La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

La Leyenda De Vanadessë Y Hathol

2007:04:10:12:45:21

Vanadessë Nissëlor

Todos dormían en el campamento de Lempë, la elfa estaba nerviosa, en silencio se vistió con una larga túnica beige, trenzó su largo cabello y salió de su tienda. Cuando sintió los pasos del guardia de turno, se ocultó entre los arbustos, como éste no se percató su presencia, respiró aliviada y se internó en el bosque con dirección a Ost-En-Äel.

Vanadessë sabía que en aquellos parajes corría serio peligro, mas esto no era impedimento para que llevara a cabo lo que se había propuesto. En la primera batalla en la que luchaba, había visto aquellas pequeñas flores que mezcladas con las gotitas que guardaba secretamente, le habían salvado la vida. Era muy difícil conseguirlas y no quería perder la oportunidad de coger unas cuantas, para futuras heridas y casos de extrema urgencia.

Sus oídos estaban atentos a cualquier sonido extraño, trataba de pisar tan suave como su cuerpo se lo permitía. La noche era fría, por lo que se había puesto su gruesa capa con capucha, la luna brillaba en todo su esplendor y las estrellas titilaban en el firmamento. Una leve brisa le llevaba el aroma de aquellas flores, señal inequívoca de que había llegado al lugar.

Hathol Karkar

La batalla había sido dura, cruenta y sanguinaria...como tantas y tantas otras batallas en las que Hathol había luchado, no obstante, ahora Hathol era Comandante de una de las compañías del ejército de Helkelen Lara, y sus responsabilidades se habían multiplicado, pues ya no se trataba de empuñar la espada y simplemente abatir enemigos, ahora había que pensar en muchas más cosas. Por eso, tras recuperarse de las heridas sufridas en la última batalla contra los ejércitos de Lempë Ohtari, en las Casas de Curación de Ost-En Äel, la Capital de Helkelen Lara, Hathol decidió salir a dar una paseo nocturno por las afueras de los muros de la ciudad, para pensar en soledad, lejos del bullicio del Cuartel. La noche era fría y serena, Hathol llevaba su uniforme de diario compuesto por una cota de malla, una sobrevesta gris y azul, con los emblemas de la Casa de Hador y de Helkelen Lara bordados en ella, guantes blancos de piel de armiño y pantalones y botas de montar negras. Llevaba también su espada, Fealóke, a la cintura, y una capa larga de lana gruesa con capucha, en la que se arrebujó, aterido de frío, pero feliz, pues el frío le encantaba, le despejaba la mente y agudizaba sus sentidos.

Hathol salió de la ciudad por la puerta norte y fue cabalgando por el sendero, no tenía ninguna ruta preestablecida, simplemente se dejaba llevar. La noche era clara y sin nubes, por lo que la luna y las estrellas le ofrecían toda la luz que necesitaba, así que no encendió ninguna antorcha...y fue mejor así, pues de lo contrario quizás no hubiera visto lo que vio. Atravesó un bosquecillo en el que había un pequeño claro en el centro, pero en el borde del claro se detuvo, allí había alguien. Desmontó del caballo, lo ató a un árbol por las riendas, y se acercó al claro para observar mejor. Justo en el centro, iluminado intensamente por la luz de la luna y las estrellas, había una elfa, largos cabellos negros como el azabache le caían como una cascada sobre los hombros y la espalda, pues se había quitado la capucha de su capa. La elfa estaba recogiendo flores y hierbas medicinales, pues había varias especies que sólo se encontraban en los bosques fríos de esa región.

Hathol siguió observando fascinado los gráciles movimientos de la elfa, cuando por un instante se giró hacia él, ella no lo vio, pero él sí pudo ver su rostro. Era una elfa bellísima, de rasgos finos y delicados, y Hathol quedó aun más hipnotizado por la súbita visión de tan magna hermosura. Entonces, se fijó en el emblema que lucía la elfa debajo de la capa, eran el círculo y la espada llameantes de Lempë Ohtari, el clan enemigo con el que Helkelen Lara estaba en guerra. Había sorprendido a un soldado enemigo en las cercanías de Ost-En Äel. Rápidamente sacó de su mente la imagen turbadora de la belleza de la elfa y tomó una decisión.

-"Vaya, vaya"- dijo Hathol, saliendo al claro- "¿Acaso no sabéis que estas tierras son hostiles para la gente de vuestro clan?"

Vanadessë Nissëlor

La elfa estaba concentrada en recoger la mayor cantidad de florcillas que el tiempo allí le permitía, aunque estaba recién comenzando la noche, Vanadessë no quería levantar sospechas entre sus compañeros. El brillo de la luna le ayudaba a divisar mejor las flores y hacer más rápido su estar en aquellos parajes, siempre corría el riesgo de ser pillada y sabía que eso sería su perdición.

-"Vaya, vaya...¿Acaso no sabéis que estas tierras son hostiles para la gente de vuestro clan?"- Una voz la sacó de sus pensamientos.

La elfa asustada se puso de pie y echo mano a su daga, al tiempo en que se ponía en guardia ante cualquier ataque inesperado.

-Eru! protégeme- susurró la elfa para sí, luego dió una mirada al sitio desde donde venía la voz y lentamente sus ojos divisaron a un corpulento hombre que se asomaba al claro. En su pecho lucía el escudo e insignia de Helkelen Lara, uno de sus enemigos naturales, con los cuales su clan estaba luchando en esos momentos.

-Son hostiles, sí... pero cuando es difícil obtener algo que no hay en otras tierras, correría cualquier riesgo por conseguirlo- dijo la elfa fríamente, tratando de no sentirse intimidada por aquel hombre.

-Has osado pisar mis tierras, de noche y sin compañía... como me aseguro de que no eres espía?- pregunto el hombre con un tono calmo y seco.

-Mi clan no acostumbra a tener espías- contestó la elfa, que sintió que le había tocado la moral con aquella pregunta.

Vanadessë estaba muy lejos de ser espía y no le gustaba dar explicaciones a nadie, ni siquiera a los de su compañía y éste no sería la excepción, aunque su vida corriera peligro.

El hombre al ver el rostro de la elfa suspiró, no tenía pinta de ser una gran guerrera y según veía, no era un gran peligro encontrarla allí de noche y sin más armas que una simple daga.

La elfa por su parte inspeccionaba a su rival desde la distancia, por sus vestimentas suponía que no era un simple guardia que vigilaba las fronteras, luego de mirarlo inquisitivamente, fijó sus ojos en el rostro y sintió un leve escalofrío cuando sus miradas se cruzaron. Por un instante no lo vió como un guerrero del clan rival, ni mucho menos como el hombre del cual en ese momento dependía seguir viva, lo vió como un hombre común y silvestre, incluso le enterneció el brillo que los ojos de este destellaban, sus facciones eran hermosas y por unos segundos se sintió encantada con aquella visíón.

[Editado por lalihiari el 24-10-2006 18:02]

Hathol Karkar

La elfa dio un respingo cuando Hathol le habló, se puso tensa y llevó su mano a su daga, pero Hathol no se puso nervioso, pues no parecía demasiado peligrosa, además, él era un diestro guerrero y llevaba su espada a su cintura. Estaba seguro de que la elfa era una espía de Lempë, no obstante, el hecho de recoger hierbas de noche no encajaba en el perfil de un espía enemigo, además, la elfa se le encaró, e incluso pareció ofendida a causa de las acusaciones del Humano. Ante esta acitud Hathol empezó a dudar de si realmente esa hermosa elfa era en realidad una espía enemiga.

-"Entonces"- dijo Hathol- "si no sois una espía, ¿qué hacéis a esta hora de la noche en un territorio que sabéis que pertenece a vuestros enemigos? no parece algo muy prudente."

La voz de Hathol no sonó amenazadora cuando formuló aquella pregunta, sino sólo curiosa, pues estaba cada vez estaba más sguro de que la elfa lemperili no era una espía, no obstante, era su deber averiguar el propósito de la elfa. Después estaban aquellos ojos, ligeramente almendrados, castaños, pero tan profundos como el mar, unos ojos que le hipnotizaban con cada mirada. Lentamente, Hathol fue acercándose a la elfa, en el centro del claro, cuando estuvo frente a ella se detuvo, los dos estaban iluminados por la luz de la luna y las estrellas, los dos estaba frente a frente, mirándose a los ojos. Entonces Hathol pudo contemplar aún más de cerca el rostro de la elfa, pálido como la luna, un rostro que expresaba algo de tristeza y melancolía, sus ojos brillaban intensos y miraban suplicantes a Hathol, y éste notó como un torbellino de sentimientos contradictorios cruzaban por su mente. En ese momento, como si se hubieran puesto de acuerdo, los dos apartaron la vista de los ojos del otro, e intentaron recuperar la compostura.

"Tenéis razón"- dijo la elfa, orgullosa y llena de aplomo- "no es muy prudente adentrarse en territorio enemigo cuando se está en guerra, pero os vuelvo a asegurar que no soy ninguna espía, sólo estaba recogiendo hierbas curativas, pues esta especie sólo crece en estos parajes y las necesitamos para curar a nuestros heridos."

Aquello acabó de disipar cualquier duda que pudiera albergar Hathol, no sabía porqué pero estaba seguro de que la elfa no mentía, no obstante...su deber para con su país chocaba con sus pensamientos.

-"Os creo"- dijo finalmente Hathol, con la sensación de que aquellas dos palabras que acababa de pronunciar eran el principio de de algo que estaba por llegar- "No obstante, debéis entender que, como habréis deducido por mis ropas, no soy un simple soldado raso, sino que soy Comandante de una de las Compañías del ejército de Helkelen Lara, mi nombre es Hathol Karkar. Por ello, mi deber es detener y entregar a las autoridades a cualquier enemigo con el que pueda encontrarme dentro de nuestras fronteras."

La elfa comprendió entonces que no se hallaba ante cualquier bárbaro del norte, cruel y sin escrúpulos, no, aquel hombre era diferente.

-"Y vos debéis entender..."- respondió la elfa, sin perder un ápice de valentía y seriedad- "...que no os estoy causando ningún mal, es más, estas hierbas son para hacer bien, no os he atacado ni os he provocado daño alguno, por eso os ruego que me dejéis partir. Vos no parecéis un hombre cruel, ¿me equivoco? "Siembra y recogerás", ¿lo habéis oído alguna vez?"

Aquellas palabras dejaron estupefacto a Hathol, aquella elfa le había desarmado con un par de frases, entonces tomó una decisión, una decisión que estaba seguro que le acarrearía muchos problemas y preocupaciones, pero en aquel momento decidió ceder el mando de sus actos a su corazón. Se dio la vuelta y silbó.

-"¡Asfaloth!"-.

Lentamente, el caballo de Hathol acudió a la llamada de su amo, que le entregó las riendas a la elfa.

-"Huid, sois libre"- dijo Hathol, con voz sincera y animosa- "No voy a deteneros, pero pongo una condición a vuestra marcha, debéis prometerme que ésta no será la última vez que os vea. Además, debéis devolverme el caballo, pues para mí es casi como un hermano"

La elfa subió al caballo de un salto.

-"Lo prometo"- respondió con una sonrisa- "Ah, se me olvidaba, mi nombre es Vanadessë Nissëldor." Entonces espoleó al caballo y desapareció en la oscuridad del bosque.

Vanadessë- pensó Hathol para sí- Nunca olvidaré tu nombre

Y emprendió el camino de regreso a Ost-En Äel, un camino en el que sólo tuvo un pensamiento: los ojos de Vanadessë, aquellos ojos que había conseguido traspasar el tupido velo de su alma y habían llegado a lo más hondo de su ser. Una nube veló la luz de la luna durante un segundo y luego se desvaneció. Hathol empezó a caminar.

[Editado por Encalion el 25-10-2006 11:27]

Vanadessë Nissëlor

Con cada palabra que pronunciaba aquel hombre, la elfa sentía un mar de confusión, su mirada la hipnotizaba y traspasaba su corazón, pero su mente trataba de bloquear aquella sensación y su conciencia le decía que él era un rival.

Cuando él pronunció su nombre, la elfa lo memorizó y sería difícil olvidarlo... Hathol Karkar... Sus ojos eran hermosos y sentía que flotaba al oír su voz. El tono de la misma había cambiado, ahora era tierna y de una u otra forma le inspiraba protección. Al cabo de un rato de miradas interminables y una leve charla, Vanadessë creía que su arresto sería inminente, mas el destino tenía preparado algo más.

Para su sorpresa, Hathol dió un silbido y en unos segundos apareció un hermoso caballo, que respondía al nombre de Asfaloth, cuando el hombre le entregó las riendas, la elfa lo miró extrañada y se preguntaba porque la dejaba ir, cuando las cogió, su mano rozó levemente la de Hathol y todo lo que pensaba en ese minuto se le olvidó, un estremecimiento en su interior le hizo apartar rápidamente la mano y de un brinco monto al caballo.

Cuando se disponía a partir, le dijo su nombre y sintió tristeza de alejarse del lugar, esto la perturbó pero sintió alivio al pensar en que tenía que devolver el caballo a su dueño.

Cabalgó rápidamente, ya comenzaba a amanecer y los guardias cambiaban el turno cuando la elfa llegaba al campamento. Poco antes había bajado del caballo y sabía que no podía aparecer con el allí, así que decidió dejarlo atado en las cercanías de su tienda, en aquel lugar en donde nunca nadie inspeccionaba. Un pequeño claro perfecto para que el animal se sintiera a gusto. Volvió rápidamente a su tienda y se acostó, el campamento comenzaba a despertarse y los ajetreos de los guardias perturbaban su sueño.

Cuando cerró los ojos apareció ante ella la imagen de aquel hombre. No podía olvidar su mirada y la intensidad de su voz, estaba inquieta y no podía dormir. A medida que avanzaba el día trataba de pensar en otra cosa, mas le era imposible, a media tarde abandonó el campamento y fue a darle de comer al caballo que la noche anterior le había llevado al campamento. Llevó consigo un cepillo que había sacado del lugar en donde guardaban las monturas y armas, cuando llegó al sitio, se acercó al animal y luego de darle de comer, se dedicó a cepillarlo, procuraría devolverlo esa noche...

[Editado por lalihiari el 25-10-2006 14:29]

Hathol Karkar

El camino de vuelta a la ciudad se le hizo corto a Hathol, a pesar de ir andando, quizás fue que durante todo el trayecto su mente la ocupó por completo un nombre y unos ojos. Al cabo de unas horas volvió a entrar en la ciudad por la misma puerta por la que había entrado, saludó a los soldados de guardia y se encaminó de nuevo hacia el edificio que albergaba a los soldados y oficiales del ejército de Helkelen Lara. Era un edificio de piedra de dos plantas, con el tejado, de madera, a dos aguas. En la planta baja se encontraba la Sala Principal, donde había varias mesas y sillas, y una chimenea, un pasillo daba a los aposentos y despachos de los cargos altos del ejército y la guardia de la ciudad (que en Helkelen Lara eran la misma cosa). En el segundo piso se encontraban las celdas comunes de los soldados, a este piso se podía acceder por una escalera situada en el Salón Principal o bien por una escalera de piedra adosada al muro exterior del edificio, normalmente los soldados utilizaban esta segunda escalera, ya que no se les permitía acceder al Salón Principal más que para informar de asuntos de urgencia. A un lado del edificio principal se encontraban los establos y caballerizas, y al otro una pequeña edificación de piedra en la que se albergaban los sirvientes del ejército: mozos de cuadra, cocineros, escuderos, etc. Rodeando el perímetro del edificio principal se encontraba un muro de piedra, con una torre de defensa en cada una de sus cuatro esquinas, y una puerta doble a modo de entrada, formando un conjunto francamente inexpugnable. En definitiva, el Cuartel de la Guardia y el Ejército de Helkelen Lara era una pequeña fortaleza dentro de la gran fortaleza que era la ciudad de Ost-En Äel.

Hathol cruzó la puerta de entrada, atravesó el patio y se dirigió al Salón Principal. La chimenea estaba encendida, el ambiente era agradable, pues las noches en Helkelen Lara eran especialmente frías. Hathol se quitó la capa y los guantes, y observó que en una de las mesas había una enano de barba rojiza sentado, mirando por la ventana y fumando en pipa, con el ceño fruncido. Vestía una túnica verde oscuro con un cinturón de cuero tachonado, y unas botas negras. Se trataba de Zirak, Comandante, junto con Hathol, de una de las compañías del ejército de Helkelen Lara.

-"¿Se puede saber de dónde vienes a estas horas?"- le espetó Zirak a Hathol, sin apartar la vista de la ventana- "Que yo sepa, los Comandantes de compañía no salimos a patrullar por las noches...y solos."

-"Quería dar un paseo..."- respondió Hathol, intentando disimular su turbación por el encuentro con Vanadessë- "...pensar, despejar la mente. Ya sabes."

-"Pues no parece que te hayas despejado mucho"- dijo Zirak, girándose y observando el rostro de Hathol- "¿Ha ocurrido algo ahí fuera?"

-"Me voy a dormir"- dijo Hathol, bostezando, y obviando la pregunta de Zirak- "Estoy cansado y mañana hay mucho que hacer. Buenas noches."

Hathol desapareció por el pasillo en dirección a sus aposentos. Zirak oyó la puerta cerrarse al cabo de un instante.

A este condenado crío le ocurre algo o yo soy un orco barbudo- pensó Zirak para sí.

Hathol no consiguió pegar ojo en lo que quedaba de noche, no obstante, decidió que volvería a ese claro en el bosque a la noche siguiente...algo en el fondo de su corazón le impulsaba a ello, y era más fuerte que su férrea voluntad de soldado. Quizás era...no, no podía ser, y sin embargo...

Vanadessë Nissëlor

Cuando acabó de cepillar el pelaje del animal, Vanadessë se sentó en el tronco de un árbol caído, había comenzado a recordar con detalles el encuentro de la noche anterior y se percató de algo que hasta el momento le había pasado inadvertido. Las florcillas, no había conservado ninguna, con el repentino encuentro había olvidado un manojo de pequeñas flores en el claro aquel, las necesitaba pues pronto partirían a tierras lejanas y su instinto le decía que no pillaría más si no era allí. En el fondo de su ser, Vanadessë tenía la necesidad de ir allí con la esperanza de encontrar al dueño del caballo y algo más.

Estuvo toda la tarde en aquel lugar junto al caballo, no le importaba nada más en ese momento, sentía que su corazón de elfa anhelaba el encuentro con el Helkeriano, mas su conciencia de Ohtari le decía que tenía que evitarlo. En esa disyuntiva estaba cuando una voz la sacó de sus pensamientos.

-Mi señora, Sonyariel la está buscando- la mirada inquisitiva de un elfo la puso nerviosa, daba miradas furtivas al caballo, pues él sabía perfectamente que aquel animal no pertenecía al campamento.

-Iré en un momento... tu quedate aquí, cuida del animal y procura que nadie lo monte... sólo preocupate de estar a su lado... nada más- dijo la elfa al tiempo que se alejaba rápidamente a la tienda de su amiga.

-Me estas buscando, Sonyariel?- preguntó

-Estaba preocupada por tí, amiga- la dulce voz de la mujer le hizo sentir la necesidad de contarle el encuentro, mas se aguantó, pues si sabían que era un Helkeriano, le reprocharían y más aún si sabían que había salido de noche y sola.

-No tienes de que preocuparte, estoy bien... muy bien- la elfa dió un abrazo a Sonyariel y salió presurosa de la tienda, Sonyariel quedó mirando como la elfa se perdía rápidamente y no dijo más.

Vanadessë corrió al sitio en donde había dejado al elfo y el animal, cuando llegó pidió a su compañero que no mencionara lo del caballo y que por favor le guardara el secreto. El elfo asintió y se retiró junto a la hoguera que comenzaba a calentar a los que se reunían en su círculo.

