La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 44 - C4 Realengo De Farothdim Vs C1 Eirë Esteldor

2006:11:09:10:50:19

Naredhel Anariel

Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate

Armadas perdidas por "Realengo de Farothdin" = 8

Armadas perdidas por "Eirë Esteldor" = 16

Victoria para Realengo.

Se produce el saqueo de Halatiryon.

Ílimo

En la batalla no debería haber más sentimiento que el que resbala por la hoja de nuestra espada. Cuando notes que la piedad refrena tu acero y que tu mirada se entretenga en la del adversario, por tu seguridad, repara hacia donde corren sus manos.

Axioma de la Orden del Lirio

Los ejércitos de I Nandaro se extendían ahora bajo las llamas de sus antorchas, cobijados por un cielo sin nubes agujereado de estrellas. Se habían desplazado desde el norte hacia las regiones de Talankaya, acampando lo más cerca posible de Halatyrion, al abrigo de los lindes de Hyarmenassea. El viento húmedo que venía del bosque de las hojas del sur traía ecos de tristeza que acunaban los estandartes de las Casa Del Lirio y de La Rosa.

Ílimo echó atrás la lona que daba paso a su tienda, sentía sus músculos en tensión tras el entrenamiento, dispuestos a balancearse y fintar contra cualquier dirección que revelase una amenaza. Entró pensando que aquella noche pudiera ser la ansiada hora en que apareciese la esperada señal de las tribus salvajes surcando el cielo de Esteldor. Indicando, así, el momento propicio para abalanzarse contra la zona este de la ciudad. Ílimo apartó una vez mas de su mente aquella tensión previa a la batalla y se quitó las cintas de entrenamiento de las muñecas, despreocupadamente, notando por primera vez el cansancio, “Que Vairë no haya tejido la muerte en nuestros destinos” _ se repetía_ Y fue cuando su atención reparó en una bandeja con una carta que le esperaba en su mesa de trabajo, repleta de mapas de los alrededores de Halatiryon. Se recostó en su sillón para poder alcanzar sin dificultad aquel sobre. Sintió el sudor resbalar por su rostro, sus pulsaciones disminuir. Se quitó la toalla del cuello y se secó la frente para luego tomar la carta de la bandeja. Un sello de cera roja como sangre resaca llevaba impreso el símbolo de la Orden de la Rosa. La letra era cuidadosa y perfectamente encuadrada, revelaba dedicación y perfeccionismo en sus trazos, calma y paciencia en el ritmo, “Impecable” _pensó Ílimo_ "Digno de un Noldor como Isilion" . Sus dedos rompieron el broche de cera y extrajo la carta escrita.

“La batalla por la defensa de la capital de los Ramalië ha sido un éxito, el botín no es grande pero la moral es alta entre los nuestros. Respecto a Narquelië, sigue demostrando su hostilidad innata

como nos advirtió, y hemos comprobado que se empiezan a ver rasgos de humanidad en nuestra capitana. He de reconoceros que, gracias a su mando y gallardía, hemos alcanzado esta victoria.

Espero atentamente junto a Featarya sus instrucciones acerca de nuestro futura estrategia”

Ílimo se recostó en su silla dejando de leer la misiva, disfrutando en soledad de aquel momentáneo alivio. La capital a buen recaudo “¡Vilwe! Si por un momento abandonases las estancias de Mandos y pudieses pasear entre tus ejércitos” _pensó_. La relajación fue a más e intuyó la sensación de lejanía recorriendo su cuerpo. Notaba como su conciencia volaba a la grupa de sus nostalgias y memorias pasadas, como si fuesen pavorosas ensoñaciones más allá de la realidad. Imaginó sus viajes en el pasado, y se vio a sí mismo tiempo atrás, subiendo a las murallas de Halatiryon a festejar el solsticio de verano, el Mankale. Inmerso entre la multitud como uno más, paseando por sus calles ahora sin el bullicio del comercio…y se le reveló de nuevo la imagen del gran mercado al este de la ciudad, el Mankalio, con sus gentes alborozadas, sus comerciantes con ademanes sencillos y frases comunes “tesoro, ¿así te viene bien?” “guapa, ¿ qué te pongo?” resonaban en sus oídos bajo un fondo de innumerables conversaciones, gritos lejanos, mezclados con olores que embriagaban, formas que tentaban a la vista y sabores que se paladeaban en el aire.

