La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Vida. Eirë Esteldor. Kelusse

2006:10:21:07:08:08

Naredhel Anariel

Sumido en un coma provocado por las gravísimas heridas y del cual los galenos del campamento no se atrevían a intentar sacarlo, por temor a una muerte inminente, ek Duin Atta, también llamado Kelusse, se debatía entre la vida y la muerte.

La segunda intentona de asalto a la capital del reino de Heren Fanyarëa había sido un fracaso, al igual que la primera. Los defensores de Sornosunë golpeaban y se escondían. La táctica se había mostrado muy eficiente para defender los muros de la ciudad, ante una más que probable invasión.

Las heridas recibidas por Kelusse eran de extrema gravedad y había caído inconsciente en el suelo. Los soldados más próximos al capitán esteldili le habían recogido y lo trasladaban en una improvisad camarilla, construida de forma artesanal con los materiales que la naturaleza proveía.

Los soldados barruntaban sobre la competencia del capitán, puesto que el asalto fue calificado por muchos como suicida. Los soldados jamás hubieran hecho comentarios, si no estuvieran protegidos por la inconsciencia del duin.

- No consigo entender el motivo de un ataque frontal –dijo un soldado humano, que tenía la cara llena de sangre y una profunda herida que le marcaba desde la oreja hasta la altura de la naiz.

- Hasta ahora nuestro capitán nos ha conducido de forma certera y hemos causado gran terror entre nuestros enemigos. No creo que debamos cuestionar su capacidad –contestó otro soldado, este de origen élfico.

- No cuestiono su capacidad. Tan solo digo que lleva unos días un tanto extraño, no creo que esté pasando por su mejor momento y eso se ha notado sobremanera en el planteamiento de las batallas.

- Discrepo de tu visión. Estoy seguro que era la única táctica posible. Los muros de Sornosunë son sólidos. La única forma de entrar en esa ciudad es consiguiendo que sus defensores salgan y derrotarles a campo abierto.

- ¿Y…?

- Que si no lanzábamos un ataque a gran escala, seguramente se hubieran quedado tras el refugio de sus gruesos muros, rehuyendo el combate cuerpo a cuerpo. Ya ha quedado demostrado que la valentía no es su principal virtud, puesto que se han retirado ya en dos ocasiones, siendo ellos el ejército más numeroso sobre el campo de batalla.

El humano escuchaba atentamente las palabras del elfo, intentando comprender aquello que se alejaba de su entendimiento. Su actitud mostraba respeto hacia el elfo, que en torno paternal le daba unas pequeñas explicaciones de tácticas militares.

- ¿Cómo crees que un oso puede devorar un panal de miel?

El hombre no respondió.

- Lanzando un ataque decidido. El oso se dirige sin titubeos hacia el panal, sabedor de que todas las abejas que habitan en él saldrán furiosas para intentar hacerle desistir de sus intenciones. Pero el oso no se amilana por unos cuantos picotazos, por dolorosos que éstos sean. El premio se encuentra en el panal, y el dolor sufrido hasta llegar al objetivo es perfectamente asimilable, sabiendo la maravillosa recompensa que le espera.

- Entonces, ¿nosotros somos el oso y el ejército de Heren Fanyarëa son las abejas?

- Se podría considerar que esa comparación es correcta.

- Sin embargo, no hemos conseguido comernos el panal.

- ¡Cierto! Pero no tengas la menor duda de que no nos vamos a dar por derrotados con tanta facilidad. Lucharemos por el premio con ahínco, y, si bien nuestras fuerzas y las de nuestros enemigos no son comparables a las de un oso y unas cuantas abejas histéricas y rabiosas, nuestro empeño y determinación te aseguro que sí son comparables.

El humano saludó cortésmente al elfo, con una leve inclinación de cabeza y se dirigió hacia sus congéneres.

La expedición estaba ya en el campamento base. Los soldados descansaban y se cuidaban las heridas con desinfectantes naturales como hierbas y barros.

En la cabaña principal, la que se había acondicionado como hospital de campaña, los sanadores trabajaban afanosamente. Tenían que socorrer de forma veloz a todos los heridos que llegaban.

Kelusse había sido objeto de atención por un sanador anciano, le estudió con atención pero no perdió mucho tiempo con él.

- Poco puedo hacer. Desinfectar las heridas aplicando unas hierbas hervidas con efectos anestésicos a la par que sanadores. El resto es cuestión de tiempo. Si tiene las fuerzas suficientes para ello, sobrevivirá. Si ha agotado sus fuerzas o ha perdido las ganas de luchar, está condenado.

Dicho lo cual, se dirigió hacia el siguiente camastro dónde otro agonizante soldado requería de sus habilidades como galeno.

La noche fue larga. Muchos perecieron. Los soldados se turnaban para ir desalojando los cuerpos de los que no salían victoriosos de la batalla contra la muerte. Los ánimos eran bajos. Los campesinos que se habían alistado en el ejército para defender a su tierra, eran personas casi sin cultura; creían que los valar acudirían a sus llamadas de auxilio y se encomendaban constantemente a los poderes superiores.

Ni que decir que ningún vala acudió a la llamada de los pobres ignorantes y las vidas seguían expirando cada minuto que transcurría.

La guardia vigilaba de forma atenta. Nadie creía que los soldados de Fanyarëa abandonarían la seguridad de sus hogares para atacar; pero no se puede confiar en nadie en tiempos de guerra.

Un pequeño sonido alertó a un miembro de la guardia.

- ¿Quién va?

- Idrial.

Una anciana se dejó ver. El guardia la reconoció de inmediato, pues la había visto tras la primera batalla. Se había acercado a la expedición y había hablado con ellos.

- Handu’du iven!

La frase cayó como una losa. Casi nadie entendió las palabras de la anciana. La mujer se encaminó hacia la tienda de curación. Entró y, en la puerta, alzó los brazos al tiempo que empezó a recitar una pequeña oración. Nadie estaba lo suficientemente cerca para oír lo que decía, y, ciertamente, nadie tenía la seguridad de haberlo entendido aun habiéndose encontrado a distancia de oírla.

No dio ni un paso más para adentrarse en la tienda. Tan solo permaneció en la puerta recitando la oración.

Una gran paz y un gran poder recorrió la sala, y los nerviosos y alterados médicos se sosegaron y trabajaron con mayor eficiencia. Los doloridos heridos se sumieron en un sueño que les alivió de tantos males como les afligían. Una brisa acarició las caras de todos los que se encontraban allí presentes, una brisa refrescante que se llevó el pesar y la duda.

La anciana alzó su vara, en la que se apoyaba y dijo en voz alta y clara:

- Namarië.

Dio media vuelta y se dirigió a la profundidad del bosque, sin que nadie osara interponerse en su camino. Incluso la maleza parecía apartarse para abrirle un pequeño sendero por el que ella pudiera deslizarse sin estorbarla ni herirla.

Nadie de los que había observado la escena podría decir jamás qué había hecho, pero todos asegurarían durante el resto de sus días que les devolvió la esperanza.

Naredhel Anariel

Gaurwaith ha notificado a los Valar su ausencia durante las dos próximas semanas, y ha enviado por mail su historia de vida. Los Valar han autorizado la publicación de la misma aunque no sea publicada por el autor.

Saludos desde Valinor

Indil

Naredhel Anariel

Los Valar otorgan una recuperación de vida del 45% para el personaje de Kelusse.