La noche comenzaba a caer lentamente y Vanadessë seguía observando al caballo, haciéndole cariño y peinándolo. Cuando vió que los últimos guardias tomaba posición de vigilia, la elfa se acercó a su tienda, cogió su capa y salió del campamento con la excusa de caminar un poco, pues unos centinelas se habían percatado de su presencia y ella no quería que dieran la alarma a su capitán.

Cuando llegó al claro, cogió las riendas de Asfaloth y caminó junto al el, lentamente, atenta a cualquier ruido que pudiera espantar a la bestia y tratando de calmar los nervios del posible encuentro con Hathol. Nada le aseguraba de que lo encontraría, pero ella guardaba la esperanza de que al menos fuese a buscar a su amigo.

[Editado por lalihiari el 25-10-2006 19:38]

Hathol Karkar

Hathol durmió intranquilo esa noche, aunque lo más correcto sería decir que esa noche no durmió, se la pasó toda dando vueltas en su cama, pero sobre todo dando vueltas a su cabeza. ¿Por qué no podía quitarse de sus pensamientos la imagen de Vanadessë? Hathol nunca se había enamorado, nunca se había permitido a sí mismo enamorarse, el mundo estaba ya demasiado lleno de sufrimientos como para añadir uno más a la lista.

Se levantó tarde a la mañana siguiente, el sol hacía rato que ya había salido, se lavó un poco la cara y se puso el uniforme. Cuando bajó al Salón Principal no había nadie, todos habían desayunado y habían empezado con sus quehaceres diarios. Fuera, en el patio, se encontraba el enano Zirak, supervisando, con voz atronadora, la instrucción y entrenamiento de los nuevos reclutas que hacía poco habían llegado. Hathol salió afuera, y Zirak enseguida le vio.

-"Vaya"- le espetó Zirak, irónico, a Hathol nada más verle- "Veo que su Graciosa Majestad nos ha hecho el honor de levantarse esta mañana. ¿Se puede saber qué te ocurre?"

-"Buenos días"- respondió Hathol, fríamente- "Tengo mucho que hacer esta mañana, así que no tengo tiempo para tus bromas."

Sin esperar respuesta, Hathol se dirigió hacia las caballerizas.

-"¡¿Cómo?!"- gritó Zirak, rojo de ira- "¡Será posible...y encima se atreve...! Durbem, encárgate de la instrucción hasta que regrese, tengo un asuntillo que aclarar con el Comandante Hathol."

-"De acuerdo señor"- dijo el oficial, sin ocultar su desconcierto.

Zirak se encaminó las caballerizas, a grandes zancadas, en pos de Hathol, cuando llegó, éste estaba ensillando a uno de los caballos.

-"¡¿Se puede saber qué demonios te ocurre, muchacho?!"- empezó Zirak- "Un Comandante de Compañía no puede levantarse más tarde que sus soldados, deberías saberlo tan bien como yo, pero eso me da igual, hay algo que te preocupa,vamos cuéntamelo."

-"No me ocurre nada, amigo"- respondió Hathol, secamente- "Son cosas mías, nada de importancia."

-¿Acaso te crees que me chupo el dedo?"- insistió Zirak, ya más calmado- "Vamos amigo, todo lo que te preocupa a ti me preocupa a mí."

Hathol, terminó de ensillar al caballo y subió de un salto.

"En serio"- dijo Hathol, tratando de parecer animoso- "Agradezco tu preocupación pero no me ocurre nada."

"No me moveré de aquí hasta que me lo cuentes"- respondió Zirak, obstinado, cogiendo las riendas del caballo.

"De acuerdo"- dijo Hathol, con un deje de burla en su voz- "Si quieres ser la causa de que llegue tarde a la reunión que tengo con el Senescal Apacen para discutir la estrategia a seguir en nuestra guerra contra Lempë allá tú..."

"¡Bah!"- respondió Zirak, soltando las riendas de golpe- "Haz lo que te plazca."

Hathol espoleó al caballo y salió rápidamente de la cuadra, cruzó el patio y salió por la puerta del muro.

Maldito crío, seguro que le ocurre algo- pensó el Enano, cuando, de pronto, se dio cuenta de algo.

"¡Eh!"- gritó en dirección hacia dónde había partido Hathol- "¡Ése no es tu caballo! ¿Dónde está tu caballo?... Maldita sea..."

[...]

Hathol se pasó toda la mañana en el Palacio real, discutiendo con el Senescal Apacen la estrategia que seguirían a partir de ese momento en la guerra que Helkelen Lara mantenía contra Lempë. La Sala de Guerra estaba atestada de mapas colgados en las paredes, y sus estanterías rebosaban de documentos oficiales y no tan oficiales. La mesa del centro la ocupaba un enorme mapa desgastado de Árador, y de pie, mirando el mapa, estaban Hathol y Apacen, Senescal del Rey, con Naulë, la loba de Apacen, la lado de su amo. El Senescal, a pesar de su ceguera se desenvolvía pefectamente en ese mapa, puesto que tenía relieves, por lo que le era muy fácil situarse tan solo tocándolo con los dedos.

-"Tenemos que defender la Capital a toda costa"- decía Apacen, acariciando a Naulë- "No podemos dejar que caiga bajo ningún concepto, pero tu unidad debería intentar tomar alguna ciudad porque... ¿Me estás escuchando? Comandante Hathol, ¿le ocurre algo?"

Hathol estaba mirando fijamente el mapa, parecía absorto en él, no obstante, sus pensamientos estaban muy alejados de aquella sala.

-"Eh..."- dijo Hathol, saliendo de su ensimismaniento- "Si Señor, no hay que ceder la Capital..."

-"Bien"- respondió Apacen- "Continuemos..."

[...]

Al finalizar la reunión con el Senescal, Hathol decidió no volver al Cuartel para comer, pues quería evitar encontrarse con Zirak, su buen amigo Zirak. Sonrió al pensar en la preocupación de su amigo, pero por el momento no podía, no debía, decirle nada...no era el momento. Comió en una taberna de la ciudad y se pasó la tarde resolviendo asuntos menores concernientes al funcionamiento del Cuartel, pero en su fuero interno deseaba con toda su alma que la noche llegara, para volver a aquel claro en el bosque y comprobar si el encuentro con Vanadessé había sido sólo un sueño.

Y la noche, lentamente, llegó. Más o menos a la misma hora en que lo había hecho la noche anterior Hathol salió de la ciudad encaminándose al claro. La noceh era igual a la anterior, clara y sin nubes, e igual de fría. Hathol llegó al claro y allí estaba ella, en el centro, esperándole con Asfaloth, había bajado del caballo y se había quitado la capucha, dejando que sus cabellos cubrieran sus hombros. Hathol también bajó del caballo y se fue acercando lentamente...qué hermosa era, cada vez que la miraba parecía que su belleza crecía y crecía. Los dos estaban ya frente a frente.

-"Ayer pensé que había soñado"- empezó Hathol- "pero ahora veo que no es un sueño sino que sois real."

-"¿Acaso no os fiáis de vuestros ojos?"- respondió Vanadessë, sonriendo dulcemente- "Además, os prometí que os devolvería a Asfaloth, es un buen caballo, tenéis suerte de tenerlo como amigo."

-"Pero no sólo habéis cumplido esa promesa..."- dijo Hathol.

-"No entiendo a qué os referís...aquí tenéis el caballo"- respondió Vandessë, bajando la vista y dando las riendas de Asfaloth a Hathol.

-"Me prometisteis que os volvería a ver...y habéis cumplido"- dijo Hathol, agarrando las riendas del caballo, y a la vez la mano de Vanadessë- "¿Acaso ya no os acordáis?"

Hathol soltó a Asfaloth y cogió las manos de Vanadessë, mirándola a los ojos y atrayéndola lentamente hacia sí.

-"Pero...lleváis los emblemas del clan que es enemigo de mi clan...no está bien..."- titubeó Vanadessë.

-"Si ése es el problema, mirad lo que hago con esos emblemas"- dijo Hathol, quitándose la sobrevesta, quedando con la cota de malla al descubierto, y volviendo a coger de las manos a la elfa.

La luz de la luna iluminaba por completo el claro, recortando con su luz la silueta de dos corazones tan unidos como separados. Vanadessë y Hathol se miraron a los ojos con intensidad, los dos sabían que pertencían a clanes rivales, pero sus rostros continuaron acercándose cada vez más. Cerraron los ojos y ya no existieron los emblemas ni los clanes.

[Editado por Encalion el 26-10-2006 17:21]

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[Editado por Encalion el 26-10-2006 17:37]

Vanadessë Nissëlor

La elfa cuando llegó, con las riendas en mano se dispuso a esperar, no estaba segura de que Hathol volviera, pero algo en su interior le decía que tenía que esperar.

Al cabo de unos minutos unas leves pisadas en la espesura del bosque le hicieron ponerse alerta, Vanadessë sintió que un escalofrío recorría su espalda y cuando vió una figura humana acercándose su felicidad era inmensa, a pesar de saber que su modo de actuar estaba mal. Lentamente vió como la blanca luz de la luna iluminaba el rostro de Hathol, no se movió de aquel lugar y cuando el humano llegó junto a ella, la elfa sintió un estremecimiento en su interior, sentirlo próximo le encantaba pero trataba de parecer indiferente, no quería, no debía enamorarse de un enemigo, mas su corazón dispuso otra cosa.

Luego de las primeras palabras entre ambos, la elfa entregó las riendas de Asfaloth a su dueño y éste le cogió las manos, Vanadessë no las apartó. Hathol la acercó y ella se dejó llevar, una brisa hizo mover los cabellos de la elfa y el humano los apartó de su mejilla, acariciándola suavemente.

Cuando la elfa fijó su mirada en los emblemas e insignias de Hathol, este se los quitó.

-"Si ése es el problema, mirad lo que hago con esos emblemas"- dijo Hathol, quitándose sus atuendos y volviéndo a coger las manos de Vanadessë.

En un momento dado, la elfa miró en sus bellos ojos y sintió la necesidad de perderse en ellos, lentamente comenzaron a acercar sus rostros y se fundieron en un tierno beso. El tiempo dejó de correr, una suave brisa movía los cabellos y la túnica de la elfa. El beso fue largo y tierno, en él, Vanadessë entregaba su corazón y alma al humano rival. Sentía que la felicidad la invadía y no quería separarse de él, mas su conciencia le hizo apartarse bruscamente, volvió al mundo que los rodeaba y se dió cuenta que aquello a pesar de su corazón, le llevaría a traicionar a los suyos, por un instante recordó las batallas y la sangre derramada entre ambos clanes y lentamente las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas

-Es increíble lo que el destino le tiene preparado a aquellos que no lo buscan- dijo Vanadessë con pesar. Miraba fijamente a los ojos de Hathol, eran de un azul profundo y por momentos, la elfa sentía que se perdía en ellos.

-Nuestro destino es compartido y a pesar de la rivalidad de nuestros clanes, creo que hemos sido víctimas de un cruel juego- dijo Hathol al tiempo que secaba las lágrimas de la elfa con uno de sus guantes.

La elfa no podía seguir hablando, un nudo se le había hecho en la garganta, y tuvo que ahogar unos sollozos de tristeza y felicidad a la vez, se abrazó a él y sentía como su corazón latía con fuerza. La noche parecía estar de su parte, pues avanzaba lentamente y el brillo de la luna daba al entorno un aspecto cálido y romántico, a pesar del frío de la zona. Vanadessë comenzó a tiritar levemente, confundiéndo el frío con el nerviosismo.

Hathol Karkar

Las estrellas titilaban en el cielo oscuro y la luz de la luna se hacía cada vez más intensa, así como los sentimientos de aquella elfa y aquel humano que estaba abrazados en el centro del claro. Hathol sintió estemecerse a Vanadessë, se desabrochó la capa forrada de piel de marta y se la puso encima de los hombros a la elfa.

-"Gracias"- musitó Vanadessë, pero no dejó de temblar.

Vanadessë y Hathol permanecieron largo tiempo en silencio, abrazados, sintiendo sus corazones palpitar aceleradamente. Después, sin dejar de abrazarse se miraron con dulzura.

-"¿Y qué va a pasar ahora, mi dulce Vanadessë?"- dijo Hathol, con voz triste.

-"Es algo que tenemos que descubrir nosotros, Hathol, el destino es algo que vamos escribiendo cada uno día a día"- respondió Vanadessë.

-"Pero tú eres elfa y yo mortal..."- empezó Hathol.

-"Calla"- susurró Vanadessë, poniendo un dedo sobre los labios de Hathol- "Los Hombres siempre pensando en la fugacidad de sus vidas...no hables de eso ahora, mi amor, simplemente disfruta de este momento y de cada momento que pasemos juntos como si fuera el último, pues quién sabe lo que nos depare el futuro. Pero ahora, bésame de nuevo."

Fue un largo beso, tierno y cálido, lleno de amor y esperanza, lleno de una nueva vida que se abría ante la elfa y el humano.

-"Ahora debo irme"- dijo Vanadesë, después del beso. La mirada de Hathol se entristeció al oírlo.

-"Pero no desesperes, mi amor"- le dijo Vanadessë, sonriendo- "Nos volveremos a ver, nuestros corazones y nuestras almas están unidos para siempre, así que, cuando estés a punto de perder la esperanza piensa en mí y yo acudiré a este claro para devolverte la esperanza, así como tú lo harás por mí. Hoy nuestros destinos se han unido."

-"Así lo haré, mi amor"- dijo Hathol- "Pero quiero que sepas que ni por un instante dejaré de pensar en ti."

-"Ni yo tampoco..."- respondió Vanadessë.

Entoces la elfa se soltó de los brazos de Hathol y se dirigió hacia el caballo que le había traído el humano, que observaba su marcha con tristeza, pero de repente Vanadessë se giró y corrió de nuevo hacia él para besarle otra vez.

-"Siempre estaré contigo"- le dijo la elfa, con voz apresurada- "No olvides estas palabras. Ahora adiós."

De un salto subió al caballo y lo espoleó hacia el bosque, al cabo de unos instantes se había fundido con la oscuridad. Hathol se quedó solo en el claro, con la compañía de Asfaloth.

Yo también estaré siempre contigo, mi amor...siempre.

Entonces, Hathol y Asfaloth emprendieron el camino de regreso a la ciudad, y el humano empezó a temblar de frío, pues Vanadessë se había llevado su capa de piel. Hathol sonrió al recordarlo.

Vanadessë Nissëlor

Cabalgó sin mirar atrás, pues el saber que Hathol estaba allí, en el claro, le haría pensar con el corazón y probablemente volvería con él. Cuando se acercó al campamento bajó del caballo, lo llevó al sitio destinado para ellos y procuró dejarlo en un lugar cómodo. A la mañana siguiente inventaría alguna excusa de la procedencia de éste.

Entró en su tienda y se recostó así tal cual estaba vestida, tapándose sólo con una manta, no podía olvidar aquel tierno beso en donde había entregado su corazón. Suspiró mientras recordaba cada detalle de aquel encuentro. Los ojos de Hathol le encantaban y se estremecía al recordar la intensidad y brillo de su mirada, aquel hombre en sólo dos noches le había robado la tranquilidad y la elfa procuraría no recobrarla nunca. A pesar de que su conciencia actuaba sobre su mente, el sentimiento hacia el helkeriano era más fuerte. Sabía que estaba traicionando a su clan, pero estaba recuperando la felicidad perdida y a todo ello se le sumaba la imborrable imagen de Hathol allí en el claro.

Sumida en sus pensamientos y dando uno que otro suspiro, Vanadessë se abandonó al sueño. El sol estaba muy alto cuando la elfa sintió un peso sobre su cama, perezosamente abrió los ojos y vió un rostro familiar.

-Aún dormida señorita?- la dulce voz de Sonyariel la hizo desperezarse y dar un último bostezo.

El campamento hacía un buen rato que estaba en el continuo ajetreo matinal y la elfa se avergonzó.

-Buenos días, Lissë- dijo la elfa con voz adormecida.

-Buenas tardes diría yo, niña!- la mujer soltó una carcajada al ver la estupefacción de Vanadessë, quien echó un vistazo a la entrada de la tienda y se percató de que era pasado el medio día.

-Hace mucho rato que partió una patrulla de reconocimiento a la región helkeriana para ver el terreno y aprestarnos para las nuevas órdenes, han llegado noticias de Yavetil... Debemos atacar mañana antes de que el primer rayo de sol ilumine nuestros rostros, Vanadessë, así que ve preparando tus cosas y dirigete junto a los soldados para ver que todo esté a tiempo.

La elfa al oír las palabras de su amiga sintió que le arrancaban el corazón, la posible lucha contra Hathol le hizo desfallecer y apresuradamente se levantó, cogiéndo de paso la capa y salió de la tienda, dejándo a su amiga confundida y sin entender que pasaba. La mujer se percató de que aquella prenda no era la que comunmente usaban los de su clan.

Vanadessë fue al lugar en donde había dejado el caballo la noche anterior, cogió las riendas y cabalgó durante horas sin rumbo fijo, las lágrimas rodaban por sus mejillas y los sollozos la ahogaban de vez en cuando. En un momento dado, el animal se encabritó y la elfa cayó sobre unos pequeños arbustos con espinas característicos de aquellos parajes inhóspitos. El golpe la aturdió en principio y cuando reaccionó se encontró tendida boca arriba, con la mirada fija en la copa de los árboles. El llanto afloró entonces y comenzó a imaginar aquella lucha contra su amado Hathol.

Hathol Karkar

Un mensajero de Palacio llegó de madrugada al Cuartel del Ejército de Helkelen Lara con un mensaje para los Capitanes Zirak y Hathol. El mensaje decía así:

"Tenemos noticias de que una Compañía de Lempë Ohtari se encuentra acampada en los alrededores de la nuestra capital y que mañana por la mañana van a iniciar el ataque a la ciudad. Por otro lado, hemos avistado un pequeño destacamento que parece ser la avanzadilla de esa Compañía, pues no son muchos los soldados que la componen.

A la vista de estos hechos, el Consejo y el Rey ordenan a los Capitanes Zirak y Hathol que salgan al encuentro de esa avanzadilla con unos cuantos hombres y la destruyan, después, la compañía que corresponda saldrá a hacer frente al ataque de nuestros enemigos. Estas son las órdenes.

Firmado: Apacen, Senescal del Rey."

[...]

Zirak leyó el mensaje mientras Hathol escuchaba, los dos estaban en el Salón Principal del Cuartel, aún era de noche y habían encendido una pequeña vela en la mesa para leer el urgente mensaje que les habían traído hacía unos instantes.

-"Bueno compañero"- dijo Zirak, después de leer la carta- "Parece que no podemos dormir ni de noche, pongámonos manos a la obra."

-"Iré yo"- dijo Hathol de repente.

-"Pues claro que vendrás"- replicó Zirak divertido- "¿Acaso crees que te dejaré aquí mientras yo corto unos cuantos miembros lemperianos?"

-"Creo que no me has entendido, amigo"- dijo Hathol, sombrío- "Iré yo...solo. Cogeré a unos cuantos hombres y saldremos a detener a la avanzadilla de Lempë."

-"¿Se puede saber qué dices, muchacho"- dijo Zirak, confuso- "Son órdenes Reales, ¿acaso no lo entiendes? Estás loco si crees que voy a dejarte toda la diversión."

-"No te preocupes, estaré bien"- respondió Hathol, cambiando el semblante de repente, ahora parecía animado- "¿Acaso no confías en mi destreza en la batalla? No creí que confiaras tan poco en mí. Además, son sólo unos pocos soldados, no hace falta que dos Capitanes de compañía salgan a hacerles frente."

