Darlak Lórindol
Menegroth, las Mil Cavernas, reino de Elu Thingol y Melian la Maia, había sido el destino trazado por la dama Melmirë al salir de Nargothrond. Los días habían transcurridos raudos desde la partida y habían acampado pocas noches. Sulankalië había resistido el ritmo de viaje de la dama con una fuerza admirable aunque la princesa pensaba que bajo ese delicado exterior había más de lo que parecía.
Melmirë era una dama de pocas palabras y, aunque Sulankalië prefería ese silencio, en muchas ocasiones sus miles de preguntas naufragaron en sus labios. Muchas veces en Nargothrond había oído sobre el encantamiento de Melian alrededor de Menegroth. Miles de historias y cantos que ella recordaba como leyendas hablaban de que, como cada tarde ella, Finduilas y Telpo se sentaban ante Lissë ha escuchar entusiastas las historias de Endor.
De pronto el caballo de Sulankalië se detuvo sacándola de sus recuerdos repentinamente. Ante ellas el camino desaparecía en una bruma espesa que hacia el paisaje impreciso…la cintura de Melian.
- Melian presentirá nuestra presencia en cuanto hayamos entrado y nos procurara un camino seguro, permanece a mi lado.- explico Melmirë.
La princesa dudaba, y la dama lo percibió claramente. ¿Qué demonios harían allí?...
Melmirë se detuvo a su altura y la miró directamente a los ojos grises y profundos como nubarrones que anuncian tormenta.
- No te mentiré pitya, no serás bien recibida en las estancias de Thingol, aún pesan en la mente del rey y de sus súbditos el recuerdo de la muerte de sus parientes en Alqualondë.
- No me inclinaré ante el rey a pedir clemencia.- contestó duramente la noldo.- no necesito su perdón, ni ser bien recibida, en Nargothrond tengo todo lo que deseo.
- Es mi propósito que no tengas que hacerlo, pero debes ser paciente con Thingol, has de suavizar tus palabras ante él y ante Melian.
- Soy lo que soy, y si ser la nieta de Fëanor ofende a todos los demás no me importa.- sentenció intencionadamente con una sonrisa cínica aflorando en los labios. Se había dado cuenta que de una manera u otra la gente le temía o la odiaba por ser quién era, pero por más que lo intentaba no lograba despertar ninguno de los dos sentimientos en aquella extraña dama.
La risa clara de la dama se dejó oír a través del bosque, y era como el agua que fluye, fresca y alegre.
- No me ofende que lo seas, mi linaje es mucho más antiguo de lo que puedas imaginar y, sin embargo, no hago alarde de ello.- contestó.- Aranel has de aprender a ser humilde.
Melmirë era hija de Ingwë y la Maia Arien, por eso ostentaba un linaje mas antiguo que el de Sulankalië.
- ¿Humilde?- preguntó la noldo riendo irónica. Mientras, la dama avanzaba nuevamente.
Del otro lado se abrió un hermoso paisaje lleno de árboles, rumores de cascadas y cantos de aves.
- ¿Esto es Doriath?- preguntó la noldo repentinamente.
- Nos encontramos en Region, en realidad son dos bosques, nos hallamos entre los ríos Aros y el Esgauldin, tras ello se alza el bosque de Neldoreth.
La princesa guardó silencio y, un poco más allá, en un árbol algo llamó su atención.
- No te preocupes, son los guardias reales del reino.- dijo la dama.- Aquél que veis en aquella Haya es Beleg Cuthalion.
La noldo estaba sorprendida, de pronto descubrió que en cada árbol cercano se hallaba un guardia perfectamente oculto por una capa que cambiaba a cada movimiento, mezclándose con los colores de los árboles haciéndolos casi imperceptibles.
Doriath, cercada por bosques y por el encantamiento de Melian, se abrió ante Sulankalië como una revelación, dos días más de camino a través del bosque las habían llevado a una colina rocoso sobre el Esgauldin sobre la cual se erigían las Mil Cavernas. Las estancias exquisitamente talladas en roca la maravillaron, la roca emulaba perfectamente fuentes e imágenes de Valinor y, a través de las estancias, entraban y salían una cantidad de elfos, había una gran actividad en la ciudad y, ante el paso de las damas, todos se detenían. Aquella joven muy alta y de cabellos negros evidentemente se trataba de una noldo y su presencia destacaba tremendamente, contundente, altiva y orgullosa entre el aire etéreo de las doncellas sindar.
Mientras se dirigían al salón del trono, en las profundidades, la noldo se extasiaba con los grabados en la roca, escenas de damas en miles de actividades.
- Todas estas escenas fueron grabadas por Melian y sus damas.- explicaba Melmirë.
- Son maravillosas.- reconoció la noldo.
Estando a las puertas la dama se detuvo, la tomó por los hombros y, mirándola a los ojos, le dijo…
- Domina tu orgullo pitya y, sobre todo, no hables quenya.-
- ¿Qué no hable quenya?, ¿por qué?- protesto.-
- Una prohibición, luego te explicaré muchas cosas, ahora vamos.-
La sala del trono era maravillosa, sobre el techo en forma de bóveda era claro y permitía que los rayos de anar se colaran a través de él, la noldo estaba sorprendida, no había imaginado que los sindar pudiesen ser tan hábiles.
