Bohr Daedth
...los primeros días de la segunda edad, llovía muy a menudo. Tal vez no hubo sitio en la tierra media en la que convivieran tan cercanos los Eldar y los Naugrim, como en Gabilgathol tras la caída de Beleriand. La ciudad enana había sobrevivido a la emigración de la mayoría de su población, y de todas formas vivieron una relativa paz.
Habían naufragado en las costas del norte de Forlindon, un viaje que en su mayoría llevaba niños y mujeres desde Forlond a Belegost (en Khuzdul, Gabilgathol). Habían desembarcado a salvo, pero aquella tremenda tormenta les había disminuido las esperanzas. Los adultos comandaron la supervivencia, lograron llegar a las laderas occidentales de las Montañas Azules, y allí refugiaron a todos en una cueva.
Aquello no era más que llanto y pánico. Los niños no tenían aún el temple para soportar tales circunstancias, y las mujeres se debatían entre el horror y la protección de sus críos.
El elfo observaba hacia adentro y hacia fuera de la cueva, meditando. Vio que las brazas de una pequeña hoguera comenzaban a encenderse y decidió arriesgarse, si le consideraban un mentiroso o no, no sería problema...
“Oigan, acomódense, algo tengo que contarles...”
Sus palabras entrecortaron la tormenta como un si un ángel hubiese atravesado la cueva arremolinándose contra el frío y el viento y se hubiese sumergido hacia el interior de las profundas grutas. Todos callaron, lo observaron y obedecieron...
“Vosotros conocéis sobre el pasado, la triste historia de la guerra entre nuestros abuelos y las sombras que todo lo destruían. Siempre hubo allí un gran guerrero, un hombre bueno, que marcó la diferencia, y muchos de ellos eran hijos de los hijos de los hijos de otros que se habían ganado el respeto y los dones de los mismos Valar que gobiernan el mundo. Y en presencia de ellos nadie temía, porque la grandeza los acompañaba, aunque no siempre sus vidas terminaran felices, ellos salvaron pueblos y ciudades enteras de aquella destrucción. Pues bien, yo soy uno de ellos, así que no teman, hijos, damas, hermanos...”
“Mi nombre es Thitoron, y soy la Eminencia de Himling, donde nací.”
“La gracia de mi madre es Dënelle, y ella desciende de los elfos de la Casa de Lenwë, que más tarde fue la Casa del gran Denethor, a quien su pueblo amó tanto que tras su muerte abandonaron la costumbre de ser gobernados por altos señores. Mi madre es muy bella y graciosa. Tiene un brillo en la mirada por el que no puede afirmarse que ella sea del todo terrena, en mi madre se ven cosas que iluminan cualquier camino y que permiten caminar hacia antes de que nada existiera... ¡Ja! Eso es lo que me gusta decir de ella.”
“La madre de mi madre tuvo por nombre de nacimiento Denlinessa, por el encanto de su delgadez, su porte y su andar, que aún la conservaban como una doncella la última vez que se la vio en nuestro lado del mundo.”
“Ella más tarde asumió el nombre de Thraneswen, que entre los suyos significaba la Alta Doncella. Tomó aquel nombre cuando tuvo edad suficiente para saber de la guerra e involucrarse en la protección de la belleza de su gente, la que aún hoy conserva la gloria de la música y la alegría.”
En ese momento otros dos elfos compañeros de Thitoron tañeron unas liras, guardando los susurros de aquella caverna del tronar y llover del exterior.
“Ese fue el nombre ‘de guerra’ de mi abuela, nieta del amado Denethor, Thraneswen. En los tiempos de su juventud fue cuando llegaron la hija de Melian y el excelso señor de Dorthonion, herederos del reino de Doriath, a Ossiriand, viviendo como 'eternos' aunque sin poder volver a encontrarse con los vivos. Ellos fueron llamados Altos Señores de Ossiriand, y Thraneswen se regocijó por la esperanza que estos acontecimientos traían. Pero siquiera imaginó lo que habría de venir más tarde...”