-"No es eso, y lo sabes"- respondió Zirak- "Hace días que me tienes desconcertado, te ocurre algo, lo veo un tu rostro, y me preocupa."

-"No vuelvas a empezar con eso...te lo ruego"- respondió Hathol, empezando a impacientarse.

-"De acuerdo, de acuerdo, no preguntaré más"- dijo Zirak, conciliador- "Sólo espero que algún día tengas la suficiente confianza como para contarme lo que sea que te ocurre."

Aquellas palabras desconcertaron a Hathol, que no supo qué decir a su amigo y no traicionar el secreto de su amor prohibido.

-"No es eso...es sólo que..."- empezó el humano. Después se giró y dijo- "Bueno, ¿me ayudas a ponerme la coraza?"

[...]

Al cabo de unas horas Hathol salió del Cuartel con veinte hombres de infantería ligera. El Capitán tenía un extraño presentimiento, un presentimiento que le había hecho casi ordenar a su amigo Zirak que se quedara en el Cuartel, contraviniendo así las órdenes del Rey y del Consejo. Pero sabía que debía ir solo, pues quizás no supiera qué decir a Zirak cuando se topara con Vanadessë, pues Hathol estaba convencido de que la elfa era parte de la avanzadilla del ataque de Lempë. Estaba seguro.

El sol rayaba el cielo ya cuando los hombres del destacamento salieron por la puerta norte, capitaneados por Hathol. Avanzaban con cautela, pues no sabían exactamente de dónde provendría el ataque de la avanzadilla lemperili. De pronto oyeron un grito, de una arboleda cercana surgieron los soldados enemigos, y los dos bandos se enzarzaron en la lucha. Hathol no llevaba su armadura de batalla, sino un atuendo más ligero, compuesto por una cota de malla, una sobrevesta azul y gris con el emblema de Helkelen Lara, y pantalones, botas y guantes de cuero, no llevaba yelmo, pues en un ataque de esas características había que ir lo más ligero posible. Desenfundó a Fealóke y empezó a hundirla en los enemigos que le salían al paso, pero su mirada iba más allá, buscaba a su amada. Al cabo de unos instantes la vio, estaba luchando con denuedo al otro lado de donde él se encontraba y quiso correr hacia ella, abrazarla y besarla, pero entonces reparó en Fealóke, teñida de sangre y volvió a concentrarse en la batalla, no obstante, seguía con atención las evoluciones de Vanadessë. Entonces, vio algo que nunca querría haber visto. La elfa cayó al suelo, herida por uno de los soldados helkerianos.

-"¡No!"- gritó Hathol, horrorizado...pero en el fragor de la batalla nadie escuchó ese grito.

El humano se abrió paso hasta donde había caído su amada Vandessë, estaba tumbada boca arriba, con una expresión de dolor y sufrimiento en el rostro, una fea herida le atravesaba el hombro de parte a parte.

-"No te preocupes mi amor"- le susurró Hathol, arrodillándose junto a ella- "Te voy a sacar de aquí, todo irá bien, aguanta...por favor."

Vanadessë no respondió, sólo entreabrió los ojos, y se desvaneció. Entonces, Hathol enfundó a Fealóke, cogió en brazos a Vanadessë y se alejó de allí, con lágrimas en los ojos. El sol empezaba a despuntar en el horizonte, y en el fragor de la batalla nadie pareció darse cuenta de la huida de los dos enamorados.

Vanadessë Nissëlor

Allí estuvo tendida hasta que algunas estrellas comenzaron a titilar en el firmamento, el tiempo había avanzado rápidamente, lo que le afligía profundamente, pues a la madrugada siguiente tendría que partir a una batalla que nadie se esperaba.

Cuando recuperó el sentido de la orientación, se puso de pie, se arrebujó con la capa de Hathol y cogió las riendas del caballo, que luego de la caida de la elfa se había quedado cerca de ella, masticando algunos arbustos pequeños. Vanadessë limpió su rostro con la manos y cabalgó hasta el campamento. Allí la esperaba un elfo que le avisó que en la tienda de reuniones estaban todos sus compañeros viendo los últimos detalles de la inspección en terreno helkeriano, programado para la madrugada siguiente.

La elfa fue primero a su tienda a dejar la capa de su amado Hathol, arreglarse el cabello y lavarse el rostro para despejarse un poco, luego salió encaminándose a la tienda de reuniones, su llegada pasó inadvertida para muchos, salvo para su amiga Sonyariel, quien al verla entrar la miró con semblante preocupado. Una vez que la reunión concluyó, la elfa salió presurosa a su tienda, pero una mano la retubo, era Sonyariel que la sujetaba del brazo y le impedía seguir su camino.

-Vanadessë, que te ocurre? preguntó la mujer preocupada.

-Nada Lissë, lo de antes fue sólo por recordar la lucha anterior, todos los muertos y eso... nada más- mintió la elfa con el dolor de su alma, no podía decir la verdad ni mucho menos confesarle su amor secreto por aquel helkeriano.

-Bueno, espero que sea eso... recuerda que irás con parte del ejército a aquellas tierras, mañana de madrugada... Que Eru te guíe, amiga- la mujer dió un abrazo a la elfa y se alejó a su tienda.

Vanadessë entró en la suya y ordenó sus cosas para la inminente partida, cuando terminó, se acostó y se durmió rápidamente. La noche era fría y los sueños de la elfa intranquilos, la profunda tristeza que la embargaba hacía que las lágrimas cayeran aún por sus ojos dormidos, cuando llegó la hora señalada, la elfa se vistió con un atuendo ligero pero abrigador, cogió su capa y se la echo sobre los hombros, ajustó sus dagas al cinturón y colgó su arco en la espalda. Con un suspiro abandonó su tienda y se encaminó hacia el lugar donde estaba apostado el pequeño grupo.

Sonyariel estaba con ellos y ésta al verla llegar se acercó y le dió un fuerte abrazo.

-Tranquila pequeña, todo saldrá bien- la mujer trataba de tranquilizarla, pero no podía olvidar el modo en que la elfa había reaccionado la tarde anterior.

Vanadessë le dió una leve sonrisa y partió con los soldados, las estrellas aún titilaban en lo alto, la luna dejaba de brillar por momentos, pues algunas nubes la olcutaban. El pasó era lento y silencioso, las pisadas eran casi inaudibles y el susurro de la brisa en las hojas refrescaba el rostro de los Ohtaris. Cuando llegaron al sitio señalado, se escondieron entre los arbustos a esperar. En un momento se sintieron las pisadas lejanas de los helkerianos, por lo que los ohtaris de prepararon para una posible lucha. El ruido era cada vez más cercano y el corazón de Vanadessë latía con fuerza. Cuando vieron algunos rostros humanos desde sus escondites, los soldados de Lempë salieron a la batalla con un estruendo de voces y y pisadas en la hierba. Pronto el destello de las espadas de los helkerianos se dejó notar, el entrechocar de las hojas retumbaba en el bosque, los silbidos de las flechas pasaban muy cerca de los oídos de la elfa, quien luchaba con valor y daba muerte a algunos enemigos por tratar de mantenerse con vida.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas al ver como algunos de sus compañeros caían muertos, pero lo que más dolor le causaba era sentir ese amor por uno de sus enemigos. En un descuido, Vanadessë sintió el frío acero que le atravesó un hombro. La elfa dió un grito y vió directo a los ojos de su atacante antes de caer semi inconciente. Su mirada poco a poco comenzó a nublarse, el dolor era inmenso y cuando a punto estaba de perder el conocimiento, sintió que alguien se arrodillaba a su lado y la cogía en brazos, la elfa trató de distinguir aquel rostro y vió el brillo de aquellos hermosos ojos, estaban llenos de lágrimas, una voz triste algo le dijo, pero ella no pudo distinguir palabras, trató de hablar pero el dolor pudo más y Vanadessë se desmayó.

[...]

-No te muevas, mi amor- una suave voz le hizo abrir poco a poco los ojos. Alguien estaba allí y cuando sus ojos se acostumbraron a la escasa luz del lugar, Vanadessë pudo distinguir el rostro de Hathol, apenas iluminado por una pequeña fogata que hacía bailar las sombras en la pared de aquella cueva.

-Donde estamos?- preguntó la elfa con voz dolorida, al tiempo que echaba una mirada al lugar.

El continuo goteo que retumbaba en la cueva, hacía adivinar que había alguna fuente subterranea, el piso era seco, y en la entrada a unos pocos pasos se dintinguían los últimos rayos de sol entre los árboles.

-Eso por ahora no importa, estás recuperándote de una herida que sufriste, estás con vida y aquí... conmigo- dijo el humano mientras se acercaba y le daba un tierno beso.

Vanadessë dió un suspiro y se abandonó al sueño, mientras Hathol la cubría con la capa y enjugaba el sudor provocado por la fiebre en su inconciencia.

Hathol Karkar

La cueva no era muy grande ni profunda, pero era confortable, estaba excavada en la ladera de una pequeña colina que daba a un pequeño valle con un lago que se alimentaba de un arroyo que por allí discurría. Era de noche, y algunas nubes oscurecían la luz de las estrellas, pero la luna se alzaba llena, imponente en todo su esplendor, el fuego crepitaba en la hoguera encendida dentro de la cueva, y a su lado reposaba Vanadessë, profundamente dormida sobre un lecho de paja improvisado por Hathol, cubierta por una gruesa manta de lana. Hathol estaba de pie en la boca de la cueva, observando el bello paisaje que se divisaba desde allí, se había despojado de la cota de malla y la sobrevesta, y vestía una sencilla túnica de lino blanco, junto a los pantalones y las botas que aún conservaba puestas. Definitivamente le gustaba este lugar, lo había descubierto en sus inicios como oficial del ejército, en una de sus rondas por los alrededores de Ost-En Äel, y se lo había "apropiado", era un lugar que frecuentaba cuando quería estar solo y pensar, cuando quería alejarse del bullicio de la ciudad y del Cuartel y dedicar unas horas a pensar en su lejana tierra natal, en la Tierra Media, en Beleriand, en Dor-lómin, en su familia. Estaba seguro de que algún día volvería, pero aún no. De pronto, una voz interrumpió sus pensamientos.

-"¿Dónde estamos?"- dijo Vanadessë, desperezándose, aún soñolienta.

-"Ah"- dijo Hathol, girándose y dirigiéndose hacia ella sonriente- "Por fin te has despertado, llevas dos días durmiendo. Bueno, en cuanto a este lugar...yo lo llamo "mi refugio secreto", y eres más que bienvenida."

Hathol se arrodilló junto a Vanadessë, sacó un trozo de queso y un poco de pan de una pequeña alforja que llevaba consigo y se lo ofreció a Vanadessë. La elfa se incorporó y empezó a comer con hambre, después, se dio cuenta de su voracidad, miró a Hathol y se ruborizó. Hathol estalló en una carcajada.

-"No te preocupes mi amor"- dijo el humano- "come como quieras, no voy a escandalizarme, he visto algunas reinas comer con más voracidad."

Vanadessë sonrió agradecida y siguió comiendo en silencio. Entre bocado y bocado preguntó:

-"¿Qué es este lugar?"-

-"Bueno"- respondió Hathol- "suelo venir aquí cuando busco algo de paz y alejarme del mundanal ruido, por desgracia, no puedo pasar aquí todo el tiempo que quisiera, pues mis obligaciones militares me dejan poco tiempo para ello, no obstante, siempre que lo necesito acudo aquí...me da mucha paz."

-"Es precioso"- dijo Vanadessë, fascinada- "ojalá yo también tuviera un lugar así, para perderme."

-"Ya lo tienes"- respondió Hathol.

La elfa sonrió, y cuando quiso incorporarse del todo emitió un pequeño quejido de dolor.

-"¿Aún te duele la herida?"- preguntó el humano preocupado.

-"Un poco, sí"- dijo Vanadessë.

Hathol se acercó más a ella y, titubeante, le desabrochó un poco la camisa a la altura del hombro. Ahora era el humano el que se había ruborizado, la elfa sonrió divertida.

-"Eeh...bueno, parece que ya ha cicatrizado, hice un emplasto de algunas hierbas curativas que hay por aquí, dentro de poco ya no te dolerá nada"- dijo Hathol, nervioso. Palpó un poco la zona de la herida, la piel de la elfa era suave y cálida, aquello estemeció a Hathol de la cabeza a los pies.

-"¿Sabes qué?"- susurró Vandessë, burlona, atrayendo a Hathol hacia ella mientras se volvía a tumbar- "Ya no me duele."

[...]

La mañana sorprendió a los dos enamorados aún dormidos el uno junto al otro. Hathol fue el primero en despertarse, pues las costumbres militares son difíciles de obviar. Miró a Vanadessë con dulzura, dormida era aún más hermosa, y con cuidado salió de la manta y empezó a vestirse, al poco rato la elfa también se despertó.

-"Buenos días mi amor"- le dijo Hathol, acercándose y besándola con dulzura, pero el rostro de la elfa se había entristecido- "¿Qué te ocurre?"- preguntó el humano.

-"Me duele que tengamos que despedirnos...una vez más"- dijo la elfa, apartando la mirada.

-"No te aflijas, querida mía"- dijo el humano, animoso- "Pues muy pronto nos volveremos a ver, ya verás."

-"Ya lo sé, no es eso"- respondió ella- "Pero no sé si podré soportar durante mucho tiempo este amor furtivo. Yo te quiero y quiero estar junto a ti."

-"Yo también te quiero, y también quiero estar siempre contigo"- dijo él, abrazándola- "pero no te preocupes, llegará un día en el que por fin podremos estar siempre el uno al lado del otro. Ten fe en mí, lo lograremos."

La elfa sonrió débilmente, entonces Hathol se llevó las manos al cuello y se desabrochó un pequeño cordón de cuero del que colgaba un disco de madera pulida, en el que había un emblema tallado en relieve.

-"Este es el emblema de mi linaje allá de donde vengo"- dijo Hathol mientras abrocahaba el cordón alrededor del cuello de la elfa- "Me lo dio mi padre cuando yo tenía cinco años, lo había tallado en su tiempo libre durante una de sus campañas al servicio del Rey Supremo de los Elfos en mi tierra natal. Siempre lo he llevado conmigo, pero ahora quiero que lo tengas tú, y que cuando te sientas sola y desesperada lo mires y pienses en mí, en que hay alguien que te ama con todo el corazón y que luchará por ello hasta el fin."

Vanadessë no supo qué decir, quiso rechazarlo, pero Hathol insistió, y al final la elfa cedió.

-"Ahora debo irme"- dijo él apesadumbrado, y la besó largamente. Después se levantó y se encaminó hacia la boca de la cueva.

-"Espera"- dijo ella, corriendo hacia él. Se había puesto rápidamente la camisa y los pantalones. Cuando estuvo de nuevo frente a él, sacó el anillo que llevaba en el dedo corazón de su mano diestra, cogió la mano derecha de Hathol y se lo puso, también el dedo corazón. Era un sencillo anillo de plata, pero en su parte exterior había una bella filigrana tallada, un diseño típicamente élfico.

-"Esto también es para ti"- le dijo Vanadessë, mientras se lo ponía- "También es muy especial para mí, y algún día te contaré porqué, pero ahora guárdalo y piensa en mí cuando lo mires."

La elfa y el humano se volvieron a besar, después Hathol partió hacia la ciudad de Ost-En Äel, y Vanadessë se quedó un rato más en la boca de la cueva, observando el caminar de Hathol, con lágrimas en los ojos. Pero no era lágrimas de tristeza, sino de la felicidad más pura que puede existir, la felicidad por el Amor.

Vanadessë Nissëlor

La Marcha de su amado Hathol, entristeció a la elfa, pues con él se sentía feliz. Mientras lo veía alejarse, se llevó la mano al pecho y con ternura cogió el colgante que el humano le había dejado, <<Siempre pienso en ti, mi amor>> pensó la elfa, dió un largo suspiro y se preparó para volver al campamento. Había pasado tres noches sin dar señales de vida, seguro que sus compañeros la estaban buscando y no quería provocar retrasos ni preocupaciones en el campamento, por lo que rápidamente se arregló el cabello, terminó de vestirse y emprendió la marcha, no sin antes dejar un delicado pañuelo de seda que siempre llevaba consigo. Buscó un pequeño trozo de madera, lo ató con fuerza y lo dejó en el lecho que habían compartido el humano y ella, procurándo que su amado Hathol lo viera cuando volviera a aquel lugar.

Al cabo de unos minutos emprendía la marcha hacia cu campamento, recordando aquella maravillosa noche en que se entregó a Hathol y sintiendo como la piel se le erizaba al imaginar las manos de su amado recorriéndola y sintiendo su cuerpo tan próximo a ella.

Caminó tan rápido como sus pies se lo permitían, descansando de vez en cuando. Luego de un tiempo de marcha, comenzó a sentir el humo de las fogatas del campamento, se estaba acercándo y divisó a lo lejos a los centinelas apostados en los puntos claves de aquel lugar. Cuando Vanadessë hizo su aparición, dos guardias le dieron la bienvenida y mandaron a un tercero a dar aviso a los capitanes de que la elfa desaparecida había llegado.

-Vana, donde estabas niña!- dijo Sonyariel al verla aparecer en la entrada de su tienda. -Te hemos buscado por todos los sitios posibles, creíamos que los helkerianos te habían tomado prisionera-. La mujer tenía el semblante cansado y preocupado y se alegró de ver que su amiga estaba con vida.

-Me hirieron en la batalla, Lissë... pero ahora no quiero hablar de eso, me siento cansada, he caminado mucho y ... - la elfa titubeó. -Ya te contaré lo sucedido, amiga... - La elfa sonrió a su amiga y ésta la dejó ir.

Vanadessë dió un tierno abrazo a Sonyariel e hizo una leve mueca de dolor al sentir la presión de ésta en su hombro.

-estás herida, primero ve a la tienda de curaciones- ordenó Sonyariel.

La elfa miró a la mujer con una sonrisa. -No te preocupes, estuve en buenas manos y al herida ha cicatrizado bien, es sólo que tengo el hombro delicado, pues me clavaron la espada de parte a parte... pero gracias a mi ángel personal, estoy bien-. sus ojos brillaron de un modo tan extraño y bello a la vez, que la humana sintió un leve escalofrío.

Vanadessë se retiró a su tienda dejándo a Sonyariel con un mar de preguntas e intrigas..."Mi ángel personal", aquella frase retumbó en la mente de la humana, quien tenía un leve presentimiento de que su amiga se estaba enamorando, pero no quiso seguirla, pues la elfa se notaba cansada y prefirió dejar el interrogatorio para más tarde.

La elfa en su tienda se quitó las vendas y pudo ver la cicatriz que tenía en su hombro, sin duda los cuidados de Hathol le habían salvado la vida y por ello estaba agradecida. Con mucho cuidado se quitó toda la ropa y se puso una suave túnica blanca, trenzó su largo cabello y se tumbó sobre la cama, no podía olvidar a Hathol y ya extrañaba tenerlo cerca, sentir su piel, perderse en sus bellos ojos. Cogió nuevamente el colgante y suspiró.

<< Ese será nuestro lugar de encuentros... siempre...mi amor>> pensó la elfa.

Así se durmió, pensando en los bellos momentos que había pasado con el humano, y añorando terlo otra vez junto a ella...

[Editado por lalihiari el 03-11-2006 04:32]

Hathol Karkar

Cuando Hathol regresó al Cuartel, después de aquellos mágicos días al lado de Vanadessë, fue recibido con júbilo y alegría por todos los oficiales y soldados, no obstante, había algo rato en sus miradas, un tanto recelosas y desconfiadas. Hathol dijo que estaba algo cansado y entró en Salón Principal. Ahí, sentado al lado de la ventana y fumando en su vieja pipa de madera se encontraba el enano Zirak, con expresión ceñuda.