Y fue entonces cuando sus recuerdos de viajes pasados, cuando nada de lo que ahora sucedía hubiese sido imaginado, fueron interrumpidos por la presencia de un acólito de la Orden de la Rosa, un elfo de cabellos rojizos nariz respingona y labios llenos, como rasgos mas destacados, envarado de una forma que revelaba inseguridad a la observación de Ílimo.

_ "Dime, acólito, ¿a qué nombre respondes?" _dijo Ílimo con desdén, sin escuchar ni siquiera su nombre, prestando atención a quemar la correspondencia de Isilión en una vela, absorto en las múltiples obligaciones que tenía que repasar una y otra vez.

_ " …hijo de Fenriel, hijo de Lamool Harionen, Aprendiz de las casas de curación..." _dijo revelando un asomo de orgullo y seguridad en sus palabras_

_ "¿Qué quieres?" _interrumpió secamente a su interlocutor, molesto por la intrusión, deseando soltase lo que tuviese que decir y que le dejase solo con sus pensamientos.

_ "Los capitanes Thelidor y Arestel han recobrado fuerzas suficientes y quieren entrevistarse con vos" _dijo escuetamente, como teniendo la respuesta ensayada de antes.

_ "Di a tu superior que prepare la misma casa de curación para el encuentro. ¡No quiero que su salud corra ningún riesgo!"_respondió secamente Ílimo, reprimiendo sus emociones de agrado tras una mascara de transparente seriedad.

Solo al fin.

Se recolocó en su asiento, recuperando el control sobre cada músculo que había tomado la libertad de relajarse. Un despiste como aquel podría haber sido fatal, no podía permitirse otro viaje a sus recuerdos que bajase su guardia, estaba en territorio hostil. ¡Siempre alerta ante cualquier sorpresa! _Sintió el látigo de la conciencia azuzar sus debilidades_. Volvió a oír dentro de su cabeza la voz de Izilsurias sisearle: "el pomo de tu espada lo sujetan tus manos, no los protagonistas de tus recuerdos" _e Ilimó reprimió el deseo de buscar a Izilsurias en sus recuerdos y llegar a ella por telepatía. Volvió a la realidad y apartó de su mente aquel suceso, "de nada vale mirar al pasado si esta ya cerrado" _ repitió en voz alta.

Tomó un mapa de la ciudadela y golpeó su tobillo contra la mesa, notando el contacto de un cuchillo oculto. Sus ropas sisearon y sintió las agujas en sus muñecas, dispuestas para ser lanzadas como dardos en un rápido agitar de mangas. Estaba listo para dirigirse a las casas de curación, preparado una vez más para un posible atentado sorpresa.

Avanzó por las calles a grandes pasos, el ambiente cargado de las hogueras salía a su paso, las miradas se cruzaban con su silueta, notaba los rumores la tensión de los soldados engrasando sus espadas… Aligeró el ritmo y adoptó un paso seguro y majestuoso, ocultando sus debilidades y reservas hacia el porvenir. "Nunca os daré mi palabra de ganar una guerra pero os haré creer en ello" _pensó para sí.

Cuando estaba a punto de llegar, dos sanadores abrieron las puertas de la gran tienda. En el interior el ambiente estaba cargado por el pesado olor de medicinas y ungüentos, se respiraba calidez a la luz anaranjada de los faroles. Un arpa rasgaba la estancia intentando dar un poco de teatral serenidad en aquella antesala de la muerte. Sabía donde tenía que ir, desdeñó la ayuda de dos sanadores que se ofrecían _”Id con los moribundos, aun puedo valerme sin vuestra ayuda” _dijo cortante_ Su carácter se había agriado a raíz de que sus capitanes estaban aun maltrechos, necesitados de cuidado, recluidos allí sin poder luchar por las heridas de la anterior batalla.

