Orodril
Despierta
-Despierta-
La voz resonó más clara entonces, rompiendo con su clamor la frágil burbuja de los sueños. Orodril abrió lentamente los ojos, los cuales le pesaban y parecían negarse a ser abiertos. Su respiración era un tanto dificultosa provocándole un reguero de cosquilleos y menguado dolor a cada inspiración siendo más fuertes en la zona de la espalda. Su mente fue repasando los recuerdos, un tanto confusos, de su pasado más inmediato mientras su vista se acababa de desanublar y se iba adaptando a luz de aquel lugar, bastante escasa.
-TÚ-
La guardia real le abrió amablemente la puerta y Daedril penetro en los aposentos de la reina, su madre.
Tras haber estado apunto de llevar consigo un par de escoltas pero a última estancia le pareció más convenientes ir solo. Al menos así lo que allí ocurriera quedaría entre aquellas cuatro paredes.
Para su sorpresa su madre sentada en la enorme silla del salón real, que era casi un trono hecho de madera, cuya majestuosidad quedaba menos ostentosa pero cargada de un aire mucho más formal escudado tras aquel largo escritorio. Una lámpara en el techo y unas cuantas antorchas en las paredes era toda luz disponible de la que podía disponer aquel lugar bajo el manto de la noche, tiñendo de un tono más dorado las paredes de tostada piedra, sobre las cuales colgaban varios tapices y se encontraban en una serie de estantes un número ingente de libros.
Daedril se quedo clavado a escasos pasos del escritorio y a menos de lo que parecía ser el único asiento más en aquel lugar, un escueto pero mullido banco carente de respaldo alguno. Su mirada esquivo a la de su madre posándose en la punta de sus pies, mientras que sus manos apostadas a su espalda jugueteaban entre ellas nerviosas enfundadas en un par de oscuros guantes.
-Por favor, siéntate- dijo Dyshira haciendo ademán con la mano hacia el banco sin despegar el codo de la mesa siquiera, volviendo tras ello a volver entrelazarla con la otra apoyando la barbilla en sus pulgares y ocultando parcialmente los labios tras aquella pequeña tienda que parecían el entrelazar de sus manos.
Daedril miro de nuevo a su madre, y luego al banco, y con un breve movimiento se sentó en él, sin que se lo repitieran dos veces.
Dyshira se recostó en el suyo mientras Daedril parecía removerse en el suyo, en una secuencia de interminables posturas.
-Bien- dijo ella y poso, de forma deliberada, por un instante, su mirada sobre las cartas abiertas sobre su escritorio -Ahora preferiría que completases la información de mis informes con tus propias palabras, sin escatimar en detalles, así que adelante. Habla.-
Poco a poco las palabras se fueron formando en los labios de Daedril, y el blanco puro de su mente en un inicio se dejo llevar finalmente por el inmenso río de recuerdos que surcaba su mente. El transcurrir de la serie de sucesos desde el encuentro con su padre en Illasea hasta el fin de la batalla sobre los campos de Caras Aelin eran claros y concisos en todos los puntos salvo en uno, en la desaparición de su padre. Daedril tras comenzar la carga contra los últimos restos del ejercito esteldili había oído tras el la llamada de su padre y verlo tras él cabalgar junto a una docena de hombres hacía su posición. La confrontación en solitario con la retaguardia esteldili, que habían acordado retenerlos a favor de la huida de sus compañeros, había ocupado toda su atención a continuación, momentos en los cuales solo percato entre el entrechocar de las espalda la llegada de los refuerzos y finalmente la victoria sobre aquel menguado grupo. Solo entonces se había percatado de la ausencia de su padre, como lo parecieron hacer el resto de los hombres que estaban con él instantes después.
A sus espaldas, en mitad del llano, tan solo quedaba el caballo que antes su padre había montado, muerto a causa de una profunda herida que abierta en su pecho. Su cuerpo se había desvanecido, y aunque lo buscaron entre los caídos cerca de allí por si se hubiera arrastrado, no lo encontraron, como no encontraron un conjunto claro de huellas que sirviera para atar cabos. Su padre se había evaporado, victima de la inconsciencia de su hijo, que era crucificado en aquellos momentos por su propia madre.
