Aratan hijo de Arahad
Después de varias semanas inconsciente, Aratan, hijo de Arahad, había despertado. Terribles fueron aquellos días en los que su cuerpo convulso era atendido por los curadores desesperanzados, mientras su mente estaba sumida en inenarrables pesadillas que lo atormentaban hora tras hora, día tras día. Sin embargo, los días siguientes a su despertar no habían sido mejores que los previos. El calor del campamento, la suciedad y los insectos volvían terrible la convivencia en ese campamento y los hombres empezaban a pelear: muy pronto deberían moverse.
Aratan pasaba los días echado en su catre, mirando inútil todo lo que sucedía a su alrededor y pensando en cómo habría de vengarse de aquella ciudad que le había quitado el honor. Las heridas que habían infligido en su espalda, las frías dagas de traidor guerrero aún no estaban cerradas y reposar sus hombres le ocasionaba terrible dolor por las purulentas yagas; asimismo, la pierna fracturada por la caída del caballo no se había presentado tan adversa a la curación y ya estaba casi curada.
Cuando pudo levantarse, el dunadan ordenó que le trajesen la caja en la que guardaba tinta y pergamino, y escribió a la sazón:
Apreciadísimo Darlak Lórindol,
Senescal de Mellon Vilya, Caballero de Lempë Ohtari y Portador de Envinyanta
Me es grato poder escribiros tras larga y doliente postración de la que imagino ya estarás enterado. Según los curadores a cuyo cargo se encuentra mi salud, en pocas semanas mis heridas habrán sanado y mis piernas me permitirán volver a cabalgar; espero estén en lo cierto, pues dudo poder soportar más tiempo alejado de la acción. Mientras tanto, como imaginarás, tengo mucho tiempo libre, que gasto escribiendo, leyendo y pensando, sí, pensando cómo habré de vengarme de los soberbios habitantes de Mirianost que me arrebataron aquella victoria que nos pertenecía, que ganamos con sangre.
Me gustaría aprovechar la presente misiva para hablaros de la batalla, pues como comandante de esta la cuarta compañía, no puedo evitar pensar en el deshonor con que he sido recubierto tras tan miserable derrota que arrastró al ejército entero llevándome casi a la muerte. Y así como se recuerda al general triunfador en alta estima, el nombre de quien llevó un ejército a la derrota estará siempre condenado a la indignidad si no puede compensar su derrota con otras diez victorias altisonantes. De cualquier manera, recuerdo que la batalla tuvo un inicio formidable. Las tropas ingresaron a la ciudad, el asedio resultó ser más que efectivo, y antes de la noche podíamos haber considerado la ciudad como nuestra, casi totalmente subyugada, sus plazas devastadas, sus techos ardiendo, los niños muriendo. ¡Pero qué cara nos resultó la presunción!
Recuerdo claramente, incluso lo veo a veces en mis interrumpidos sueños, cómo entré a la ciudad, rodeado de un grupo de bravos hombres que no merecen más que honores, pero que a cambio recibieron muerte y dolor. Habíamos tomado importante plaza y la defendíamos con nuestra sangre. El negro estandarte de la ciudad había caído, el espíritu de la ciudad estaba quebrado, pero una mano misteriosa, sin lugar a dudas guiada por los mismo Valar, pues solo ellos serían capaces de tal arbitrariedad, colocó nuevamente el oscuro blasón que minutos antes había estado en el suelo, humillado. En ese momento, grueso grupo de guerreros se abalanzaron hacia nosotros y con gran fuerza, infundida por aquel milagro de recuperar el honor de su estandarte, nos arrebataron aquella plaza rodeada de fuego y sangre que habíamos capturado.
Terminó de escribir ese párrafo y sintió sus ojos cansados, su espalda adolorida, sus heridas sangrantes y su mente turbada. Quería descansar, necesitaba hacerlo. Dejó el pergamino sobre la mesa y se recostó, buscando alivio en el sueño. Como ya era costumbre, una terrible pesadilla dominó su inquieto descanso; estaba en Mirianost, peleando contra un terrible contrincante que manejaba su mandoble con destreza, luego llegaba otro y luchaba también contra él, que se defendía, luego otro... finalmente era un gran número el que lo acosaba y las punzantes espadas atravesaban dolorosamente todo su cuerpo. Al principio habían sido niños con dagas, ahora eran guerreros con mandobles, era un sueño recurrente que no dejaba de acosarlo desde hacía semanas. Llegaron los curadores e hicieron a Aratan quitarse la camisa ya húmeda de sudor que llevaba puesta; las heridas de su espalda estaban al rojo vivo debajo de las gasas ensangrentadas, así que limpiaron las heridas para poder volverlas a tapar.
Cuando terminó la dolorosa operación, el dunadan secó el sudor de su frente y se aproximó al pergamino, en el que siguió escribiendo como sigue:
Cuando aquella llama de esperanza inflamó sus corazones y tomaron valor para arrebatarnos aquel lugar, ordené la retirada, debíamos dispersarnos. Me siguieron, me acorralaron, eran varios, mi caballo cayó sobre mi pierna, quebrándola, y así hube de defenderme de ellos. Caí, grandes amigos me rescataron, pero no me quedó más que ordenarles que fueran a pelear, que mantuvieran la ciudad. Perdí la conciencia y se ordenó la retirada. Todo aquel esfuerzo se esfumó por culpa de un estandarte, mas ¡ay! Debimos triunfar, pero ya habrás de saber que no hay tesoro más esquivo para un guerrero que aquel que más desea, la victoria.
Me comunican que las pérdidas fueron grandes, muchos valientes cayeron luchando, aun no he podido supervisar a las tropas personalmente, pues no debo salir de aquí y caminar, empero en cuanto tenga condición de hacerlo, lo haré. Espero que vosotros no dudéis de mi capacidad tanto como yo lo hago, pues perder vuestra confianza haría de esta derrota mucho más dolorosa. Mi cuerpo no importa, si es que sufre heridas defendiendo lo que creo es justo y necesario, pero si en ese esfuerzo perdiese el aprecio que me tienen vosotros, doble sería el sufrimiento.
No estoy seguro de cuál habrá de ser el siguiente movimiento de esta, la cuarta compañía, pues aun mis sentidos no se han recuperado del todo y me temo esté razonando erradamente guiado por la sed de venganza, cuando ya sabemos que es la peor consejera y no debería oírse a nada más que la voz de la razón, opacada por el odio en mí en estos momentos. Espero vuestro sabio consejo acerca de los próximos pasos, así como la fuerza necesaria para una pronta recuperación y futuras victorias que disminuyan este deshonor.
Vuestro amigo y hermano en las armas,
Aratan, hijo de Arahad
Una vez la carta estuvo terminada, el dunadan olió y cerró con purpúrea cinta. Un mensajero la llevó con prontitud para atarla a la pata de una altiva águila que llevaría las funestas noticias al poderoso Senescal de Mellon Vilya. Las heridas tardarían en curar, tanto las físicas como las mentales, las primeras dependían de los curadores que daban su máximo esfuerzo y conocimiento para eso; sin embargo, las segundas eran más difíciles de curar, pues solo el tiempo escondería el horror en la mente del bravo hombre.