-"He vuelto"- dijo Hathol, intentando disimular el torrente de emociones que fluían por su mente. Zirak siguió en silencio- "Bueno, voy a lavarme un poco y a descansar, han sido unos días muy largos."- dijo Hathol de nuevo, encaminándose hacia su celda,

-"¿No me vas a decir dónde has estado?"- dijo Zirak, sin apartar la vista de la ventana.

-"Bueno..."- empezó el humano titubeante- "...creo que me dieron un golpe en la cabeza, perdí el sentido y me recuperé al día siguiente...y aquí estoy."

-"He oído muchas excusas estúpidas en mi vida, Hathol Karkar, pero ésta es la peor de todas"- dijo el enano enfureciéndose por momentos- "¡¿Se puede saber qué hacías llevándote a una soldado enemiga?! ¡¿Qué demonios te ocurre?!"- gritó el enano levantándose fuera de sí.

El semblante de Hathol se tornó gélido por la sorpresa, y, dándose cuenta de que los soldados que estaba fuera se habían dado cuenta de los gritos, Zirak agarró a Hathol por el brazo y a trompicones se lo llevó a la celda, y lo echó de malas maneras encima de la cama.

-"Ahora"- dijo el enano más calmado, pero aún muy enfadado- "no te vas a mover de aquí hasta que no me cuentes lo que ocurre. ¿Qué es eso de rescatar enemigos?"

-"De acuerdo"- refunfuñó Hathol a regañadientes- "te lo contaré. El caso es que...bueno...la elfa que rescaté y yo...pues...nos queremos. Ya está dicho."

-"Oh"- respondió Zirak, irónico- "os queréis. Es que lo sabía, sabía que había algo de eso en tu comportamiento"- Zirak empezó a dar vueltas arriba y abajo por la habitación, con las manos a la espalda- "Creo que esa elfa te está sorbiendo los sesos niño...y además de Lempë..."

-"No te pongas así..."- dijo Hathol, intentando calmar a su amigo- "...déjame que te explique..."

-"Oh"- dijo Zirak, deteniéndose de repente y mirando a Hathol- "Que no me ponga así...¿y cómo quieres que me ponga? ¿Sabes la cara que se me ha quedado cuando uno de los soldados me ha dicho que te había visto huyendo del campo de batalla con una elfa del enemigo en brazos? ¿Sabes qué ocurrirá si esto llega a oídos del Consejo y del Rey? No, por supuesto que no lo sabes."

-"Pero...nos queremos"- insistió el humano- "¿Acaso es tan difícil de entender?"

-"Un capricho, eso es lo que es"- sentenció Zirak.

-"Tú no lo entiendes..."- respondió Hathol.

-"¿Que no lo entiendo?"- dijo Zirak, acercándose a Hathol y agarrándolo por el cuello de la camisa- "No vuelvas a decir que no lo entiendo porque te vas a ganar un bofetón, ¿ha quedado claro?"- Estúpido crío- pensó Zirak para sí.

Zirak soltó a Hathol y se sentó en una silla, estaba cansado, dolido y decepcionado. Hathol no sabía qué decir, pues era consciente de que estaba traicionando a su país y sobre todo a su amigo, pero por encima de todo eso amaba a Vanadessë, no podía hacer caso omiso de sus sentimientos, y estaba decidio a luchar hasta el final, y así se lo dijo a su amigo.

-"Mira, soy consciente de todo lo que me dices, y tienes razón"- dijo Hathol- "pero la amo, y estoy decidido a luchar hasta la muerte por ella, por encima del Consejo...o de quien sea."

-"¿Incluso de mí?"- dijo Zirak levantando la cabeza, y mirando a Hathol con el rostro abatido- "Dime una cosa, ¿la amas de verdad?"

-"Sí, ya te lo he dicho, con toda mi alma y mi corazón, esa elfa es lo que más amo en este mundo"- respondió Hathol.

-"¿Y eres consciente de lo que significa el hecho de que ella sea elfa y tú mortal?"- siguió preguntando el enano.

Aquella pregunta pilló por sorpresa a Hathol, pero había pensado mucho en el tema y estaba decidido.

-"Sí, lo soy"- respondió con firmeza.

-"En ese caso"- dijo Zirak, mesándose la barba- "Cuenta conmigo muchacho, te ayudaré en todo lo que sea con tal de que estés al lado de tu amada."

Vanadessë Nissëlor

Sonyariel estaba cada vez más intigada con respecto a la extraña desaparición y la actitud de su amiga, sentía que ésta le estaba ocultando algo importante y ella lo quería saber. A media tarde, esperando a que Vanadessë estuviera despierta, se dirigió rumbo a la tienda de ella y la encontró sentada en el borde de la cama, con la mirada fija en el suelo y sus pensamientos centrados en Hathol.

-Vana!, estás despierta- dijo la humana que se acercaba lentamente y con una sonrisa en los labios.

-Aiya, Lissë... desperté hace unos minutos... ahora me siento mucho mejor- la elfa sonreía y sus ojos brillaban de una forma especial.

-Ahora me dirás que te ocurre, niña... Y no me digas que no te ocurre nada porque te conozco muy bien y sé que algo te sucede... algo importante...- concluyó Sonyariel al tiempo que se sentaba junto a la elfa y posaba delicadamente su mano en el hombro de esta.

-Ehm... Lissë, te contaré sólo si me prometes por lo más sagrado que tengas, que no me regañarás y que no te espantarás por lo que diré- la elfa titubeaba y su voz era temblorosa.

-Sabes que puedes confiar en mí, Vanadessë... eres mi amiga, aunque seas elfa- esto último sacó una carcajada de la elfa, pues aquella mujer odiaba a los de su raza.

-Bueno... ehm... Lissë, el destino me ha jugado una mala partida y me enamoré profundamente de un humano- la elfa trataba de contener su nerviosismo y se llevó una mano al colgante en su pecho.

-Oh! que alegría, Vana!- la interrumpió la mujer al enterarse de que la tímida elfa comenzaba a recorrer los caminos del amor.

-Eso no es lo grave, Lissë... el problema es que aquel humano que me quita el sueño... es un helkeriano...- esto último dejó a la mujer estupefacta, fue como si un balde de agua fría cayera desde el techo y la empapara completamente, su rostro de puso pálido y dió una mirada llena de confusión a la elfa.

-No.. no no NO!- dijo la mujer. -Tú no puedes enamorarte de un helkeriano, acaso no sabes que estamos en guerra?... te has puesto a pensar en todas las muertes que ellos han causado en nuestro ejército?- La mujer ahora miraba fríamente a Vanadessë quien con lágrimas que le nublaban la visión trató de explicarle a su amiga.

-Yo sé que son nuestros enemigos, Lissë... y yo quiero ser fiel al clan... pero no puedo evitar este sentimiento... No puedo olvidarlo, no quiero olvidarlo... entiéndeme tú, Sonyariel... Tú amas a Darlak, ponte en mi lugar, que harías si él fuese un enemigo?... - La elfa ahora lloraba, cogió las manos de su amiga con fuerza y la miró a los ojos.

Sonyariel no pudo sostener la mirada de la elfa y levantó la vista al techo. -Vanadessë, simplemente no me hubiese dejado llevar por las emociones- concluyó.

-No te creo, Lissë... he visto el modo en que se miran, la energía que fluye entre ustedes...- la elfa secaba sus lágrimas con la manga de la túnica y ahogaba los sollozos que afloraban de su garganta. -Es muy difícil para mí mantener esto, ocultarlo, no sabes cuanto lo amo... Lo necesito a mi lado... simplemente no puedo vivir sin él... y a la vez siento que estoy traicionando a Lempë... ayudame, por favor- Vanadessë tenía el colgante entre sus dedos.

-Quiero lo mejor para tí, Vana... no quiero verte llorar y sé que si estas con él, sufrirás... ¿que le ocurrirá a él si se enteran sus superiores?, ¿has pensado en eso?. La mujer al ver a su amiga llorándo, la abrazó fuertemente y trataba de calmar sus sollozos. -Veo que lo que sientes es real, y sé que el dolor vendrá tarde o temprano, y para evitarlo y cortar de una vez con todo esto, lo mejor será que no lo veas más-. Las palabras de la mujer eran firmes y llenas de tristeza, pero tenía que velar por el bienestar de sus compañeros.

-Las salidas nocturnas se acabaron, Vanadessë. Yo sabía que tu te escapabas del campamento por las noches, y ahora sé el motivo de aquello-. La mujer se puso de pie y se acercó a la entrada de la tienda. -Lo siento, Vana... no diré nada, así que tranquila... pero no quiero ver como destrozas tu vida por dejarte llevar por el corazón... Esto es muy difícil para mí, pero creo que es lo mejor.

Sonyariel abandonó la tienda con lágrimas en sus ojos y la elfa quedó sentada en la cama, mareada por todo aquello y más aún por la sentencia de su amiga. La felicidad se le escapaba de las manos y le sería difícil vivir sin su amado Hathol.

[Editado por lalihiari el 07-11-2006 22:32]

Hathol Karkar

Los días pasaban y Hathol acudía cada noche a la cueva donde él y Vanadessë habían pasado la más hermosa noche de sus vidas, no obstante, la elfa no acudía ninguna noche. Hathol, al principio, pensó que quizás le había sido imposible a Vanadessë escaparse con la misma facilidad que antes, pero después, transcurridas ya varias semanas empezó a temerse lo peor.

Un día, al ver a Hathol sentado en el Salón Principal mirando por la ventana pero sin mirar nada en concreto, Zirak no pudo más y se decidió a preguntarle.

-"Muchacho"- dijo el Enano- "Hace días que te veo raro, casi no pruebas bocado y por las noches te oigo cómo paseas intranquilo por tu celda arriba y abajo. ¿Te ocurre algo? ¿Ocurre algo con tu elfa?"- aventuró Zirak, imaginando la causa de la tristeza de Hathol.

-"Nada importante..."- dijo Hathol, girándose hacia el Enano- "Por cierto, se rumorea que el Rey Laureon va a ceder la Corona porque quiere centrarse en el estudio de las ruinas de Ferith-Ar Karáh, y he oído que tu nombre es uno de los posibles sucesores..."

-"Sí, bueno..."- dijo Zirak, emocionado- "No puedo negarlo, pero no son más que rumores...no obstante, tengo en mente varios proyectos, como la construcción de un...¡Pero bueno! No me cambies de tema niño, ¿qué ocurre?"

-"Bueno"- dijo Hathol, volviendo a mirar por la ventana- "Supongo que ya no puedo esconderte nada, y más bien es lo que "no" ocurre. Hace semanas, por no decir un mes que Vanadessë no acude a nuestro refugio secreto."

-"Bah"- dijo Zirak, haciendo un gesto con la mano- "¿Sólo eso? Pensé que era algo importante, como que la cerveza se estuviera acabando, el Hacedor no lo quiera. No te preocupes muchacho, volverá, si te quiere volverá."

-"Gracias por tus ánimos, amigo"- dijo Hathol, con la vista fija en la ventana- "Pero, ¿sabes una cosa? Empiezo a temer que esta historia sólo haya sido un sueño, un maravilloso y etéreo sueño."

Aquella noche Hathol se durmió intranquilo, mirando y acariciando el anillo que le había regalado Vanadessë la mañana siguiente a aquella mágica noche en que los dos se habían fundido en uno.

[...]

La noche era clara y serena, las estrellas y la luna brillaban en aquel rincón del bosque. Hathol enseguida reconoció el lugar, era el claro donde había visto por primera vez a Vanadessë, no sabía cómo había llegado hasta allí, pero el caso es que ahí estaba. En el centro estaba la elfa, de espaldas, con la trenza negra como el azabache cayéndole por la espalda. Hathol se acercó a ella.

"Amor mío..."- dijo él. Ella se giró, con lágrimas en los ojos, se cogieron las manos y se besaron dulcemente.

-"¿Por qué no has venido?"- dijo Hathol, después- "Te he estado esperando todas estas noches, te he echado tanto de menos..."

-"Amor mío"- dijo la elfa, con los ojos llorosos- "Esto no puede ser, no debemos seguir viéndonos, pues pertenecemos a mundos distintos y enfrentados, causaríamos demasido mal a los que queremos. Ha sido un sueño bonito, pero un sueño al fin y al cabo."

-"Pero..."- empezó Hathol, estupefacto.

-"Sssshhhh..."- susurró ella, con un dedo encima de los labios de él- "No digas nada."

Y se volvieron a besar con ternura.

-"Te llevaré siempre en mi corazón, Hathol Karkar"- dijo Vanadessë, separándose del humano. Después, desapareció en la oscuridad.

Yo también te llevaré siempre en mi corazón, Vanadessë, y a nadie más querré como te quiero...como te he querido a ti- susurró Hathol, en la soledad del claro.

[...]

Hathol despertó de repente y se incorporó, después empezó a llorar.

Vanadessë Nissëlor

Los días se le hacían eternos, las noches eran de infinita tristeza y ahora aquellos hermosos ojos castaños reflejaban un profundo dolor. Vanadessë ya no reía y sus ganas de vivir se estaban agotando. Sus compañeros de campamento notaron el cambio en la elfa y pronto comenzaron a correr rumores sobre lo que a ella le ocurría.

Cada noche en sus sueños volvía al claro y anhelaba volver a ver el rostro de su amado Hathol. En su memoria tenía grabada la imagen de aquel hombre que se había transformado en su razón de existir. Lo extrañaba mucho y siempre buscaba la forma de escapar a aquel mágico lugar, pero siempre sentía que la vigilaban, día y noche. Necesitaba verlo una vez más, saber si lo que había ocurrido entre ambos era real.

Una fría noche, luego de casi un mes sin saber nada del helkeriano, Vanadessë, tumbada en su cama, se llevó la mano al colgante que Hathol le había regalado la última noche en que estuvo con él, lo miró detenidamente y todos sus pensamientos se centraron en el humano, lentamente se abandonó a un hermoso y triste sueño.

<<Ella estaba allí en el claro y oía una voz conocida, al girarse se encontraba de frente al humano que se había adueñado de su ser. Con lágrimas cubriendo sus mejillas le cogió las manos y lo besó dulcemente...

-"Amor mío..."- dijo él. -"¿Por qué no has venido?". “Te he estado esperando todas estas noches, te he echado tanto de menos..."

-"Amor mío"- dijo ella con ojos llorosos - "Esto no puede ser, no debemos seguir viéndonos, pues pertenecemos a mundos distintos y enfrentados, causaríamos demasiado mal a los que queremos. Ha sido un sueño bonito, pero un sueño al fin y al cabo."

-"Pero..."- empezó él.

-"Sssshhhh..."- susurró ella, con un dedo encima de los labios de él- "No digas nada."

Y se volvieron a besar con ternura.

-"Te llevaré siempre en mi corazón, Hathol Karkar"- dijo ella, separándose del humano, para desaparecer luego en la oscuridad del bosque...>>

De un sobresalto Vanadessë se despertó y se incorporó, las lágrimas corrían por sus mejillas y los sollozos la ahogaban. Aquel sueño era tan real que aún podía sentir la sensación de estar junto a su amado Hathol, seguía sintiendo el contacto con sus labios.

En contra de lo que su conciencia le decía y guiada por el corazón, Vanadessë decidió en aquel momento ir en busca de su amado humano. A pesar de la vigilancia que tenía el campamento a esas horas y después de mucho tiempo sin saber nada del él, la elfa se aventuró a escapar de allí. Cogió rápidamente la manta que Hathol le había entregado la segunda noche en que se habían encontrado y se la puso sobre la túnica que llevaba.

Vanadessë salió sigilosa de la tienda y cuando estaba a punto de salir completamente de la luz que había en el lugar, se encontró con dos guardias que comentaban la posible firma de paz entre clanes, la elfa en su nerviosismo y terror de que la pillaran no prestó mayor atención y tomó el sendero que daba a la tienda de Sonyariel. Como una sombra fugitiva pasó cerca de esta y emprendió marcha a la cueva en donde había visto por última vez a su helkeriano. La elfa corría lo más rápido que su delgado y débil cuerpo le permitía, las ramas de los arbustos azotaban su rostro y las lágrimas no dejaban de caer por sus mejillas.

Cuando llegó a destino vio que Hathol allí no estaba, se sentó en el lugar donde alguna vez estuvo el lecho que compartió con él y para su sorpresa el pañuelo que había dejado ya no estaba. Con la esperanza de que el humano lo guardase y luego de recuperar el aliento, Vanadessë corrió esta vez en dirección al bosque, llevaba el cabello suelto y la manta de Hathol sobre sus hombros.

Casi sin resuello llegó al claro, miró en todas las direcciones para ver si el humano llegaba allí y con una profunda tristeza se dejó caer de rodillas sobre la hierba. El llanto no se hizo esperar y Vanadessë comenzó a llorar sin consuelo, con el rostro empapado por las lágrimas comenzó a recordar cada mágico momento que allí vivió con él, tenía las manos apoyadas en el suelo y lentamente comenzó a sentir como algunas piedrecillas se incrustaban en sus palmas descubiertas.

La esperanza se le iba de las manos al igual que la felicidad...

Zirakzirak

Zirak había salido a pasear y si surgía la ocasión a cortar alguna cabeza de orco. El enano necesitaba pensar, las sucesos se estaban precipitando y las cosas comenzaban a cambiar.

Laureon iba a ceder la corona, un nuevo cambio de dinastía de reyes en Helkelen Lara y el Consejo había barajado su nombre. Ya no era un niño, pero aunque podía ponerse nervioso ante las expectativas, no había hablado con nadie de sus temores, ni siquiera con Hathol. Aquel envio de la misiva de Aikanáro con una propuesta de paz había despertado su nombre entre las gentes de Lara y del Consejo.

…Thain….-susurro el enano para si mismo.

La noche era clara, una hermosa luna llena viajaba en las alturas celestes. Zirak caminaba por el borde de un claro. Alguna vez había estado aquí con el joven Hathol. No era muy diestro caminando en la oscuridad, pero algo llamo su atención en el centro del claro. No figura postrada de rodillas en el suelo y una montura.

El enano comenzó a caminar sigilosamente por el borde del claro, entre los bosques. La figura parecía estar llorando y no se percato de su presencia.

¿Quién demonios es? [//I] se preguntaba el enano.

La luz de la luna brillo sobre el emblema de Lempë que portaba la figura medio tapado por una manta.

[I] ¿Será ella? ¿Será la elfa de Hathol?

Zirak se aventuró en el claro. Llevando su hacha preparada pero sin parecer una amenaza.

-Hathol no ha salido de la ciudad esta noche.- hizo una pausa y miró a la elfa. Ella levantó la mirada asustada por la interrupción de la voz. Sus ojos llenos de lágrimas rompieron en pedazos el corazón de roca del enano.- Supongo que es a él a quien esperas.

-¿Pero…?- fue lo único que acertó a decir la elfa.

-Así que eres tú por la que lleva semanas sin dormir.- Zirak se acerco a la elfa y le tendió la robusta mano.- Vamos, no tenemos mucho tiempo.

-¿Pero? ¿Por qué?.- preguntó la elfa mirando al enano de hito en hito.

-Porque es mi amigo y no voy a verle sufrir.-

Vanadessë tomó aquella mano y se incorporó limpiándose los ojos.

-Deprisa.- dijo el enano volviéndose hacia la espesura.

Hathol Karkar

El enano y la elfa montaron al cabllo de ésta y partieron raudos en la oscuridad hacia Ost-En Aël, guiados sólo por la luz de la luna y las estrellas. Cruzaron el bosque y dejaron el caballo en las proximidades de la ciudad, una vez cerca de las murallas Zirak se detuvo.