Una sonrisa se ilumino bajo aquella capucha, e instantes después cayo hacia atrás revelando el rostro antes guardado.
-Que haces en mis tierras, maldito bastardo- espetó Orodril corroído por el fuego de la ira, latente en su interior y amargo como la propia bilis.
-¿Acaso ya se me esta prohibido la visita a viejos amigos?- dijo Rael divertido bajo su mascara echa de pieles humanas, la cual ocultaba su verdadera identidad, tan odiada en aquellas tierras.- Por cierto, un detalle curioso ese “mis”, cuando no eres dueño de nada, salvo de tu vida, por ahora.-
Aquello recobro algo del sentido común del elfo, que absorto en su situación (desnudo y encadenado a la fría y oscura roca de una celda por grilletes que le aferraban por tobillos y muñecas, los pies y las manos) y en la identidad de su carcelero, había dejado pasar la razón de aquello.
-Se cuanto odio me procesas y que pocas cosas más quedan en este mundo para tu gozo, aparte de verme pasto de los gusanos. Solo el placer de la tortura parece el único motivo por el cual no me has querido dar muerte antes. Pero acaso me tienes tanto odio para cegar tu razón y correr los riesgos que te supone mantenerme cada segundo vivo, no te creí nunca necio, pues ambos sabemos que toda pared oye y habla. Que quieres realmente de mi.-
La sonrisa del ranquendi se ensancho y sus ojos, por siempre velados en sangre, brillaron con luz escarlata.
-Sabes Orodril, ese ahorro de energía que es explicar el porque de las cosas, y esa siempre pronta disposición, es lo que realmente me gusta de ti.- sonrió de nuevo Rael -Pero antes quisiera presentarte a un amigo si me lo permites.-
Rael, conocido tras su claudicación como rey ranquendi como Curumaruth, dejo su situación reclinada frente al elfo y volviendo a erguirse se echó a un lado para dejar paso a una figura que abandono entonces las sombras de la celda.
El sonido de la bota del nuevo miembro de aquella reunión sonó sordo en el estomago de Orodril que se plegó sobre si mismo mientras caiga al suelo asfixiado por el golpe.
- Por lo que veo conoces al rey Dâethor Fëfalas, también como parece conocerte el a ti, por lo que veo. Al parecer establecer lazos de cama con su madre y esposa han servido para preparar tan grato encuentro.- musitó socarrón el ranquendi, mientras Orodril tosía aun en el suelo, vertiendo el suelo de manchas de sangre.
-¿Mujer?- consiguió pronunciar el elfo con voz ronca y rota, ahogado aun por el golpe.
Aquello provoco una nueva arremetida por parte del nuevo conversador.
-Veo que tus informes no andan tan al día como debieran, Dâethor se desposó con la reina Illurë hace ya poco más de un año, por primavera. Pensé que lo habrías sabido por sus labios en vuestro último encuentro. Pero bueno, parece que Daêthor tampoco sabía lo vuestro con su madre, así que quedáis al corriente de todo entonces.-
-Mente enferma…-consiguió exhalar el elfo.
-Si, exacto, eso fue uno de los motivos fundamentales por la que me relegasteis como rey, ¿no?-
-Ordenes, maldita sea, eran ordenes.-
Dâethor al escuchar las replicas del elfo, enterado de parte de su historial, en el que ahora parecía incluir a su madre, agarró al elfo por la cabellera y echándole la cara hacia atrás le propinó varios golpes con su puño cerrado y enguantado en un guantelete de con placas y mallas de hierro.
-Basta Dâethor, lo necesitamos vivo y entero.-
-De verdad no podemos encomendarnos a esta rata.- espeto Dâethor dejando a fin a su presa y volviendo al lado de Rael.