Ílimo avanzó a grandes zancadas hacia la parte derecha de la gran tienda. Él mismo había mandado separar aquella estancia para los máximos capitanes. Saludó hoscamente a los guardias inmóviles y desabrochó el mismo los cierres de la entrada. En el interior se encontró una estancia acogedora, caliente, con el suelo tapizado de pieles y los muebles cubiertos de telas, con aromas quemándose lentamente

_ "Y bien" _dijo Ílimo desplomándose cansado en un sillón_ "Soy todo oídos a lo que me queráis decir…"

Empezó Thelidor, tras dirigir una mirada a Arestel, pidiendo la justificación del ataque a la parte este de la ciudad en vez de hacer un ataque en conjunto.

_ "La respuesta se la debo a mis viajes de incógnito, nuestro objetivo es asaltar el mercado de esta ciudad, situado en la parte este " _ dijo Ílimo entrecerrando los ojos_ "El Mankalio es un templete bajo cuyo tejado se encuentran las mercancías de muchos comerciantes. Si golpeásemos ahí con éxito conseguiríamos un buen botín para mantener las tropas acampadas. Y cuando estuviésemos preparados podríamos volver a golpear con mas fuerza sus defensas, cuando estemos una vez mas los tres juntos" _sentenció con intensidad, mirando de frente a sus capitanes.

_ "No me siento seguro en estas tierras extranjeras, deberíamos pensar en resguardarnos en alguna ciudad que conquistemos o fortificar con una empalizada el campamento_ Continuó Thelidor_ "He oído rumores de esas tribus salvajes, están pasando información, pero no son de mi agrado. ¡Nos están tendiendo una soga mientras nos prometen su lealtad!, ¡nos quieren lanzar contra los muros de Halatiryon para luego ser nosotros los siguientes! "

_ "Los enemigos de la República de Esteldor son nuestros amigos, Thelidor." _dijo socarronamente_ "He tanteado la posibilidad de que algunos de estas tribus salvajes se alisten como mercenarios en la facción del Lirio. Sus capitanes no pudieron evitar mostrarse entusiasmados ante esa posibilidad."

_ "¿Destinar el botín de guerra para alistar mercenarios? Es algo que tenemos que tratar a fondo si consigues sacar algo de tu ataque al mercado"_ dijo Arestel mostrándose escéptica_ “seamos cautelosos, no sabemos hasta donde alcanza su lealtad.”

_ "¡ Empuñarían sus armas con odio!, serían la vanguardia de nuestras filas, los primeros en caer…"_repitió Ílimo con intensidad.

_ "El odio es voluble"_ restalló Thelidor_ "¡puede explotarnos en nuestras mismísimas manos!"

_ "¿ Te arriesgarías a abrir la puerta de nuestro campamento a espías extranjeros? No me hagas reír Ílimo"_ sonrió Arestel_ "S¡ ahora no ganas para preocupaciones...Como vivirás con ellos aquí."

_"Entonces no se hable más del tema hasta que discurran los acontecimientos" _estalló Ílimo levantándose de golpe_ "¡cuando ponga a vuestros pies el botín, trataremos este tema!. id meditando vuestros pros y contras."

_"Nuestras opiniones son las que oíste, poco puede convencernos acerca del tema…aun así, lo consideraremos" _finalizó Thelidor.

_ "Opino lo mismo, " _continuo Arestel con un tono apaciguador_ "podemos pedir refuerzos a Farothdin sin necesidad de reclutarlos aquí. Estos salvajes no gozan de mi confianza."