-"Ahora entraremos en la ciudad por pasadizos secretos que sólo unos pocos conocemos"- espetó a la elfa- "Quiero que me prometas por el amor que sientes por Hathol que no revelarás a nadie su existencia."

-"Lo prometo"- dijo la elfa, impaciente.

-"De acuerdo, sigamos"- dijo Zirak, dándose la vuelta y encaminándose hacia las murallas.

Se adentraron en un túnel subterráneo que discurría bajo la ciudad, el cual se bifurcaba en cada esquina en varios ramales, no obstante, Zirak caminaba con seguridad y determinación, conocedor de esos vericuetos como de la palma de su mano. Al fin, llegaron al final de un pequeño túnel en cuya pared había apoyada una escalerilla, subieron por ella y Zirak accionó una pequeña trampilla. Salieron en un callejón en la parte de atrás del Cuartel de la Guardia, y se encaminaron hacia la puerta principal.

-"Ahora déjame hablar a mí y todo irá bien"- dijo Zirak a Vanadessë, mientras andaban- "Muy pronto podrás volver a ver a tu amado Hathol. Ah, sería mejor que cubrieras con la capa el emblema de tu clan que llevas bordado en la túnica, y cúbrete también el rostro con la capucha. Así, muy bien, ahora tranquila."

Avanzaron a paso rápido hasta la entrada principal, Zirak golpeó con fuerza la puerta y una mirilla se descorrió a la altura de los ojos del enano, los ojos de detrás reconocieron al Comandante enano y la puerta se abrió.

-"Buenas noches, Comandante Zirak"- dijo el soldado de guardia visiblemente sorprendido- "No tenía noticia de que hubierais salido esta noche."

-"Los enanos podemos ser muy sigilosos cuando lo deseamos"- dijo Zirak, con una sonrisa.

-"Entiendo"- dijo el soldado, con una media sonrisa, y observando de reojo al acompañante del enano- "Ah, en el salón Principal os espera un Mensajero Real con una misiva de especial importancia que sólo debeis leer vos, mi Comandante."

-"De acuerdo, ahora mismo le atenderé"- dijo Zirak- "Muchas gracias soldado, sigue en guardia."

Cuando Zirak y Vanadessë entraron en el Salón Principal encontraron al mensajero sentado a una mesa, bebiendo una cerveza. Iba ataviado con una túnica de seda con los colores y el emblema de Helkelen Lara, unas calzas azules y un gorro gris con una pluma azul a un lado. Cuando vio a Zirak se levantó e hizo una reverencia.

-"Buenas noches Comandante"- dijo el Mensajero- "El Consejo me envía con una misiva urgente para vos, que debeis de leer lo antes posible, además de unas palabras no escritas que debo deciros...en privado. Señor, si pudiéramos ir a algún sitio algo más discreto..."

-"Entiendo"- dijo Zirak, mesándose la barba.Ve a ver a Hathol, por ese pasillo, al fondo, la celda de la izquierda, yo vendré enseguida, susurró Zirak a Vanadessë.- "Acompañadme, aquí fuera podremos hablar tranquilos"- dijo Zirak al Mansajero.

Una vez fuera, se dirigieron hacia la parte posterior del edificio, el Mensajero se aclaró la voz.

-"Bien, Comandante"- empezó- "El caso es que..."

[...]

Vanadessë se sintió desconcertada cuando Zirak le dijo que fuera sola a ver a su amado Hathol, no obstante, se armó de valor, e inspeccionó la sala por si quedaba algún guardia. Aliviada comprobó que no y se quitó la capucha, avanzó con paso firme hacia el pasillo, pero cuando pasó por al lado de la escalera que conducía al piso de arriba se topó de bruces con un guardia que bajaba. La elfa se asustó y dio un respingo, con tan mala fortuna que la capa se le soltó de los hombros y el emblema de Lempë Ohtari quedó a la vista. Vanadessë quedó petrificada en medio de la sala.

-"¡Alarma! ¡Intrusos!"- gritó el soldado, desenvainando su espada- "¡A mí la Guardia!"

Una puerta se abrió con estrépito al final del pasillo que conducía a las celdas de los Capitanes y Comandantes, un hombre de cabellos dorados salió corriendo, espada en mano y en dos zancadas se plantó en el Salón.

-"¡¿Qué demonios...?!- gritó Hathol- "¡Vanadessë!"- exclamó sorprendido- "¿Qué haces aquí?"

-"¡Comandante!"- gritó el soldado- "¡Es una espía lemperili, acabemos con ella!"

-"He venido a buscarte..."- dijo la elfa, aturdida- "...mi amor."

-"Vanadessë..."- murmuró Hathol, mirando a la elfa sin apenas poder contener la emoción, y bajando la espada.

-"¿Comandante Hathol?"- dijo sorprendido el guardia.

-"Conozco a esta elfa"- dijo Hathol, dirigiéndose al soldado e intentando calmarlo- "No es ninguna espía..."

-"¡Traición!"- gritó el soldado- "¡Se ha aliado con el enemigo, sois un traidor Comandante!"

Un segundo guardia entró como una exhalación en el Salón, mientras Hathol agarraba a una aún aturdida Vanadessë y la situaba detrás de él para protegerla. Al segundo guardia le bastó con esa visión como para interpretar lo que sucedía y junto con el otro soldado se abalanzaron hacia Hathol. El bravo Comandante paró con su espada la acometida del primero de los soldados y con un giro de muñeca le desarmó, después esquivó la estocada del otro y le derribó de una patada. No obstante, la habitación se había llenado ya de guardias y soldados, todos con las espadas desenvainadas, la situación era muy complicada para la elfa y el humano.

-"Hathol..."- sollózó Vanadessë, desesperada, detrás del fornido humano.

-"Te protegeré hasta la muerte"- dijo él, sin girarse.

Y justo cuando los guardias y soldados iban a precipitarse hacia la desdichada pareja una atronadora voz invadió la Sala y pareció detener el tiempo.

-"¡Quietos!".

Lentamente, el enjambre de soldados se fue abriendo y dejando paso a Zirak, acompañado por el Mensajero Real. El enano avanzó hasta interponerse entre los soldados y Vanadessë y Hathol.

-"Comandante Zirak..."- jadeó el soldado que había sido derribado por Hathol, y señalando a éste-"...es un traidor, está defendiendo a la espía..."

-"Sé perfectamente lo que está haciendo el Comandante Hathol"- dijo Zirak, como si reprendiera a un niño pequeño después de una travesura- "Y ahora os ordeno a todos que bajéis las espadas y dejéis marchar al Comandante Hathol y a esta elfa."

-"¿Vos también queréis ser acusado de traición, Comandante Zirak?"- dijo desafiante otro soldado.

Zirak se plantó delante de los soldados y, mostrándoles el pergamino, les espetó.

-"¿Acaso os atevereis a poner en duda la palabra de vuestro Rey?"-.

[...]

El cielo estaba cubierto por unas nubes negras, no obstante, a través de un resquicio se veía la luna, llena y brillante como la plata, la cual iluminaba aquel mágico claro en el bosque, donde había surgido el amor entre una elfa y un humano, dos figuras abrazadas se recortaban en el centro.

-"Hathol..."- dijo Vanadessë, visiblemente emocionada- "Te has arriesgado mucho por mí..."

-"Eso no importa ahora, mi amor"- dijo Hathol- "Lo que importa es que estás sana y salva, y que a partir de ahora nunca te dejaré. ¿Cómo pude ser tan estúpido por dejarte marchar?"

-"No digas eso mi amor"- dijo la elfa mirándole a los ojos- "La culpa fue mía...aquel sueño..."

-"¿Tú también lo tuviste?"- preguntó Hathol soprendido.

-"Sí"- dijo la elfa- "pero eso no importa ahora, yo te quiero..."

-"Y yo a ti...pero..."- dijo el humano- "Yo soy mortal, tú eres elfa...no tienes porqué ligarte a alguien que morirá cuando tú aún estés en la flor de la vida."

-"Soy libre de escoger a quién quiero unirme y ligarme por el resto de mi vida"- dijo Vanadessë, sin dudar- "Por eso mi voluntad es...por eso te elijo a ti, elijo una vida mortal para unirla a mi vida inmortal, y juntos afrontar lo que nos depare el futuro. ¿Tú también deseas lo mismo? Dilo ahora, pues es ahora cuando debemos decidir qué hacer con este amor que la vida nos ha brindado."

Hathol besó con dulzura la frente de Vanadessë y la miró con sus ojos, azules y profundos como el mar, y sonriendo dijo:

-"Por supuesto que quiero lo mismo, por supuesto que yo también te elijo a ti para compartir la vida que por delante me quede, por supuesto que...por supuesto que Te Amo."

Y en la fría noche unieron sus Labios, sus Corazones, sus Almas y sus Vidas para siempre. Vanadessë y Hathol. Elfa y Humano. Amor y Amor. Empezó a nevar suavemente.

[Editado por Encalion el 10-11-2006 17:32]

Vanadessë Nissëlor

Después del susto de verse acorralada por los guardias, la lucha de Hathol contra los de su propio clan y el nombramiento de Zirak como rey de Helkelen Lara, humano y elfa volvieron al claro en donde su historia había comenzado.

-Hathol... ya no quiero separarme de ti, nunca...- dijo al elfa mirando fijamente a los ojos azules del humano.

-Yo no te dejaré, Vanadessë- el humano la abrazaba con fuerza y luego de la promesa de amor mutuo la pareja se besó en aquel lugar.

La nieve comenzó a caer levemente cubriendo con lentitud a los enamorados. Hathol cubrió a la elfa con la manta y rozó levemente su mejilla con sus fríos dedos. El anillo que la elfa le había regalado brillo de una manera especial, ahora Vanadessë acariciaba el rostro de Hathol y tocaba levemente sus labios. La elfa cogió la mano del humano y la guió hasta su pecho, en donde tenía el colgante que él le había regalado. Hathol se estremeció al sentir la piel de la elfa, la atrajo hacia si y la besó, la elfa correspondió al beso y rápidamente se alejó del humano, lo miró a los ojos y comenzó a correr, perdiendose entre los árboles, el humano sin entender comenzó a correr tras ella. Vanadessë miraba de vez en cuando hacia atrás para asegurarse de que Hathol la seguía.

La noche era oscura, pero la vista de Vanadessë le permitía seguir el camino correcto, luego de unos minutos de carrera la elfa divisó lo que buscaba, ahora caminaba sigilosamente y cuando llegó pudo distinguir desde la altura a su amado Hathol. La nevazón se había calmado, los arbustos lucían un blanco manto encima. A los pocos minutos Hathol llegó junto a ella. Vanadessë había escapado a la cueva en donde habían pasado la primera noche juntos, cuando el humano entró en su refugio preparó una fogata con algunos leños que habían en aquel lugar, mientras la elfa se quitaba la manta y sacudía algunos copos de nieve que aún quedaban en su cabello.

Cuando el humano acabó de encender el fuego, se puso de pie y se acercó a la elfa. Ella cruzó los brazos sobre los hombros de su amado y le dió un tierno y nervioso beso. El helkeriano recorrió el cuello de Vanadessë con sus dedos y comenzó a bajar, pasando a tocar el colgante y luego comenzó a desabrochar la túnica que la elfa llevaba puesta, lentamente comenzó a desnudarla, tierna y delicadamente. Vanadessë miraba a Hathol a los ojos y comenzó a quitarle los ropajes. Los fríos dedos de la elfa hicieron que el humano se estremeciera y ambos se miraron con un brillo especial en los ojos cuando sintieron el contacto de la piel en sus manos, comenzaron a acercarse más y se fundieron en un apasionado beso. Aquella noche eran libres...

Hathol Karkar

El día empezaba a clarear, y Vanadessë despertó abrazada a su amado Hathol. El día anterior había sido un día muy intenso y largo, así como la noche la elfa sonrió ante ese recuerdo. Hathol aún dormía profundamente, su rostro emanaba paz y felicidad, Vanadessë le miró con ternura y apartó algunos mechones dorados de su rostro, para contemplarlo mejor. Cómo amaba a aquel hombre, casi no podía creer que le amara tanto, y sin embargo era tan feliz a su lado como nunca lo había sido en sus siglos de vida. Acarició suavemente una mejilla del humano, y éste se movió un poco, entonces la elfa le besó en los labios. Hathol abrió los ojos .

-“Qué dulce despertar el que me das mi amor”- dijo Hathol, desperezándose enseguida- “Sentir el sabor de tus labios cuando aún estoy en el mundo de los sueños y ver tu hermoso rostro al abrir los ojos y regresar de ése mundo.”

-“Pues a partir de ahora te despertaré así cada día, mi amor”- dijo ella, con una sonrisa pícara. Hathol rió y volvió a besarla y a abrazarla.

Cuando se hubieron vestido desayunaron un poco de pan, queso y algunas frutas, que Hathol guardaba en una pequeña oquedad en la cueva, que utilizaba a modo de improvisada despensa por si la noche le cogía desprevenido estando aún en ese hermoso lugar. Mientras comían, sentados en el suelo de la caverna, hablaron sobre el futuro que les esperaba a partir de ése momento.

-“¿Y ahora qué haremos?”- preguntó la elfa, preocupada- “Te pueden acusar de traición por defenderme ayer...”

-“Ahora no podemos dar marcha atrás”- dijo el humano- “Lo hecho, hecho está, no se puede cambiar, no obstante, ahora que Zirak ha sido nombrado Rey quizás nuestro sino cambie por fin...al menos tendremos un sitio seguro donde resguardarnos. Tenemos que ir a verle.”

-“Sí, pero no deberíamos arriesgarnos a entrar en la ciudad a la vista de todos, no sabemos cómo están las cosas, aunque Zirak haya sido nombrado rey no debemos arriesgarnos”- dijo la elfa.

-“Tienes razón, mi amor”- dijo Hathol- “Debemos ir con cuidado, tenemos que ver a Zirak, y creo que sé la manera de entrar en la ciudad sin ser vistos, pero debemos esperar hasta la noche.”

-“De acuerdo”- dijo Vanadessë, recuperando la sonrisa- “Pero, ¿qué haremos hasta entonces?”

Hathol sonrió y la besó.

[...]

La ciudad de Ost-En Aël se hallaba sumida en un silencio intranquilo esa noche, los acontecimientos se habían sucedido a toda velocidad el día anterior, pero las gentes de la ciudad habían acogido con agrado la llegada del nuevo Rey, el primer enano en ser nombrado rey de Helkelen Lara. Zirak decidió no perder tiempo, y justo al día siguiente de su nombramiento convocó al Consejo de Ancianos para expresarles su gratitud al haber pensado en él como nuevo Rey, así como para expresar su voluntad de trabajar conjuntamente con ellos para la paz y prosperidad de Helkelen Lara. También tuvo palabras de elogio y agradecimiento para el Rey saliente, Laureon Ontarwë, quien también estaba allí presente, vestido como siempre de negro y plata, así como el Senescal Apacen, a quien Zirak le dijo que quería que siguiera siendo el Senescal, puesto que conocía de sobra su valía, a pesar de su ceguera No obstante, de la huida de Hathol y Vanadessë nada dijo, ni él ni nadie. Después del breve discurso levantó la sesión del Consejo y todos, menos Laureon y Apacen ,se marcharon pues había mucho trabajo que hacer en la preparación de la Ceremonia de Coronación.

-“Os felicito, Majestad”- dijo el Maia, estrechando la mano de Zirak con afabilidad- “Y deseo que vuestro reinado sea próspero y cargado de...”

-“Oh, vamos Laureon”- dijo Zirak- “No me llames Majestad, y deja de decir esas cursilerías, sigo siendo tu amigo Zirak...además, aún no he sido coronado Rey”- dijo Zirak con una mueca burlona.

-“De acuerdo Maj...Zirak”- dijo Laureon, con un carcajada.

-“¿Vos no decís nada, Senescal?”- dijo el enano, girándose hacia donde estaba Apacen sentado- “Estáis muy callado esta noche.”

-“He visto a un humano y a una elfa dirigirse hacia aquí esta noche”- dijo el Senescal, acariciando el pelo plateado de su loba, tumbada en el suelo junto a él.

-“Cuéntamelo todo”- dijo Zirak, perdiendo la calma de repente- “Cuéntame que has visto en tu visión.”

[...]

Vanadessë y Hathol entraron en los túneles secretos que discurrían por debajo de la ciudad, y por los que Vanadessë había sido guiada por Zirak la noche antes, para ir a reunirse con el hombre que ahora la volvía a guiar por aquellos pasadizos en dirección a algún lugar seguro.

-“Por aquí fue por dónde entramos Zirak y yo anoche”- dijo la elfa.

-“Condenado enano”- dijo Hathol, sin girarse, con una sonrisa en los labios.

Al cabo de un rato de andar por los túneles la elfa había perdido ya el sentido de la orientación, pues estaban andando más de lo que habían andado Zirak y ella la pasada noche.

-“¿A dónde vamos?”- preguntó Vanadessë.

-“A un lugar seguro”- dijo Hathol, deteniéndose y mirándola con ánimo- “Confía en mí, ya verás.”

Al fin, salieron por una trampilla situada en el techo de uno de los pasadizos, el túnel salía a un callejón estrecho en uno de los barrios de la ciudad, junto a una casa con un pequeño jardín rodeándola. Hathol ayudó a Vanadessë a salir, y juntos se encaminaron hacia la parte trasera del jardín, el humano rebuscó en varias macetas y de una de llas sacó una pesada llave de hierro, después fueron hacia la entrada principal y entraron en la casa con disimulo. Una vez dentro, Hathol encendió un pequeño candil y la llama iluminó la estancia.

-“Esto es una herrería”- dijo la elfa, visiblemente sorprendida- “¿Por qué me has traído aquí?”

-“Es el lugar más seguro que se me ha ocurrido”- dijo Hathol, observando la estancia con melancolía- “Este lugar es la herrería de Zirak.”

-“¿Zirak?”- preguntó la elfa, divertida- “¿Zirak tiene una herrería?”

-“En efecto, como buen enano le gusta trabajar el hierro”- respondió Hathol- “Cuando llegó a Ost-En Aël lo hizo con la idea de poner una herrería, ya que según él no tenemos buenos herreros en Helkelen Lara, además, se puede decir que yo le ayudé en cierta manera a cumplir esa ilusión, y ese fue el principio de nuestra amistad. Pero cuando ingresó en el ejército de Helkelen Lara tuvo que abandonar su oficio, no obstante, quiso comprar este local que había alquilado y no ha dejado de trabajar del todo en el arte del hierro, y una de sus...”

El sonido de una llave deslizándose por la cerradura de la puerta interrumpió el discurso de Hathol, que desenvainó a Fealóke y se puso delante de Vanadessë, protegiéndola. La puerta se abrió y por ella entró una figura pequeña, embutida en una capa con capucha.

-“¿Quieres hacer el favor de bajar ese pincho plateado, muchacho?”- dijo una potente voz.

-“¡Zirak!”- exclamaron al unísono Hathol y Vanadessë con alegría.

La pequeña figura del fornido enano de barba rojiza avanzó hasta situarse dentro de haz de luz que proyectaba el candil que Hathol había encendido y dejado encima de una mesa.

-“¿Cómo has sabido que estaríamos aquí?”- preguntó Hathol, sorprendido- “¿Acaso ya tienes espías en la ciudad?”

-“No, tengo algo mejor”- respondió Zirak, con un deje de orgullo- “Las visiones del senescal Apacen son muy útiles a veces.”

-“Maese Zirak”- dijo Vanadessë, avanzando hacia el enano- “Aún no os he dado las gracias por lo que hicisteis por mí...por nosotros, ayer.”

