La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 42 - C3 Liantari Dimbar Vs C3 Eirë Esteldor - Saqueo Caras Aelin

2006:11:03:08:55:53

Uzbad Kibil

Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate

Armadas perdidas por "Liantari Dimbar" = 41

Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 57

Se produce el saqueo

Orodril

Bajo el manto de la noche y el que aportaba las ramas y hojas del frondoso bosque de Illasea se extendía el enjambre de tiendas iluminadas por centenares de hogueras que era la congregación de los ejércitos de Realengo de Farothdin, Heren Fanyarëa y Liantari Dimbar. De aquellos firmantes que se habían reunido en Tabarcerta tan solo Helkelen Lara parecía postergar su llegada a causa de la guerra que los retenía y los enfrentaba a las huestes de Lempë Ohtari.

Pero las últimas nuevas sobre la victoria de éstos en el asedio de Eru Andorya nos habían llegado solas y los dirigentes de aquella compañía se habían adelantado a sus hombres y partido hacia tierras esteldilis con el llamamiento a una reunión urgente. Motivo de la cual aún no se les había revelado.

Las huestes liantaris al encontrarse en la ciudad cercana de Amon Duin habían sido las primeras en llegar al punto de reunión y quienes habían gozado de más tiempo para levantar su campamento y dar un lavado de imagen, demacrada varios meses de continua guerra. Y ahora que los estandartes de Helkelen Lara habían sido divisados al fin entorno a la lindes del bosques los tres dirigentes liantaris envueltos en las mejores galas de las que se había podido proveer caminaban a paso sereno hacia la reunión.

Uzab tras revisar de nuevo el efecto de sus atuendos en el que destacaba claramente los rubís engarzados de su hacha, izó la barbilla satisfecho, y miro por el rabillo del ojo a Orodril que caminaba a su lado. El elfo, a pesar de haberse encontrado inmerso en una montaña de informes que habían llegado al poco de establecer el asentamiento mediante la entrega en mano o por envío aéreo, había encontrado al parecer también un momento para preparar su prefabricada imagen de grandiosidad y poder, así como la toma de un baño que había abatido los olores de días pasados, si no los había confundido con los suyos propios.

-Parece ser que te has aseado a conciencia, ¿acaso vuestra gran majestad necesita por tu parte el cumplimiento de algún trabajo? Siendo así espero que no hayas dejado ningún punto ciego sin revisar, uno nunca sabe ¿verdad?- Uzab Kibil desvió la mirada por un instante a Tausereg que los acompañaba unos pasos por detrás y añadió- Aunque para ciertas tareas habría que ser un cambiapieles a mujer, me temo.-

Orodril enarco las cejas desconcertantemente divertido - ¿Acaso algún enano se llevo una sorpresa tras hurgar debajo de tus barbas, Uz?-

La contestación del enano tuvo que esperar. Frente a ellos delante de la tienda levantada con motivo de la reunión, inconfundible gracias al sobrecargado intento de muestra de grandeza por parte de las tres facciones, se hallaban, ya presentes, el resto de dirigentes. Lómëa, Alkalabrindeth, con Naredhel a la cabeza que representaban a Heren Fanyarëa se encontraban apostados a la izquierda de la entrada de la tienda mientras que Ílimo seguido por Arestel y Thelidor se encontraban a la derecha de ésta.

Ambos partes intercambiaron una serie de saludos cálidos aunque un tanto insulsos con los recién llegados, permaneciendo en silencio sepulcral hasta la llegada de los dirigentes de Helkelen Lara, los cuales, para la mejora de la situación, no tardaron en llegar.

La sorpresa para todos era la llegada, junto al habitual comité helkeriano que acompañaba a Hathol y Zirakzirak, de tres extrañas figuras ocultas bajo extensas capas. Sorpresa que no disminuyó cuando tras entrar éstas las últimas en la tienda, tras los dirigentes de Helkelen Lara, se deshicieron al fin de las capuchas que escondían por completo sus rostros.

-¡Por las barbas de Eru que diantre es esto!-

Las palabras de Ílimo pareció flotar en el aire unos instantes durantes cuales se prolongo un silencio tenso en los cuales las miradas de los allí presentes, salvo las de Hathol y Zirakzirak, como las de los tres objetos de aquella admiración, no se desviaron ni un momentos de los rostros de los hombres de Lempë Ohtari, de los cuales resaltaba claramente la presencia de su máxima mandataria, Yárfaila.

-Esto amigos míos, es precisamente el asunto que aquí nos ha traído- decidió decir al fin Hathol tras tener tiempo para aclararse la garganta y poner punto final a aquel más gélido silencio.