Al oírlo Orodril levantó la vista y dibujo una sonrisa a Dâethor con su cara enmarañada ahora en heridas y en cabellos pegado a su rostro por la sangre que lo envolvía. Rael contemplo a Orodril y sonrió.
-Orodril es muy capaz para el trabajo, y algo me dice que aceptará hacerlo.- los ojos del ranquendi volvieron a brillar -Porque Orodril… ¿Qué me dirías si te digo que tenemos para ti el trabajo de eliminar por siempre a nuestra querida reina Illurë?¿Quién mejor que tu para acercarse a ella y hacerlo? Tú que gozas de toda su confianza.-
Los ojos de Orodril se abrieron como platos. -Estas loco Rael, más si piensas de verdad que formare parte en esto, y bien espero, por tu bien, que nada de esta trama se pueda demostrar o tu cuerpo será el único en estar en cada una de las fronteras del reino a la vez, una vez que Illurë lo haya descuartizado, cuando finalmente se entere.-
-Se muy bien por donde van los pasos de Seguridad Imperial, para saber que no tengo por que preocuparme de ellos. Al igual que se que nada ganaría de ti mediante la tortura, ni mediante amenazas sobre tu mujer y tu hijo.-
Aquello último recordó Orodril para si, no era del todo cierto. Aunque no se hubiera unido a Dyshira por amor, lo largos años a su lado habían llegado a albergar al menos un gran aprecio, y sobre su hijo… Orodril se alegraba de que los últimos informes de Rael no recogieran datos como los que había propiciado la última batalla. El no sería un buen padre, pero que Daedril permaneciera al margen de aquello le liberaba de un gran peso.
-Sin embargo, - siguió el ranquendi sin hacer pausa alguna en su desarrollo- ¿de que sería capaz de entregar Orodril para su salvación y descanso y de su pueblo? De todo. ¿No es cierto, mi querido camkiri?-
Recostado contra uno de los lados, Orodril escuchó el replicar de la lluvia en el techo del carromato alzándose aún por encima del traquetear de aquel viejo trasto. Ataviado con ropajes austeros, Orodril recorrió párrafo a párrafo, línea a línea, letra a letra, una vez más las paginas de aquel informe. La información detallada sobre la descripción del libro, y de los hechos registrados durante su paso por las diversas tierras datadas, parecían cuajar a la perfección con todo lo que sabía el de Firiniparma. El libro que había anegado en sombras a su pueblo y con el que él pretendía desenterrarlos de éstas.
Orodril levantó nuevamente de los papeles y se encontró frente a frente con el rostro de Dâethor, el cual no le quitaba la vista de encima, desde que había relegado al guardia, haría un rato, sobre las páginas seis y ocho seguramente, hecho que seguramente significaría la cercanía de la capital del imperio.
-¿Tanto significan un puñado de papeles para que vendas tu honor y orgullo, y traiciones a una mujer, que por lo que sé, hasta hace poco has amado?-
“Necio. Que Eru protegiera al pueblo de aquel rey sin cerebro.” Pero ahora que Orodril lo miraba más de cerca, pudo ver que a pesar de la frondosa barba, esta no escondía otra cosa que el rostro de lo que era en realidad casi un muchacho. ¿Cuántos años podía tener, unos veinti pocos años?, que Eru le otorgara mayor sabiduría en tiempos venideros si es que llegaba a contemplarlo con ojos vivos.
Finalmente el silencio fue roto por el sonido de pasos. Rael también abandonaba la parte frontal del carromato y se unía a ellos espaldado por un guardia, el mismo, advirtió Orodril, que había sido el encargado de la vigilancia del elfo tiempo atrás.
-Bien señores, estamos llegando a Telpefarnë, llego la hora.-
Tras parar para comprar ropas nuevas, Orodril pago la habitación de una de las mejores posadas de la ciudad y dándose un largo baño, se vistió completamente acicalado con aquellos nuevos y hermosos ropajes y marcho a su encuentro con la reina, que parecía tener concertado para poco tiempo después.
