Alkalabrindeth
Ahora que he probado el sabor de la muerte, entiendo que es una dulce miel que debe beberse...
No sé si algún día volverán mis pies a posar en la tibia arena de Cun at Fairë, en la suave hierba de Sornosunë, o en la fresca piedra de Felekgathol. Si llegará el día en que vuelva a respirar el preciado aire de Fanyarëa; cabalgar bajo la luz del crepúsculo en compañía de Morlith; dormir en la intemperie bajo el cobijo de las estrellas, a sabiendas de estar en territorio amado; ver correr el agua cristalina de los manantiales de Laverëss y beber de sus fragancias; o si podré seguir celebrando el nacimiento de las cosas que crecen en la tierra de los ramalië, donde su belleza se enaltece por el respeto que les profesamos.
¡Ay! si tan sólo pudiera volver a ver los rostros más queridos ¡Cómo extraño tantas cosas que antes no aprecié por exceso de belicosos deseos! Sin embargo no me arrepiento de haber venido, ahora mi ira cubre este pueblo que tanto dolor me ha causado, tantas muertes han borrado la compasión de mi alma. Ni sus muertos ni sus bienes apaciguan la furia de mi sangre que se enciende cada vez que recuerdo las batallas... sólo por estas sensaciones reconozco que estoy viva.
El dolor de la herida es agudo, en especial porque me imposibilita a expresar abiertamente lo que deseo. Cada tanto viene la misma Naredhel Anariel, Reina Suprema de los ramalië, a untarme un fresco ungüento, que además de sellar las fisuras de mi piel me nutre de esperanzas, muy en contra de mi voluntad.
La esperanza es sólo un pan que muchas veces apetecí, pero una vez obtenido, se atraganta en mi garganta para asfixiarme y demostrarme que jamás podré digerirlo.
Creo que Naredhel se da cuenta, pues a veces la descubro observándome con ternura y compasión; no soporto esa mirada. Tiempo hace ya en que ella me salvó la vida, y mi gratitud fue evidente; pero ahora deseo que me deje de ver como una niña indefensa. Debería concentrar todo su poder en el reajuste de las tropas, estoy segura que los esteldili fingen calma mientras preparan un fuerte ataque con sus verdaderos rostros hostiles.
¿Por qué no entienden que odio estar aquí, ociosa? que sólo me queda desbordar mis pesares sobre un papel. He estado pensando que ni siquiera el plasmar estas palabras servirá de algo, pues aún no sé si alguien regrese con vida a Fanyarëa. Y aquí, aquí, en esta tierra que tanto desprecio, tierra que ha recibido gustosa la sangre ráma, no habrá nadie que lea las líneas de un enemigo, los ecos de una muerta...
Su mano se detuvo al escuchar los pasos casi imperturbables de Naredhel. Alkalabrindeth hizo a un lado el papel y la pluma, conocía a detalle la rutina de curación. Levantó la cabeza dirigiendo su fría mirada a la recién llegada, su rostro duro y pálido como tallado en el mármol no mostraba ninguna emoción.
La reina se veía majestuosa, era sabia y de grandes poderes, acudió a esa hora porque todos los suyos le eran caros, había presentido los pensamientos que atormentaban a Alkalabrindeth y sintió pena porque estaban lejos de la realidad. Una vez revisada la herida la cubrió con delicadeza y habló con tono severo:
- Tu cuerpo es fuerte y sana pronto. Me preocupa más la herida que te empeñas en hacerle a tu mente y espíritu.
"Enfermaré si sigo postrada en cama" hubiera sido la respuesta, pero un silencio obligado le siguió a Naredhel. Sin embargo, ella entendió.
- Manos hábiles y voluntad como las tuyas es lo que más necesito ahora, hay tantos asuntos pendientes que el atender a los enfermos no es el menos importante, por cierto. Así que no es capricho mantenerte aquí -suspiró profundamente y le habló con más suavidad- Alkalabrindeth, devalúas tu propia vida por una causa. Yo haría lo mismo, pero por una sóla vida de los caídos...
Su pensamiento no cesaba y acudió espontáneo tras estas palabras: "Por esa razón no arriesguen más vidas, ocúpense de los asuntos de guerra"
- ¡No estás escuchando! No diré lo que tu orgullo quiere oir Alkalabrindeth, porque conoces de sobra el consejo. El dolor de la muerte es lo que más me ha golpeado en estos días, y si algo puedo hacer por los que aún tienen una mínima posibilidad, lo haré sin titubear. Ahora, te ordeno permanecer dos días más de reposo.
Naredhel salió molesta por haber tenido que ser tan despectiva con ella, la pequeña hija del leal Valglin, la mujer elfo que había ganado su estima y confianza. Aënion se levantó de una roca y se aproximó a la reina dando una leve reverencia.
- Su Majestad. Sanará pronto -dijo más como afirmación que como pregunta.
- La herida del cuello está sanando, la flecha no tocó ningún signo vital, podrá hablar en un par de meses.
- La fortuna le sonrió
- ¡No! Un destino distinto le aguarda. Mas que fortuna es el deseo de un Poder más grande, ha sido él y la fuerza que le donó a su cuerpo lo que la salvó de una muerte atroz y segura.
Naredhel había hablado con la mirada vaga, perdida en tantas cosas, entonces, voltió a ver los ojos grises y llenos de confusión del elfo.
- Llevas días al cuidado de Alkalabrindeth, esta noche enviaré a que te suplan. No deseo que caiga un enfermo más.
-¡Su Majestad! vengo de sangre purificada por la unión, de brazos fuertes y espíritu aguerrido, no hay mano hábil que me venza, ni arma que me dañe, y menos cansancio alguno que me hostigue. Caeré enfermo si Mi Señora me aparta de la luz que he seguido por varios senderos desde que pisamos las costas esteldili. Siempre la vi luchar incansable e imparable, admiro su valor y destreza; y el día que cayó, lamento tanto no haber estado cerca.
- Hiciste lo que podías, flanqueaste al enemigo por la diestra donde hubo menos pérdidas. Y aún así la observabas a distancia.
-Señora... lamento haber retirado mi tropa cuando aún conservábamos la línea, pero aquel que se atrevió a atinar en su delicado cuello debía morir. Recibiré de buen grado el castigo que se me imponga.
Naredhel lo observó con profundidad, sus ojos dorados brillaron con intensidad, había compasíon y alegría.
- Fue una decisión precipitada pero no del todo equivocada. Con la caída de las Señoras, el frente se descontroló, de no haber llegado con los tuyos la muerte incisiva hubiese exterminado con más, el enemigo hubiera ganado terreno y entonces la posibilidad de recuperarlas hubiese sido nula. Recibe mi gratitud hijo de Andäe.
Naredhel sonrió y extendió su esbelta mano que Aënion besó con gratitud, ella se retiró andando entre los pastizales, había más heridos que atender. Al sentir la mirada de él aún de pie en la entrada de la tienda donde reposaba Alkalabrindeth, voltió a verlo una vez más.
- Os deseo que ese sentimiento sea correspondido. Si el destino lo permite la habrás salvado de su verdadera enfermedad.
Aënion entró a la tienda renovado y lleno de esperanza; ella dormía plácidamente con una perceptible sonrisa en su rostro. En sus manos sostenía varios papeles con una pluma. Aënion se acercó, y leyó las últimas líneas:
Ahora comprendo... la esperanza sólo me llegará con la Muerte. Padre, buscaré estar a vuestro lado.