AIKWA ORON

La velada había terminado en una alegría agridulce, los señores de Lempë Ohtari habían depuesto las armas contra las cuatro facciones firmantes de Tabarcerta y habían pedido su ingreso en el tratado. Y aunque el apoyo de Lempë Ohtari a su vecino reino de Eirë Esteldor había sido desde el principio incondicional, las cosas parecían haber cambiado mucho desde entonces, y aunque hubiesen sido enemigos de antaño, ninguna de las cuatro facciones se opuso a su ingreso. Con ello concluía una cadena de obstáculos, permitiendo así terminar al fin con el verdadero problema, el reino de Eirë Esteldor. El cuál, al menos en lo que le concernía a Liantari Dimbar, había apoyado a los rebeldes de la provincia de Edon, colindante con las tierras de Eirë Esteldor mediante la ciénaga de Nenvarnë, en su lucha contra el emperador Yago Yuri Edon.

Tras ello y tras compartir los informes de cada uno y plantear la nueva estrategia a seguir abandonaron finalmente la tienda.

Hubieron marchado ya todos sus aliados, tan solo las huestes de Liantari Dimbar restaban ya de ponerse en camino, pero aquella espera termino al concluir el segundo día. Cuando Daedril, hijo de Orodril y Dyshira, llego al mando de una hueste de cien enanos y trayendo consigo monturas wuargo y oki-saurog (grandes reptiles de las cavernas de Montañas de la Brisa).

¡Saya Daedril Oniroga! ¡Saya Dyshira Rogha! ¡¡SAYA!!

Bramaron las huestes ranquendi al verlo llegar.

“¿Saya Orodril Roga no?, malditos cerdos”. Orodril dio la bienvenida a su hijo quien era casi una replica de él salvo por el color de su piel, heredado totalmente de su madre. Este bajo del caballo en el cual montaba y saludo a su padre en un ademán entre el adecuado estrechar de manos y el abrazo contenido.

-Tienes preocupada a madre-

-Y para eso vienes tu ¿para acabar por desesperarla?- sonrió Orodril alegre de volver a verlo.

Puestos finalmente en camino se dirigieron hacia Aikwa Oron, que escondía tras sus montañas, de un frondoso verde salvo las despejadas cimas, la ciudad de Caras Aelin, su objetivo.

La travesía por aquel sendero de cabras era lenta, pero que contendría la ventaja de la posición elevada una vez hubieran llegado a su cara sur. Mientras tanto Uzab Kibil debía seguir la marcha por senderos que si ya para elfos y hombres eran bastante dificultosos lo era mucho más para el y sus congéneres.

Uzab alzó la mirada para vislumbrar el trecho que aun le restaba para alcanzar el camino de bajada cuando junto a la cima descubrió una serie de figuras. Aún a pesar de la distancia la majestuosidad y la inmensidad de las Águilas eran bien palpables. Tausereg y Orodril que también se había percatado de la presencia de aquellas aves, al igual que algunos soldados, llamaron a la tranquilidad y la cautela, haciendo su marcha aun más lenta, y desviándola más hacia la parte más alejada del centro montañoso por evitar una posible confrontación con aquellas bestias.

Salvado aquel obstáculo alcanzaron al fin la cara sur de Aikwa Oron, alcanzándoles así los fuertes vientos del sur de la que hasta hacía bien poco les habían resguardado las montañas.

-Si el tiempo continúa así tendremos serias complicaciones en nuestro asalto- comentó Orodril al enano apostado junto a él en la parte más elevada de donde descansaba el ejército.

Uzab asintió y echo una ojeada al despliegue de soldados situados más abajo, una buena ventaja numérica según sus informes, pero nada que pudiera vencer a los elementos, ni siquiera alguien tan cercano a las entrañas de la tierra como Taursereg quien descansaba junto a las bestias de monta cerca de la zona donde la montaña volvía a ser bosque un bosque frondoso.

Orodril que siguió la mirada de Uzab también contempló como de repente unas cuantas bestias abandonaron su lugar frente al cambiapieles y unos cuantos soldados, tras, al parecer, la llamada de Tausereg, se internaron en el bosque.

Intrigados, ambos bajaron hacia donde se encontraba el cambiapieles, justo a tiempo para ver como los soldados que hacia un tiempo habían penetrado en el bosque traían consigo unos cuantos hombres con las manos atadas a la espalda a nivel del codo y muñeca.

