La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Helkelen Lara. "La Ley Del Mar Parte I: Adiós Amigo"

2006:11:09:10:15:05

Apacen

Helvorn estaba tendido en su hamaca a bordo del Impetuoso, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, intentando no pesar en los sueños que le habían atormentado las dos últimas noches. En esos sueños Cormac aun estaba con vida. Donde los dos no eran más que unos chiquillos, jugando en la orilla del mar. Simulando que luchaban con unas improvisadas espadas, que no eran más que unos palos largos y curvos que la marea había arrastrado. Imaginando como sería la vida abordo de alguno de los d barcos que surcaban las azules aguas del océano.

En los años que había transcurrido desde su partida del pueblo, Cormac había regresado para visitar a su familia en ocasiones especiales, llegando en barcos mercantes y firmando como guarda de carga mientras estaba de permiso de la Armada de Helkelen Lara. Helvorn siempre sospechó que Cormac no había visitado tanto su hogar, ni su familia tanto como había querido, pero que había creído que habría mucho tiempo para ello. Esa era la naturaleza de Cormac, nunca se daba prisa por nada, dejando cada cosa para su tiempo y su lugar. Ahora nunca volvería a casa.

La gaita de cubierta sonó chillona, y de algún modo barrio el constante batir de las olas del mar, reuniendo a la tripulación en cubierta. Helvorn cerró sus ojos y se esforzó por no imaginar nada, en no recordar nada.

La gaita chillona sonó por segunda vez, este vez mucho más fuerte y de forma más penetrante. Sin previo aviso la puerta de los aposentos de los oficiales se abrió.

Helvorn no miro. Quien quiera que fuese podía irse al infierno.

-Señor Helvorn – Dijo una fuerte e imperiosa voz.

Apresuradamente, con los reflejos superando incluso el dolor por la perdida y los muros que había levantado. Descendió de la hamaca con gran destreza, y aterrizando de pie, a pesar de que el barco rompía contra la olas en aquel momento.

-Sí señor – Contestó Helvorn con rapidez, mientras realizaba el saludo militar con la mano derecha.

El capitán Amthol permaneció en la entrada. Era un hombre alto y macizo de unos cincuenta años de edad. El gris tocaba sus bigotes, que estaban rodeados por una cara bien afeitada. El capitán llevaba su mejor uniforme de la armada, ribeteado en verde y oro. Portaba un tricornio entre sus manos. Sus botas relucían como el ébano acabado de pulir.

-Señor Helvorn – repitió el capitán - ¿ha tenido tiempo de hacerse una revisión de odios últimamente?

- No señor, contesto Helvorn – mientras se cuadraba y hacia un esfuerzo por mantenerse firme y erguido.

-Entonces le sugiero que cuando lleguemos al puerto de Rindalone pasado mañana, si los Valar quieren, acuda a las casas de curación y se lo hagan examinar.

-Por supuesto señor – Contesto Helvorn.

-Solo se lo menciono señor Helvorn – Continuó el capitán – porque la gaita ha llamado a todos a cubierta, dos veces – recalco el capitán.

-La escuche señor – Se apresuro a contestar Helvorn – Solo que pensé que por esta vez se me podría excusar –

El capitán alzo una ceja inquisitiva – Es un funeral por uno de los hombres bajo mi mando –El capitán realizo una breve pausa, esperando alguna reacción en Halvorn – Un hombre que murió en acto de servicio. Nadie esta excusado de algo así.

-Imploro su perdón, capitán – Dijo Helvorn – Cormac era amigo mío, - Helvorn bajo la mirada y su rostro se tornó blanco – El amigo que le mató – pensó

-El sitió de un amigo esta junto a su amigo –

Helvorn mantuvo una voz fría y distante, contento de sentirse del mismo modo en su interior. – No hay nada que pueda hacer por él, el cuerpo que hay arriba no es Cormac.

-Puede estar ahí por él, Señor Helvorn – Dijo el capitán- enfrente de sus compañeros y amigos. Creo que el señor Cormac esperaría eso de usted.

-Si señor.

-Yo espero, pues, que se prepare adecuadamente – concluyó el capitán- y suba a cubierta en el menor tiempo posible.

-Si señor. Incluso a pesar de todo su respeto por el capitán y el temor de su posición, Helvorn apenas pudo reprimir su ira. Velaría a Cormac de la forma que considerará correcta. Su dolor y el duelo no eran propiedad de la armada.

