La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Vida. Lempë Ohtari. Aikanaro

2006:12:01:19:15:07

Aikanáro Tîwele

Cuando un rayo de sol le dio en la cara, despertó. Nadie había en la habitación, e intentó incorporarse pero no pudo. Fuera brillaba el sol. El hecho de hallarse en Yävetil le estaba aportando la paz que andaba buscando. Las últimas batallas a las que había tenido que asistir le habían ocasionado una serie de heridas que le costaban curarse, sin embargo había pedido expresamente recuperarse en su hogar, el Palacio del Sol de Yävetil. Afortunadamente se había conseguido firmar la paz con Helkelen Lára y Farothdin y la guerra se alejaba de Lempë Ohtari por una temporada. Principalmente le resultaba un alivio el fin de las hostilidades con los hombres del norte pues la guerra con sus capitanes había ocasionado muchas penurias para ambos pueblos. No podía mentir, al principio le había resultado raro que el enano hubiera propuesto la paz, tantas batallas con sus enemigos del norte hacía que cualquier corazón se volviera reticente. Sin embargo, el consejo de caballeros había aceptado, ninguno de ellos había elegido la guerra y no le darían la espalda a la paz cuando esta se presentaba.

Por una temporada no se iba a preocupar de dirigir estrategias, dar órdenes e imponer juicios. Además, Yárfaila se estaba encargando de dirigir la ciudad mientras él se recuperaba de los últimos combates. Ahora necesitaba tiempo para él, para pensar.

El día se presentaba tranquilo y la luz del sol entraba a raudales a través de los grandes ventanales de la estancia.

- Dos derrotas seguidas, ¿cómo un guerrero como tú puede sobrellevar tal deshonor? - una risa burlona irrumpió su tan anhelada paz.

- ¿Quién demonios te ha dejado pasar, maia maldito? - Aikanáro se alegró de ver en pie a su gran amigo, Valandil Súleglîn. Pero en su afán por incorporarse para recibirlo el dolor de las heridas le hizo recordar su estado aún débil.

- Últimamente los guardias de Yävetil están siendo muy permisivos, deberías cuidar esos detalles. - El maia avanzó hacia una silla situada contigua al elfo y señor de la ciudad. Su andar daba muestra de la debilidad de su cuerpo, él también había dado todo en la última batalla por la defensa de Eru Andorya. Se sentó en la silla y tomó un libro que había en una mesa cercana. - ¿Un libro de relatos antiguos?

- Sí lo encontré en la biblioteca de la ciudad.

- Umm, interesante - Valandil abrió el libro y lo estuvo ojeando. De repente empezó a leer en voz alta.- Esta es la historia de un hombre desdichado, que vino de un lugar que ya se ha olvidado...

- ¿Qué tratas de hacer? - le interrumpió Aikanáro.

- Leerte una de estas historias - dijo con una sonrisa el maia al tiempo que proseguía con el relato. - Nuestro hombre se casó con una bella mujer de aspecto salvaje...

- ¡Yo no soy un niño! - replicó el señor de Yävetil

- ¿Quieres dejar de rechistar? como mi hermano que te considero hoy quiero mimarte que estás enfermito. Así que a callar y escuchar.

Aikanáro se resignó pues el maia podía ser muy cabezota y él se sentía débil para oponerse.

Ella murió al traer al mundo a su segundo vástago, una preciosa niña. El hombre se quedó solo y tuvo que trabajar mucho para criar dos hijos. Sin embargo igual que había perdido a su esposa perdió a sus retoños en la cruenta invasión de una hueste de orcos. Destrozado partió lejos con la absoluta intención de olvidar tu desdicha.

El desdichado partió al Oeste recorriendo caminos ya antes pisados por suelas de reyes y héroes, pero también seguramente por ladrones y asesinos, muchas pisadas ilustres, muchas pisadas perversas, muchas pisadas desconocidas.

Y en lo más alto de un cerro encontró una elfa que bailaba, y sintió deseos de poseerla y quizá forzarla. Ya no era el hombre noble que se casó con una bella mujer.

La observó fascinado y finalmente le preguntó:

-¿Por qué bailas, elfa, sin música, sin festejos, sin luces y sin nadie a tu alrededor? ¿Acaso es tu música el viento? ¿Es suficiente festejo la esperanza de un nuevo día y de una nueva noche?

La elfa, sin dejar de bailar, respondió

- Sólo bailo para la lluvia, porque has de saber que la lluvia es un bien divino y yo he de agradecerle que riegue los bosques cada vez que sale el sol y luego se pone.

-¿Y cómo se llama tu baile? - le preguntó el hombre fascinado por la suave danza de la elfa.

Ella no dejó de bailar y respondió:

-La danza del regalo del cielo.

Atravesó ríos claros y atravesó ríos turbios, y en los ríos claros se reflejaba su cara y el cielo y en los ríos turbios se reflejaba su corazón y su alma. Un alma que ahora sólo albergaba desdicha, rabia, odio y desesperanza. Sin embargo algo estaba purificando su corazón marchito, la silueta de la elfa mientras bailaba a la lluvia.

Regalo del cielo musitaba mientras su errar por las tierras del desierto le hacían desear el agua. Pensaba en ella y anhelaba que bailara para que pudiera llover. Cuando un grupo lo encontró, el hombre que venía del este, sólo esa palabra murmuraba.

Con el paso del tiempo recuperó la salud y entonces les contó a sus salvadores su desdichada historia pero sobretodo les habló de la elfa que bailaba para atraer la lluvia…

- De esta leyenda surge el ritual que se práctica en Mellon Vilya, el “Regalo del cielo” en honor a la lluvia – terminó Valandil.

- Fascinante, el senescal de Mellon debería leer esa historia alguna vez – musitó Aikanáro.

- Se la contaré- dijo con una sonrisa Valandil. – Ahora he de irme pues Annamel me regañara si no estoy al atardecer en Ostova Lorë. – El maia se levantó y caminó hacia la puerta, antes de salir dijo.- Hermano, espero ver tu bravura pronto en el campo de batalla.

- No lo dudes, Aikanáro Tîwele volverá más fiero y orgulloso que nunca. Y entonces nadie le ganará una batalla.

Pero la desdicha albergaba su corazón, los días pasaban para él como si fueran solo meros escenarios mientras intentaba recuperarse. Su risa había dejado de oírse por los patios de palacio, sus largas fiestas ya no llenaban los salones y sus ojos no tenían ese brillo que enamorara a tantas damas. El que siempre había sido un hombre de batalla, donde en ella encontraba ese gozo nunca rechazó duelo alguno, por que era como si la batalla fuera una fiera amante pero ya no era lo mismo, veía el gozo de sus compañeros al tener a bellas damas junto a ellos mientras él solo era acompañado por el clamor de las espadas. Pero él era un Señor de la Guerra y eso gozos no estaban destinados para él, al menos de momento...

Naredhel Anariel

Los Valar otorgan un 35% de recuperación de vida para Aikanaro.