Ohtaránë
Ohtaranë había mejorado bastante. La piel de sus costillas se había regenerado y el brazo estaba de nuevo en su sitio. De hecho, tenia mejor aspecto que antes, pues esta piel era nueva y la que había perdido estaba cubierta de latigazos y marcas a fuego. Sin embargo, aun sentía cierta incomodidad al moverse, y no podía pasar demasiado tiempo levantado. había perdido mucha sangre. Tumbado sobre su cama, hablaba con las escasas visitas, sobre todo orcos que venían a burlarse de él, y pensaba en la batalla que había perdido. ¿Que sería de él cuando se recuperara? ¿Lo expulsarían de Liantari? Su ingreso no había sido del todo ordinario, y no sabia lo que harían de él. Era consciente de que los orcos no volverían a admitirlo entre ellos, después de haberlos mandado a su antojo en las batallas. Tampoco los elfos lo aceptarían, esto era evidente. Podría vivir en Liantari como uno mas, pero eso no era realmente vida, solo una condena horrible. Él lo sabia muy bien.
De todos modos, sospechaba que se estaba preocupando por nada. había sido bastante eficiente en su camino hasta la ciudad. Sin nada que hacer, salvo contemplar atontado las cuerdas de la tienda anudadas tosacamente entre ellas y que reflejaban la luz de un sol moribundo en el atardecer, rememoró el combate que habían ganado gracias a él. Una escaramuza, si, pero que podía haber acabado en algo mas peligroso...
La Cuarta Compañía estaba unas millas al norte de Hyarmenassea, un amplio bosque. Los trolls eran encadenados y cubiertos con toldos cada mañana para evitar que se petrificaran, lo que provocaba que al anochecer, cuando marchaban, estaba particularmente furiosos. Como se alimentaban casi exclusivamente de sus cuidadores, aquello no importaba demasiado. Ahora bien, un grupo de trolls salvajes había estado acechando al ejercito, para liberar a sus congeneres o, mas probablemente, para alimentarse de los soldados. Aquella noche atacaron, cogiendo a la mayoría por sorpresa, ya que el ejercito se mofaba de ellos y creía que no lo harían nunca. pero los trolls corrieron hacia ellos y saltaron sobre las filas de enanos de la retaguardia. En un segundo liberaron a los monstruos de Liantari y empezaron a atacarlos. Tilmarion los miró asombrado, aunque enseguida cogió una lanza y saltó hacia uno de ellos, enzarzándose en un duelo extrañamente igualado. Pero quedaban cinco trolls de los que ocuparse (sin contar a los propios.
Ohtaránë llamó a algunos de sus soldados y les pidió que cogiesen unas rudimentarias hondas, y que rodeasen al grupo de trolls. Los hombres que había elegido así lo hicieron. Ohtaránë cogió una piedra y la disparó con fuerza con la honda... Sobre el hombro de uno de los trolls Liantari. El troll se dio la vuelta, convencido de que el troll que había tras él le había pegado. Enfurecido, el troll destrozó de un martillazo la cabeza de su compañero. El ejercitó vitoreó, y el troll, animado, siguió matando a sus bestiales liberadores. Los hombres entendieron y usaron las hondas tal como Ohtaránë lo había hecho. En cuestión de minutos los cinco trolls enemigos habían muerto, y ademas los suyos se habían animado, disfrutando de los vítores del ejercito.
Tilmarion mató finalmente a su troll atravesándole con la lanza de forma espectacular y se volvió para enfrentarse a algún otro, pero atonito vio el desenlace.
-¿Como.. Como lo has hecho? -preguntó a Ohtaránë.
-Alguien como yo tiene recursos para estos casos -rió el aludido, y se alejó encogiéndose de hombros-. ¡En cinco minutos quiero al ejercito organizado y dispuesto en filas! Hoy tenemos una larga travesía y hemos perdido el tiempo.
-Si, mi señor -respondieron todos, bien dispuestos a obedecer las ordenes de su ingenioso capitán...
Pero el respeto obtenido aquel día ya no estaba de su lado. Su fracaso en el campo de batalla había sido demasiado grande. Esperó ansioso estar repuesto de nuevo. Iba a demostrar quien era él.
En ese momento oyó un ruido en el campamento. Dos hombres hablaban en voz alta, discutiendo por algo a grandes voces. Los orcos empezaban a mirar curiosos a los hombres, los cuales discutían aun con mas vigor, nerviosos por la presencia de estos.
-¡Te aseguro que el señor no puede salir! ¡Esta enfermo, y si lo molestamos nos hará estirar a todos!
-¡Se me ordenó que lo entregase en persona y no me iré de aquí hasta haberlo hecho, o seré yo el que lo sufra!
-Esto es un campamento de guerra, no te puedes quedar ¿esta claro?
-¡Entonces haz salir a tu capitán y acabemos con esto!
-¿Que demonios está pasando ahí? .dijo el elfo, saliendo. Los dos hombres vieron su escueta figura acercarse hasta ellos en la oscuridad. Los orcos se frotaron las manos, pensando que aquellos hombres iban a sufrir. Aunque no era momento de diversiones. Ohtaránë apareció abrigado con una manta, pues estaba helado. Pajo la luz de la luna recién nacida, tenia un aspecto ciertamente inquietante.
-Lamentamos haberle despertado, señor -dijo el soldado de Liantari, muy nervioso.
-No importa, ya estoy harto de esa tienda y ya me puedo mover bien, aunque sigo algo débil.
-Señor -dijo el otro-. Le he traído este presente, de procedencia anónima, y se me ha pedido que se lo entregue a usted.
-Esta bien, ya lo tengo, ya puedes irte.
-Gracias señor -dijo el hombre, y se alejó montándose en su caballo. Ohtaránë miró el paquete y no pudo evitar echar a reír. Había una cesta llena de comida, un regalo curioso pero apropiado para alguien que esta recuperándose de una gran hemorragia. Sonrió. En algún lugar había alguien que, al menos, se había acordado de él.