“Por otra parte, mi padre es Thurmeldin, el hijo amado, pasó sus primeras décadas en los reinos del extremo oeste de Beleriand, creo que creció en Arvenien. Se formó oyendo las hazañas de Beren Erchamion y de Turin Turambar, y algo en su espíritu lo obsesionó con aquellas historias. Así que cuando tuvo edad suficiente, dejó a su madre y a Gelmir, su padrastro, quien se organizaba para viajar más allá del mar… y huyó hacia la tierra de los siete ríos en busca de los vestigios de aquel Beren el Manco, que había combatido él solo a tamañas bestias oscuras… No halló rastros de Tol Galen, pero allí conocería a Dënelle, mi madre, digna representante de todo aquello hermoso que le habían inspirado las historias de héroes, pasiones y fatalidades, algo por lo que valía la pena entregarse y entregar el alma propia que llevan los humanos. Así que, junto a ella, contribuyó a rescatar a los evacuados de Beleriand. Y salvaron muchas vidas a diario, y recibieron a elfos, enanos y humanos que penaban la Ira de Valinor. Y les ofrecieron la luz de los elfos verdes, y así las gentes tuvieron más fuerzas para atravesar la tierra hacia todo el vasto oriente. Imagino yo que nadie en toda la Tierra Media olvidará a mi padre y a mi madre."
“Volviendo a mi abuela, en tiempos en que Denelinnessa había tomado el nombre de Tharaneswen, ocurrió en Lanthir Lamath un prodigio sorprendente, dos gemelos fueron depositados en la tierra por unas aves que alternaban blancos y coloridos plumajes, magnifica bandada aquella, tan sólo dejó a los niños allí y marchó. La gente de Denethor, gente de Beren y Luthien, los recogió y les dieron protección y crianza.
Thraneswen se encariñó mucho con ambos. Los dichos y rumores fueron haciéndose sólidos, y cuándo el tiempo hizo que ella sintiera su corazón prendado por uno de ellos, supo que él era Elurín, hijo de Dior, hijo de Beren y nieto de Thingol; y su hermano, Elured.”
“Cuando mi padre llegó a sus tierras no le fue revelado el secreto. Pero aún así se enamoró de su hija, de la hija Elurín y Denlinessa. Algún día se ganaría la confianza de ellos y se lo dirían, sintiéndose él más dichoso y sorprendido, aunque no más, ni menos, amante y compañero.”
“Sería entonces que él contó su historia, al menos la parte que él conocía:
Gelmir había venido de las Falas, los dominios de Círdan junto con Arminas, enviados para llevar un mensaje de Ulmo al rey Orodreth de Nargothrond: que el Enemigo se movía tras las Tierras Estrechas del Paso del Sirion, que cerraran los accesos y permanecieran alerta.
Allí se refugiaba ella, elfa de Doriath, tras la caída de Menegroth, y su hijo pequeño, algo elfo, algo humano. Gelmir decidió protegerla, la amó, aun cuando ella estaba dedicada exclusivamente a su hijo.
Ella era Nellas, doncella de Melian. La maia, en ocasión, le había encargado el cuidado del hijo del fiel Húrin. Y ellos llegaron a ser muy amigos, tal vez tan amigos como para haber concebido a mi padre, Thurmeldin, Amado Hijo del Domador…”
¿Descendencia de Turin, Turambar, Mormegil? La misma idea estremece a cualquiera.
Thitoron calló y meditó. Los elfillos y enanitos lo miraban absortos. La tormenta aún no había amainado, tal vez, ya llegada la noche, estaba peor. Pero los niños ya no temían, algunos hasta sonreían. Las mujeres lo observaban con la respiración calma y la mirada apacible e indulgente. Los músicos habían dejado de tocar hacía rato. Y los compañeros, elfos, enanos, tal vez algún humano entre ellos, bajaban sus cabezas figurando una reverencia disimulada.
Thitoron había terminado su relato parado bajo la arcada que llevaba hacia la salida de la cueva, un relámpago aislado delineó su figura esbelta y dominante. Si fue una falacia a nadie le importó, prefirieron creerle… Ante los héroes de antaño y su descendencia ennoblecida las gentes no tenían miedo, porque la grandeza los acompañaba, puesto que se habían ganado el respeto y los dones de los mismos Valar que gobiernan el mundo.
