los caballos quedaron sepultados junto con muchos de nuestros soldados, oía gritos aislados debajo de la nieve, comencé a excavar como si un ejercito corriera tras de mi, solo conseguí rescatar a unos pocos. Todo aquello era un caos, los gritos de dolor de los guerreros se perdían en la inmensa tormenta, no hemos podido hacer nada mas- informo uno de los soldados que habían llegado donde se encontraba Ezel.

Esta al igual que con los demás soldados, los condujo hacia una cueva, en los niveles inferiores de donde se encontraban.

Herkeblam escudriñaba la piel del oso blanco, observando las fauces, y las grandes zarpas negras, y hablando con Apacen sobre como capturo al gran oso blanco. Ezel seguía mirando hacia el infinito pero, esta vez no la interrumpieron, giro sobre si misma y se acerco hacia el fuego, donde se unió a Herkeblam y Apacen.

Pasaban las horas, todo seguía igual, la tormenta amenazaba con más fuerza que antes, el sol se había puesto, la oscuridad era inmensa, el viento traía susurros, tres combatientes entraron en la cueva, llamando la atención de Ezel y los demás, iban desaliñados, con el yelmo y la espada en mano. Herkeblam se levanto y junto con Ezel se acercaron a ellos y pronunciaron con voz firme dirigiéndose a Ezel – ¡¡Hemos vencido!!.

Por arantxa y fredo

[Editado por percebal el 16-10-2006 23:08]

Sonyariel Lisse

"Una graciosa señora blanca bajó las montañas con una delicada danza. Su nívea piel era acariciada por finas telas de nubes y el brillo de su mirada semejaba al de la hermosa luna que observaba temerosa tras los cúmulos en el horizonte. A cada paso que daba, dejaba una tierna sabana blanca cubriendo el vasto valle. Pero la dama no se presentaría sola, y con su coqueta mirada, notó a su compañero el viento del norte, vestido elegantemente con su grueso traje gris.

De la mano caminaron y un estruendo cruzó los cielos, producto de la sonrisa profunda del viento que veía como la dama le invitaba a danzar acompañados de la música del trueno y las luces del relámpago, sobre el valle; armaron una fiesta al ver que la Dama del Fuego, Yárfaila, había retornado a su ciudad al saber el imprevisto que estaba viviendo Aikanaro. Ambos danzaron, sin percatarse de aquellos pequeños seres apostados en las cercanías de las montañas de la Nieve Perenne, que intentaban mantenerse firmes en un improvisado campamento.

-¡Pareciera que la blanca señora y el viento están de fiesta sobre nosotros, sin importarle el estrago que provocan aquí abajo! – Comentaba una abrigada elfa mientras intentaba caminar sin que el viento la lanzase. Vanadessë frotó sus manos junto al fuego, al lado de algunos arqueros que aprovechaban la calidez de aquella fogata, bajo un grueso toldo que menguaba en parte el viento y el frío reinante.

Unos ojos grises se fijaron en la joven dama, sus dóciles cabellos caían bajo las blancas pieles que la cubrían, era bella y aquello no pasaba desapercibido para las sensibles miradas de los elfos allí apostados. Una mano se posó en su hombro y la elfa se sobresaltó. Al girarse y ver de quien era la mano, un escalofrío le recorrió su espalda, pues se encontró fijamente con los ojos de un hermoso elfo que le indicaba la tienda de Sonyariel. La silueta de la mujer se marcaba tenue en el toldo, gracias a la luz que le proporcionaba la lámpara sobre la mesa, su constante ir y venir despertó curiosidad en la elfa.

Entre mapas y papeles, los ojos de Sonyariel se centraban tratando de encontrar algún camino que no implicase grandes problemas para su gente.

Aquella incursión en tierras extranjeras no había logrado su objetivo y eso la tenía inquieta. Sabía que mientras más permaneciesen en aquel lugar sus hombres se agotarían. Los fracasos la ponían de mal humor y caminaba a uno y otro lado de la mesa con una jarra tibia con té hierbas y endulzada con miel.

- Esto no puede continuar así- susurró la joven seriamente – Es como si supieran cada uno de nuestros pasos... ¿habrá algún infiltrado?... ¡no!... eso es imposible... ¿Volvemos al Lempë con la derrota a cuestas o aguantamos hasta encontrar algún punto débil en la ciudad?... Ni siquiera el clima está de nuestra parte... Querida Muitiel,... ¡Por qué los antiguos nos castigan tanto!... ¿Será por mi presencia?

