Nyrath
Se dice que la guerra saca lo peor que hay en los Hombres.
Recostado en un árbol, aún convaleciente de sus heridas, contemplando un grupo de soldados el Nainir Antekile dudaba de tal afirmación.
Su mente voló a un recuerdo no muy lejano.
Una de las múltiples tabernas cercanas a Caras Aelin se encontraba bastante concurrida. La guerra aún no se había desatado por Árador, pero signos inequívocos aconsejaban el pronto reclutamiento de Hombres y Elfos para defender sus tierras. Esta necesidad obligaba a aceptar en filas incluso a antiguos salteadores, lo cual proporcionaba además una posibilidad de redimirse a muchos de ellos.
Tal era la situación de un grupo de soldados alistados ese mismo día, que remojaban en abundante cerveza su recién estrenada condición. En tal celebración se hallaban cuando la puerta se abrió para la entrada de un viajero. Vestía éste ropas pardas, sin ningún distintivo, gastadas por numerosos viajes. Por sus andares parecía un Hombre. Era alto, más de lo que es habitual entre los Hombres de Árador. El recién llegado se sentó en una mesa y pidió una cerveza y algo para cenar, mientras contemplaba sin disimulo al grupo de soldados, adivinando sin mucho esfuerzo el tiempo de servicio que tenían los mismos a sus espaldas.
Al cabo de un rato, uno de los soldados, molesto por el constante examen del viajero y alumbrado por varias jarras de buena cerveza, se levantó de su silla y empezó a hablar en voz alta sobre los malditos vagabundos que nada de provecho hacían y que más les valdría a todos ellos alistarse para la guerra como hombres de honra o simplemente desaparecer si no tenían hígados para tal sacrificio. Acompañaba esas palabras con bravas miradas al viajero, apoyando la diestra en el pomo de su espada.
El recién llegado pareció interesarse por esas palabras. E incluso asomó en sus labios una discreta sonrisa.
–Le agradezco mucho su preocupación por la honra de tales hombres, actitud que dice mucho de un señor soldado. Pero si por ventura me estáis incluyendo en tal grupo, agradezco igualmente vuestra preocupación, pero no quisiera que cargarais con ella, pues de mi honra me ocupo yo, sin que nadie me de consejos ni ocasiones para probarla.
-Debierais ocupar vuestros esfuerzos en casa propia antes de intentar arreglar la ajena.-
Esta última frase tuvo el efecto pretendido, pues el soldado casi saltó hacia el viajero, y solo los brazos de los compañeros lo retuvieron.
-Agradeced a estos caballeros el que no de su merecido a todos aquellos que se burlan de quienes van a dar su vida por proteger vuestra miserable vida. De no detenerme os invitaría a que apoyarais vuestras palabras con la espada.-
-Si es por eso podemos discutir tales cuestiones afuera. -Al tiempo que desembarazaba la capa dejando a la vista la espada.- Los duelos entre la tropa están prohibidos según creo, pero dudo que un miserable vagabundo esté incluido en tal prohibición, y sin duda sería un insulto considerarlo igual que a un soldado.-
Eso en parte era cierto. Todo duelo entre soldados, fuera cual fuera su rango estaba totalmente prohibido, pero no era del todo raro que en ocasiones una discusión terminara en un lugar tranquilo, con ambos contendientes espada en mano, limando sus diferencias de forma sino civilizada, sí bastante efectiva. Todo esto ante testigos amigos de ambos, velando por el buen desarrollo de la discusión. De forma que ante cualquier herido, se justificaba ante el oficial de turno que era un simple entrenamiento con lamentable resultado.
Un patio detrás de la taberna, que por fortuna estaba algo alejada del camino, serviría en éste caso para que cada uno defendiera su honra, razón tan buena como cualquie otra para cruzar espada con un desconocido.
El soldado, muy erguido con su uniforme propuso que el viajero escogiera las condiciones y armas, véase espada, espada y escudo o espada y daga; así como la condición de victoria, siendo la más habitual el sangrar en el tronco.
Ésta condición propuso el desconocido, y luchar con espada y daga, o si el señor soldado prefería, sólo con espada pues esa situación de mayor hidalguía y no quería agraviarle más.
-Espada sola bastará para poneros en vuestro lugar. Y no me provoquéis más o estaré tentado de no detenerme una vez que la victoria sea mía.-
-Disculpadme, no pretendía tal cosa. Sólo una pregunta más, ¿podríais darme vuestro nombr? Aborrezco batirme con desconocidos.-
-Vuestros modos relatan vuestra condición, deberíais dar primero vuestro nombre antes de preguntar el mío. No obstante soy Aratar, soldado de la Cuarta Compañía, destinada a Amon Duin-
-Os pido disculpas una vez más. Si en verdad os interesa mi nombre os lo diré, aunque no creí ser digno de tal interés por vuestra parte. Yo soy Nyrath, Nainir Antekile de Eirë Esteldor y recién nombrado capitán de la Cuarta Compañía.- Con estas palabras mostró una medalla con el sello de los Nainiri, en la cuál relucía su nombre y rango.