_"A los hechos me remito" _dijo Ílimo pidiendo silencio y señalando una ventana abierta a la noche desde donde se veía el horizonte surcado de flechas encendidas en llamas rojas_" ¡Los salvajes han dado la señal! ¡Es hora de tomar el mercado!"

Un estruendo agitó el campamento que se movilizaba. Muy lejos se oía el choque de la artillería castigando las murallas de Halatiryon. Un rápido siseo de ropas indico que Ílimo había salido apresuradamente, dejando las casas de curación.

(…)

Ílimo paró en seco su caballo, haciendo que girase en círculos mientras babeaba por la tensión de la guerra y machacaba nervioso la tierra bajo sus cascos. Observó a lo lejos las escalas ya pegadas a la muralla, repletas de soldados subiendo a las torres cercanas y abriendo la batalla. Abajo, un ariete repiqueteaba contra las puertas de la ciudad al ritmo de unos lúgubres tambores, escuchándose el eco de las órdenes gritadas. Una vez que se hizo una idea de la situación, picó con violencia sus espuelas, dirigiendo al caballo hacia las filas atacantes. Llegó justo cuando se lo propuso, en el momento en que se venían abajo las puertas de Halatiryon. El toque de gracia estaba dado. Entraría liderando a la caballería pesada que le estaba esperando, irían después de los lanceros de la orden del Lirio. Ellos limpiarían la infantería que estaba entrenada para resistir el envite que seguía a la caída de las puertas. "¡Si tuviésemos a nuestro servicio algunas tribus salvajes, este sería su momento" _ rió para sí Ílimo.

Todo siguió su curso como se planeó de antemano, un ataque rápido y de improvisto. Los lanceros estaban inmersos en la lucha y la caballería se abalanzó sobre los Esteldili rompiendo el cerco defensivo. El caos se hizo manifiesto, el ejército de Farothdin entraba por todas partes, desde las puertas y desde las murallas. Ílimo arengó a los suyos para hacer un último esfuerzo, la caballería pesada se agrupó bajo sus órdenes en pequeños grupos que dispensaban muerte entre los soldados enemigos dispersos por las calles y por el mercado. Las llamas se perfilaban sobre lo que parecía una ciudad gran ciudad desierta. Los empedrados se tiñeron de sangre y mercancías machacadas bajo los cascos de la caballería de la Rosa. La infantería se daba al pillaje de toda mercancía de valor o pertrecho enemigo caído en la batalla mientras, los dardos de nuestros arqueros, sembraban la muerte en el perímetro que estaba saqueándose.

Ílimo notó que la guerra estaba a su favor, se podían permitir seguir luchando mientras mantuviesen esa ventaja clara. Absorto en sus pensamientos patrulló en solitario una parte del Mankalio. No había señales de enemigos en aquel perímetro, desconcertante, algo le decía que estaba en peligro, cada célula de su cuerpo estaba alerta ante lo imprevisible. Notó sus músculos tensos como la cuerda de un arco, la armadura acoplarse a sus necesidades de flexibilidad. Su caballo estaba nervioso y los descabalgo por su seguridad, fustigándole para que huyese de allí. y en ese momento percibió algo a sus espaldas, dirigió sus sentidos un instante, lo justo para notar que lo que parecían tres hombres se agitaban contra él, emergiendo de un montaña de frutas. Fue un instante lo que necesitó para volverse sobre si mismo e interceptar la primera espada. Tomó su muñeca con dos manos y partió el hueso, a continuación giro un rápido contragolpe a la nuez de su asesino, matándole en el acto, Dándole el tiempo justo para fintar y dirigir una fuerte patada al esternón del segundo soldado que aparecía a su derecha. Este cayó herido de muerte lo que le permitió centrarse en el tercero que se abalanzaba con todo su peso y bloquear un torpe envite. Ambos cayeron al suelo y El soldado Esteldili tenía una seguridad inusitada que le daba un punto osado que desconcertó por un momento a Ílimo. “¿Qué se traería entre manos aquel suicida? ¿Cómo se precipitaba a la muerte con esa falta de cuidado?” No hizo falta más que un rápido movimiento para dejar caer una daga en la mano del rey y atravesar con ella el bazo del soldado. Cuando notó la fría muerte se desplomó agonizante, susurrando palabras de expiración al oído de Ílimo. Ahí fue cuando I Nandaro supo la trampa del juego, el arma secreta, una aguja escondida en la armadura del soldado se clavaba en su propia carne "¡Veneno!" _restalló sorprendido el rey_. Se desembarazó del cuerpo rodando sobre si mismo y se arrancó una fina aguja de su pierna _"¡Veneno!" _gritó a pleno pulmón entre los puestos_ Los infantes de la Casa de la Rosa lo encontraron aun consciente. Le volvieron a montar en su caballo y evacuaron a Ílimo lo más rápido posible.

