Uzbad Kibil
La familia del Señor del Endenóre no es de noble cuna, el abuelo del abuelo de Artamir se dedicaba a vender armas de manufactura enana a los vecinos reinos de Formenosta y Hyarmenosta; el viejo Erkeler había viajado mucho en su juventud y en uno de esos viajes había ayudado a un grupo de enanos, los cuales en agradecimiento le ayudaron a crear el mercado de armas enanas.
Erkeler había amasado una buena fortuna, pues los reinos vecinos llevaban matándose en una guerra que empezó hace siglos y que aún continúa, pero el trabajo era arriesgado pues había que tratar con hombres fuera de la ley y Erkeler comenzaba a sentir los achaques de la edad. Entonces decidió cerrar un trato con el propio rey de Formenosta, el viejo mercader dejaría de vender armas al rey de Hyarmenosta si a cambio se le concedía un Señorío en el Formenosta; el rey con tal de tener una leve ventaja sobre su enemigo ancestral aceptó y le otorgó el Señorío del Endenóre.
Arquen Erkeler nunca asistió a las fiestas de la nobleza a pesar de tener derecho a ello pues él sabía que aquel no era su lugar, si había comprado el título de noble era para poder vivir tranquilo el resto de sus días en una hermosa casa con algún que otro sirviente y construida en las tierras de su propiedad. Tampoco iba en la cabeza de los soldados de sus tierras cuando los convocaba el rey para su guerra con Hyarmenosta, pero nada le recriminaba a Erkeler pues sabía que mantenía sus contactos con el reino enemigo aunque ya no les vendía armas enanas.
Los descendientes de Erkeler dejaron de mantener contactos con los dos reinos y abandonaron la amistad de los enanos por creerla deshonrosa de personas de su nivel, comenzaron a asistir a las fiestas de la nobleza pese a ser tratados como nobles de segunda clase, y nada les gustaba más que cabalgar a la batalla al frente de sus hombres con la armadura reluciente y los brillantes símbolos de la nobleza colgados en su pechera; todo con tal de poder mirar por encima del hombro a los pobres campesinos y soldados que trabajaban y vivían en sus tierras.
Pero Artamir no estaba del todo de acuerdo con ese modo de vida, de pequeño había convivido con una humilde familia de labradores y desde entonces ese grato recuerdo volvía muy a menudo a sus sueños.
-¿Por qué lloras pequeño? – una dulce voz de mujer le hablaba desde detrás.
-Es que me he perdido.
-Vaya, ¿y cómo se llaman tus padres?
-Emm... papá y mamá.
-Con ese nombre hay muchos... escucha pequeño, yo ahora me he de ir a preparar la comida si quieres venir conmigo te llevaré a mi casa para que comas algo, luego enviaré a uno de mis hijos a buscar a tus padres ¿quieres venir?
El muchacho aceptó y la mujer, de nombre Fioreth, se dirigió con él a su casa en las afueras de la ciudad, en un pequeño barrio formado por un puñado de casas de campesinos.
Uno de los hijos de Fioreth se encontraba limpiando el corral de las vacas y al ver llegar a su madre con un niño de no más de cinco años se acercó a ella.
-¿Quién es el niño?
-No lo sé, me lo encontré perdido en una de las calles del mercado.
-Madre, apenas tenemos comida para nosotros, no puedes ir recogiendo niños abandonados.
-Mira sus ropas, no es un niño abandonado. Un pastor tendría que vender media docena de sus reses para poder comprar unos zapatos como esos, este niño es de alguna familia de la nobleza. Después de comer volverás a la ciudad a ver si encuentras a los padres del pequeño.
La mujer se fue con Artamir a la cocina. El pequeño nunca había estado en las cocinas de su casa, aquella era mucho más pequeña que la suya y estaba más llena de humo, pero el calor y el olor de aquel lugar lo hacían un sitio donde apetecía quedarse a vivir.
De la pared cerca de la chimenea colgaban un par de morcillas que aún no estaban del todo curtidas, de otra pared colgaban unos ajos y un buen trozo de chorizo. Bajo una mesa llena de cazuelas de barro había un gran cesto con patatas y dentro de un extraño armario sin paredes colgaba un jamón (o lo que quedaba de él).
Fioreth se quedó mirando el hueso de lo que antes había sido un jamón y recordó que por suerte aún le quedaba otro, los cerdos aún no habían crecido lo suficiente como para matarlos, necesitan por lo menos otro mes antes de alcanzar un buen peso así que el último jamón debería durarles más que el anterior.
Por suerte la anciana vecina de al lado les había regalado un buen hatillo de chorizos y un par de cazuelas con sangre en agradecimiento por haberla ayudado a hacer su matanza, con eso podrían ir tirando mientras sus cerdos crecían.