-Perdimos a uno que desapareció, al vernos, rodando cuesta abajo. Quizás haya muerto tras esa bajada, pero el terreno era escabroso a aquella altura, pues ni siquiera las bestias se atrevieron a seguirle por aquel lugar.- informo el soldado de más alto grado, un cabo primero -¿Qué queréis que hagamos con el resto?-

-Sacadle toda la información que podáis, y si aún les queda aliento con el que respirar, custodiadlos- ordenó Orodril. - ¿El otro sigue vivo?- pregunto dirigiéndose esta vez al cambiapieles.

-Me temo que si, aunque quizás pueda ocuparme de ese contratiempo.-

-No hará falta, guíame hasta él, prefiero llevar este asunto personalmente.-

Tausereg asintió -Como quieras- y tras un breve silbido un gorrión acudió a su mano, el cual tras breves siseos del cambiapieles, volvió de nuevo a marchar.-Él te guiara hasta él.

Llamando el elfo a su caballo y montado con premura en él, Orodril siguió a la pequeña ave a través del bosque.

-Para la próxima ocasión te sugiero que le des un guía aún más pequeño- le comento Uzab al cambiapieles una vez el elfo hubo marchado.

Taursereg sonrió, y su sonrisa pareció inundar de luz su rostro, como la luz de unos alegres días hacia tiempo olvidados. Viendo aquella sonrisa, el enano descubrió que era la primera vez que veía sonreír al cambiepieles, envuelto siempre en un sombrío manto similar al que parecía llevar consigo el elfo y quien sabe si también él mismo.

La noche alcanzó a Nheomer aún en las entrañas del bosque. Herido tras la larga caída, avanzaba entre relámpagos de dolor, embargado a la vez por el inmenso frío de la noche.

Una punzada de dolor le recorrió la espalda y la punta de una espada que se había abierto paso por su cuerpo se hizo en su pecho, para desvanecerse con la misma rapidez por el mismo camino.

Los ojos vidriosos de Nheomer contemplaron asombrados la figura que se erguía tras el mientras que la sangre que brotaba de su pecho y de sus labios. La figura tomo con una mano su cuello delicada pero a la vez fuertemente y atravesó de nuevo su cuerpo con la espalda esta vez a partir del pecho.

La mirada de Nheomer se volvió aun más nublada, hasta llegar finalmente a la inmensa negrura. Notando poco a poco el frío, notando poco a poco la llegada de un inmenso cansancio que parecía adormecerlo, alejándolo del dolor de su cuerpo.

Tanye i tië

Nheomer se alzó de nuevo, el elfo que lo había matada se encontraba arrodillado junto a lo que indudablemente había sido instantes antes su cuerpo, pero ambas figuras se encontraban ahora difuminadas en una inmensa oscuridad. No así para su sorpresa una multitud de lo que parecían ser almas de diversas criaturas, elfos, hombres, enanos, orcos… Todas ellas le contemplaban a él y él las contemplaba a ellas aunque en su caso con gran asombro. Los más cercanas a ellas, y las de al parecer mayor número, parecían haber pertenecido a guerreros elfos, los cuales iban ataviados con aun con sus armaduras y armas en cuyos escudos se encontraba dibujada el perfil de una mano alzada al cielo en lo que parecía una señal de suplica y bendición en lo que parecía haber sido plata en mitad de un circulo celeste en el cual se dibujaban líneas verdes, cobrizas y doradas representantes de ramas y hojas dándole la imagen de un bello mosaico.

-¿Quiénes sois?- croó Nheomer finalmente.

-MI NOMBRE ES LEGION. PUES SOMOS MUCHOS.- proclamaron las almas a la vez, tras lo que dieron un paso más hacia él.

Asustado Nheomer se llevo la mano a la empuñadura de su espada, y sacándola de su cinto la blandió contra las almas que se le acercaban. Sin que se llegase a percatar las almas le rodearon y pronto calló en un mar de brazos y filos afilados que lo sumergieron en el mar espectral.

-VENGANZA- se alzó de nuevo la voz más rotunda a causa de su nueva adquisición.

-Los muertos han hablado.-

Orodril dejo recaer de nuevo el rostro de aquel hombre y montó nuevamente en su caballo. Ahora Caras Aelin no le guardaba secretos, la hora había llegado.

¡LIANTARI AI-MÊNU!

El viento rugía sobre la explanada haciendo crepitar las ramas de los árboles y entrechocar sus hojas.

¡Baruk Gathol-Kheled, bundu!

La voz de Uzab-Kibil resonó en la explanada haciendo que más de un centenar de enanos adelantaran filas.