_ ”Decid a los segundos comandantes que se reúnan el mayor botín que puedan”_ fueron las últimas palabras de Ílimo antes de ingresar en las casas de curación.

[Editado por gorathion el 01-11-2006 04:04]

Húrin

Todo sucedió en un segundo. Un gruñido desesperado de procedencia desconocida hizo que Jade se volviera a tiempo para ver cómo Hurin se interponía entre la flecha enemiga y su corazón. El hombre cayó sobre ella con tal impulso que ambos terminaron en el suelo enlodado. A pesar de estar atontada por el golpe y sin apenas poder respirar debido al peso del Duin y su atuendo de batalla, lo apartó de sí, con toda la rapidez que su fuerza le permitió, para poder evaluar la gravedad de los daños que su compañero pudiera haber sufrido. El movimiento le arrancó al humano un quejido extraño.

Jade no quería creer lo que estaba viendo, la negra flecha había atravesado el torso de Hurin de lado a lado y la punta asomaba a la altura del estómago. Sabía que no debía moverla porque podría provocar más daños así que hizo jirones su camisa e intentó fijarla con cuidado y taponar la herida; las manos le temblaban tanto que apenas podía sostener la tela, y mucho menos anudarla, por lo que se limitó a impedir, inútilmente, que la sangre siguiera manando, mientras le murmuraba palabras incoherentes dirigidas a alentarle.

Nada de cuanto hiciera parecía funcionar y, en medio de aquel caos, nadie aparecía para ayudarla. Sabía que lo estaba perdiendo y no veía qué hacer. Levantó la vista y, aún entre las lágrimas vislumbró, en medio de la batalla, no muy lejos de allí, a Arose, el escudero del Duin. Reacia a dejar a Hurin, gritó cuanto pudo para llamar la atención del asistente, pero en vista de la ineficacia que tenían sus gritos decidió ir a buscarle. Fue en ese momento cuando la mano de Hurin se cerró sobre la suya pidiendo en silencio que no lo dejara solo. Jade lo miró y sintió miedo de lo que percibió en sus ojos, la resignación de quien sabe que va a morir, la paz de quien sabe que lo hace con honor.

Ella negó con la cabeza oponiéndose a lo inevitable, él esbozó una sonrisa y se esforzó por balbucear palabras que ella no logró entender.

A su alrededor, la lucha seguía más encarnizada que nunca. Los enormes pilares de piedra sobre los que se sostenía el Mankalio temblaron hasta derrumbarse con estrépito, levantando una atmósfera de humo que se extendió como una plaga. El entrechocar de las espadas y el sonido de los cuernos se mezclaba con los gritos de guerra y los alaridos de muerte. Pero para Jade todo había terminado…Hurin había muerto.

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- Señor, la patrulla fronteriza ha enviado noticias.

- Y por tu semblante deduzco que no son buenas. Informa.- Ordenó el Duin en tono serio mientras permanecía sentado.

- La primera avanzadilla de las tropas de Farothdin ha acampado en los lindes de Hyarmenassea, con la caída de la noche toda la compañía habrá llegado allí.

- Eso nos da…¿Dos días?- Preguntó el Duin, más para sí que para los presentes.