-“No te preocupes muchacha”- dijo Zirak- “Suficiente recompensa es para mí el haber ayudado a que finalmente podáis estar juntos.”

-“¿Y ahora qué ocurrirá?”- preguntó Hathol.

-“¿Ahora?”- dijo el enano- “Pues que muchas van a cambiar en este país, amigo mío. Para empezar, tengo una noticia que va a solucionar vuestros problemas.”

Zirak sacó su pipa y, lentamente, empezó a preparar el tabaco para encenderla.

-“¿Y bien?”- preguntó Hathol, empezando a alterarse.

-“Por favor Maese Zirak”- dijo Vanadessë- “No nos tengáis más en vilo.”

-“Calma muchachos”- dijo el enano, burlón, encendiendo la pipa y dando una larga calada- “Bien, el caso es que desde hace tiempo que tenemos contactos con Lempë Ohtari para intentar de una vez por todas acabar con la guerra que tanto mal está provocando a nuestros países. Pues bien, hoy mismo, el Hacedor así lo ha querido, nos ha llegado la respuesta a la propuesta de paz que hicimos a Lempë. Muchachos, la guerra con Lempë Ohtari ha terminado, sois libres de proclamar vuestro amor al mundo, os lo ordena vuestro Rey.”

Vanadessë y Hathol no supieron qué decir en ese momento, ya que muchos sentimientos contradictorios les embargaban, no podían creer que el sufrimiento del amor furtivo hubiera terminado, por fin podían estar juntos para siempre sin temer nada. Amanecía ya, el sol empezaba a filtrarse por las rendijas de las ventanas cerradas de la herrería, Zirak fue abriéndolas una a una, bañando la estancia en la cálida luz del sol.

-“Ah”- suspiró Zirak- “Un nuevo día comienza, así como un futuro nuevo comienza para vosotros dos. Os deseo una felicidad eterna. Ahora, id dar la feliz noticia a la reina Yárfaila, seguro que se alegrará tanto como yo por vosotros.”

Sonyariel Lisse

Los últimos días para la humana habían sido horribles, tras la desaparición de Vanadesse, se sentía angustiada. Algunos de los soldados de guardia le habían visto alejarse raudamente en dirección de la capital de Lara y eso los tenía consternado, pero la humana supo como cubrir la partida de su amiga.

Tras los siguientes días desde su desaparición temió hasta lo peor, que hubieren sido descubiertos y apresados, y a pesar de los rumores que existían de conversaciones entre los reinos, no estaba segura de que llegasen a la paz.

- La guerra ha sido horrible para ambos, y muchos tendrán sentimientos encontrados, si se hablase de un acuerdo de paz… - tomó entre sus manos una paloma y la envió hacia Yavetil anunciando que llegaría en dos días, sin descanso.

En aquellos días Darlak estaría en esa ciudad, había sido llamado a un consejo para tratar situaciones algo complejas con respecto a los demás reinos, así que la humana dejó en el campamento a su oficial de confianza, y partió raudamente en dirección a la ciudad.

El viaje fue agotador, y después de dejar su caballo azafrán en los establos encargando que se le atendiera bien, corrió por las largas veredas de la ciudad y llegó a las estancias que estaban disponibles para el senescal, encontrándose de golpe con él.

- Sonya? Pensé que llegarías a la tarde – el medio elfo vio el cansancio y la preocupación de la humana así que la invitó a sentarse y a tomar algún refresco. Aquella fue una larga tarde, y después de una larga conversación sobre los últimos acontecimientos del reino, pudo respirar tranquila.

- Por Eru… eso es genial cariño! Me has dado un respiro- dijo la humana mientras echaba la cabeza hacia atrás. – ¿y cuando crees que recibirán la respuesta en Lara? Es que me encantaría ir yo y así aprovechar de saber noticias de Vanadesse.

- Vanadesse? – Preguntó el medio elfo- ¿está en Lara?

- sospecho que si… me confesó que estaba enamorada de uno de los capitanes- le comentó la humana con las mejillas sonrojadas- pero por ahora me daré un baño… ¿me acompañas?

El medio elfo no se hizo de rogar y tomó en brazos a la joven, entre risas, y disfrutar de un momento, solos.

Al día siguiente la joven junto a un grupo de lemperianos, partieron en dirección del campamento de la tercera compañía. Tras dar la noticia a los soldados y después de la algarabía formada por ellos al saber que volverían a sus hogares, la comitiva se dirigió en dirección a la capital, para pedir audiencia con el nuevo rey.

[…]

La paz estaba decretada, y el nuevo Rey no sabía porqué, pero le daba confianza, así que se acercó a él y le hizo una reverencia en señal de respeto.

-Perdone, pero necesito hablar unas palabras en privado con usted.

- ¿si?

- hace algunos días uno de los nuestros… una elfa vino en dirección de sus tierras, y no he tenido noticias de ella… es mi amiga y está un poco… como decirlo… loca… no… - el enano entendió de que hablaba la joven y soltó una carcajada.

- no te preocupes, tu amiga está bien.

Vanadessë Nissëlor

El día junto a Hahtol era el principio de su nueva vida, la elfa se sentía inmensamente feliz junto al hombre que se había apoderado de su ser. A media tarde la elfa contemplaba al humano recogiendo leña cerca de la cueva y sentía que su corazón se le escapaba en los suspiros. Cuando Hathol volvía junto a ella, Vanadessë se arrojó a sus brazos y el humano dejó caer la leña que traía para levantar a la elfa entre sus brazos.

-Te Amo tanto que no se que sería de mí si no te tengo- susurraba la elfa al oído de Hathol, mientras jugaba con sus cabellos.

-Ya nada nos separara, mi vida... Nuestras vidas están unidas para siempre- el humano dejó en el suelo a la elfa y con sus manos cogió el rostro de esta y la acercó para darle un enorme beso. Ambos enamorados se abrazaban fuertemente y unían sus destinos en aquel beso.

La noche llegó lentamente, el cielo estaba claro y en aquel bosque las estrella titilaban en toda su plenitud, hacía frío por lo que Hathol cubrió a su amada elfa con la manta y la abrazó mientras se dirigían a la ciudad. Luego de un tiempo de marcha llegaron a las puertas de la fortaleza, el humano guió a Vanadessë por los pasadizos que antes había recorrido con Zirak, pero para su sorpresa, el helkeriano la guió por otros pasillos subterráneos que conduicían a la herrería del pueblo.

El lugar era oscuro a pesar de que ya amanecía, mientras ambos se quitaban las capas y hablaban de Zirak, la puerta se abrió, alertando a la pareja. Hathol desenfundó su espada y se puso en guardia. Luego del susto inicial, ambos se alegraron al ver el rostro del nuevo rey junto a ellos. Zirak comenzó a desembuchar todos los sucesos que habían ocurrido y Vanadessë no pudo evitar que las lágrimas empaparan sus mejillas al enterarse de que la guerra entre Helkerianos y Ohtaris había concluido. Hathol la abrazó y dejó escapar una lágrima también, el destino les deparaba buena fortuna y ya todos sus sufrimientos estaban acabando.

-Vamos hijos, no lloreis, que lo que os acabo de decir es para festejar- dijo el nuevo rey, tratando de ocultar su emoción al ver a su gran amigo con el amor de su vida.

[...]

Los días en Ost-En Aël habían sido hermosos, más aún sabiendo que ya no se tendrían que ocultar de nada. Vanadessë era guiada por Hathol, quien le enseñaba cada sitio de la ciudad. Cuando estaban contemplando el lugar desde un balcón cercano a la entrada, ambos repararon en el bullicio que había allí abajo, un pequeño grupo de personas acaparaba la atención de las gentes y vieron acercarse al consejero del rey que les daba la bienvenida. Vanadessë al ver las insignias en las capas sintió que sus piernas se le doblaban, Hathol la sujetó por la cintura y vió que los ojos de la elfa brillaan de emoción.

-Es mi gente- dijo la elfa con un sollozo.

Hathol la abrazó y le dió un cálido beso, luego se dirigieron a los salones reales y Vanadessë corrió a saludar a Sonyariel, que estaba con Zirak tratando asuntos importantes.

-Lissë... no puedo creer que estes aquí!- dijo la elfa visiblemente emocionada, al tiempo que abrazaba a su amiga con fuerza.

-Claro!, como tu no te dignabas a dar señales de vida, saqué por conclusión de que estabas aquí... - dijo la humana con una carcajada.

Hathol observaba la escena con una sonrisa, pues sentía que Vanadessë era realmente feliz.

-Cambia la cara de bobo- dijo Zirak mientras daba un codazo a su amigo y se reía. -Es evidente que esa elfa te trae loquito eh?. El humano miró a su amigo y soltó una carcajada.

Luego del emotivo encuentro entre las Ohtari, Vanadessë cogió la mano de Sonyariel y la llevó cerca de Hathol.

-Mira cielo, ella es mi gran amiga, Sonyariel- dijo la elfa. - Lissë, él es el hombre que me hace feliz, y él es el motivo por el que me escapaba en las noches. La humana dió una mirada de pies a cabeza al helkeriano y sonrió.

-Veo que le has robado el corazón a Vana, pues nunca antes se había comportado de esta manera... Arriesgó todo por tí y eso es ya es mucho- dijo Sonyariel riendo.

-Y yo por ella moriría- dijo Hathol mientras hacía una reverencia frente a la mujer.

-Bueno bueno, el reencuentro es muy emotivo y estamos todos contentos, pero ya es tiempo de cenar- dijo Zirak, cambiando rotundamente de tema. -Creo que debe estar cansada y hambrienta, señora, lo mejor será que tome un baño y luego cenaremos todos juntos... Tengo un anuncio que dar- concluyó el enano, mirando a su amigo y a la elfa.

Hathol Karkar

El día había amanecido gris y lluvioso, negros nubarrones se cernían sobre la capital de Helkelen Lara, y la lluvia caía con fuerza e insistencia sobre los tejados y las empedaradas calles, las cuales estaban casi vacías, pues debido a la lluvia no había mercado, y todos los habitantes de la ciudad estaban en sus casas, bien guarecidos del frío y la lluvia. Por las calles sólo paseaban los guardias que estaban haciendo sus rondas, embutidos en gruesas capas de lana y sufriendo en silencio las inclemencias del tiempo, mientras los guardias de las murallas se resguardaban en las pequeñas torres que las salpicaban. A lo lejos se intuía un jinete acercándose.

[...]

El Gran Salón del Consejo estaba iluminado por unas pocas velas, sentados alrededor de la gran mesa cuadrada se encontraban el Rey Zirak, el Senescal Apacen y el Consejero Laureon, discutiendo los pormenores de la próxima boda entre el Comandante Hathol y Vanadessë, así como los detalles de la reciente alianza con Lempë Ohtari. Los tiempos empezaban a cambiar para Helkelen Lara. Además, Vanadessë y su amiga y compañera Sonyariel habían partido de Ost-En Äel hacía dos semanas para dar la nueva de la boda a la Reina de Lempë, mientras Hathol se había tenido que quedar para instruir a un joven capitán que hacía poco había llegado al ejército de Helkelen, pero después iría también a Lempë a presentar sus respetos y a conocer a la Reina lemperili. Hacía tiempo que Hathol no se sentía tan feliz.

Llamaron a la puerta.

-"Adelante"- gruñó Zirak.

Un joven sirviente entró en la estancia, tembloroso, hizo una reverencia y habló.

-"Majestad"- dijo- "Ha llegado un mensajero de Lempë Ohtari, dice que porta un documento de gran importancia que debéis leer con la mayor presteza."

-"Hazle entrar"- dijo el Rey, intuyendo malas noticias.

-"Como ordenéis Majestad"- dijo el sirviente, que salió de la estancia.

El Rey, el Senescal y el Consejero se miraron al unísono. Decididamente eran malas noticias. Al rato entró el mensajero lemperili, empapado y cubierto de barro, era un hombre joven, de pelo castaño y no muy corpulento. Zirak se levantó, el mensajero le hizo una reverencia y le entregó el documento.

-"Puedes retirarte"- dijo el Rey- " Dí a los sirvientes que te den algo de comer y una celda para descansar, así como que se ocupen de tu montura."

-"Gracias Mejestad"- dijo el mensajero, y rápidamente salió del Salón.

El Rey Zirak desenrrolló el pergamino y leyó para sí su contenido, a medida que iba leyendo su rostro iba adquiriendo una mueca de profunda preocupación, abatimiento y decepción. Después de leer la carta se sentó de nuevo y se la dio a Laureon, éste la leyó en voz alta para que Apacen pudiera saber qué decía, pero el Consejero casi no pudo terminar, pues las noticias eran realmente malas. Zirak llamó a un sirviente y mandó traer a Hathol de inmediato. Éste se presentó al cabo de un rato, en compañía de las Capitanas Ezel y Alalmë, pues entre los tres estaban mostrando las estancias de Palacio al joven Capitán Inzildûn, recién incorporado a la disciplina del ejército.

-"Majestad"- dijo Hathol, en tono burlón.

-"Vamos muchacho"- gruñó el Rey- "Cuántas veces he de decirte que no me llaméis Majestad, para vosotros sigo siendo Zirak."

-"De acuerdo, de acuerdo...Majestad"- rió Hathol.

-"Siento cortar estos alegres momentos, muchacho. Toma, lee"- dijo el Rey, tendiendo el pergamino a Hathol. Después de leerlo Hathol se quedó estupefacto, tanto que tuvo que sentarse para no caer. Mientras Ezel y Alalmë leían el documento, Zirak habló a Hathol.

-"Supongo que tomas consciencia de lo que significa esta noticia, muchacho"- dijo Zirak, tan apenado como Hathol- "Debo prohibirte que vuelvas a ver a esa elfa, todo compromiso que tuvieras con ella queda roto a partir de este momento"- y girándose hacia Apacen, Laureon, Ezel y Alalmë, dijo-"Lempë Ohtari vuelve a ser nuestro enemigo ahora. Vamos a la guerra."

Sonyariel Lisse

Hace tiempo que la joven no veía tan contenta a Vanadesse, y a su llegada a la ciudad de Yavetil, su rostro irradiaba una luz que contagiaba a todos quienes observaban a la elfa.

Sonyariel la había dejado hace algunos minutos en su dormitorio para que se asease, mientras ella iba a buscar algo para abrigarse, ya que el clima había cambiado bruscamente, estaba empezando a helar y unas nubes cargadas de agua se desahogaban sobre la tierra, como si el cielo llorara ante una noticia que entristecería a una de sus hijas más bellas.

- Sonyariel...- la humana que caminaba rápidamente por las calles se detuvo al escuchar una voz familiar, que le hizo mirar atrás.

– ¿Amor?- la joven miró al medio elfo, su expresión denotaba una seriedad inusual - ¿Qué ocurre?

- Debemos hablar...

[...]

La tarde ya se hacía presente y la lluvia arreciaba sobre las tierras lemperianas y en un amplio salón frente a una humeante chimenea, se encontraba el senescal junto Sonyariel quien con el rostro pálido observaba las llamas.

- Entiendo, y apoyo completamente las razones... pero no puedo evitar temer por mi amiga... tú entiendes...- Sonyariel cerró los ojos y sintió como los brazos del medio elfo le rodeaban por la cintura. Una mano le retiró el cabello húmedo del rostro, y unos labios cálidos le besaron el cuello.

- Tranquila mi guerrera. Lo que me alivia es que aún no han hablado con Yarfalia, tengo entendido que pediste asamblea con ella para el día de mañana, creo que será conveniente que no comentes nada de Vana, lo mejor es que esto quede sólo entre nosotros.

Mientras tanto, la elfa corría presurosa bajo la lluvia, una jovencita le había llevado un mensaje sellado de Sonyariel, avisándole que necesitaba hablar urgente con ella, tras llegar, golpeó la puerta y un rostro sonriente se asomó tras de ella.

- Sonyariel, no me digas que ya hablaste con Yarfalia- Entró y se dio cuenta que también se encontraba Lórindol. - perdón. ¿Interrumpo algo? si quieres vengo más rato – dijo la joven con una sonrisa pícara, mas al ver los rostros de aquellos se preocupó.

- Vanadesse por favor siéntate.

- Me asustan, ¿qué ocurre?

[...]

El cielo completamente cubierto por oscuras nubes, dejaba caer sus lágrimas de dolor por la tristeza y la amargura que yacían en el pecho de la elfa que, al escuchar la noticia que el pacto de paz no se firmaría entre los pueblos, y además que la compañía a la cual estaba asignada debería partir al cambio de luna, a las tierras de Lara ante la prominente batalla, le arrancó el brillo de sus ojos y tornando su rostro de una palidez inusual.

- P pero...

- Lo siento amiga, pero creo que es necesario que dejemos esto hasta aquí... por tu bien, no lo comentes con nadie, sé que estuviste por lugares ocultos de su ciudad, y te doy mi palabra que no preguntaré nada al respecto, no te preocupes. A los demás los convencí que te envié antes como mensajera, excusando tu ausencia y que aparecieras ante los comensales en la cena con el rey de aquellas tierras. Pero si llega a oídos ajenos que estuviste en la capital recorriendo sus calles escondida junto a uno de ellos, pueden tomarte por traidora... y hacerte daño... sabes que eres como mi hermana, y que aré hasta lo imposible para que nada malo te ocurra, pero tú debes prometerme que no lo verá###ás... en sus tierras ahora corres más peligro que nunca... por lo que de ahora en adelante no quiero que te alejes de mi lado... o si no me veré forzada a encerrarte - dijo la humana tajantemente.

[Editado por auriga el 24-11-2006 20:56]

Vanadessë Nissëlor

El camino de regreso a Yavetil había sido presuroso, el corazón de la elfa no daba más de dicha, pues iría a dar la noticia de su matrimonio con Hathol a la reina de Lempë en cuanto llegase a la ciudad. Cuando llegaron, la elfa se quedó en silencio bajo la lluvia al rato después se despidió de Sonyariel y se fue a sus aposentos.

En la intimidad de su cuarto, la elfa se desnudó delicadamente, preparó el baño y se sumergió en el agua y se relajó un rato. Su mente comenzó a volar y sus pensamientos se centraron en su amado Hathol. El colgante del humano colgaba de su cuello y jamás se lo sacaba, Vanadessë comenzó a recordar los momentos que había vivido con el humano y las lágrimas lentamente comenzaron a aflorar de sus ojos cerrados, pues su felicidad estaba junto a él. Con un largo suspiro se incorporó y cubrió su cuerpo con una bata de algodón. El perfume invadía toda la estancia. La elfa cogió una túnica celeste y se la puso, trenzó su largo cabello y se puso unas cómodas sandalias, cuando estuvo lista sintió un leve golpe en la puerta, al abrirse ésta, dejó al descubierto a una joven que llevaba un mensaje de Sonyariel.

-Gracias, iré en un momento- dijo la elfa. La muchacha se retiró en silencio, cerrando la puerta tras de si.

En un par de minutos, Vanadessë llegaba al salón en donde la esperaba su amiga. Cuando entró no podía borrar su sonrisa, pues suponía que la mujer ya había dado la noticia a Yarfaila, para su sorpresa Darlak estaba con ella y cuando quiso dejarlos solos, Sonyariel le pidió que se quedara. Sus rostros denotaban cierto nerviosismo y preocupación y Vanadessë sintió que su corazón comenzaba a llorar.

Cuando la mujer terminó de contarle lo ocurrido, la elfa sintió que sus piernas se le doblaban, su rostro se puso pálido, más de lo que era, la voz de Sonyariel comenzó a desaparecer y todo se volvió oscuridad. Vanadessë cayó sobre los brazos de Darlak, que al ver la reacción de la elfa, corrió para socorrerla. La alcanzó a sujetar antes de que cayera al suelo, la dejó en un enorme sofá cerca de la chimenea y Sonyariel corrió a buscar un poco de agua y un paño para colocar en la frente de la elfa. Al cabo de unos minutos Vanadessë comenzó a volver en si y miró los preocupados rostros de sus compañeros.