Una fuerte brisa entró revolviéndolo todo. Su poderío era tanto, que de la impresión la joven soltó aquel jarro con el cálido líquido de sus manos, vertiéndolo en la ya congelada tierra. Observó sus manos vacías mientras caía arrodillada al suelo y cubría su rostro del arremolinado aire frío. Al descubrirse los ojos observó la oscuridad a su alrededor.

-Lórindol... me haces tanta falta... ¿habré hecho bien en no contarte?... Tarde o temprano mi vientre se abultará y no podré mantenerlo por mucho tiempo escondido... - susurró mientras cubría su abdomen y una pequeña lágrima acariciaba su rostro pálido.

- Mi señora – una voz tras de sí la sacó de sus pensamientos. Entre la penumbra vio una sombra se acercaba lentamente a ella y luego sintió una delicada mano en su hombro.

Era Vanadessë junto a un joven elfo. La ayudó a levantarse del suelo, mientras el bello elfo recogía los papeles regados por el piso. Extrañada ante aquella visión, la elfa se acercó a la dama y notó que sus labios adquirían una suave tonalidad azul. – Se... Señora, ¿Se siente bien? - le preguntó a la humana, la cual se frotaba los ojos en aquel momento.

- Sólo un poco entumecida Vanadessë, no te preocupes. El cambio desde las dunas hasta estos fríos valles a sido un poco fuerte, pero tengo que acostumbrarme a la idea. Le dijo mientras le guiñaba un ojo.

- Acaba de llegar una extraña águila, porta en una de sus patas el símbolo de la llama roja, pero no dejó que nadie se le acercara... entró a su tienda y se quedó sobre una cesta.

- ¿Un águila?, que extraño. Dijo la humana mientras se cubría con una oscura y gruesa piel.

Afuera el tiempo arreciaba. Algunos hombres del Lempë, cubiertos por gruesas pieles y portando antorchas, hacían la guardia nocturna, protegiendo el sueño de los demás guerreros del campamento. Con paso firme, saludaron a las dos damas mientras pasaban en dirección de la tienda. Tras observar a la bella ave, Sonyariel esbozó una sonrisa.

- no dejad que nadie más entre a mi tienda soldado- le indicó a un joven elfo quien se quedó resguardando la entrada de la tienda de la señora.

Rápidamente buscó entre sus cosas algo de vestimenta y con una gruesa capa cubrió el cuerpo del ave, la cual ante el asombro de Vanadessë, se transformó en una bella mujer de dorada piel, la que cubrió del inclemente frío.

-¡Annamel! ¡Que grato verte nuevamente!- le dijo la humana que olvidando formalidades le daba un vigoroso abrazo.- te presento a Vanadessë una gran elfa que se ha unido hace poco a nuestras filas.

¡Por Eru mujer, que clima os ha tocado!. Por poco y no llego.

-Aiya, señora- saludó Vanadessë a la recién llegada. La elfa a juzgar por la cordialidad de Sonyariel, supuso que aquélla mujer era amiga.

Luego de los saludos pertinentes, las tres féminas se enfrascaron en una extensa charla que duró hasta altas horas de la madrugada.

Las hermosas armaduras rojas fueron cambiadas por gruesas pieles, ahora toda la compañía estaba durmiendo y sólo se oían algunas risas furtivas de los guardias que hacía vigilia esa noche.

[...]

El amanecer era aún más frío, la fogata que había aún no acababa de consumirse y el helado viento del norte hacía presagiar que el mal tiempo sólo estaba comenzando.

El campamento de Lempë estaba despertado, entumecidos por la escarcha y el viento. Pero a pesar de que el tiempo arreciaba, no mermaba la fortaleza de sus guerreros quienes a tempranas horas de la madrugada ya tenían sus armaduras, escudos, y armas de ataque preparadas para una inminente batalla.

Algunos de los elfos comenzaban a preparar sus flechas, tensar las cuerdas de sus arcos y otros preparaban las provisiones para la partida a la batalla. Vanadessë esta vez iba más preparada, en la batalla anterior había salido malherida, pero esto no impedía que siguiera luchando por su compañía. Sonyariel por su parte tenía preocupación, anteriormente habían sufrido muchas bajas y su instinto le decía que esta vez no sería distinto.