- Tres- Contestó la Nainir observando a Hurin, de quién recibió una mirada de advertencia. Resignada, volvió la vista a la ventana.

- ¿Cuántos?- Ante la pregunta, el guardia dejó caer los hombros.

- Demasiados, Señor. – Contestó como en un suspiro.- Y su rey está con ellos.

Aquella información, que parecía arrancar un escalofrío al soldado, provocó que la sonrisa de Hurin apareciera por primera vez ese día.

- No te apures Gelmir, las noticias que traes son alentadoras.- Haciendo caso omiso de la incrédula expresión de los presentes, ordenó.- Busca a Hathor, y tráela en cuánto la encuentres.

Jade se volvió hacia Hurin en cuanto el guardia hubo salido de la estancia para cumplir las órdenes recibidas.

- ¿Para qué necesitas a la curandera?

- No conozco a nadie en la ciudad con un mayor conocimiento en hierbas.- Contestó el Duin como si la respuesta fuera obvia. Jade hizo caso omiso del sarcasmo, no era propio de Hurin pero vivían días aciagos. Si quería respuestas era mejor que se limitara a escuchar.

Cuando la luz de Ithil les dio la bienvenida, ya estaban sentadas las bases de la estrategia a seguir. Quizá Halatiryon caería, pero se derramaría sangre Real en el proceso.

Tras un momento en silencio, Jade se sentó frente él con expresión firme. La luz de la chimenea titilaba a sus espaldas.

- No.- Contestó Hurin con voz cortante antes de que ella comenzara de nuevo la conversación que llevaban manteniendo hacía tres lunas. -Ya hemos hablado de esto- Y se levantó, dejando claro que la discusión estaba zanjada.

- Yo he hablado de esto, tú te has limitado a no hacer ni caso- El Duin suspiró, muy desilusionado ante el escaso poder intimidatorio que tenía con ella.

- No puedo hacer lo que me pides- Jade dejó caer los hombros cansada ante la tozudez de él.- Si no salgo ahí liderando a mis hombres, perderán la esperanza que aún les reste. Lo sabes, igual que sabes que, con sueños o sin ellos, no huiría de batalla alguna.

- Lo sé, igual que sé que si luchas en ésta batalla no saldrás de ella con vida. Igual que sé que si se diera el caso contrario me atarías a esta misma silla para protegerme.- Hurin sonrió mientras se sentaba a su lado, seguramente eso era lo que haría aunque se abstuvo muy mucho de decirlo.

- Jad, pasamos por tiempos oscuros y las noticias provenientes de Caras Aelin han sido un duro golpe – Guardó silencio un momento, el dolor era muy reciente- La mente nos juega malas pasadas y nuestros sueños se ven afectados, pero sólo son sueños, Jad, nada más.

La humana se levantó lentamente, consciente de que nada podría decir para hacerle entender algo que ni ella misma entendía, si Nowe estuviera allí sabría la respuesta, él siempre tenía respuesta para todo.

Tras acceder, ante un Hurin de nuevo hosco, a no volver a sacar el tema, salió de la estancia con sigilo. El Duin, por su parte, sonrió pensando que ella se preocupaba por él y se recostó orgulloso por haber logrado, con paciencia y sensatez, que aquella testaruda muchacha hubiera entrado en razón. Por fin podría olvidar aquella cuestión.

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- ¡¡Dónde está mi espada!! – El rugido del Duin hizo temblar las vidrieras del salón, y los dos soldados que se encontraban allí, enmudecieron.

Hurin se acercó a Arose con paso firme, por lo visto la mirada del escudero encontraba muy interesante los adoquines del suelo.

- ¿Y bien?- Preguntó el comandante en un tono tan calmado como el suspiro de un balrog.

- Bueno Señor, la dama Jade…- Hurin se mesó el pelo.

- ¡Demonios! Debí haberlo imaginado, ¿Ha vuelto ha engañarte otra vez?