Ante estas palabras todos los soldados se sorprendieron, y Aratar notó una preocupante falta de pulso en su mano con la espada ya desenvainada.
Nyrath siguió hablando. -Sin duda sabéis que por esto os podría mandar arrestar. No solo por el duelo mismo, sino por hablar de tal forma a un superior. Pero esta discusión fue a título personal, no entre guerreros de Esteldor, por lo tanto si mantenéis vuestras palabras os doy la opción de defenderlas con la espada dejando al margen del rango de cada uno.-
Dicho esto Nyrath levantó la espada, apuntando al pecho de su oponente.
-No quisiera que saber quién soy os impida darme esas explicaciones que decíais me convenía saber.-
Aratar tragaba saliva, intentando ver por donde podría irse sin demasiado perjuicio, tanto de salud como de honra.
-Creo que mis palabras fueron exageradas y tal vez vuestra excelencia las interpretó de un modo ofensivo, algo que no era en modo alguno mi intención-
Orgulloso de lo bien que sonaron sus verbos inclinó un poco la cabeza y espiaba la reacción del Nainir.
-Exageradas fueron sin duda, más dudo que su interpretación pueda ser otra que la que hice. Y no me llaméis excelencia, ni ahora ni cuando os presentéis en Amon Duin. Sin embargo aún no me habéis respondido respecto a vuestra intención sobre nuestras diferencias.-
El resto de los soldados dudaban, querían socorrer a su camarada en semejante trance, pero a la vez temían enemistarse con uno de los Nainiri. Sólo a uno del grupo se le veía ahora más tranquilo y se apoyaba en la pared como si no fuera la primera vez que veía algo así.
Éste soldado fue el que tomó la palabra:
-Creo, señor, que mi camarada no tenía intención de ofenderos. Sin duda su escasa experiencia como soldado no le ha permitido aún diferenciar a los Hombres por sus actos, más que por lo que aparentan.-
-No sé si en verdad esto le ayudará a ello o si debería profundizar en la lección- El tono de Nyrath era ya más relajado, incluso de cierta chanza, aunque sólo el soldado que había hablado lo notó. –Bien, si de esto es capaz de sacar provecho creo que podemos dejar así las cosas, siempre que el soldado Aratar no opine lo contrario. No me gustaría dejar nada pendiente.-
-Eh… No. Quiero decir, no opino distinto Excel… este… señor. Sin duda he sacado provecho de esto.-
-Bien. Eso espero.- Antes de irse, Nyrath se volvió otra vez hacía el que había hablado en defensa de Aratar. –Soldado, ¿cuál es tu nombre? ¿Acaso no te he visto antes?-
-Mi nombre es Berethor señor. Y en verdad me habéis visto antes, y me honra que os acordéis de mí. Fue en una escaramuza en la frontera oeste hace unos dos meses. Un grupo de orcos había entrado en el país y mi escuadra los emboscó bajo vuestro mando.-
-Sí, ya me acuerdo. Luchasteis muy bien ese día. Me alegrará teneros nuevamente conmigo en la Cuarta Compañía-
-Y a mi me alegraría el estar a vuestro servicio, pero a diferencia de mis compañeros yo estoy destinado en la Segunda Compañía. Difícil será veros de nuevo, al menos por un tiempo.-
El rostro de Nyrath se nubló ante estas palabras. Sabía el destino de la Segunda Compañía, y no lo envidiaba. –Difícil será, cierto. Pero quizá nuestros caminos se crucen antes de lo que pensáis. En fin, buena suerte Berethor. Y también al resto. La necesitaremos todos…- Dicho lo cual giró hacia su caballo y partió hacia Caras Aelin.
Ahora, meses después todos estos hombres estaban juntos de nuevo. Nyrath había llegado hace unas semanas a la tierras de Heren Fanyarea. La reforma de la Cuarta Compañía provocó que sus integrantes reforzaran las restantes. Y he aquí que Aratar y sus compañeros fueron destinados a la Segunda Compañía.
Nyrath había visto combatir a estos hombres. Meses atrás eran indisciplinados, algunos salteadores y bandidos, pero ahora luchaban como un solo hombre. Bajo el estandarte de Esteldor, luchaban con un orgullo que no podían obtener en otro lugar. No todos luchaban por su hogar, muchos ni siquiera lo tenían. Pero todos ellos, aún los peores, sabían morir como mueren los valientes llegado el momento, con las piernas firmes y las armas en la mano.
Era a hombres como esos, que poco tenían que perder en esa empresa salvo la piel, y poco tenían que ganar, a quienes se debía rendir honores si Eirë Esteldor sobrevivía a la guerra que asolaba Árador.
[Editado por Morandir el 23-10-2006 00:27]
