Aratan hijo de Arahad
El quemante sol caía plenamente sobre el campamento, que ya estaba bastante alejado de Mirianost, y en su inclemencia hacía hervir las aguas del mar elevándolas por el aire y haciendo de este una sustancia casi irrespirable. Los cuerpos amputados de los heridos se esparcían cerca del campamento sobre improvisados camastros de paja y las moscas se posaban y volaban sobre ellos; las aves de rapiña también planeaban sobre el campamento acechando, esperando, deseando la muerte de algún desgraciado para intentar devorar sus entrañas.
Los desesperados curanderos atravesaban el campo intentando salvar a aquellos que tenían esperanzas y disminuir el sufrimiento de los desahuciados mediante la aplicación de las plantas medicinales que pudieron conseguir en las cercanías. Aquellas yerbas no eran como las que crecían en el rico reino de Lempë Ohtari, extremadamente generoso, sino mucho menos efectivas; a pesar de eso aquellos sabios tenían el conocimiento teórico y práctico suficiente como para apañárselas en esa circunstancia con aquellas plantas menos dotadas por Yavannä.
Las horas pasaban rápidamente mientras la preocupación por los heridos que sobrevivían iba disminuyendo y la necesidad de conseguir provisiones aumentaba. No obstante, la preocupación por un herido no disminuía. En una tienda de alto toldo, sobre un abultado montón de paja, yacía Aratan, hijo de Arahad, pero no permanecía quieto. Su mente vagaba por un mundo distinto, al parecer no era un mundo feliz sino de guerra, sufrimiento y desesperación; su cuerpo sufría en esa inhóspita, polvorienta y caliente tierra. El polvo que levantaban los vientos llegaba al campamento y se posaba sobre todo, incluso sobre las purulentas heridas, y formaba sucias e infecciosas masas sanguinolentas por doquier. Y Aratan no era la excepción, aquella tienda donde se retorcía por efecto de la fiebre lo custodiaba de los inclementes rayos del sol pero no de la tierra que cubría su cuerpo, su cara, sus heridas.
Llegaba un niño corriendo, riendo, Aratan se agachaba y lo tomaba en sus brazos y lo alzaba tan alto que el niño creía que podía tocar el sol. Luego llegaban otros como él y se disputaban el ser alzados por el dunadan, quien intentaba satisfacer a todos los niños; sin embargo, no se daba a vasto y los niños se irritaban y prorrumpían en grandes alaridos y blasfemaban contra aquel que unos instantes antes habría de darles grandes satisfacciones. Conforme pasaba el tiempo, que parecían horas o incluso días, seguían llegando pequeños niños y cada vez la paciencia les duraba menos y empezaron a agredir a Aratan, desenvainando brillantes dagas que llevaban en los cintos y clavándole las afiladas puntas en las piernas. Así, entre una centena de niños Aratan intentaba abrirse paso, mientras de desesperaba, sudaba, y veía su sangre correr por sus piernas, luego su pecho, su espalda, su cabeza sangraba; los puñales entraban en su piel y salían como envenenadas saetas que le hacían gemir del dolor mientras seguía intentando abrirse paso hacia algún lugar donde aquellos niños ahora con rostros macabros y dientes filosos no llegasen. Cuando se acercó a un árbol, vio en la punta de este a su padre, el anciano y venerable Arahad; intentaba subir a la copa del árbol, junto a su padre, pero cuando estaba a poca distancia este le dijo "¿por qué? ¿Por qué no seguiste mi consejo? Debiste usar el yelmo que te heredé en lugar de despreciarlo, ahora sufre la muerte que mereces" y tras decir esas ponzoñosas palabras lo empujaba hacia el suelo donde las afiladas dagas de muchos hombres, que antes fueran niños, seguían agujereando su cuerpo.
De tal suerte soñaba Aratan mientras temblaba y convulsionaba, cuando, un curador entró presuroso a la tienda de alto toldo; tenía la frente perlada y sus grisáceos e incipientes cabellos pegados al cráneo por el sudor, la tierra y la suciedad. Se paró de golpe, detenido como una estatua que había estado largas horas corriendo de un lugar al otro, y solo deseaba volver a su estado natural y descansar, dejar atrás su pesar. Contempló, así, el cuerpo trémulo del joven dunadan, que se debatía entre la vida y la muerte. Terrible muerte sería aquella que deja a un ejército sin liderazgo en tierras lejanas tras una derrota; una victoria deshonrosa para el artero reino de Helkelen Lara había sido esa, pero muchos podrían pensar que la victoria, el preservar la vida propia y la de los seres queridos, estaba por encima de mantener el honor, ¡bárbaros!¡insensatos!