- Sí, bueno, no señor- Arose dejó caer los hombros- En realidad no sé cómo lo hace.

- Ella le sonrió, Duin- Explicó uno de los soldados en tono jocoso. Hurin estaba perdiendo la paciencia.

- ¿Te sonrió, y tu le diste mi espada?- No podía creer lo que oía.

- No exactamente, Señor. Bueno, sí. – Reconoció finalmente en tono abatido. Al Duin comenzó a temblarle una vena del cuello.

- Cuando acabe con ella, tú y yo tendremos una charla.- En medio de la frase intimidatoria, escuchó un crujido de faldas y un soldado que susurraba.

- Señora, será mejor que no entre ahí- El afán de protección de sus soldados hacia ella fue más de lo que pudo soportar en ese momento.

- ¡Jade! ¡Ven aquí ahora mismo!- Vociferó, tras una mirada que indicó a los hombres que desaparecieran.

La Nainir, a pesar de estar segura de que quedaría sorda para siempre, plasmó una sonrisa digna de un serafín en su rostro, y fue hacia él con paso calmado. Cuando estuvo a una distancia prudencial lo miró con inocencia. Los ojos del Duin eran apenas dos ranuras.

- No soy un escudero, a mi no me engaña tu expresión- La sonrisa de ella se ensanchó y él, suspirando, decidió ser paciente.

- ¿Te has vuelto loca?- Preguntó con tanta paciencia como un dragón hambriento.- No puedes quitarle la espada a un guerrero.

- Puedo, si el guerrero es tan tozudo como tú.

- ¿Yo soy el tozudo? He envejecido diez años desde que te conozco.

- Hurin, escúchame…

- No, escúchame tu- Había bajado la voz, pero ésta seguía siendo firme.- Lucharé, con o sin espada, aunque tu sueño fuera una profecía, lucharía. – La miró a los ojos para que supiera que hablaba en serio.- Es lo que debo hacer.

- Entonces morirás, y yo tendré que vivirlo, otra vez...

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El atronador ruido de las espadas al desenvainarse dio comienzo a la lucha. Los efectivos de Realengo eran una ventaja que se podía desperdiciar, y ellos lo sabían tan bien como lo sabía el Duin. Entraron a base de fuerza bruta, y aunque por cada hombre de Esteldor que caía, le acompañaba otro enemigo, la diferencia era tan abrumadora que la victoria se hacía imposible.

Parecía que su objetivo era tomar el Mankalio, o al menos eso es lo que Hurin habría hecho de tener que tomar la fortaleza. Un mercado precioso, uno de los más bellos vestigios del Reino de Arador que, reflexionó, seguramente desaparecería por culpa de esta guerra. Hecho con pilares, obra de Serkiel tiempo ha, representaba una vez más el poder cultural de una civilización. Aunque la guerra se perdiera y todo resulta estéril, una obra tan magnífica permanecería de una forma u otra, concluyó el Duin, y eso le dio esperanzas para seguir luchando.

Por si la infantería de Realengo entrando por doquier no fuera suficiente, su caballería hizo su presencia. Afortunadamente, había tal jaleo que casi era contraproducente que hubieran entrado, pues los caballos se encabritaban y tiraban al suelo algunos de sus jinetes. No era así con Ílimo, que entro imponente con él, mas viendo la situación, optó por apearse para luchar a ras de suelo.

Hurin aún recordaba su conversación:

- Gelmir... ¿De verdad tienes intención de hacerlo? – le preguntó

- Lo haré, o moriré en el intento – contestó con una divertida sonrisa

- Eso es cierto – el Duin se la devolvió – Pero... me gustaría llevarlo a cabo yo mismo.

- Veréis Señor... – suspiró - Llevo ya tiempo apesadumbrado. Los soldados de Limpe mataron a mi familia hace unos meses mientras saqueaban mi pueblo, y la mayoría de mis amigos han muerto luchando aquí y allá... Sé que me visteis triste y por eso me encomendasteis la tarea de mensajero, para estar entretenido y no poder pensar, y os lo agradezco, pero la hora de mi destino ha sonado.