Rukhs gatholu

Gobiluzab gatholu

¡Khazâd ai-mênu!

¡Feleksharthûr aya gathol!

Los cientos de piedras lanzadas por los enanos sobrevolaron los cielos, sin ser afectadas notablemente por los fuertes vientos, replicando en los muros de Caras Aelin, en los escudos de sus soldados y en sus cabezas.

¡Saya Dyshira Rogha!¡Saya Lûmë-rogha!

¡¡GHÂSH!!

Las grandes catapultas manejadas por trolls se sumaron a la lluvia sostenida por los enanos, dirigiendo las grandes piedras a portales y altos de la muralla. Mientras que los ranquendis seguidos de los hombres de oriente recorrían a la carrera la distancia que los separaba de las murallas, los primeros en wuargos y oki-saurogs, los segundo a pie.

Llegando éstos a su destino al fin, enanos y trolls cesaros los disparos y tomaron sus pesadas armas. Había comenzado la hora del martillo y el hacha.

Sorprendidos por el cese de fuego, muchos de los solados esteldilis que habían dejado sus puestos junto a la muralla, se apresuraros a tomar de nuevo sus posiciones. A sus pies el enjambre liantari ocupaba la escasa llanura desde la muralla hasta el bosque. Tomaron arcos, tomaron flechas, y una nueva lluvia de flechas surgió de la cima de Caras Aelin. Aullidos de dolor surgieron de las filas liantaris mientras que los arqueros cargaban de flechas de nuevo sus arcos, se acercaron de nuevo al muro y para su atónita sorpresa decenas de enormes lagartos aparecieron súbitamente sobre la muralla, cada uno de ellos montado por un ranquendi armado con escudo y espada.

Abiertas sus puertas bajo los martillos, y arietes de los trolls, e invadidos sus muros, decorados ahora con ramilletes de escalas, la ciudad de Caras Aelin comenzaba a arder bajo la llama de las teas.

Abierto el paso, Uzab, Tausereg y Orodril, junto a su hijo, avanzaron junto con la retaguardia sobre la alfombra de amigos y enemigos que poblaba ahora el suelo. Superando los portones que descansaban sobre el suelo, entonces marchitos a causa del fuego, avanzaron sin preámbulos hacia el centro de la ciudad, hacia la plaza de los nainiri, ignorando la lucha encarnizada que se llevaba por el resto de la ciudad y concentrándose únicamente en los edificios del palacio de los nainiri y Daonlathas, donde los señores de la ciudad resistían con la mayor parte de sus fuerzas el avance liantari.

Hay tres grandes verdades sobre la guerra. No hay mayor fuerza que la del miedo, no hay mayor deseo que el de poder ver el romper de un nuevo día, y la fundamental, no hay plan alguno que prevalezca tras el contacto con el enemigo.

Arrinconados por el fuego que alcanzaba ya el centro de la ciudad, acosados por las huestes invasoras, la resistencia esteldili hizo resonar entre el estruendo de la batalla el clamor de sus cuernos

Agrupados en apretada formación las huestes de Eirë Esteldor, montadas a caballo (ya fuera de uno en uno o de dos en dos, dada la escasez de aquel animal) y armadas con lanzas y espadas, chocaron con fuerza contra la parte frontal de las filas liantaris, haciendo tambalearse al gigante y permitiendo el escarceo del menguado defensor.

¡Gorë am Lûmë!

El grito de su hijo hizo desviar la mirada de Orodril de sus compañeros heridos, del los cuales Uzab respiraba con dificultad a causa de las graves heridas de su pecho.

Daedril embriagado de victoria cabalgaba en persecución del enemigo, y Orodril temiendo un mal fin para su hijo cabalgo hacia él llevando una docena de hombres, pero flechas a su espalda trunco su propósito, haciendo el día noche, y haciendo su victoria sueño.

[Editado por Thauld el 28-10-2006 11:29]

Nowë

Noldolantë

Caras Aelin. La Grande. La Republicana. La Ciudad del Lago. El orgullo de Esteldor. La Cuna de saber…

Muchos han sido los nombres con que los cronistas e historiadores han nombrado a la bella ciudad de los esteldili a lo largo de los breves años en que fue una tenue esperanza, un halo de luz, en un mundo lleno de sombras. Mas ninguno fue más justo y acertado que Amilessë, como la aclamó en su Quenta Esteldor el sabio ñoldo Quendingoldo.