-Vana, te encuentras bien?- preguntó la mujer mientras acariciaba la frente de la elfa. - Te desmayaste amiga, no es para menos, pero quiero saber si te encuentras mejor-.

-Por que esto, Lissë?- susurró la elfa tratando de contener el llanto. -Por qué cuando estaba siendo feliz nuevamente, me dices esto... oh! Eru, que hice mal!!-. La elfa ahora lloraba desconsoladamente, el brillo en sus ojos había desaparecido casi por completo y Sonyariel la abrazaba, llorando con ella.

[...]

Desde aquel día Vanadessë ya no hablaba más de lo necesario, sólo con Sonyariel y Eleth se sentía mejor, eran sus amigas de la infancia y la conocían mejor que nadie. El dolor de perder a su amado Hathol le había opacado la sonrisa y sus amigas temían que Vanadessë estuviera cayendo en una profunda depresión, aún así ellas no podían hacer nada para menguar su dolor y sólo podían darle el cariño que en parte necesitaba su alma.

Habían pasado dos semanas desde que se había declarado la guerra contra Helkelen Lara, cada noche la elfa soñaba con Hathol y sentía su presencia junto a ella hasta que los primeros rayos de luz se filtraban por las pesadas cortinas de su habitación en Yavetil. Este tiempo le procuró muchos cambios, sus estados de ánimo variaban, sentía leves malestares, mareos, ciertos olores le provocaban unas náuseas horribles y un brillo especial se había instalado en sus bellos ojos. A pesar de ello, no había querido contarle a sus amigas, pues bastantes problemas tenían con la guerra, como para darles una preocupación más.

El tiempo sin Hathol junto a ella había sido muy duro y añoraba tenerlo frente a frente y poder sentir sus cálidos besos y sus tiernos abrazos, más ahora, viendo la situación en la que se encontraba...

-

[Editado por lalihiari el 28-11-2006 02:34]

Zirakzirak

Hathol se pasaba el día vagando por el palacio como alma en pena. Los sirvientes murmuraban que se había vuelto loco.

Zirak le veía pasear por los jardines. Hathol se sentó e un banco de mármol blanco. El cielo amenazaba tormenta pero eso no parecía importarle. Zirak se acerco al humano.

-¿Puedo sentarme muchacho?.- pregunto

Hathol alzo la cabeza y miro al enano. La desesperanza y la desilusión se habían hecho con ellos. Asintió y el enano se sentó junto a él.

-Muchacho…yo…yo lo siento.- el enano hizo una pausa.- Sabes que nunca ha sido mi intención que esto pasara. Pero no soy el Hacedor como para cambiar el destino.

-Lo se amigo.- respondió el humano sin levantar la mirada del suelo.- lo se.

Las lagrimas estabas a punto de llenar los azules ojos del humano.

-Tienes permiso para verla.- dijo el enano mirando al frente.

Hathol levanto la vista sorprendido.- ¿Cómo?

-Lo que has oído muchacho. Antes que rey soy tu amigo.-se levanto del banco dando un pequeño salto.- ¿Sabes cual es su compañía? Seguro que podemos hacerle llegar algun mensaje. Para que se reúna contigo.

Hathol se levanto. No podía creer lo que le estaba diciendo el rey.

-Pero su majestad. Yo….me prohibisteis volver a verla.

-En este asunto mi querido amigo soy Zirak, tu amigo.- hizo una pausa y se acerco al humano haciendo le un gesto para que se acercara.- Creo que dejare la corona en casa respecto a esto.- termino diciendo el enano y guiñando un ojo.

Hathol sonrió, la esperanza. Un pequeño rayo de sol asomo entre las nubes y le ilumino el rostro. Sonrió.

-Y ahora vamos muchacho. Tenemos mucho trabajo que hacer, debemos casarte.- rió el enano.

Hathol Karkar

La sonrisa de Hathol no fue del todo sincera, pues en su interior sabía perfectamente que su historia con Vanadessë no saldría bien, era un presentimiento, algo en su corazón le decía que aquella historia acabaría en una tragedia, como tantas y tantas otras historias y leyendas que había oído desde pequeño. ¿Una elfa y un humano? No, se decía, aquello nunca podría salir bien, todas esas historias eran tristes y colmadas de sufrimiento y dolor. ¿Realmente estaba dispuesto a asumir esa carga y, sobre todo, a dejar que Vanadessë también la asumiera? No estaba seguro.

-"Amigo"- dijo Hathol al fin- "Muchas gracias por tu comprensión, pero creo que necesito algo de tiempo para pensar en todo esto, ha sido muy repentino."

Zirak lo miró, apenado, pues sentía mucha lástima por su amigo. Habían pasado muchas cosas juntos y ahora le irritaba no poder hacer más por aquel condenado muchacho que poco a poco iba perdiendo la esperanza en la vida.

-"¿Estarás mucho tiempo fuera?"- preguntó Zirak, dándose por vencido.

-"No te preocupes"- dijo Hathol, medio sonriendo por la reacción de su amigo- "Estaré aquí cuando lo necesites."

-"No lo dudo muchacho"- dijo el enano, frunciendo el ceño- "Pero recuerda que tenemos que ganar una guerra."

Hathol asintió y se marchó, atravesando el jardín, y dejando a Zirak sentado en un banco, pensativo.

¿Por qué la vida es tan injusta? ¿Por qué cuando alcanzas la felicidad ésta es tan efímera? Condenado niño.

[...]

La noche estaba serena, y la luna brillaba pálida en el cielo, lleno de estrellas titilantes. El fuego de la hoguera crepitaba en la oscuridad de la cueva, proyectando sombras danzarinas en sus paredes, y sentado frente al fuego estaba aquel humano, al que la vida le había sonreído durante un instante sólo para transformar enseguida esa sonrisa en una mueca de crueldad. Hathol miraba el fuego con lágrimas en los ojos, no podía entender nada de lo que estaba sucediendo, todo había ocurrido muy deprisa, y de repente se encontraba en la misma situación de unos meses atrás, luchando contra Lempë, como si todo lo ocurrido en medio, Vanadessë, hubiera sido un sueño, un bonito sueño. Recordaba con nostalgia su primer encuentro, en el claro del bosque, su primer beso, aquellos furtivos encuentros al amparo de la luna y las estrellas, su primera noche juntos, su huida de Ost-En Aël... Todos aquellos recuerdos le hacían estremecer de emoción y llorar aún más, cuando, de repente, un crujido le sacó de aquellas cavilaciones, miró al fondo de la cueva, ahí estaba su cota de malla tirada en el suelo, no tenía tiempo de ponérsela, así que lentamente sacó la daga que le pendía del cinto. Una sombra se recortaba a la entrada de la cueva, la figura dio un paso al frente y entró en el haz de luz de la hoguera.

-"Vanadessë"- murmuró Hathol, sorprendido, dejando caer la daga.

Vanadessë Nissëlor

La elfa se sentía desdichada, ya no tenía su alegría característica y sentía la necesidad de ir al claro una vez más, aunque su vida estuviese en peligro. Aquella tarde, mientras descansaba en su cuarto, un leve presentimiento se apoderó de su alma. Lentamente salió de su habitación y salió en dirección a la sala de reuniones. Unas voces familiares se oían desde el pasillo, eran Darlak, Valandil y Aratan, que entablaban una larga charla sobre un posible viaje de los Ohtari hacia Hon. La elfa al oír que ella también iría sintió que su corazón daba un vuelco inesperado, con los ojos llenos de lágrimas salió presurosa a las caballerizas, cogió las riendas de Euruvë, nombre con el cual bautizó al caballo que Hathol le había entregado hacía unos meses atrás, envió una nota a Sonyariel con una muchacha en la que confiaba y salió a todo galope de la ciudad, bajo la mirada atónita de algunos pobladores y guardias, quienes no reaccionaron a tiempo para frenarle el paso.

Vanadessë cabalgó toda esa tarde en dirección a Ost-En Aël, aunque sabía que corría peligro en aquellos parajes, no echaría pie atrás, pues necesitaba siquiera despedirse de Hathol. Cuando las estrellas titilaban en el firmamento divisó por entre los árboles, la entrada de la cueva que había compartido con el humano, bajó del caballo y lo dejó atado a un arbusto cercano, el resto del camino lo realizo a pie. Su corazón latía rápidamente pues a pocos metros de la entrada distinguió un pequeño fuego en su interior. Sin hacer ruido se acercó sigilosamente, pues estaba en tierras enemigas y corría serio peligro de ser encontrada y capturada. Una vez en la entrada pudo ver el rostro de Hathol humedecido por las lágrimas, Vanadessë sitió la necesidad de correr a sus brazos y sentir el contacto con su piel, mas se esforzó por contener aquel impulso pues no sabía si él la aceptaría, sabiendo que sus clanes volvían a estar en lucha.

La elfa dió un paso y quebró un trozo de madera que sonó más fuerte que el crepitar del fuego en la cueva. Hathol al sentir el ruido se puso de pie rápidamente y echo mano a su daga, mas cuando Vanadessë se asomó al círculo de luz de la fogata, el humano soltó la daga.

-"Vanadessë"- murmuró Hathol, sorprendido.

- Hathol, lo siento- dijo la elfa con lágrimas en los ojos.

El humano se acercó a ella y Vanadessë se desvaneció, cayendo en los brazos de Hathol., quien alcanzó a reaccionar antes de que la elfa cayera sobre el duro y frío suelo de aquel lugar, semi inconciente logró distinguir el rostro del humano y tórpemente acarició su rostro.

- Vanadessë, que te sucede... Yo no... que haces aquí, no deberías...- Hathol lloraba al ver a la elfa tan pálida y hermosa, la abrazaba con fuerza, tratando de asegurarse que era real, tenerla allí y sentirla.

Rápidamente el humano se sentó con ella entre sus brazos, la elfa comenzó a sentirse mejor y oía llorar a Hathol, sentía sus fuertes brazos, tal y como lo recordaba.

- Mi amor, todo comienza nuevamente... No quiero separarme de ti... No ahora- dijo la elfa mientras se incorporaba y se sentaba frente al helkeriano.

Hathol acariciaba su rostro y la miraba con tristeza.

- Eres mi enemiga, Vanadessë, corres peligro aquí y a pesar del amor que te tengo, no puedo olvidar a mi gente... Además tu eres elfa, nunca las relaciones entre razas distintas ha funcionado, y no creo que lo nuestro sea distinto...- El humano la miraba con sus azules ojos y las lágrimas no cesaban de caer, rodándo hasta sus labios.

- No me digas eso, Hathol... por favor- La elfa en un impulso le dió un beso al humano y comenzó a llorar desconsoladamente. - A pesar del amor que siento por tí, sé que tienes razón... Pero también sé que mi destino está junto a ti, mi amor- Vanadessë sentía que su corazón se inundaba de lágrimas.

Hathol no quería dejarla partir, pero sabía que a fin de cuentas sería lo mejor para ambos. Vanadessë se puso de pie, miró al humano largo rato.

- Me iré... emprenderemos una expedición, no sé cuanto durará, no se si saldré con vida, pero quiero que sepas que a pesar de todo te amo-. La elfa ahogó un sollozo y se disponía a partir cuando Hathol se incorporó y la cogió de la mano.

- Espera...

Hathol Karkar

Hathol despertó con las primeras luces del alba, y una imagen familiar despertó con él, Vanadessë acostada a su lado, durmiendo plácidamente. Cuando duerme es casi tan hermosa como cuando me mira con esos bellos ojos que posee, pensó Hathol, y un leve estemecimiento recorrió su espalda hasta extenderse por todo su cuerpo. Lentamente, salió de debajo de la manta que los cobijaba a ambos, se vistió y se dispuso a marchar. Cuando estaba a punto de salir de la cueva se detuvo, miró atrás, Vanadessë se removía en sueños, inquieta.

-"Te amo"- dijo el humano.

Hathol suspiró y salió de la cueva en dirección a Ost-En Äel. Había decidido no despedirse de ella, pues no estaba seguro de si resistiría la mirada de tristeza de aquella elfa a la que tanto amaba. Soy un cobarde, pensó con amargura mientras cabalgaba hacia la ciudad.

[...]

Vanadessë despertó súbitamente, a su lado la manta estaba levantada y no había nadie, se incorporó y observó detenidamente toda la cueva. Hathol había marchado, pero su olor aún impreganaba toda la estancia. La elfa se arrebujó en la manta y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. No obstante, no era tristeza lo que sentía, o al menos no era todo tristeza, pues justo antes de despertar le había parecido oír la voz de Hathol susurrando algo...Te amo

Hathol Karkar

Era de noche, y en el campamento de la Compañía de Helkelen Lara se respiraba el apacible y agradable aroma de la victoria en el campo de batalla, no obstante, no todos los hombres de la compañía estaban alegres y felices: en una de las tiendas centrales un hombre intentaba conciliar el sueño...sin conseguirlo.

[...]

¿Cuántos días habían transcurrido ya desde su apresurada marcha del lecho de su amada? Hathol ya ni se acordaba, pero ya no eran días sino semanas. Un torbellino de sentimientos se arremolinaba en la mente del Comandante helkeriano, igual que un vendaval arrasa con una choza.

Hathol no tenía motivos para estar triste, lo sabía. La campaña contra los traidores de Lempë Ohtari y sus secuaces estaba marchando mejor de lo previsto, y pronto los aplastarían. No, no era aquello lo que le atormentaba en su mente, su tormento eran unos grandes ojos almendrados y un rostro de porcelana. Cuando ya no pudo resistirlo más se levantó del lecho de paja de un salto, se vistió, cogió un gruesa capa forrada de pieles y salió de la tienda. Aspiró profundamente el aire de la noche, y lentamente se alejó del centro del campamento, hacia un pequeño barranco que se encontraba al este del campamento. Desde allí, la luna, clara e intensa, iluminaba toda aquella región, inhóspita y desierta. Entonces, intentó aclarar su mente.

La primera imagen que le vino a la cabeza fue la de Vanadessë, la amaba tanto que no podía perdonarse el haberse marchado de su lado sin despedirse de ella. Pero en el fondo de su corazón sabía que de haberse quedado no hubiera podido marcharse de nuevo. Era lo mejor...para los dos. Ahora la gente de Vanadessë eran enemigos de Lara, así que Hathol decidió enterrar en lo más profundo de su alma todos esos sentimientos, como si de una mazmorra se tratase...y tiró la llave. ¿Podría su amada encontrarla algún día? Y si fuera así...¿seguirían vivos aún esos sentimientos? Hathol no sabía las respuestas a esas preguntas, y de momento prefería olvidarlas. Además, la distancia y el tiempo ayudaban en la tarea de olvidar lo que sentía por Vanadessë. Aún la amaba, cierto, pero la pasión y la desesperanza por su ausencia habían dado paso a la resignación y a una dulce melancolía. Las lágrimas empezaron abrotar de los ojos del humano.Adiós, mi amor

[...]

-"Espero que no estés pensando en tirarte por ese barranco"- dijo una voz gruñona a la espalda de Hathol- "pues sólo conseguirías romperte alguna extremidad y hacerte un par de chichones en la cabeza."

-"No te preocupes"- dijo Hathol, sin moverse un ápice- "ni se me ocurriría dejarte solo al frente de la Compañía, y menos aún al frente del reino, aunque la corona esté sobre tu dura cabeza."

Hathol se giró y empezó a andar de vuelta al campamento.

-"¿Te encuentras bien?"- dijo Zirak al pasar Hathol a su lado.

-"Vamos, amigo"- dijo Hathol- "tenemos que terminar de una vez por todas con esta maldita guerra". El humano sonreía, pero sus ojos aún estaban rojos y llorosos.

Maldito crío, pensó Zirak, con una sonrisa.

Vanadessë Nissëlor

La elfa con el paso de los días casi no podía conciliar el sueño, comía poquísimo y su mirada era triste. Hathol se había marchado sin siquiera decirle adiós, deseaba darle un último beso a aquel humano que se había convertido en su base y decirle mirando en aquellos profundos ojos azules, cuanto lo amaba, mas el destino le había jugado una mala pasada. Ahora sus clanes volvían a luchar y la derrota en Lempë empañaba la sonrisa de todo el campamento. La última batalla había dejado muchas bajas y Vanadessë había salido muy mal herida, aún así, abrigaba en su corazón, la pequeña esperanza de volver a ver a aquel hombre a quien tanto amaba.

[...]

- Vana, te sucede algo?- la voz de Sonyariel la sacó de sus pensamientos.

La elfa estaba sentada en el pasto, un poco alejada del campamento, pues pasaban los días y su cuerpo cada vez cambiaba un poco más, no sabía como decirle a su amiga que se sentía cada vez más extraña, y que estaba embarazada.

- No me sucede nada, Lissë... sólo necesitaba meditar un poco, en la última batalla me sucedió algo extraño- dijo la elfa. - Cuando caí herida en el estómago, vi unos ojos hermosos... eran de un azul profundo...

-Hathol...- susurró la mujer, mirando a la elfa.

-Sí, Lissë, luego cuando estaba en la tienda de curaciones, en mis sueños aparecía un pequeño de cabellos rubios y unos bellísimos y profundos ojos azules- la elfa sintió un escalofrío recorrer su espalda y evitó mirar a la humana, quien de reojo inspeccionaba cada gesto en el rostro de Vanadessë.

-Vana, amiga... tienes algo más que decirme?-, la pregunta de Sonyariel la puso nerviosa, cuanto quería decirle que estaba embarazada del capitán enemigo, mas se contuvo, pues confesárselo significaba dejar de luchar por su clan y posiblemente provocaría un alboroto en el campamento.

Miró fijamente a la humana y sus ojos brillaron de una forma especial, Sonyariel sintió un mar de confusiones, tristeza y alegría al tiempo y pudo percibir en la mirada de su amiga que aquella coraza que estaba cubriendo el corazón de la elfa, no era más que superficial, pues todo lo dicho un par de días atrás, luego de la batalla, no eran más que una forma de convencer a su amiga, de que podría seguir sin Hathol a su lado.

Sonyariel luego de calmar aquella sensación, se puso lentamente de pie y sin decir más se marchó de vuelta a su tienda, la elfa por su parte se quedó un tiempo más allí, sentada en el suelo y con las manos en su barriga, pronto comenzaría a notarse y antes de que eso sucediera, ella tenía que hacerle saber al humano la noticia. Vanadessë temía el rechazo de Hathol, y más ahora que nuevamente eran enemigos. Cuanto tiempo más tendría que esperar la elfa para poder volver a ver al humano, ni ella lo sabía y tampoco estaba segura si aquel hombre con el que había compartido su corazón y alma seguiría queriéndola como decía o simplemente se había olvidado de ella.

La elfa lloró mucho rato en aquel lugar, en su vientre crecía un pequeño que sería su dicha y su único consuelo por el resto de su vida, si no volvía a ver a aquel hombre a quien tanto amaba. Luego de un rato, cuando entre los árboles se podían divisar las primeras estrellas en el firmamento, la elfa se puso de pie y susurró el nombre de Hathol, sabía que la desdicha del humano no sería distinta a la suya, pero las circunstancias los había separado, ahora sólo quedaba ver si algún día se volverían a encontrar, Vanadessë lentamente emprendió el camino de regreso al campamento, cuando las luces de las fogatas iluminaban los rostros de los soldados y hacían bailar las sombras en el suelo.

Jamás te olvidaré, Hahtol, pensó la elfa.

