Vanadessë Nissëlor
Aquella mañana su vista estaba dañada. El día estaba hermoso, y el brillo del sol entrando por la tienda de curación le hacía doler los ojos, sentía que sus manos y rostro le ardían, pues había sufrido leves quemaduras con la nieve, la tarde anterior. El dolor en el hombro era tal que difícilmente podía pensar en algo más que en aquella batalla. Las imágenes de dolor, los compañeros caídos. Y recordar el rostro del elfo aquel, que antes le había salvado la vida, allí en el suelo, con los labios azules y su mirada perdida en ningún sitio, le hicieron sentir una punzada de dolor en el corazón y ahogar un sollozo espontáneo.
-No puedo creer que estés muerto- pensaba la elfa al tiempo que acercaba su mano al hombro para comprobar que tan grave era su herida.
Sentía frío y trataba de cubrirse con la mayor cantidad de pieles que había cerca de la cama, si no fuese por algunos de sus compañeros, Vanadessë habría muerto congelada en el campo de batalla, tal y como habían muerto muchos de su compañía.
-Saca las manos de ahí, Vanadessë- una conocida voz le llegó desde la entrada de la tienda.
Era Annamel, estaba un poco coja por causa del esguince, cuando llegó cerca de la elfa, se sentó junto a ella y revisó los vendajes. Una leve mancha de sangre ensuciaba los mismos y Vanadessë al sentir la fría mano en su piel, sintió un escalofrío.
-Por poco y te da hipotermia, Vanadessë- le dijo su compañera, quien había indicado a los elfos que la ayudasen a trasladar al campamento, la tarde anterior.
-Sentí el acero en mi hombro, luego un estruendo y no supe más, hasta hoy- suspiró la elfa, al tiempo que secaba una lágrima que se le escapaba.
-Lo sé, tuviste fiebre y tus labios no dejaban de tener eso tono azulino, producto del frío que pasaste ayer- dijo Annamel. – Bueno, sólo vine a ver como seguías. Ahora puedo decir a Sonyariel que estas despierta y recuperándote- concluyó.
-Ella... como está?- preguntó la elfa
-Está recuperándose, así que tranquila- Annamel, dejaba caer la tela de la entrada de la tienda y Vanadessë ahora volvía a quedar sola.
Cuando comenzaba a hurgar nuevamente en su hombro, una punzada de dolor le hizo lanzar improperios al mundo. Esta vez no tenía el ungüento que en la batalla anterior le había salvado la vida y le había echo más llevadera la curación. Y lo que más la entristecía era que aquel elfo que le había ayudado, ahora estaba muerto.
Como vio que aún sangraba, cortó las vendas con su daga que estaba en una pequeña mesa al lado de la cabecera, que hacía de mesa de luz. Se puso de pie y se acercó a la palangana con agua que estaba a los pies de la cama. Lavó cuidadosamente la herida y aplicó el ungüento que había junto con muchos otros de distintos tonos y olores y se vendó nuevamente, luego volvió a la cama y se recostó.
Sus manos y rostros tenían un leve tono rojizo y el ardor que sentía, sólo se le quitaba con paños de agua fría. Se sentía cansada y triste, era otra derrota en el cuerpo, sólo llevaba dos batallas y en ambas habían perdido, ella comenzaba a creer que era por su causa.
A medida que avanzaba la mañana se sentía cada vez mejor, pero sus ojos se sentían irritados. No se levantaría sino hasta la tarde, cuando el brillo matinal menguara. Al poco rato entró el encargado de las curaciones y se llevó una grata sorpresa al ver que la elfa había cambiado sus vendajes, pero aún así le reprochó, pues haciendo bromas de ello le decía que el al final perdería su trabajo como médico de la compañía.
La elfa reía animada y aprovecho el buen humor del hombre para pedir una buena taza de té de hierbas y algunas pieles más, pues el frío aún no la abandonaba del todo y quería evitar un resfrío en aquellos inhóspitos parajes.
-Como usted diga, mi señora- dijo el hombre cordialmente. La elfa llevaba poco tiempo en el clan, mas esto no era impedimento para ganarse el afecto de sus compañeros.
Al cabo de unos minutos, le hacían llegar una bandeja con una humeante taza de té, que llenó la tienda de un exquisito aroma, un par de lembas y un pequeño ramito de florcillas azules en un improvisado florero. Las pieles eran de un tono beige que daban la sensación de calidez absoluta. La elfa se sentía a gusto y sabía que allí estaba en buenas manos.
-Uhis!, del modo en que me tratan, creo que me enfermaré más seguido- bromeó Vanadessë
Sin duda su estado de ánimo mejoraba a medida que avanzaban las horas, mas no significaba que su alma no se entristeciera por la pérdida de su amigo. De una u otra forma, Vanadessë trataba de alegrarse un poco, pues si caía en un estado depresivo no sería bueno para ninguno de sus compañeros.
Luego de sentir el cálido líquido bajar por su garganta y arrebujarse con las pieles y colchas, Vanadessë cayó en un profundo sueño que le hizo perder la noción del tiempo. Sus sueños eran intranquilos y a menudo aparecían los rostros de los caídos, cubiertos de nieve y rodeados de su sangre. Revivió la batalla y las lágrimas escapaban de sus ojos cerrados, el dolor en su hombro se acrecentó por los bruscos movimientos involuntarios que el sueño le provocaba, parecía ser que toda la alegría de antes se estaba volviendo en su contra, sentía la necesidad y el deseo de despertar, mas no podía. Las imágenes se sucedían sin parar, gritos de dolor, el gélido frío calándole hasta los huesos, sangre por doquier y el horror de ver a ese elfo muerto, le hicieron incorporarse de golpe en la cama. A su lado estaba Annamel, que había sido puesta en aviso de que la elfa tenía pesadillas.
-Ya todo pasó, pequeña- dijo con suave voz, al tiempo que le ponía un paño húmedo en la frente. -No tienes de que preocuparte, estás a salvo y de regreso en casa...