Y aún hoy, cuando ya hace tanto que llegó el ocaso del país y su orgullosa ciudad no es más que una ruina, vestigio del inexorable paso del tiempo, se sigue escuchando su nombre en tabernas y posadas, junto a los cálidos fuegos de los hogares, atendiendo a las pasadas historias sobre esa urbe y las gentes que allí vivieron. Y de esas historias, ninguna evoca mayor tragedia que la destrucción de la ciudad por parte de un ejército liantari, en el año 234 de la Segunda Edad del Sol.

Dejadme, no obstante, que os describa como era Caras Aelin en los días de mayor esplendor de la república, antes que la desgracia se abatiera sobre sus gentes.

Encerrada por el gran lago de Ael Ethelë, la ciudad se levantaba a los pies de las majestuosas cascadas que, al paso del río Falmarin por la estribación más austral de la Aikwa Oron, rompían con fiereza formando blanca espuma.

La topografía de la isla presenta escasos accidentes y sólo al norte se puede encontrar algún promontorio. El más alto de todos ellos, la colina de la Fios, también llamada Forostar, hospedaba la Asamblea de Esteldor, donde los gobernantes de la ciudad se reunían y en parlamento debatían acerca de los asuntos del país.

Y en la cumbre, una alta torre, labrada en pulida piedra, dominaba la extensa planicie que se abre al sur de Caras Aelin, la fértil campiña de Pelerindo. Un fuego ardía perpetuamente en la linterna de Mindon Estel, tal era el nombre de la alta torre.

Un fuego cuyo destino estaba sellado al del país mediante una profecía vaticinada por Arabeth la vidente en los primeros días de Esteldor. El auspicio auguraba que el ocaso de Esteldor llegaría cuando la última llama del fuego de la Mindon se extinguiera. No le faltaba razón como luego se demostró.

La ciudad, edificada con esfuerzo por los primeros esteldili, fue diseñada por la renombrada arquitecta Serkiel, dama de Nargothrond, que más tarde muriera, defendiendo las altas murallas de Halatiryon en el saqueo de la ciudad en el año 228 de la Segunda Edad.

La ñoldo, dividió la ciudad en seis barrios, unidos en el epicentro de la ínsula por la gran plaza de los nainiri, sede del gobierno y ubicación de los majestuosos edificios que los mencionados nainiri ordenaron construir para gloria y beatitud del país. El Daonlathas, la Casa del Pueblo y los palacios del gobierno son ejemplos de estas grandes construcciones.

Al oeste de la plaza se hallan el barrio de los artesanos y el de los milites, cruzados por la Calzada Mayor, que unía la magna plaza con el Puente de los Ñoldor, nombre que tomó el gran puente que uniera la ciudad con el Camino de los Canteros.

Construida sobre el puente de muchos arcos se levantaba la Garita del Frontero, nombre que tomaban las Puertas de la Ciudad y donde antaño los aelitas pusieron el límite del país.

Junto a la Garita, se encontraban las pocas construcciones militares que se podían hallar en la ciudad. El alcázar de Calenglin, dagor nainir, labrado sobre la roca, es el único edificio de la ciudad que cuenta con muralla como tal. Amparados en la geografía de la isla, los esteldili jamás pensaron en rodear la ciudad con sólidos muros, encerrándose en ellos, y así fue hasta la caída de la ciudad.

El barrio de los milites, conocido por los aelitas como “el laberinto”, es, con todo, el más pequeño y antiguo de Caras Aelin. La estrechez de sus calles, el peculiar trazado y la imperfecta mampostería son la huella ineludible del progreso del pueblo de la esperanza.

Más tarde, con la llegada de Serkiel y otros hábiles artesanos elfos, el trazado de las nuevas calles fue tornándose más amplio y menos errático. Vastos jardines y altas mansiones fueron expandiendo el tamaño de la ciudad, encerrando el viejo barrio del laberinto y llegando a atravesar la caldaza mayor al sur y la plaza magna al este, haciendo del barrio de los artesanos el más extenso de cuantos conformarían la ciudad.

Más adelante, con las grandes migraciones que siguieron a la destrucción de Beleriand en el lejano oeste y al cambio de Edad, la población creció y un nuevo barrio se germinó con las espigas de los exiliados en los aledaños del bello barrio de los artesanos, alcanzando la orilla más austral de la ínsula. Empero, en esa época los hábiles constructores elfos se hallaban dispersos por el país, erigiendo nuevos pueblos y ciudades, mientras que “El Espigón”, como se bautizó al nuevo barrio, crecía al gusto de los recién llegados. Esto hizo de El Espigón el punto arquitectónico más heterogéneo de Caras Aelin y quizá de todo Esteldor, alternando las anchas y arboladas avenidas de sindar, ñoldor y edain con las abigarradas construcciones de los hildor y las livianas obras de los elfos silvanos.