- Así sea, pues.

- ¡Gelmir! ¡Gelmir! ¡Ahora!

¡Por todos los diablos! Tengo que hacerle un hueco para que llegue hasta él, pensó Hurin. Apuntó con su espada hacia donde estaba el rey de Realengo, y sus soldados se dirigieron prestos a cumplir la orden. El Duin se quedó cubriendo la retaguardia (en lo que representa una curiosa maniobra, ya que el ejército de Esteldor estaba completamente rodeado, por lo que difícilmente quedaban claros los conceptos de vanguardia, flancos, retaguardia....) y pronto vio a Jade a su lado combatiendo sin mostrar piedad.

Los elfos estaban por todas partes, y ni siquiera para un gran guerrero como Hurin su agilidad pasaba inadvertida. Había tantos... Hurin rebanó un brazo a uno de pelo rubio y rasgos marcados que intentó propinarle una estocada baja, y seguidamente, atacó al que estaba inmediatamente a su izquierda, muy similar en rasgos al anterior. Miró al Duin con odio intangible y éste comprendió que debía de haber sido familiar cercano del rubio; justo antes de aprovechar la inercia con la que era atacado para apartarse manteniendo quieta la espada clavándosela el propio elfo a la altura del hígado. Aún y todo, seguían viniendo más, y cada vez quedaban menos hombres de Esteldor. De pronto, vio fugazmente como otro elfo, situado a una distancia de 15 pies, disparaba a traición a la espalda de Jade. No hubo tiempo de pensárselo, y Hurin danzó con su espada interponiéndose entre la flecha y la bella humana. Intentó que rebotase en su arma, pero falló. Ya no vio más.

El sueño se ha cumplido. Siempre se cumplen... ¡Maldita sea, debí haber hecho algo más! Jade lloraba desconsolada ante la impotencia de haber sido avisada y no haber hecho nada útil por evitarlo. Se agachó para ver la gravedad de las heridas, y observó como la sangre manaba del costado del Duin. Destrozó su camisa y se puso a limpiarla, cuando se dio cuenta de que no brotaba más. De hecho, la sangre que había quitado no era de Hurin, era un vestigio de una de tantas muertes que había causado y había quedado incrustada allí en gran cantidad. Un corselete compuesto de un oscuro metal entrelazado con mithril había impedido que la saeta llegara a perforar la carne del guerrero.

- Mithril y Galvorn- Explicó Hurin apenas consciente.

- ¿Porqué no me lo dijiste? Llevo tres días comportándome como una loca.

- Me gusta que te preocupes por mí. Jade, no me zarandees, estoy herido.

- No Hurin, cuando termine contigo sabrás lo que es estar herido.

En el mismo momento en que Jade, refunfuñando, sacaba de allí a un Hurin herido pero risueño, Gelmir cumplía su cometido y daba su vida por matar al Rey de Realengo. El destino se había cumplido y ahora la esperanza renacía en Esteldor.

[Editado por _Hurin_ el 03-11-2006 22:27]

Naredhel Anariel

Realengo De Farothdim ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.

Recuperables: 184 puntos.

Valoraciones: 9+8.4+8.3+8+7.8 = 8,3

Recupera: 153 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 50%, por este concepto recupera 175 puntos. Total recuperacion: 328 puntos.

No pierde puntos.

Eirë Esteldor ha perdido 16 armadas x35= 560 puntos.

Recuperables: 185 puntos.

Valoraciones: 9+8,4+9,3+9+9= 8,9

Recupera: 165 puntos.

Pierde 395 puntos.

Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Realengo De Farothdim por abandono de la batalla.

Eirë Esteldor entrega 300 monedas a Realengo De Farothdim por el saqueo de Halatiryon.

Realengo De Farothdim recibe 150 monedas por batalla ganada.