Se secó las lágrimas y entró en su tienda, una vez allí, se puso la camisa de dormir, soltó su larga trenza azabache y se echó sobre la cama, sus pensamientos estaban centrados en aquel humano y sin poder apartar de su mente aquellos ojos azules, se durmió

Hathol Karkar

La noche caía en el campamento del Rey de Helkelen Lara. Era una noche tranquila y serena, no se oía ningún ruido en la oscuridad, salvo el crepitar de las llamas de los fuegos del campamento. No había risas, ni charlas, todos los soldados aguardaban con resignación la llegada del amanecer, en cuanto despuntara el alba deberían ponerse en marcha, ya que por la tarde una compañía de los traidores de Lempë Ohtari había sido avistada varias millas el este del campamento helkeriano.

La fatalidad se había aliado con el pueblo helkeriano, y ahora se veían asediados por todos los frentes, víctimas de una traición cruel, pero que por suerte o por desgracia forma parte de este juego macabro que es la guerra. De ello había tomado plena conciencia el Comandante Hathol Karkar, sentado junto al fuego observando el crepitar de las llamas. Sabía que era imposible ganar la guerra ahora, pero también que lucharía hasta el final...hasta el mismísimo final. Con ese pensamiento se levantó y se dirigió hacia su tienda, pues era tarde ya y debía estar fresco por la mañana.

"La luna brillaba en aquel claro en medio del bosque, como tantas otras noches. Hathol avanzó, en el centro había una figura envuelta en una gruesa capa negra con capucha, pero Hathol ya sabía quién se escondía debajo, y siguió avanzando hasta detenerse a escasos dos metros de la figura encapuchada.

-Vanadessë- dijo el humano- ¿eres tú quien ha provocado "esto"?

-Sí- dijo la elfa, quitándose la capucha y descubriendo su rostro- debo decirte algo.

La expresión de Hathol era fría como el hielo.

-Pensaba que ya estaba todo dicho- dijo el humano, serenamente.

-No- dijo Vanadessë- hay algo que te he estado ocultando y que debes saber, porque es algo que también te pertenece a ti.

Dicho esto, la elfa se abrió la capa, debajo llevaba una túnica holgada, pero lo que llamó la atención del humano fue el prominente vientre del avanzado estado de gestación de la elfa. Vanadessé avanzó hacia Hathol, le cogió la mano y la puso tiernamente sobre su tripa.

-Es nuestro hijo el que crece en mi vientre- dijo la elfa con una sonrisa en los labios.

Hathol apartó la mano, bajó la cabeza y desvió la mirada.

-No puede ser- dijo el humano, casi susurrando.

-Claro que puede ser- dijo la elfa, sorprendida ante la reacción de Hathol, pero forzando la sonrisa en sus labios- Éste es el fruto de nuestro amor, el destino lo ha puesto en nuestras vidas por alguna razón, ¿no crees que...?

-No- repuso secamente Hathol. Volvió a mirar a la elfa, con una profunda tristeza en el rosotro.- Todo ha cambiado ahora, Vanadessë, no puedo verte como la elfa a quien una vez amé con todo mi ser, ahora tu pueblo y sus aliados estáis masacrando al mío, y eso nunca te lo perdonaré, aunque lleves a nuestro hijo en tu vientre. ¿Y qué le dirás cuando crezca? ¿Acaso le dirás que colaboraste en la destrucción del pueblo de su padre? ¿Que pudiste escapar a ese destino y no lo hiciste?

La elfa se quedó de piedra ante las duras palabras de Hathol, y durante unos instantes no supo qué decir. Finalmente encontró el valor para decir lo que tanto había anhelado volver a decir al humano.

-Yo...te amo- dijo la elfa, titubeante pero firme- Tú dices que todo ha cambiado, pero no es así, yo te sigo amando con toda mi alma y eso no cambiará jamás, aunque todas las guerras se interpongan entre nosotros mi amor por ti nunca cambiará.

Hathol se acercó a la elfa, acercó su cara a la suya, sus ojos se miraban intensamente y sus labios estaban a escasos centímetros los unos de los otros.

-Por desgracia- dijo el humano- eso es lo único que no ha cambiado.

Hathol se giró, y lentamente se alejó del claro en dirección a la espesura del bosque. Y despertó.

El humano estaba empapado en sudor, así como su almohada, se incorporó de repente, y hundiendo el rostro entre sus manos empezó a llorar.

-Yo también te amo- susurró.

Hathol Karkar

Los días pasaban y, después de la última derrota contra las huestes de Lempë Ohtari, el retorno a casa era ya un hecho inevitable: la Compañía del Rey regresaba a la Capital. Había sido una campaña irregular en territorio lemperili, se habían conseguido gloriosas victorias, pero también sonadas derrotas, y todo ello regado con la sangre de muchos soldados que habían dado su vida por su respectiva patria. Los héroes que habían luchado habían conseguido grandes gestas y sus nombres eran ya leyenda, no obstante, las tierras de Lempë estarían para siempre manchadas por la sangre de aquellos que combatieron...y por la traición.

[...]

La noche era fría, las estrellas titilaban brillantes en el cielo oscuro, y la luna se alzaba, pálida, en todo su esplendor, irradiando su luz, fantasmagórica. Una figura se recortaba contra el astro, de pie, inmóvil, en una colina cercana al campamento helkeriano. Un hombre alto, de cabellos dorados y penetrantes ojos azules...penetrantes y tristes. Unos ojos que observaban el horizonte bajo la luz de la luna, un horizonte incierto para él y para su país. De pronto, una voz habló a su espalda, una voz conocida, los labios del hombre se curvaron en una media sonrisa.

-Vaya, veo que estás aquí, cada vez tengo que ir a buscarte más lejos- gruñó Zirak, Rey de Helkelen Lara.

-Será que cada vez quiero estar más lejos de estas tierras- dijo el hombre, Hathol, Comandante del ejército de Helkelen Lara, sin volverse.

-Hace tiempo que no hablamos, amigo- dijo seriamente Zirak.

-Es lo que tiene la guerra- respondió Hathol, girándose hacia el enano, con una expresión de tristeza en su rostro- mantiene ocupada la mente y el cuerpo.

-No me vengas con ésas- espetó Zirak, impacientándose- no te moverás de aquí hasta que no me cuentes qué es lo que hace que por las noches parezcas un alma en pena y en las batallas parezca que te ha poseído el espíritu de un balrog.

Hathol se volvió de nuevo, hacia la luna.

-Amo a Vanadessë- dijo Hathol- la amo con toda mi alma, y quiero pasar el resto de mi vida con ella, criando a nuestro hijo. No puedo soportar más estar lejos de ella, y sé que a ella le ocurre lo mismo. Soy gobernador de Algalord, no nos faltará de nada. Por supuesto, siempre que tú des tu consentimiento.

Zirak se quedó pensativo. Al fin, respondió.

-De acuerdo, amigo- dijo el enano- pero tengo unas condiciones para lo que me pides. Vanadessë debe entregarte a ti a vuestro hijo, para que sea criado como un muchacho helkeriano; debe jurar fidelidad al Consejo de Helkelen Lara y a mí, su Rey; debe demostrar esa lealtad...hay muchas maneras de demostrar lealtad; debe casarse contigo inmediatamente y cambiar su sobrenombre por el tuyo, con lo que estará bajo tu "yugo" como esposa, sus acciones serán tus acciones...- el enano suspiró- Deseo con todo mi corazón que estéis juntos, pero no puedo prometerte que vuestra vida sea fácil, no obstante, haré todo lo que pueda para ello.

Hathol siguió inmóvil durante unos instantes, después, bruscamente, se giró y empezó a andar en dirección al campamento. Al pasar junto a Zirak, le dijo, con dureza:

-Pides mucho, Rey de Helkelen Lara...demasiado-.

Zirak observó cómo se alejaba Hathol y se perdía en la oscuridad.

Maldito crío

Zirakzirak

Zirak se revolvió en la silla de su tienda. Las palabras de Hathol le habían herido mas que ninguna flecha que hubiera recibido en combate.

<<Es una decisión dura muchacho, pero es mi deber. Siempre has sido como el hijo que nunca he tenido. Pero me debo a Lara y al Consejo que me eligió. Que crees que pasaría si por las buenas el rey abogara por la entrada de una lemperiana en nuestras tierras, con todos los honores. Su pueblo ha matado a muchos de los nuestros, como crees que os trataran a ti y a ella. Y el Consejo, que diría el Consejo. No mi amigo, lo que te pido no es excesivo, simplemente es lo que necesitaría…..>> pensaba el enano lo que debía decirle a Hathol.

Zirak, volvía a tomar la pluma entre sus dedos y termino de escribir.

….Comandante Hathol su muevo destino es la C1 encargada de la defensa de la capital. Los Comandantes Ezel y Herkeblam le pondrán al tanto de las directrices a seguir.

Zirakzirak

Rey de Helkelen Lara

El enano firmo y sello las ordenes. Que entrego al capitán de guardia en ese momento.

-Entregar las órdenes a primera hora de mañana.- dijo el enano

Acto seguido acompañado por varios guardias, Zirak tomo un caballo y tomo rumbo a Ost-en-Aël. Se detuvo en lo alto de la última colina antes de perder de vista el campamento y miro la tienda de Hathol. Allí ardía una débil luz en el interior.

Lo siento muchacho…. dijo en un susurro

Azuzo al caballo y comenzó el camino veloz debía atender a los invitados que llegaban de tierras lejanas y esperaba que con buenas nuevas.

Hathol Karkar

Era ya media mañana en Ost-En Äel, capital de Helkelen Lara...todavía, y la ciudad no registraba su habitual bullicio. Poca gente acudía al mercado de la plaza, e igualmente escasos eran los comerciantes que habían abierto sus tiendas y comercios. Era la típica estampa de una ciudad asediada, de una ciudad en guerra.

Hathol se despertó, y lentamente se levantó de la cama...la cama, ¿cuánto hacía que no dormía en una cama de verdad? Ya ni lo recordaba, como tampoco se acordaba de la última vez que había pisado su casa. Era un edificio sobrio y austero, de piedra, constaba de dos plantas y tejado de madera a dos aguas. Era un edificio sencillo, pero muy cómodo, era exactamente lo que quería Hathol. Al ascender a Comandante se le había asignado una vivienda apartada del Cuartel y de los demás soldados y oficiales de menor rango, así como un sirviente.

El humano se desperezó y se lavó la cara con el agua que había en una jofaina sobre una pequeña mesa, tal y como había dispuesto diligentemente su sirviente. Después, se puso los pantalones de cuero, las botas de montar, su camisa de cuero negro, la cota de malla, el tabardo azul y plateado con el emblema de Helkelen Lara y se ciñó a Fealóke a la cintura; cogió los guantes de cuero negro y bajó al piso inferior.

-Buenos días mi señor- dijo el sirviente, al ver a Hathol.

-Buenos días Jherek- dijo Hathol, aún soñoliento.

-Os he preparado algo para desayunar...- dijo Jherek.

-Muchas gracias- le interrumpió Hathol- pero comeré algo en el Cuartel, es muy tarde ya.

-Como ordenéis, mi señor- dijo Jherek, retirándose.

Hathol abrió la puerta de su casa y salió afuera, cerró tras de sí y se quedó unos instantes en el umbral de la puerta. Dejó que la cálida luz del sol penetrara en todos sus poros, cerró los ojos y escuchó. Nada. Silencio. Era el silencio de una ciudad en guerra.

[...]

El humano llegó a Cuartel del Ejército más rápido que de costumbre, pues la ausencia del mercado y de gente por las calles no lo había retrasado como era habitual. Al llegar al Cuartel bajó del caballo, y el guardia apostado a la entrada gritó para que abrieran el portón desde dentro. Las puertas chirriaron y se abrieron, y Hathol entró. Rápidamente, un mozuelo acudió y el Comandante le tendió las riendas del caballo, el muchachuelo se alejó rápidamente con el caballo hacia las caballerizas. Hathol entró en el edificio, en la chimenea ardía un buen fuego. El humano se sentó en una de las mesas del salón principal y le pidió a un sirviente que le trajera pan, queso y una jarra de cerveza. Al cabo de un rato, mientras Hathol comía tranquilamente, se le acercó uno de los oficiales de rango inferior, un elfo de piel pálida y cabello negro como el azabache.

-Señor- dijo el elfo- os he estado esperando.

-Buenos días Ysuran- dijo Hathol, mordisqueando un pedazo de queso- ¿Hay alguna novedad?

-Esta mañana ha llegado un emisario de Palacio con una misiva para vos- dijo Ysuran- Como aún no habíais llegado le he dicho que me la entregara a mí y que yo os la haría llegar. La he dejado encima de la mesa de vuestro despacho. Espero haber obrado correctamente.

-Perfectamente Ysuran, muchas gracias, voy a leerla enseguida- dijo Hathol.

[...]

...Comandante Hathol Karkar, su nuevo destino a partir de ahora es la Compañía Número Uno, encargada de la defensa de Ost-En Äel. Los Capitanes Ezel y Herkeblam le pondrán al corriente de las directrices a seguir...

Zirakzirak.

Rey de Helkelen Lara

La carta resbaló de las manos de Hathol, y lentamente se posó encima de la mesa.

Vanadessë Nissëlor

El tiempo cada vez avanzaba más rápido, el vientre de la elfa cada día crecía un poquito más, su pequeña barriga de 5 meses le estaba comenzando a causar uno que otro inconveniente. Luego de aquel sueño en que Hathol le dejaba claro que ya no sería lo mismo, el ánimo de Vanadessë decayó aún más, pero el apoyo de su amiga de la infancia le abrió los ojos y le hizo saber que no estaba sola, y que con el humano helkeriano o sin él, la elfa saldría adelante con su pequeño, despues de todo era fruto de su amor por aquel hombre de profundos ojos azules.

En el campamento Othari las noticias eran confusas, habían voces de un acuerdo de paz, mas las batallas aún se sucedían una tras otra, Vanadessë aún seguía luchando, y lo haría hasta que su cuerpo aguantara.

Después de la última batalla en la que había participado, el agotamiento era evidente, por lo que había sido enviada a descansar, esa semana no le estaba permitido hacer esfuerzo alguno, pues para quienes sabía de su estado, no querían correr el riesgo de que perdiera a la criatura, aunque fuese hijo de un capitán enemigo.

La mañana había sido bastante agitada, luego de terminar una reunión que duró horas, ambas capitanas se habían ido a la tienda para conversar de otras cosas y así despejar un poco la mente de las batallas y movimientos de las compañías en tierras helkerianas.

-Procura descansar, Vana- le decía Sonyariel a su amiga.

La mujer tenía más avanzada la gestación y trataba de aconsejar a la elfa en cuanto a comidas y cuidados, aunque en ese inhóspito lugar, era difícil seguir una pauta adecuada.

-Sonya... crees que aguna vez volveré a ver a Hathol?.

La mirada de la elfa era triste, y aunque no quería reconocerlo, le era imposible sacarse al humano de su mente, aunque fuese por un instante el en día. El colgante que alguna vez le regalara, aún lo llevaba en su cuello, podía recordar como si fuera ayer, aquel día que se lo regaló, habían pasado la primera de muchas noches juntos en aquella cueva, como añoraba poder abrazar a Hathol nuevamente, la elfa se llevó la mano al pecho y cogió el colgante con su dedos, delicadamente. Sonyariel en ese momeno se percató en lo que la elfa llevaba atado y quizo saber como lo había conseguido. Vanadessë se disponía a relatar lo que había pasado aquel día, hacía mucho tiempo atrás, cuando un mensajero irrumpió en la tienda.

-Mi señora Sonyariel, un mensaje del Capitán Darlak.

La mujer se levantó rápidamente y se aprestó a leer el mensaje. Darlak solicitaba la presencia de Sonyariel y Vanadessë en Mirianost. La noticia llenó de ilusión a la mujer, quien había enviado un mensaje hacía varios días en dirección a Mellon Vilya y al fin recibía una respuesta. Por otra parte, aquel mensaje inundó el corazón de Vanadessë, quien ahora veía muchísimo más lejana la posibilidad de volver a ver a Hathol.

[Editado por lalihiari el 08-04-2007 05:17]

Darlak Lórindol

Darlak había organizado un consejo improvisado de los caballeros ohtari que estaban en las tierras de Helkelen Lára: Sonyariel, Draric, Eleth, Aratan y Vanadessë. Cuando todos hubieron llegado, el senescal empezó hablando:

- Mis señores, el emisario que enviamos ante el rey de Helkelen Lára ha regresado con respuesta.

- ¿Y cuál ha sido esa? – Vanadessë estaba impaciente, ansiaba que aquella guerra acabara pronto.

- El emisario ha regresado con una respuesta nula, no quieren la paz al menos por el momento

- Les va la marcha, al parecer – dijo Aratan jocosamente.

- La situación es más grave de lo que parece. – respondió Darlak. - Los ejércitos de Farothdin han sufrido la noche pasada ataque por parte de ejércitos de Helkelen. Pero además, mis espías han avistado tropas de Liantari por los alrededores. Me temo que Helkelen está estrechando lazos con el matriarcado y están recibiendo refuerzos para la guerra. Ya he enviado una misiva urgente a Yävetil.

Cuando se hubo disuelto la reunión y Darlak había ordenado la reorganización de los ejércitos y el abandono de Mirianost, el senescal encontró a Vanadessë con la mirada perdida.

- Lo lamento – dijo mientras posaba una mano sobre su hombro.

- Yo pensaba…yo pensaba que esta guerra acabaría pronto…

Darlak no sabía que responderle, la situación que la joven elfa estaba atravesando era bastante difícil y no había palabras para aliviar su dolor.

- Ayer llegó un mensaje de Ostova Lorë. Cereval, tu abuelo desea que regreses cuanto antes al Taurëruin, teme que tu secreto pueda ser sabido. No sabemos como reaccionaría el consejo si supiera que esperas un hijo de un capitán enemigo. – añadió Darlak – Cuando estés lista prepararé una comitiva para que te acompañe de regreso.

Acto seguido, Darlak se dio media vuelta dejando a Vanadessë envuelta en sus pensamientos.

[Editado por aratir el 09-04-2007 12:10]

Hathol Karkar

Fue un sueño extraño el que tuve aquel día, muy extraño...no obstante, ese sueño cambió mi vida a partir de ese momento. Ya no habría más dudas ni temores, la decisión estaba tomada...y ya no había posibilidad de retorno. Mucho tiempo había pasado desde que viera por última vez a Vanadessë, me preguntaba si ya habría dado a luz a nuestro hijo, seguro que sí...nuestro hijo.

[...]

Fuego, muerte, dolor, gritos de horror...y sangre. Mis ojos sólo veían eso, era un espactáculo dantesco, la muerte y el fuego me rodeaban. Gente corriendo en todas direcciones; espadas, lanzas y flechas que se clavaban en esa gente. Todo era caos y destrucción. De repente, una silueta apareció ante mí, era Vanadessë, mi amada Vanadessë, pero...¿por qué estaba ahí?

Vi que en sus brazos sujetaba un pequeño bulto envuelto en telas, el bulto tenía justo el tamaño de un bebé recién nacido... Una repentina alegría me invadió en medio de ese festín de cuervos, y empecé a correr hacia ella. No obstante, algo extraño sucedía, por más que corría, Vanadessë parecía alejarse cada vez más...pero ella estaba quieta, mirándome inexpresiva...y apretando con fuerza el pequeño bulto contra su pecho. Yo seguía corriendo, ella me miró con...¿tristeza? ¿odio? ¿melancolía? ¿resignación?... Se dio la vuelta y desapareció entre las llamas. Yo tropecé con el cadáver mutilado de un hombre...y desperté.

[...]

Sí, la decisión estaba tomada...ya no había marcha atrás.