Con la colonización del país rico en caballos de Lamanlára al este y el incipiente comercio con las ciudades de Ringil y Halatiryon al noroeste, la ciudad demandó almacenes, comercios y otras infraestructuras necesarias para soportar el nuevo negocio.

Así, una nueva calzada empedró el suelo de Caras Aelin y un nuevo puente se alzó sobre Ael Ethelë en poniente, facilitando los pasos a la capital y uniendo las urbes más importantes del país mediante trazados y seguros caminos. La Caras Aelin más cosmopolita estaba por llegar.

Adyacente a esta nueva ruta de riqueza, se fue formando un nuevo barrio, Mankale, y muchos de los comerciantes de la ciudad y de otras regiones se mudaron aquí, enriqueciendo desde su nacimiento al nuevo barrio. Una gran plaza, sede del mercado y las grandes cuadras de la familia de Kelusse, propietaria de muchas tierras en Lamanlára, se convirtió en el bullicioso centro de comercio de Caras Aelin.

Los edificios de Mankale, más prácticos que bellos, se agolpaban sin ningún orden contra la carretera de Poniente y la plaza del mercado, alternando las lujosas mansiones de los ricos hacendados con los pequeños chamizos de tenderos y abaceros.

No obstante, el acelerado ritmo de progreso que sufría el barrio de Mankale provocó la construcción de improvisadas casuchas y tenderetes, nada seguros, que causaron más de un incendio. Al fin, tras muchos años aguantando esta situación, los nainiri decretaron un edicto que prohibía toda obra sin la aprobación de la Asamblea. Esto supuso grandes disturbios que fueron aplacados por un nuevo e influyente personaje en el gobierno: Báldor. El nuevo senador de comercio aplicó un severo orden, derruyendo numerosas edificaciones y expropiando terrenos. Jardines, fuentes y plazas sustituyeron las innobles construcciones del periodo anterior y al fin, la ciudad aplaudió la labor de Báldor.

Al norte del Mankale y al este del antiguo barrio de artesanos y milites, se hallaban las escasas colinas de la ciudad y la Forostar. Desde antaño, los aelitas más adinerados y más influyentes, construyeron allí sus moradas y los palacios de Jade, Nowë y Nyrath, importantes senadores, se hallaban allí. Las empinadas cuestas y altos árboles del “Barrio Real”, como lo llamaban socarronamente los aelitas, hacían de él la zona más hermosa de Caras Aelin.

Y por último, al sur del bullicioso barrio del los mercaderes y junto al Espigón se erigía el último de los barrios de Caras Aelin: Falmar. Pese a ser una ciudad encerrada por un lago, el único puerto, aunque vivaracho, se alzaba aquí. En esta parte, la isla se abría formando una amplia ensenada y, desde el muelle de Falmar, partían los barcos por el navegable Falmarin hasta el austral puerto de Athlone, en la frontera del país.

Milicianos, estibadores, maleantes y un compendio de todas las profesiones conocidas se hacinaban en el pequeño barrio portuario. Si existe algún lugar con gentes de lugares tan distintos como Falmar, yo, cuando menos, no lo he conocido.

Sólo un nainir tiene aquí su vivienda. Eardín, el enamorado del mar, errabundo pasa largas horas en lo alto de su torre observando, a través de sus penetrantes ojos élficos, el lejano mar.

Así era la populosa y venerada Amilessë que narró Quendingoldo en los días de Kelusse, domador de potros y de Nowë, constructor de ciudades.

Mas, en este mundo mortal, nada ha de perdurar y en el año 234 llegó con la aurora temprana de dedos de rosa una poderosa hueste, ávida de riquezas, a las puertas de la ciudad y que sepultaría para siempre la eterna belleza de Amilessë inmortal.

Las huestes de la Reina Araña las lideraban mortíferos enemigos de Esteldor. Gabil Kibil, el del alto penacho, el misterioso Taursereg y Orodril homicida, conocido por Morquarë en esos convulsos tiempos.

Hordas de enanos, hombres, elfos, trolls y otras bestias jamás vistas con anterioridad vivían y morían bajo las órdenes de estos tres comandantes de Liantari.

Enfrente, las mesnadas libres de Esteldor. Pocos, en verdad, pero aguerridos. Hombres, elfos e incluso algún enano, venidos de todas las regiones del país e incluso de lejanas tierras, combatían por los ideales de la república, por los ideales que simbolizaba Amilessë inmortal.