El capitán se giro para irse, se detuvo en el umbral de la puerta y le habló, mirándole con seriedad:

-He perdido a muchos amigos en el pasado, señor Helvorn. Nunca es fácil. Celebramos los funerales para poder dejar que se vayan de la manera apropiada. No es para olvidarles, sino para recordarnos que hay una especie de puerta que se cierra en la muerte y para ayudarnos a guardar un lugar eterno en nuestro corazón. Unos cuantos hombres buenos nacieron para nunca ser olvidados. El señor Cormac era uno de ellos, y me siento privilegiado por haberle conocido. No dire esto en el discurso, porque sabe que mantengo la norma y los procedimientos en mi barco, pero quería que lo supiera.

-Gracias señor -Respondió Helvorn.

El capitán se puso el sombrero. –Le dare una cantidad de tiempo razonable para que se prepare, señor Helvorn. Por favor sea breve.

-Si señor – Helvorn observo irse al capitán , sintiendo hervir el dolor en su interior, cambiando a una rabia que tiraba de él como un imán, con toda la furia que había acumulado desde hacía tanto. Cerró los ojos, temblando, y después libero el aliento contenido y selló sus emociones.

Helvorn fue hasta el pie de su hamaca y abrió el cofre. Escogió un uniforme limpio, se afeito rápidamente con la navaja de afeitar sin contarse demasiado y se vistió.

Caminado a grandes paso por la cubierta y tirando de los guantes blancos obligatorios en las ocasiones ceremoniales, miro al pasar las caras de los hombres mientras estos le observaban. Solo les devolvió un correcto saludo.

Helvorn ocupó su lugar junto a los otros tres jóvenes oficiales al frente de los marineros. Un parpadeo de resentimiento cruzó el corazón de Helvorn cuando se puso junto al cuerpo de Cormac cubier¬to por una bandera, sobre el tablón de la baranda de estribor.

Andregai tocaba las gaitas, permaneciendo al lado del capitán Amthol en el castillo de popa. El viento hacía volar a su alrededor la gran capa militar del capitán. El muchacho Lhex, el sobrino del gobernador de Rindalone, se plantaba al otro lado del capitán. Cuando las gaitas dejaron de sonar y el eco de la última triste nota se desvaneció, el capitán entonó el panegírico del barco, hablando con sobria dignidad del servicio de Cormac y su devoción hacia la Armada, y de que había dado su vida mientras rescataba al sobri¬no del gobernador.

Helvorn escuchaba el zumbido de las palabras, el sonido de las gaviotas que pescaban tras el Impetuoso y que esperaban que fuera dejado en el agua un rastro de desperdicios. Asesinado, durante el rescate del sobrino del gobernador. No es así como fue. Cormac fue abatido durante un recado estúpido, y por preocuparse por mí. Yo le he matado.

Cuando el capitán Amthol acabó de hablar, las gaitas tocaron otra vez y el sonido del duelo recorrió la cubierta del barco. Maldrin, vestido con el traje blanco de marinero que se ponía sólo los días de inspección o durante el anclaje en Rindalone, dio un paso hasta el otro costado del cuerpo cubierto de Cormac sobre la plancha. Cinco marinos más se le unieron.

Las gaitas seguían soplando una melodía que siem¬pre deseaba a los oyentes un buen viaje. Era conocida en todas las provincias marítimas que Helvorn había visitado.

Cuando aquellas acabaron, Maldrin miró a Helvorn, con una pregunta en sus viejos ojos grises. Helvorn se endureció y asintió imperceptiblemente.

-Está bien, muchachos -susurró Maldrin-. Tan suave como sea posible, y con tanto respeto como podáis. -El oficial agarró el tablón y empezó a subir¬lo, inclinándolo sobre su eje, y los otros cinco hombres, dos a un lado junto a él y tres en el opuesto, lo elevaron al tiempo. Maldrin aferraba con firmeza la bandera de Helkelen Lara. Cubría a los muertos entregados al mar, pero las banderas nunca eran arrojadas.

Como si fueran uno, Helvorn y los demás subalter¬nos se giraron hacia estribor, seguidos medio segundo después por los marineros, todos ellos en la rígida posición de firmes.

-Cada hombre que muere en Lara -habló el capitán Amthol-, debe saber que Lara vivé por él.

Los demás oficiales y la tripulación repitieron a refrán. Helvorn no dijo nada. Observaba con pétreo silencio y se mantenía insignificante como una pequeña ascua. No sintió nada cuando el cuerpo velado de Cormac se deslizo bajo la bandera de Lara y se zambulló por la borda del barco hacia las olas. Las piedras de lastre envueltas con el borde del sudario para hacer peso en el cuerpo se hundieron en el mar verde azulado. Por un momento, el blanco del sudario dejó visible al cuerpo de Cormac.

Después, hasta eso desapareció, antes de que el barco zarpara y lo dejara atrás.

Las gaitas sonaron rompiendo filas, y los hombres se dispersaron.

Naredhel Anariel

Los Valar otorgan 210 puntos para Helkelen Lara.