-He venido porque Yárfaila se ausentará en esta batalla, Sonyariel- dijo Annamel, mientras salían de la tienda.

-Lo suponía, y que tú estés aquí me alegra muchísimo- Sonyariel le regalaba una sincera sonrisa a su compañera y luego miró a Vanadessë, que poco entendía de lo ocurrido.

- Debemos evitar que se acerquen demasiado al campamento- dijo la humana con rostro preocupado – estamos en sus terrenos, por lo que están acostumbrados a este clima frío. Temo por nuestros hombres.

El frío calaba hasta los huesos y la nieve hacía lento el paso de la compañía, Annamel se sentía a gusto en aquella inhóspita región. La fuerte ventisca traía susurros de dolor y miedo desde los árboles, algunos soldados comenzaban a pensar en sus familias y sabía a ciencia cierta que tal vez jamás volverían a verles.

Al cabo de unas horas llegaron a destino, el ejército enemigo estaba apostado en las cercanías, la batalla comenzaría sin aviso. El rugir del viento se confundía con los desesperados gritos de los soldados, quienes luchaban con fervor por su compañía. La sangre de los heridos y muertos comenzó a teñir rápidamente la nieve a sus pies, algunos eran embestidos por la caballería de Lara, otros eran heridos por los filos de las espadas enemigas y muchos perecieron bajo la avalancha que cayó sobre ellos. Otra inminente derrota se preveía para los Ohtari, quienes a pesar de las bajas, seguían prestos a dar muerte a cuanto enemigo se cruzara por su camino.

Sonyariel daba certeras estocadas a los soldados que se le abalanzaban, mientras acomodaba su espada, sintió el frío acero en una de sus piernas, lo que le hizo caer de rodillas. Sintió como el frío traspasaba sus ropajes y vio como su sangre caía a borbotones sobre el blanco piso que le rodeaba, cuando levantó la vista diviso a lo lejos algunos rostros familiares, que estaban inertes, blancos como la misma nieve que ahora caía y con una gran mancha de sangre rodeándoles.

De improviso un estruendo retumbó en todo el lugar, deteniendo por un instante la batalla, en lo alto de la montaña un río de nieve se aventuraba fuertemente sobre los soldados. Sonyariel había sido uno de ellos. Todo era caos. Muchos luchaban por salir entre la nieve mientras otros continuaban la batalla.

El frío reinante comenzaba a hacer mella en el cuerpo de la elfa, a pesar de luchar con todo, sus brazos no le respondía como ella pretendía. Sus entumecidas manos no eran capaces de seguir empuñando su espada, que ya había dado muchas muertes al enemigo. Cuando quería dar muerte a uno que se encontraba de espaldas a ella, sintió como el acero traspasaba sus ropajes y le provocaba una profunda herida en su hombro izquierdo, Vanadessë cayó sobre el frío suelo y no supo más.

Annamel luchaba sin tregua, con una puntería perfecta y a pesar del viento reinante, dio muerte a muchos con sus flechas, cuando se preparaba para tensar la cuerda, y con un paso en falso, sintió como su tobillo de doblaba y a causa del dolor, esa fue una flecha perdida. Un esguince le hizo caer y olvidarse por un momento de la batalla, que en ese momento se daba por finalizada, pues el ejército de Lara ganaba nuevamente y los Ohtari habían sufrido muchas bajas para pretender seguir con una lucha que, hace rato, ya estaba perdida.

Uzbad Kibil

Helkelen ha perdido 17 armadas x 35= 595 puntos.

Recuperables: 397 puntos.

Valoraciones: 7+7+7.6+7= 7.15

Recupera: 284 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperación: 564 puntos.

No pierde puntos.

Lempe ha perdido 21 armadas x 35= 735 puntos.

Recuperables: 490 puntos pues Annamel usa su poder.

Valoraciones: 7.4+8+8+7.4= 7.7

Recupera: 377 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 110%, por este concepto recupera 385 puntos. Total recuperacion: 762 puntos.

Helkelen Lara percibe 300 monedas por la victoria en la batalla.

Lempe Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.