Nowë, el héroe constructor de ciudades, Báldor, fecundo en ingenios e Iaurandir divino comandaban la hueste por Esteldor, dispuestos a que se narrara en epopeica prosa, la batalla que habían de librar.

La mañana era fría. La hueste de Orodril homicida se alineaba en el llano que el Camino de los Comerciantes abría junto al lago de Ael Ethelë, a escasa distancia de la línea de las mesnadas esteldili, formadas delante del puente y Amilessë divina.

Un viento poderoso rugía elevando al cielo los bramidos de los guerreros de Liantari. Entre ellos y en primera línea formaban los aguerridos enanos de Uzbad Kibil, envueltos en colérica furia. Una vieja rencilla con el elfo que lideraba la hueste aelita, inflamaba el ánimo del naugrim aquel día.

Vestido con espléndida armadura, Nowë, el de broncíneas grebas, lidiaba en el centro de la hueste al mando de los inmortales elfos, todos vestidos de bronce. Los bravos infantes hildor de Báldor formaban a la derecha de Nowë y la siniestra del ejército la ocupaba Iaurandir divino con los bravos jinetes lamanlitas y las fuerzas aliadas.

La batalla había ya de comenzar.

El estentóreo aullido del señor de Kibil, de tronante pecho, resonó en el llano y una nube de piedras lanzada por trolls y enanos surcó el cielo hacia la hueste aelita. Pronto, los arqueros esteldili respondieron con incontables flechas.

Ambas huestes se protegían con los ovalados escudos y a pesar de la efectividad de estos ataques, más podían las ansias de los contendientes que presagiaban la brevedad del intercambio de proyectiles y lo inminente de la lucha.

A una orden de Nowë, el de broncíneas grebas, la pesada infantería élfica avanzó en compacta formación. Al frente, los orientales de Taursereg corrían a su encuentro en veloz carrera. Sin embargo, las ordenadas filas de los elfos continuaban con su cadencioso paso, embrazados sus escudos, alcanzando a los guerreros enemigos con sus agudas picas sin alterar la formación.

A pesar de ello la carga de los orientales no se detenía y corría riesgo de ser aplastada por los infantes de orejas puntiagudas.

Entonces, un gran cuerno retumbó en la pradera y los pesados trolls, acompañados de los naugrim cesaron en sus disparos. Aferrando sus grandes hachas de cortante filo iniciaron la carga, prestos a socorrer a los orientales. Orodril no estaba dispuesto a perder la iniciativa por la inconsciencia de los salvajes.

En el otro campo, el esforzado Báldor se caló el dorado yelmo y embrazando la égida aelita ordenó a sus huestes el imperioso ataque.

La batalla era encarnizada y sin cuartel. Las menguadas fuerzas esteldili lidiaban con valor y brega. Entre ellos, los héroes Báldor y Nowë despojaban a incontables enemigos. Empero, los guerreros liantaris no parecían tener fin. Cuando uno caía, rápidamente era reemplazado.

Mientras la vanguardia aelita aguantase, Amilessë divina estaría a salvo del fuego y el llanto.

A pesar de la inferioridad numérica, Iaurandir divino aguardaba con sus jinetes. Los guerreros montados de Orodril homicida aún no habían hecho aparición y no tardarían. Debía esperar.

Al fin, cuando el atardecer venturoso ocultó el sol, Orodril dio la orden y sus legiones de ranquendi, montados sobre lagartos gigantescos, atacaron. Los jinetes lamanlitas acudieron sin demora a su encuentro, chocando contra las veloces bestias del ingenioso Morquarë.

Estaban ya pues todas las piezas sobre el tablero. La fortuna había de dictar quién sería el vencedor, el elegido por los dioses.

En el centro de la línea liantarista, Uzbad Kibil, de tronante pecho buscaba con denuedo a Nowë, constructor de ciudades, afanoso por derribarle y llevarse para si la gloria. Y hubiera sido suya si el héroe aelita no hubiera embrazado a tiempo su escudo cuando el enano le atestara fatal golpe con su afilada hacha.

Al fin, elfo y enano se enfrentaban en buena lid. Tras intercambiar mortales golpes, el naugrim alcanzó al fin la rosada piel del ñoldo, derribándolo con dolorosa herida. Se disponía a rematar a su mortal enemigo mas la suerte le fue esquiva pues tropezando con aviesa piedra, trastabilló, y la gloria le fue arrebatada.

Entonces Nowë, el de broncíneas grebas asió su pica y clavándola en la axila del señor de Kibil, retrocedió entre sus huestes, buscando recuperar el resuello.