La corte se hallaba reunida en pleno debido a la importancia del retorno de la dama Melmirë, sus pasos fueron lentos pero decididos hasta el trono, Sulankalië con su porte orgulloso y distinguido tenía todas las miradas sobre ella, sonrió para si y disfrutó de la atención de la que era objeto.
En dos tronos, cubiertos por un baldaquín de piedra y floridas enredaderas, aguardaban los reyes.
Según avanzaba, Sulankalië escrutó a Elu Thingol. Era un sinda sorprendentemente alto, con casi 2´50 metros, de cabellos plateados y prístinos ojos en los que anidaba el mismo brillo que poseen los Eldar, la luz de Aman. Sus ropajes eran sencillos, una túnica gris tornasolado con bordados en azul y violeta, y sus joyas igual de escasas, una corona lisa de oro y un collar de mithril con una esmeralda engarzada. Una gran pena y preocupación marcaban sus facciones.
A su lado, Melian sonreía a los visitantes. Como maia, su forma élfica era de una belleza excepcional; largo cabello negro, piel fina como el marfil y unos ojos tan azules como el cielo de mediodía, en los que se leía claramente el poder que atesoraba en su interior.
-Mae govannen Melmirë. – saludó Thingol.
- Gracias herunya.-
El rey estudió el rostro de la desconocida largamente, había algo en él que le era tremendamente familiar.
- ¿Qué nuevas tenéis de Finrod?, ¿aún no vuelve?- quiso saber finalmente.
- No.- contestó la dama sintiendo la mirada intensa de Melian sobre ella, ambas compartieron la misma visión, Felagund jamás volvería a Nargothrond.- Orodreth mantiene la ciudad bajo su reinado aún.
- Estas serán malas nuevas para Galadriel.- murmuró el rey.
Guardó un profundo silencio de reflexiones.
- ¿Me dirás el nombre de esta hermosa joven?, pues realmente esperaba noticias de Luthien sin embargo apareces con esta extraña doncella.- pregunto.
La reina se levantó al momento y posó su mano sobre la del rey, previniendo la reacción que habría de tener ante las palabras que la dama anunciaría. La princesa miraba ahora al rey, tenía el recelo dibujado en su rostro.
- Mi señor, ella es Sulankalië Morifinwërel.- contestó la dama mirándolo fijamente.
Thingol se levantó de su trono y las palabras tronaron como rayos en sus labios.
- ¿Cómo te atreves a comparecer ante mí?, llevas en la sangre la de los asesinos de gente de mi linaje y de su sangre están manchadas tus manos.-
- Thingol, escucha.- habló Melian suavemente.- esta niña es inocente de los crímenes de su casa.
-¿No debería yo dejarla huir a través de los peligros de Beleriand tal cual lo hizo Celegorm con Luthien?- preguntó con una sonrisa irónica.
Sulankalië quedó perpleja, ¿Qué Celegorm había hecho qué?, incómodamente guardó silencio.
- El hado de Luthien no está en las manos de ningún elfo.- respondió Melmirë.- Thingol, te pido que recibas a esta niña en tus estancias.
- ¿Quién garantiza la seguridad de mi pueblo con esta niña entre nosotros? Por sus venas corre la sangre impetuosa y asesina de los fëanorianos.
La princesa miraba a Thingol recelosa guardando cada palabra en sus pensamientos, hasta que de sus labios brotaron las palabras con odio, con la ira que ahora era imposible devolver a los profundos silos siniestros del alma.
- No necesito tu perdón, me marchare inmediatamente, disfruta de tu reino mientras puedas Thingol, algo me dice que no perdurará mucho tiempo.
El Rey la miró furioso.
- Aran meletyalda.- dijo la princesa haciendo una reverencia burlesca y se dio la vuelta, pero las palabras de Thingol resonaron duras en las paredes.
- ¡No hables quenya en mi presencia!, te prohíbo hablar la lengua de los asesinos de hermanos mientras permanezcas en los confines de mi reino.
La dama Melmirë colocó una larga mano blanca en el hombro de la princesa.
- En atención a Finwë te lo pido, y en atención a Ingwë mi padre, rey de todos los elfos.
La mano luminosa de la reina se cerró en torno a la mano de Thingol, sus ánimos se apaciguaban, y la pena de la pérdida de su hija peso más que el odio que sentía hacia los príncipes del oeste. Miro a la princesa y aun en contra suya sus largos cabellos negros le llevaron a pensar en su hija, extraviada en los bosques y este pensamiento final apaciguo su ira.
- En atención a Finwë, antepasado tuyo y muy querido amigo mío toleraré tu presencia, y en atención a Melian mi bien amada y de la dama Melmirë.
La princesa le miró con un brillito burlón en los ojos, Melian y Melmirë la miraban fijamente, con dulzura y algo de duda… ¿Sería posible realmente alejarla del hado de los noldor?
Te ofrezco la oportunidad de aprender, de crecer…veo un gran poder en ti
La noldo parpadeó inquieta ¡Habría jurado que Melian no había despegado los labios para decir aquello! Sin embargo escuchó en su cabeza la hermosa voz de la reina, demasiado hermosa para ser descrita con palabras.
- Y en atención a Finwë os lo agradezco.- respondió ella confundida.
Escrito por Sulankalië