Llegó un joven, con cara y cuerpo también cubiertos de sudores propios del calor y el movimiento, que se acercó rápidamente al curador y le habló con estas palabras:
- Maestro mío, he conseguido aquellas raras yerbas que me encargó. La búsqueda fue difícil, los resultados esquivos hasta que decidí rendirme y la dicha grande al tener éxito. Pero tome, tome, maestro mío, Faeluin el de grandes dotes, y aplíquelas como y cuando le parezca conveniente sobre el cuerpo del valiente Aratan, de modo que sus heridas puedan sanar por los efectos curativos de la hierba con que os he provisto.
Le respondió Faeluin, el de grandes dotes, con voz exasperada:
- Mal piensas al creer que la imposición de esta planta sobre las heridas curará a hombre alguno, tampoco una infusión hecha sobre la base de esta hierba ocasionará mejoría alguna en la trágica condición de este bravo hombre. Son las manos del curandero las que sanarán mediante la imposición de este instrumento, pero ¡ea! no preguntes más y tráeme mi mortero y luego déjame solo y si lo encuentras dile a Galdarion, maestro en las artes de la curación, que venga cuando tenga la posibilidad.
Salió presuroso el joven aprendiz. Minutos después había colocado una mesita dentro de la tienda de alto toldo con el mortero de su maestro encima y había salido en busca de Galdarion, maestro en las artes de curación, como se le había requerido. Recorrió el campamento buscando a la persona indicada, aquel hombre poderoso entre los débiles que preservaba la fuerza de los grandes guerreros, pero no tuvo éxito. Al parecer la suerte le era esquiva, por lo que se rindió. Pero una vez más estaba preestablecido que encontrara lo que buscaba, pero solo tras haberse rendido; así, mientras se dirigía hacia el norte del campamento buscando consuelo, vio la dorada cabellera de Galdarion. Corrió hacia él y le informó acerca de su maestro y las yerbas que había encontrado para él mientras caminaba siguiéndole el paso.
-Salve, Faeluin, el de grandes dotes -saludó el gran Galdarion, mientras indicaba al joven discípulo que se marchase de aquel recinto- me dicen que has conseguido othlumbë para intentar curar el infeliz cuerpo de este hombre; sin embargo, he de decirte que aunque lograses hacer sanar a su cuerpo, su mente quedará afectada por mucho más tiempo.
- Galdarion, maestro en las artes de la curación, bien sabes que a pesar de que conozco las limitaciones de la preciadísima othlumbë no tengo mejores alternativas, puesta esa infértil tierra no ofrece nada mejor y nuestras medicinas más efectivas fueron perdidas en el camino junto con otras provisiones.
Fealuin colocó las plantas destrozadas en su mortero sobre las heridas de Aratan, que acababa de descubrir y limpiar con agua de la sangre y las sustancias que seguían manando. Mientras aplicaba el remedio, repetía palabras en voz muy baja. Galdarion permanecía parado detrás, seguramente evocando recuerdos de alguna época mejor. Al terminar comentó al gran Galdarion:
- Veo que mejorará. Pero la recuperación será larga y dolorosa. Perdió demasiada sangre sin que nadie se percatara de ello; debió dejar de pelear y ponerse a nuestro recaudo cuando le fue infligida esta herida que bien podría haberlo llevado a enfrentar el incierto destino de los hombres. Su deseo de victoria fue mayor que el dolor de 3 dagas rompiendo su piel, sus entrañas, y la dura defensa de la ciudad nos ocasionó tantas bajas que se debió emprender la retirada.
- Lo sé, lo sé. Pero sepan ellos que si este hombre sobrevive a las locuras y delirios de la fiebre, su deseo de venganza inflamará su corazón hasta que haya desquitado su ira contra muchos y de manera malsana, pues es así como suele suceder.
Ambos sabios en el arte de curar conversaban de esa manera mientras el cuerpo de Aratan se estremecía y emitía gemidos de dolor, que habrían de menguar lentamente en el transcurso de los días. Las fiebres llegaron a desaparecer y los gemidos se volvieron más esporádicos, pero el dunadan no despertaba, no despertaba; las yagas en su espalda se hacían grandes, sus labios resecos estaban ennegrecidos y sus músculos se debilitaban. Cierto día los rosáceos dedos del alba rozaron el campamento y los ojos de Aratan se abrieron, confusos, doloridos, y lograron percibir la rojiza coloración del cielo por entre las cortinas de su tienda. Al fin había despertado de aquella larga pesadilla que consumiera su cuerpo y su mente.