Entretanto, los guerreros de Báldor perdían terreno ante el empuje de los trolls que, inexorablemente, les arrinconaban contra la orilla del lago a pesar de los esfuerzos. El bravo Báldor se batía con jamás vista valentía, rodeado de enemigos, manteniendo al enemigo a raya allá donde su espada se alzase. Y allí hubiera perecido el no menos esforzado de los nainiri si Eurato, amigo fiel, no hubiera abierto brecha entre los incontables adversarios que le acosaban, alejándolo. Con ello, aún habiendo salvado la vida del esforzado edain, la línea había sido quebrada, dispersando a la hueste. Sólo el leal Eurato y el dañado Báldor retrocedían con orden, formando una última defensa sobre el orgulloso puente de muchos arcos.

El flanco se deshacía, los jinetes de Iaurandir divino caían superados en número por las huestes de Orodril y en el centro, el malherido Nowë y los infantes elfos retrocedían en un campo sembrado de cadáveres.

Con la llegada de Tilion, el arquero argénteo de barca plateada, la última defensa de la hueste aelita al fin cedió. El campo estaba perdido.

No obstante, aún podían defender el puente. Advirtiendo esta situación, Iaurandir divino espoleó a su blanco potro cegando con blanca luz a cuanto enemigo emergía a su paso y conteniéndolo con la bravura de su ánimo, concedió el tiempo suficiente a los valerosos guerreros esteldili para llegar al puente de muchos arcos.

El divino esfuerzo del eterno maia agotó sus fuerzas y cayendo del caballo, sucumbió en un sueño inconsciente.

Al pie del puente, Báldor, fecundo en ardides, asió del brazo a Nowë, par entre iguales, y con prudentes consejos le conminó a replegarse a la Garita del Frontero, donde la última defensa había de ser dispuesta.

Los animosos infantes del héroe edain embrazaron una vez más el pesado escudo y la broncínea pica, formando ante la horda enemiga, decididos a morir al lado de tan esforzado guerrero.

Canta, ¡oh, aedo!, la caída del héroe Báldor, último de todos sus hombres, en defensa del puente, bravo entre bravos. Herido por incontables adversarios, al fin el titán cayó y, evitando la parca, se arrojó al lago. No pocos enemigos encontraron la muerte antes de la caída del valiente Báldor.

Un rugido de victoria cundió entre las huestes liantaris al caer éste y, creyendo conquistada la gran ciudad esteldili, se lanzaron a la carrera, deseosos de llegar a las puertas.

Ahora bien, en aquel lugar les aguardaba Nowë, último protector de Amilessë, presto a defender sus puertas. Le acompañaban doce compañeros, los últimos aelitas que en pie quedaban. Cara sería la victoria para Liantari Dimbar, cara sería la osadía de traspasar el umbral de Caras Aelin.

Y allí, tras haber sido derribados uno por uno sus compañeros, junto a los portones de Amilessë cayó Nowë, el de broncíneas grebas, en el mismo instante que un soplo de cálido viento extinguía la llama imperecedera de la Mindon Estel.

A las puertas de Amilessë celestial caía Nowë, constructor de ciudades y con él el último baluarte de la ciudad.

Amilessë estaba perdida.

Y Así fue cantada la caída de la ciudad por Quendingoldo, el ñoldo, y la llamó Noldolantë, en honor al elfo caído defendiendo sus puertas.

Naredhel Anariel

Liantari Dimbar ha perdido 41 armadas x35= 1435 puntos.

Recuperables: 1435 puntos. Usando el poder especial de Marneuss.

Valoraciones: 9.3+7+8+9.7 = 8,5

Recupera: 1220 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 110%, por este concepto recupera 385 puntos. Total recuperacion: 1605 puntos.

No pierde puntos.

Eire Esteldor ha perdido 57 armadas x35= 1995 puntos.

Recuperables: 658 puntos.

Valoraciones: 8,7+9,4+8,5+9= 8,9 Acarrea sanción por exceso de palabras de 0,25 puntos de la nota total = 8,65

Recupera: 570 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 130%, por este concepto recupera 455 puntos. Total recuperacion: 1025 puntos.

Pierde 970 puntos.

Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Liantari Dimbar por abandono de la batalla.

Eirë Esteldor entrega 600 monedas a Liantari Dimbar por el saqueo de Caras Aelin.

Heren Fanyarëa no ha enviado sus valoraciones, por lo que es sancionado con 100 monedas.

Nota: recemos juntos una oración por el descanso de Nowë. ¡Ojalá pronto pueda descansar del mundo en Valinor la Bella!

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