-Vamos Artamir, tenemos que ir al gallinero a por unos huevos y luego subir al desván a por un chorizo más y a por el último jamón.
Artamir había visto desde la ventana muchas veces a sus sirvientes entrar al gallinero a por huevos, pero jamás se había imaginado que aquello era tan divertido. El primero en recibirlos nada más entrar fue el gallo, que se inflaba para parecer más grande y ponía tiesa la cresta, al pequeño le hizo mucha gracia cómo las gallinas esperaban a que el gallo decidiese si las visitas eran peligrosas o no, una vez el gallo se había retirado las gallinas se acercaron a Fioreth armando un gran escándalo y levantando una polvareda, la mujer les llevaba un puñado de hojas de un repollo y un cubo lleno de trigo.
Mientras las gallinas se afanaban en terminar con el cubo de trigo, Fioreth recogía una docena de huevos. Al salir Artamir descubrió a siete u ocho bolitas amarillas llenas de plumas que pululaban por todo el gallinero una detrás de otra, la mujer vio su cara y le prometió que podría jugar con ellos después de comer.
Al regresar a la cocina, Artamir se encontró con el marido de Fioreth y sus tres hijos mayores que ya habían regresado de trabajar. Uno de los hijos había estado regando el pequeño huerto familiar y traía unos cuantos tomates y cebollas para la ensalada de la comida.
-En cuanto regrese vuestra hermana de lavar comeremos, iros preparando.
La familia de Fioreth no vivía con grandes lujos pero se contaba entre las más ricas de la zona, tenía cinco hijos, cuatro de ellos varones que ayudaban a su padre en las tareas del campo, tenían un hermoso huerto que les proporcionaba verduras y hortalizas frescas gran parte del año; al mismo tiempo tenían varias tierras de labranza donde cultivaban legumbres y cereales tanto para ellos como para su ganado (sin olvidar a las ruidosas gallinas). Y además del ganado tenían una sana piara de cerdos para completar su dieta. Todo ello acarreaba un duro trabajo, pero era su modo de vida y estaban contentos con su trabajo.
Y a Artamir le fascinaba el poder conseguir con sus propias manos lo que más tarde iba a comer.
Después de la comida Fioreth le pidió a su hija que fuera a buscar un cántaro de agua a la fuente y que luego se pasara por la huerta a por unas judías para la comida del día siguiente. La joven salió acompañada por Artamir, el cual iba cargado con un pequeño botijo para así poder ayudar a sus anfitriones.
En el camino hacia la fuente, la hija de Fioreth se fue encontrando con jóvenes de su edad que también se dirigían a por agua como ella. Al llegar al lugar donde se encontraba la fuente Artamir se sorprendió de verlo tan lleno de gente.
-Los jóvenes que aún no tenemos edad para salir a trabajar al campo nos solemos reunir en la fuente en lugar de en la cantina a esta hora y poco después del amanecer son los momentos en los que se junta más gente aquí.
En verano si hace mucho calor, tenemos un pequeño estanque que llenamos con agua de la fuente y en el que podemos refrescarnos. Pero ya empieza a hacer frío, así que el estanque está vacío.
Tras pasar un rato agradable alrededor de la fuente, Artamir y su joven guía se dirigieron a la huerta. El pequeño nunca había estado en ningún lugar parecido y disfrutó buscando las judías más maduras de la planta mientras una buena cantidad de insectos revoloteaban a su alrededor.
De camino a casa de Fioreth, Artamir se encontró con dos de sus hijos que se dirigían a recoger al ganado y el pequeño decidió acompañarlos.
Aún no había llegado el invierno así que no era necesario llevar el ganado hasta el pueblo, aún podría pasar varias noches al raso en el monte. Así que los jóvenes metieron a sus vacas en un cercado y tras asegurarse de que no podrían escaparse regresaron al pueblo, no sin antes dar de comer a los tres grandes perros que se encargarían de que ningún animal se acercase al cercado durante la noche.
Después de asegurarse de que el ganado pasaría buena noche, los muchachos se pasaron por la cantina del pueblo. A Artamir aquel lugar le recordaba el gran salón de la casa de sus padres, donde gente de muchos lugares se reunía para celebrar algún acontecimiento, pero aquella cantina era mucho más humilde y acogedora, y la gente parecía que disfrutaba de compartir su buen humor con los que le rodeaban, además aquella “celebración” parecía repetirse cada anochecer.
Un poco más tarde regresaron a casa de Fioreth, la cocina estaba oscura, tenuemente iluminada por un par de candiles pues aún no hacía el frío suficiente como para mantener el fuego de la chimenea encendido.