Nadie interrumpió su paso hasta los aposentos reales, su rostro era suficientemente conocido en aquellas tierras para necesitar de documentos identificativos.
Pero tras dejar atrás las puertas de los aposentos reales, la sorpresa le embargo. Illurë se encontraba en una gran silla, casi un trono, tras un ostentoso escritorio, a su lado se encontraba, su marido, Dâethor Fëfalas, para el completo asombro del elfo. Un haz de luz iluminó con claridad su mente entonces.
-Justamente a vos esperamos, Orodril- dijo un sonriente Dâethor -Por los informes aquí presentes yo os acuso de traición. ¡Guardias, prendedle!-
-¡RATA!- Orodril avanzó encolerizado hacia Dâethor desenfundando su espada por el camino, ante la mirada atónita del hombre que contemplaba la inexistente reacción de los guardias a sus palabras y los actuales actos, y hundiéndola en el pecho de éste hasta la empuñadura. Recobrándola de nuevo para si, empujando con la suela de su bota a Dâethor hacia atrás, y cortando de tajo el cuello de éste, cayendo su faz rodando por el suelo carmesí mientras que su cuerpo sin cabeza se sostenía brevemente en pie para finalmente caer.
-¡Él y nadie más que él os quería ver muerta, para hacerse así con el gobierno de todo tu imperio!- bramó el elfo cara a la reina señalando la cabeza de Dâethor con la espada.
-Lo se- dijo sin inmutarse la reina.
-Pobre alfombra, las manchas de sangre no le saldrán así como así.- musitó una voz, y al girarse, Orodril, vio como desde la habitación de la derecha por donde había caído rondando la cabeza surgía de detrás de las cortinas tras el umbral la figura del ranquendi. Rael le dirigió una mirada de brillo vivo.
-Hace un tiempo que Rael me sirve como agente encubierto en la Casa Fëfalas. No le supuso demasiado esfuerzo, dada la ineptitud de mi, gracias a Eru, ahora difunto esposo. Gracias a su labor la trama de Dâethros por ocupar en solitario el trono, a quedado resuelta, ahora él y sus amigos confabuladores han sido finalmente eliminados.-
-¡Un títere, me utilizasteis como un vulgar títere!- bramó el elfo, alzando junto a la voz la espada contra la reina. Provocando con ello el desenfundar de las armas de los guardias.
-Era necesario…-
-¡ME UTILIZASTES!¡Usando contra mi, el mayor de mis pesares!¡Quebrantado mi confianza!- Orodril arranco los informes que aun guardaba entre los ropajes y los tiro al suelo -¡Todo mentira, y ahora se de donde vino!¡¿Queríais mi espada?!- bramó el elfo, tirando a su vez la espada frente al escritorio -¡Tenedla! Es todo lo que obtendréis ya de mí.-
Los pasos del elfo se perdían por los pasillos. Illurë despidió a los guardias y a Rael, dejándola a solas en sus aposentos, una vez hubieron retirado las partes del cuerpo de su esposo.
Illurë a solas al fin se levantó y dándole la vuelta al escritorio tomo del suelo la espada de Orodril, bañada en sangre. Lo había decepcionado, abusando de su confianza, utilizándolo de aquella manera, pero si el viera, cual necesario había sido. Ojala aquellos hechos no hubieran embargado su encuentro, menos ahora. Acarició su vientre. Aquella mirada de odio, había podido ver el dolor en sus ojos, había podido sentir como ella misma se rompía por dentro tras el muro de siempre frío acero del exterior de su cuerpo. Que dolorosa era la cima de nuevo a solas, más ahora. Acarició su vientre con la mano libre del peso de la espada, apoyado entonces como bastón. El heredero del imperio seria de naturaleza fuerte, pero seguiría siendo su madre capaz de hacer de él también alguien fuerte de mente cuando la suya propia flaqueaba. Su futuro en solitario, parecía tambalearse, también en solitario.