Artamir cenó rápidamente y enseguida se quedó dormido en un escaño de madera viendo como Fioreth y su hija preparaban las judías del día siguiente. El hijo de Fioreth que había ido a la ciudad en busca de los padres de Artamir había regresado sin novedades, así que acostaron al pequeño en una de las camas del piso superior.
Nunca sabrá si se debía al cansancio que había acumulado ese día, pero Artamir sintió que aquella cama hecha con la lana de las ovejas de aquella familia era la mejor en la que jamás había dormido.
En mitad de la noche un pequeño carruaje se detuvo ante la puerta de la casa de Fioreth, eran los padres de Artamir.
Algunos de sus sirvientes habían oído que recorría las calles de la ciudad un joven que había encontrado a un niño pequeño perdido, pero no hicieron caso a esos comentarios pues aún no sabían que Artamir se había extraviado. Al llegar la noche fue cuando se dieron cuenta de que el niño no estaba y tampoco su nueva aya; los Señores de Endenóre entendieron entonces que aquel niño perdido era su hija y que el aya del niño debía haber huido al percatarse de que había perdido al pequeño.
Los Señores recogieron a su hijo y como agradecimiento a Fioreth le dejaron una cesta llena del mejor de su embutido y un par de botellas de vino.
Artamir nunca olvidó aquella experiencia y cada vez que tenía que partir a la guerra su mente tenía que luchar contra la idea de perderse y regresar a aquel pueblo para vivir como aquellos alegres campesinos. Pero nunca escapó de su destino e incluso contrajo matrimonio con la hija de otro noble, una fría mujer que sólo simuló quererlo hasta que tuvieron su primer hijo.
Más de una vez Artamir había llevado a su hijo al huerto de su propiedad o ambos habían acompañado a los pastores de su ganado, pero el niño enseguida se había cansado y le pedía a su padre que lo llevara de regreso a casa para practicar con la espada.
Una nueva guerra se avecinaba y su hijo estaba deseoso de participar en ella, a todas horas alardeaba ante todo el mundo que sería el portaestandarte de Endenóre en la nueva guerra. Hasta que por fin Artamir se decidió:
-Si tanto deseas participar en las batallas adelante, no serás el portaestandarte de Endenóre sino su comandante. Pero te arrepentirás, si es que para entonces no has muerto en un recóndito lugar del que jamás oíste hablar y al que nunca regresarás.
Cuando llegue ese día, te estaré esperando, si quieres encontrarme pregunta por mí a los sirvientes más ancianos.
El honor no es más que una invención de los nobles para poder llenar con algo sus grandes y vacíos salones.
Una mujer de pelo moreno y verdes ojos se acerca a una anciana que en ese momento está remendando los pantalones de un niño:
-Madre, creo que deberías venir a conocer a nuestro nuevo vecino.
-Estoy muy ocupada ahora mismo, tus hijos parece que no tienen otra ocupación que la de darme trabajo cosiendo su ropa.
-Vamos madre, al recién llegado le hará ilusión el verte.
-De eso estoy segura, a todo hombre joven le encanta que le de un buen recibimiento una anciana vestida de negro...
La anciana llegó a la puerta del recién llegado y enseguida le reconoció:
-¡Artamir! Pero cuánto has crecido
-¡Fioreth! Tú...
-No, yo no he crecido... pero me han crecido unos cuantos nietos que es mejor aún. Pero ¿qué haces viviendo aquí?¿Le ha pasado algo a tu familia?
-Sí, que ha olvidado sus raíces. Si el viejo Erkeler les viera ahora se arrepentiría de haber hecho aquel trato con el rey.
-No digas tonterías, tu antepasado consiguió pasar de mercader a noble, es un ejemplo a seguir para gran parte de este pueblo.
-Erkeler sí era noble, pero no sus descendientes... mucho más noble es trabajar todo el día y conseguir con tus propias manos el sustento de tu familia, es duro sí, pero al final de la jornada te sientes bien contigo mismo. ¿Qué nobleza hay en ir a la guerra a matar gente igual que tú?¿Qué nobleza hay en pasar las horas muertas en un salón vacío contemplando tu heráldica?
-Consigues honor y riqueza.
-Mucho más honorable es aquel anciano que cada mañana sale de su casa para ir a cultivar su comida, o esas mujeres que aún en pleno invierno bajan hasta el río a lavar sus ropas. Nada tiene de honorable el robarle la vida a otro con un trozo de acero.
Riquezas... todos vosotros sois más ricos, el oro y las joyas sólo sirven para llenar el vacío que convive con esos grandes señores que no saben lo que es pasar un rato agradable en la taberna más cercana y rodeado de gente que es igual que tú.
-No podría estar más de acuerdo, ahora estoy convencida de que encajarás aquí a la perfección. Acompáñame, te daré un cestillo con huevos recién puestos.
